Hay metáforas que retratan una época mejor que cualquier serie estadística. Peter Atwater, profesor de Economía en William & Mary y autor de The Confidence Map, propone una que conviene retener: la economía contemporánea se parece a una torre de Jenga. Vistosa y robusta en su parte superior, donde se apilan las piezas más caras, pero cada vez más frágil a medida que se le quitan apoyos a la base. Las aerolíneas, ejemplifica, viven de los pasajeros de la punta del avión, capaces de pagar diez veces más que el resto; sin embargo, basta retirar una pieza de abajo para que tiemble la estructura entera. Una arquitectura magnífica y, al mismo tiempo, expuesta a un derrumbe que no avisa.
Atwater no inventó la expresión que lo hizo célebre —la “economía en forma de K”—, pero fue quien le dio espesor conceptual. La idea nació en las discusiones febriles de 2020, cuando los analistas debatían si la salida de la pandemia tendría forma de V, de L o de W. Alguien sugirió, casi como una boutade, que la letra final sería una K: algunas cosas se recuperarían y otras no. Lo que para muchos era un chiste técnico,
Atwater lo leyó como una profecía. Los de arriba saldrían reforzados del trance; los de abajo, relativamente peor que antes. El brazo ascendente y el descendente de una misma letra, trazados sobre el mismo plano y, sin embargo, condenados a no encontrarse jamás.
Lo verdaderamente perturbador del planteo no es la brecha de ingresos, fenómeno tan antiguo como el capitalismo. Es que la bifurcación, sostiene, ya dejó de ser meramente económica para volverse existencial. Lo que experimentan los de arriba en materia de salud, educación, acceso a la tecnología y hasta en el ejercicio de sus derechos no guarda relación con lo que viven los de abajo. Son dos biografías paralelas que comparten ciudad y moneda, pero casi nada más. Y la inteligencia artificial, lejos de cerrar la grieta, parece ensancharla: cada vez se asemeja más a un juego de suma cero, donde la ganancia de unos se construye sobre la pérdida de los otros.
De ahí deriva el segundo movimiento del argumento, el más fino. Atwater estudia hace años la confianza —no como un humor pasajero de los mercados, sino como la variable que organiza las decisiones colectivas— y diagnostica un tránsito peligroso: salimos de una era de incertidumbre para entrar en otra de impotencia. La diferencia no es retórica. Quien siente incertidumbre todavía cree que puede influir en su destino; quien siente impotencia ya renunció a esa creencia. Durante la pandemia, recuerda, la gente desplegó una creatividad notable para recuperar el control de su vida. Hoy, paradójicamente, muchos se sienten más vulnerables que entonces. Y la impotencia, a diferencia de la incertidumbre, no se cura con paciencia: se convierte en bronca, y la bronca, tarde o temprano, busca destinatarios.
Salimos de una era de incertidumbre para entrar en otra de impotencia
Hasta aquí, el lector argentino podría creer que se trata de un problema ajeno, una preocupación de profesores del hemisferio norte. Sería un error. Pocos países ofrecen hoy una ilustración tan límpida de la economía en forma de K como el nuestro.
Obsérvese el brazo ascendente. Los mercados celebran: el superávit fiscal —ese que no se veía en más de un siglo— se sostiene mes a mes, la inflación cede hasta su menor registro en años y un ministro de Economía promete, ante auditorios de empresarios, que 2027 será el año del mayor crecimiento. Para quien lee balances y mira pantallas hay, en efecto, algo parecido a una edad de oro. El propio Atwater observa que la segunda administración Trump produjo en los Estados Unidos una euforia inédita entre los más ricos, que por primera vez se sintieron plenamente representados por un gobierno. La música, en Wall Street y en el microcentro porteño, suena sospechosamente parecida.
Pero gírese ahora hacia el brazo descendente. El Índice de Confianza del Consumidor que mide la Universidad Torcuato Di Tella apenas rebotó en mayo y sigue casi doce por ciento por debajo del de un año atrás; la confianza en el Gobierno orilla mínimos y la desaprobación presidencial trepó al punto más alto del mandato. Un juez debió suspender decenas de artículos de la reforma laboral tras el reclamo del principal sindicato. Y el componente que mide la situación personal —lo que cada uno percibe sobre su propio bolsillo— es, mes tras mes, el que más retrocede. El detalle más elocuente tiene una ironía perfecta: dentro de la misma encuesta, los hogares de ingresos altos puntúan por encima de los de ingresos bajos. La letra K no necesita que la dibujemos: ya viene impresa en la planilla.
La letra K no necesita que la dibujemos: ya viene impresa en la planilla.
Conviene detenerse en la advertencia más incómoda de Atwater, precisamente porque está dirigida a quienes leen estas páginas. Los de arriba, dice, padecen una ceguera peculiar: rodeados de vuelos privados, accesos exclusivos y tribunas separadas en los estadios, terminan por ver únicamente su propio reflejo. El lujo no es nuevo —siempre existió—, pero hoy es más visible y, a la vez, más aislado. La élite habita un espejo. Los de abajo, en cambio, sí ven con crudeza ese estilo de vida, porque las redes se lo exhiben a diario. La asimetría de la mirada es total: unos no ven nada que no sean ellos mismos; los otros no ven otra cosa.
Unos no ven nada que no sean ellos mismos; los otros no ven otra cosa
Para el empresariado argentino, habituado a celebrar la baja del riesgo país como si fuera un veredicto histórico, la moraleja es severa. Una economía que prospera solo en su tramo superior es, volviendo a la imagen inicial, una torre de Jenga: impecable arriba, hueca abajo y, por eso mismo, candidata al colapso. La política suele encargarse de pasar la factura. Atwater interpreta la elección de un intendente socialista y populista en Nueva York como señal de que los excluidos de la fiesta empiezan a organizarse; en Europa advierte que el segundo choque energético en cinco años podría reavivar un giro de difícil pronóstico. La Argentina no está exenta de esa mecánica: las edades de oro que solo doran a unos pocos rara vez terminan bien para todos.
Nadie muere de desigualdad, suele decirse para clausurar el debate; se muere de hambre, no de estadísticas comparadas. Atwater responde con elegancia que la pobreza no es solo una situación económica, sino un estado de desesperanza y desconfianza, y que de allí a la violencia hay un solo paso. Quizá la lección para los de arriba —en Washington, en Madrid y también en Buenos Aires— no sea moral sino estrictamente práctica: conviene aprender a mirar más allá del espejo, antes de que alguien, cansado de no ser visto, decida retirar la pieza que sostiene la torre.












