Mark Carney, del banco central a construir una Canadá menos dependiente de Estados Unidos

Nació en una pequeña localidad de los Territorios del Noroeste, estudió en Harvard y Oxford, pasó 13 años por Goldman Sachs y condujo los bancos centrales de Canadá y del Reino Unido. Recién después entró en la política electoral. Hoy, como Primer Ministro, intenta trasladar esa trayectoria internacional a una estrategia que busca ampliar el margen de autonomía canadiense frente a Estados Unidos y acercar al país a Europa.

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Mark Carney llegó esta semana al Parlamento Europeo con una particularidad poco frecuente entre los jefes de Gobierno. Antes de dedicarse a la política partidaria había dirigido dos bancos centrales, atravesado la crisis financiera internacional de 2008, gestionado las consecuencias económicas del Brexit y trabajado en cuatro de los principales centros financieros del mundo.

Ahora enfrenta un problema diferente, aunque relacionado con todos los anteriores: cómo reducir la vulnerabilidad de Canadá frente a Estados Unidos sin romper una relación económica construida durante décadas.

Su visita a Estrasburgo sintetizó esa búsqueda. Allí defendió una cooperación más profunda con Europa en minerales críticos, defensa, inteligencia artificial, capacidad informática, energía, espacio y sistemas de pagos. La discusión adquirió una dimensión mayor cuando Ursula von der Leyen planteó la posibilidad de desarrollar alguna forma de asociación entre Canadá y la Unión Europea.

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La idea no supone que Canadá vaya a incorporarse a la UE. El alcance jurídico de una eventual condición de país asociado todavía debe definirse. Pero políticamente muestra hasta dónde llegó la transformación de la política exterior canadiense.

Para comprender ese giro también hay que reconstruir la historia del hombre que lo impulsa.

De Fort Smith a Harvard

Mark Joseph Carney nació en 1965 en Fort Smith, una pequeña localidad de los Territorios del Noroeste de Canadá, a más de 3.000 kilómetros de Toronto. Creció en Edmonton, Alberta, dentro de una familia de docentes. Durante la escuela secundaria trabajó, entre otras actividades, repartiendo el diario Edmonton Journal.

El recorrido posterior fue considerablemente más internacional.

Estudió Economía en Harvard y se graduó en 1988. Después se trasladó al Reino Unido: obtuvo una maestría en Economía en Oxford en 1993 y un doctorado en la misma universidad en 1995.

La combinación entre formación académica y experiencia en los mercados financieros se convertiría en una característica de toda su carrera.

Antes de llegar al sector público pasó 13 años en Goldman Sachs, donde trabajó en Londres, Tokio, Nueva York y Toronto. Llegó a ser Managing Director de la entidad. Esa etapa le permitió conocer desde dentro los mercados que más tarde tendría que regular desde los bancos centrales.

El economista que llegó al Estado

En 2003 comenzó la segunda parte de su carrera. Carney dejó Goldman Sachs para convertirse en vicegobernador del Banco de Canadá. Un año después pasó al Ministerio de Finanzas como viceministro asociado principal y participó en las estructuras económicas internacionales del G7, G20 y Financial Stability Forum.

En febrero de 2008 asumió como gobernador del Banco de Canadá.

El momento difícilmente podía ser más exigente.

Meses después, la quiebra de Lehman Brothers aceleró la mayor crisis financiera internacional desde la década de 1930. Carney quedó al frente de la política monetaria canadiense cuando bancos centrales y gobiernos intentaban evitar que el derrumbe del sistema financiero arrastrara a la economía mundial.

Canadá atravesó aquella crisis con un sistema bancario comparativamente resistente. La experiencia elevó el perfil internacional de Carney y, en 2011, fue designado presidente del Financial Stability Board, el organismo encargado de coordinar reformas destinadas a fortalecer la estabilidad del sistema financiero internacional.

El siguiente paso terminó de convertirlo en una figura poco habitual entre los banqueros centrales.

Un canadiense en el Banco de Inglaterra

En 2012, el Gobierno británico anunció que Carney sería el próximo gobernador del Banco de Inglaterra. Asumió el 1° de julio de 2013 y permaneció hasta marzo de 2020.

Era una elección significativa: un canadiense quedaba al frente de una de las instituciones económicas centrales del Reino Unido.

Y nuevamente la estabilidad duró poco.

El referéndum de 2016 decidió la salida británica de la Unión Europea. Carney debió conducir la política monetaria y la supervisión financiera durante los primeros años del Brexit, en un período de incertidumbre sobre el futuro de la libra, el sistema bancario y las relaciones económicas británicas con el continente.

Incluso prolongó su permanencia prevista en el cargo para aportar continuidad durante las negociaciones de salida de la Unión Europea.

La experiencia contiene una paradoja que adquiere otra dimensión una década después: el hombre que administró desde Londres las consecuencias económicas de alejarse de Europa intenta ahora acercar Canadá al bloque europeo.

De los bancos centrales a la política

Tras abandonar el Banco de Inglaterra, Carney mantuvo un perfil internacional. En 2020 comenzó a desempeñarse como enviado especial de Naciones Unidas para Acción Climática y Finanzas. También ocupó funciones en el sector privado antes de dar el salto definitivo a la política canadiense.

Ese salto fue extraordinariamente rápido.

En marzo de 2025 ganó el liderazgo del Partido Liberal y fue investido como 24° Primer Ministro de Canadá. Poco después condujo al partido en las elecciones federales del 28 de abril.

Carney llegó así al máximo cargo político sin haber construido previamente la trayectoria parlamentaria habitual de un dirigente canadiense. Su capital inicial provenía de otro lugar: gestión económica, conocimiento de los mercados e inserción internacional.

Pero el contexto también cambió el sentido de esas credenciales.

La relación con Estados Unidos pasó a ocupar el centro de la política canadiense y la confrontación comercial con la administración de Donald Trump terminó convirtiéndose en uno de los ejes de su Gobierno.

El factor Trump

La tensión con Washington produjo un efecto político interno que parte de la prensa y de los analistas canadienses denominaron Trump bump: un aumento del respaldo al Gobierno cuando Ottawa adopta posiciones más firmes frente a Estados Unidos.

Según el relevamiento de Angus Reid citado por Libération, a comienzos de septiembre la aprobación de Carney se ubicaba en 62%, 11 puntos porcentuales por encima de agosto. El sondeo registró además un amplio respaldo a una posición canadiense firme en la negociación comercial con Washington.

Son fotografías de opinión pública, no garantías sobre su evolución futura. Pero permiten entender por qué la política exterior adquirió una importancia poco habitual en la política doméstica canadiense.

La tensión refleja también el problema estructural que enfrenta Carney. Estados Unidos no es simplemente un socio importante para Canadá. Las dos economías están profundamente integradas mediante cadenas productivas, infraestructura, inversiones y comercio.

Diversificar esa relación requiere, por lo tanto, algo más que encontrar nuevos compradores para las exportaciones canadienses.

Y allí aparece Europa.

Estrasburgo y una relación que busca cambiar de escala

La visita de Carney a Estrasburgo no fue una escala protocolar. Durante dos días, el Primer Ministro canadiense ocupó un lugar poco habitual para un dirigente de un país que no pertenece a la Unión Europea y el acercamiento quedó incorporado a uno de los principales debates políticos del bloque.

Carney fue recibido por la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, participó como invitado del debate sobre el Estado de la Unión y posteriormente pronunció un discurso formal ante el pleno.

El dato más significativo, sin embargo, había surgido del discurso de Ursula von der Leyen. La presidenta de la Comisión Europea planteó la posibilidad de llevar la relación con Ottawa a un terreno hasta ahora inexistente: explorar una fórmula que convierta a Canadá en una suerte de “miembro asociado” de la Unión Europea.

La propuesta todavía no constituye una figura jurídica definida ni existe un acuerdo entre los 27 Estados miembros sobre su alcance. Por ahora, se trata más de una iniciativa política que de un proyecto institucional con reglas establecidas.

Carney evitó quedar atrapado en la denominación.

En su intervención ante el Parlamento no insistió en el concepto de “miembro asociado”. Respaldó, en cambio, la idea que lo sustenta: construir una relación entre Canadá y Europa considerablemente más profunda que un acuerdo comercial.

Mucho más que comercio

La agenda planteada en Estrasburgo muestra que el acercamiento tiene contenido económico concreto.

Carney propuso ampliar la cooperación en minerales críticos, energía, defensa, inteligencia artificial, comercio digital e infraestructura estratégica. También presentó a Canadá como un potencial proveedor europeo de energía y materias primas y planteó una mayor integración de las capacidades industriales y tecnológicas de ambos lados del Atlántico.

El esquema tiene una lógica complementaria.

Europa necesita diversificar proveedores de energía, minerales y tecnologías estratégicas. Canadá dispone de abundantes recursos naturales, capacidad energética, una economía desarrollada y acceso privilegiado al mercado norteamericano. Pero esa última ventaja es, al mismo tiempo, la dependencia que Carney intenta reducir.

La relación tampoco parte de cero.

Desde 2017 se aplica provisionalmente el CETA, el acuerdo económico y comercial entre Canadá y la Unión Europea. El intercambio entre ambos mercados creció desde entonces y existe una arquitectura institucional sobre la cual ampliar la cooperación.

Estrasburgo plantea una etapa diferente: pasar de una relación basada principalmente en comercio e inversiones a otra que incorpore seguridad económica, defensa, tecnología y autonomía estratégica.

Metsola destacó precisamente esa amplitud al recibir al Primer Ministro y señaló posibilidades de mayor cooperación en defensa, comercio, energía, educación e investigación.

La respuesta de Washington

El movimiento adquirió inmediatamente una tercera dimensión: Estados Unidos.

La posibilidad de que Canadá profundice institucionalmente su relación con Europa inevitablemente afecta una ecuación construida durante décadas alrededor de la integración norteamericana.

Carney eligió una formulación cuidadosa.

Ante los eurodiputados aclaró que Canadá no pretende construir junto con Europa “un tercer bloque” destinado a competir como una nueva gran potencia. Su planteo apunta a que las democracias y las potencias medias dispongan de suficiente capacidad económica, tecnológica y defensiva para evitar que otros Estados puedan utilizar el acceso a mercados, tecnología o recursos como instrumentos de presión.

La diferencia es relevante.

Carney no propone sustituir la relación con Estados Unidos por otra con Europa. Eso sería económicamente difícil para Canadá. Busca aumentar las alternativas disponibles.

El objetivo es que la dependencia de un socio —incluso cuando ese socio continúe siendo el principal— no se transforme en dependencia estratégica.

Una alianza de potencias medias

Ese concepto permite entender mejor el proyecto de Carney.

Entre Estados Unidos y China existe un conjunto de economías desarrolladas que, consideradas individualmente, tienen una capacidad limitada para establecer las reglas del sistema internacional. Canadá y los principales países europeos enfrentan versiones diferentes del mismo problema: dependen parcialmente de las grandes potencias en comercio, tecnología, defensa, energía o cadenas de suministro.

La propuesta canadiense consiste en aumentar la cooperación entre esas economías.

Por eso Carney vinculó en Estrasburgo la protección de las democracias con la capacidad de preservar mercados abiertos y el Estado de derecho. El proyecto no se limita al comercio. Incluye seguridad energética, materias primas, defensa, infraestructura digital e inteligencia artificial.

También existe una dimensión social. Una integración más profunda podría facilitar los intercambios educativos, científicos y laborales entre ambas sociedades, aunque todavía no existe un régimen concreto acordado.

La arquitectura continúa en construcción.

No existe un tratado de asociación, no están definidos los derechos que tendría Canadá y tampoco está establecido qué obligaciones asumiría. Transformar una declaración política en una institución requerirá negociaciones entre la Comisión Europea, el Parlamento y los Estados miembros.

Pero Estrasburgo dejó planteada una posibilidad que excede a Canadá.

Si Europa consigue desarrollar con Ottawa una fórmula de integración económica y estratégica que vaya más allá de un tratado de libre comercio sin exigir la pertenencia plena a la Unión, podría aparecer una nueva categoría de asociación con países desarrollados no europeos.

Por ahora es una posibilidad, no un proyecto acordado.

La biografía vuelve a aparecer

Para Carney existe además una particular continuidad personal.

Entre 2013 y 2020 estuvo al frente del Banco de Inglaterra y debió administrar buena parte de las consecuencias económicas del Brexit. Una década después regresó al Parlamento Europeo como Primer Ministro de Canadá para discutir el movimiento inverso: cómo acercar una economía no europea al entramado económico y estratégico de la Unión.

La paradoja resume buena parte de su recorrido.

Carney pasó décadas trabajando sobre la administración del riesgo: primero desde Goldman Sachs, después desde los bancos centrales de Canadá e Inglaterra y más tarde desde los organismos financieros internacionales.

En Estrasburgo trasladó esa misma lógica a la geopolítica.

El riesgo que intenta administrar ahora es la dependencia.

Canadá no puede cambiar su geografía ni reemplazar a Estados Unidos como principal socio económico. Europa tampoco puede prescindir rápidamente de Estados Unidos en materia de defensa, tecnología y capital.

La estrategia surgida en Estrasburgo parte de una premisa diferente: ninguna de las dos partes necesita romper esa relación para comenzar a reducir su vulnerabilidad frente a ella.

Para Carney, además, se trata de un nuevo capítulo de una trayectoria difícil de encuadrar en la política tradicional.

El hombre que nació en Fort Smith, estudió en Harvard y Oxford, pasó 13 años en Goldman Sachs, dirigió los bancos centrales de Canadá y del Reino Unido y llegó a la política electoral recién después de los 50 años intenta ahora convertir su experiencia administrando crisis financieras en una estrategia de Estado.

La cuestión que queda abierta es si Canadá podrá transformar la diversificación internacional en una reducción efectiva de su dependencia de Estados Unidos.

Estrasburgo fue un paso en esa dirección. Los siguientes serán menos discursivos: Canadá y la Unión Europea deberán determinar hasta dónde están dispuestos a integrar sus economías, sus políticas de defensa y sus sectores tecnológicos, y qué significa concretamente la todavía indefinida idea de una asociación canadiense con Europa.Mark Carney, Canadá, Unión Europea, Estados Unidos, Donald Trump

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