Qué es el efecto Balassa-Samuelson y por qué explica el debate sobre el precio del dólar en Argentina

La teoría desarrollada hace más de seis décadas explica por qué los países ricos son caros y por qué una moneda puede apreciarse sin perder competitividad. Pero también establece una condición ineludible: la productividad debe expandirse al conjunto de la economía. El caso argentino abre un interrogante sobre la sustentabilidad del modelo.

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En la Argentina hay un debate que suele expresarse en términos cambiarios. ¿El peso está atrasado o simplemente refleja una economía que comenzó a transformarse? La respuesta no depende únicamente del nivel del dólar ni de la política monetaria. Existe una teoría económica formulada hace más de sesenta años que ofrece un marco diferente para analizar la cuestión: el efecto Balassa-Samuelson.

Desarrollado en forma independiente por los economistas Béla Balassa y Paul Samuelson en 1964, el modelo intenta responder una pregunta sencilla: ¿por qué los países desarrollados son sistemáticamente más caros que los países pobres?

La explicación no se encuentra en que produzcan bienes más costosos. De hecho, un automóvil, un microprocesador o una tonelada de trigo compiten en mercados internacionales donde los precios tienden a converger. La diferencia aparece en los servicios.

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Cuando una economía logra aumentar significativamente la productividad de los sectores que compiten en el comercio internacional, esas empresas pueden pagar salarios más altos sin perder competitividad. Un trabajador produce más por hora, genera mayor valor agregado y la empresa puede remunerarlo mejor.

Pero los salarios no permanecen encerrados dentro de ese sector. Un ingeniero puede pasar de una empresa energética a una industrial; un técnico especializado puede cambiar de empleador; un programador puede optar por distintos mercados. Para retener trabajadores, el resto de las actividades también debe elevar sus remuneraciones.

Allí aparece el mecanismo central del efecto Balassa-Samuelson.

Los sectores cuyos niveles de productividad apenas aumentaron —comercio, gastronomía, salud, educación o servicios personales— no pueden compensar esos mayores salarios produciendo mucho más. Como consecuencia, trasladan el incremento de costos a sus precios.

Por eso un café cuesta mucho más en Zúrich que en otras ciudades. No porque el café sea diferente, sino porque detrás de ese precio existen salarios muy superiores sostenidos por una economía considerablemente más productiva.

La consecuencia macroeconómica es conocida: el tipo de cambio real se aprecia y el país se vuelve más caro. Pero esa apreciación no representa una pérdida de competitividad. Al contrario. Es el resultado natural de una economía que produce más riqueza.

Esa es, precisamente, la condición que impone Balassa-Samuelson.

Una moneda fuerte solo resulta sostenible cuando descansa sobre un aumento persistente de la productividad.

La Argentina presenta hoy algunos rasgos compatibles con ese proceso. Sectores como la energía, la minería, parte del complejo agroexportador y determinados servicios vinculados a las finanzas o la economía del conocimiento están aumentando su productividad, incorporando tecnología, atrayendo inversiones y generando ingresos en dólares.

Desde esa perspectiva, una parte de la apreciación real podría interpretarse como la consecuencia lógica de un cambio estructural. Una economía capaz de producir más valor puede convivir con salarios más elevados y, en consecuencia, con precios internos relativamente más altos.

Sin embargo, la propia teoría obliga a formular una segunda pregunta.

¿Ese aumento de productividad alcanza al conjunto de la economía?

Porque Balassa-Samuelson no describe una economía donde algunos sectores prosperan mientras el resto permanece inmóvil. Describe un proceso de difusión. Los sectores más eficientes elevan los salarios, estimulan la inversión, demandan proveedores, incorporan tecnología y terminan impulsando mejoras de productividad en actividades que originalmente no participaban de ese crecimiento.

Es esa propagación la que convierte una apreciación cambiaria en un fenómeno sostenible.

Si la productividad permanece concentrada en unos pocos sectores, la dinámica cambia.

La economía comienza a convivir con actividades capaces de pagar salarios internacionales y otras cuya rentabilidad sigue dependiendo exclusivamente del mercado interno. El resultado puede ser un aumento del costo de vida que no necesariamente encuentra respaldo en una mejora equivalente de la productividad del conjunto del sistema productivo.

Desde esta perspectiva, el debate sobre el tipo de cambio adquiere otra dimensión.

No alcanza con discutir si el dólar está alto o bajo. La verdadera variable es la productividad.

Si el crecimiento de sectores como la energía, la minería o el agro termina irradiándose hacia la industria, los servicios, la logística, la infraestructura y las pequeñas y medianas empresas, la apreciación real podría consolidarse como una característica permanente de una economía más eficiente.

Si, por el contrario, esa transformación permanece confinada a un grupo reducido de actividades, la sustentabilidad del modelo dependerá cada vez más de variables financieras y cada vez menos de fundamentos productivos.

En ese caso, una moneda apreciada dejaría de reflejar una economía más rica para convertirse en una economía con fuertes diferencias internas de productividad.

Balassa y Samuelson nunca escribieron sobre la Argentina. Sin embargo, su teoría ofrece una enseñanza que conserva plena vigencia.

Los países exitosos no son caros porque deciden tener una moneda fuerte. Son caros porque producen más valor por trabajador que el resto del mundo.

La pregunta que hoy enfrenta la economía argentina no es si puede sostener un peso apreciado.

La pregunta es si puede extender el aumento de productividad más allá de los sectores que hoy lideran el crecimiento.

De esa respuesta dependerá si el actual proceso representa el comienzo de un cambio estructural o apenas una etapa transitoria de la economía argentina.

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