La comodidad del Yuan

Xi Jinping quiere una moneda poderosa. La guerra de Estados Unidos lo está ayudando.

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Hay una vieja paradoja en la historia del poder: los imperios suelen perder antes lo que más se esfuerzan en conservar. Roma se aferró a sus legiones cuando ya había dejado de producir ciudadanos; España defendió la plata de Potosí mientras se quedaba sin manufacturas; Gran Bretaña se obstinó en la libra esterlina cuando ya había abdicado del comercio mundial. Estados Unidos, hoy, parece dispuesto a repetir el ejercicio: convencido de que su dominio se sostiene en sanciones, aranceles y amenazas, está empujando al mundo —sin proponérselo, o acaso proponiéndoselo— a buscar alternativas a su moneda. Xi Jinping observa, calcula y avanza.

La portada reciente de The Economist resume la cuestión con una elegancia inglesa que merece ser traducida sin pérdida: el yuan está cómodo. No triunfante, no hegemónico, no inminente; simplemente cómodo. Y esa comodidad, en un mundo donde la incomodidad del dólar crece semana tras semana, es precisamente la condición que necesita Pekín para que la historia trabaje a su favor. Las monedas internacionales no se imponen por decreto: se aceptan por hábito, por conveniencia, por desconfianza hacia las otras. Y la desconfianza hacia el dólar la está sembrando, con notable laboriosidad, la propia administración norteamericana.

La  revelación de Qiushi

El 1° de febrero de este año, la revista Qiushi —órgano teórico del Partido Comunista chino— publicó un texto que Xi había pronunciado en privado dos años antes, en 2024, ante funcionarios provinciales. La elección del momento no fue casual. Qiushi significa, traducido sin eufemismos, “buscar la verdad en los hechos”, y la verdad que Pekín quiso comunicar era doble: que China aspira a tener una “moneda poderosa” con estatuto de reserva global, y que considera llegado el momento de decirlo en voz alta.

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“Una nación financieramente fuerte —decía Xi en aquella ocasión— debe tener primero una moneda poderosa, ampliamente utilizada en el comercio internacional, en la inversión y en los mercados de divisas, con estatus de moneda de reserva mundial.” La frase, dormida durante veinte meses en los archivos del Partido, fue desempolvada justo cuando el índice del dólar caía un 11% respecto de enero de 2025, cuando el sistema CIPS chino batía récords de transacciones diarias, y cuando Donald Trump anunciaba el sexto giro de su política comercial en otros tantos meses. La coincidencia, como suele ocurrir en China, no era coincidencia.

“Las monedas internacionales no se imponen por decreto: se aceptan por hábito, por conveniencia, por desconfianza hacia las otras.”

El arma que se vuelva contra quien la empuña

Hay un principio elemental en estrategia, formulado por Clausewitz y comprobado por todos los imperios desde entonces: el arma usada con exceso pierde su filo. El dólar, durante medio siglo, fue para Estados Unidos lo que el rayo para Zeus: un instrumento de castigo casi divino. Excluir a un país del sistema SWIFT equivalía a decretar su muerte económica. Irán, Cuba, Venezuela, Rusia, Corea del Norte: una larga lista de naciones supieron lo que significaba quedar al margen de la red de pagos dominada por Washington.

Pero el castigo recurrente educa al castigado. Y educa, también, al testigo. Cuando Estados Unidos congeló los activos rusos del Banco Central tras la invasión de Ucrania en 2022 —una medida defendible en términos morales y desastrosa en términos estratégicos— envió al mundo un mensaje que Pekín supo leer mejor que nadie: el dólar no es ya solo una moneda, es una jurisdicción. Y toda jurisdicción puede ser, llegado el caso, una cárcel. Los bancos centrales de medio planeta tomaron nota.

La respuesta china tiene nombre técnico: CIPS, Cross-Border Interbank Payment System. Lanzado en 2015 por el Banco Popular de China, fue durante años poco más que una curiosidad burocrática. En 2022, el 80% de sus operaciones todavía dependía de la mensajería SWIFT. Hoy, esa proporción ha caído drásticamente: los participantes directos pasaron de 139 a casi 193 instituciones, y el volumen anual procesado en 2024 trepó a 24,45 billones de dólares, un 43% más que el año anterior. En abril de este año, en una sola jornada, CIPS movió 178.500 millones de dólares —o, mejor dicho, su equivalente en yuanes— en 42.000 transacciones.

Las cifras, leídas con frialdad, todavía son modestas. El yuan apenas representa cerca del 3% de los pagos globales registrados por SWIFT, frente al 48% del dólar y el 24% del euro. Como reserva de los bancos centrales, no llega al 2%. Quien quisiera anunciar la muerte del dólar a partir de estos números cometería el error de Mark Twain: la noticia sería notablemente exagerada. Pero ahí, justamente, está la trampa estadística: lo que se mide en SWIFT es cada vez menos lo que se mueve en el mundo. Las transacciones que migran a CIPS escapan al radar de Bruselas. El dólar no está siendo destronado: está siendo, lentamente, evitado.

Geografía del YUAN

Cuando uno examina el mapa de la expansión, se advierte un patrón que debería preocupar a Washington más de lo que parece preocuparle. La adopción del yuan no avanza por simpatía ideológica —Arabia Saudita, Emiratos, Pakistán, Indonesia, Brasil no son satélites de Pekín—, sino por aritmética. Si China es su principal comprador de petróleo, de hierro, de soja, de cobre, ¿en qué moneda razonable habría que facturar? Saudi Aramco ya cotiza, según trascendidos no desmentidos, hasta el 65% de un contrato con Sinopec en yuan digital. Indonesia incorporó el yuan a sus reservas oficiales. Los miembros del ASEAN preparan acuerdos para liquidar hasta el 90% de su comercio intrarregional en yuanes. La conflagración del Medio Oriente ha acelerado el proceso: cada misil norteamericano sobre Teherán es, también, un argumento involuntario a favor de Pekín.

Argentina, conviene recordarlo, no es ajena a esta historia. Los swaps de monedas firmados con el Banco Popular de China desde 2009 —ampliados, renegociados, suspendidos y vueltos a reactivar según los humores de cada gobierno— constituyen hoy una porción significativa de las reservas brutas del Banco Central. Esa dependencia no es inocua. Cada vez que el peso argentino se sostiene sobre yuanes prestados, una parte de la soberanía monetaria argentina se traslada a Pekín. Lo curioso es que esta dependencia haya prosperado bajo gobiernos de signos ideológicos diametralmente opuestos: prueba, si hiciera falta, de que la geografía pesa más que las doctrinas.

“El dólar no está siendo destronado: está siendo, lentamente, evitado.”

Las limitaciones del candidato

Sería un error, sin embargo, suscribir el entusiasmo apocalíptico de quienes anuncian la inminente coronación del yuan. China padece, en su aspiración monetaria, una contradicción estructural que no ha resuelto y acaso no pueda resolver sin alterar su modelo: para ser moneda de reserva mundial, el yuan necesitaría ser fuerte; para sostener su economía exportadora, Pekín lo necesita débil. Ningún banco central serio acumulará reservas en una moneda que su propio emisor devalúa estratégicamente cada dos años.

A esto se suma el problema —de naturaleza política— del control de capitales. Una moneda de reserva supone libertad de entrada y salida, mercados profundos de bonos soberanos, derivados, cobertura cambiaria. China conserva en cambio una arquitectura financiera semicerrada, donde cada salida importante de capital requiere autorización del Estado. Kenneth Rogoff, el economista de Harvard, ha señalado con razón que el dólar mantuvo su preeminencia incluso cuando Estados Unidos conservaba restricciones similares hasta los años setenta; pero también ha advertido que la transición exigiría reformas institucionales profundas que el Partido Comunista no parece dispuesto a acometer.

Hay, además, una cuestión de confianza que ningún sistema técnico puede resolver. El dólar, con todos sus defectos, está respaldado por tribunales independientes, contratos exigibles, una Reserva Federal a la que ni Trump ha podido todavía someter por completo. El yuan, en cambio, está respaldado por la decisión última de un Comité Central. La diferencia parece abstracta hasta el día en que un inversor extranjero descubre que su contrato ha sido reinterpretado por razones de Estado. La hegemonía monetaria, decía Charles Kindleberger, requiere no solo poder sino reputación. Y la reputación se construye en décadas y se pierde en horas.

La paradoja Norteamericana

Y sin embargo, todo este andamiaje de cautelas no debería tranquilizar a Washington. Porque el problema central no es si el yuan está listo para reemplazar al dólar —no lo está—, sino si Estados Unidos sigue siendo, él mismo, un emisor confiable. Aquí la respuesta es cada vez más incierta. La sucesión de aranceles unilaterales, las amenazas a la independencia de la Reserva Federal, los rumores de devaluación deliberada, las purgas a la burocracia técnica del Tesoro: todo ello erosiona la única virtud que un emisor de moneda mundial no puede permitirse perder, que es la previsibilidad.

Trump cree, con la simplicidad de los autodidactas, que el dólar fuerte perjudica a la industria norteamericana y que un dólar manejado políticamente recuperaría el equilibrio comercial. Es la vieja confusión entre la moneda de un país y la moneda del mundo. El dólar es ambas cosas a la vez, y precisamente por eso Estados Unidos goza —goza todavía— del “privilegio exorbitante” que Valéry Giscard d’Estaing denunciaba en los años sesenta: financiar sus déficits con papel propio. Renunciar a ese privilegio para resolver una balanza comercial es como vender la casa para pagar el alquiler. Y, sin embargo, eso es lo que Washington parece estar dispuesto a hacer.

China, mientras tanto, se limita a esperar. No necesita ganar: le basta con que el adversario pierda. La doctrina del wei qi —el ajedrez chino, donde no se busca dar jaque mate sino rodear pacientemente al contrario— se aplica aquí con manual de instrucciones. CIPS no derrotará a SWIFT en una batalla campal; lo irá rodeando, transacción por transacción, hasta que la red norteamericana se descubra, una mañana, irrelevante en regiones enteras del mundo.

Lecciones para un país periférico

Conviene preguntarse qué significa todo esto para una nación como la Argentina, que carece de moneda confiable propia y que en consecuencia debe siempre apoyarse en moneda ajena. La respuesta tradicional —dolarizar de hecho, o de derecho— supone que el dólar seguirá siendo eternamente lo que ha sido. Esa premisa, hasta hace poco indiscutible, hoy lo es menos. No porque el yuan vaya a reemplazarlo en lo inmediato, sino porque el mundo se desliza hacia un sistema multipolar donde ninguna moneda gobernará en soledad.

En ese mundo, los países pequeños tendrán que aprender un arte que la Argentina ha practicado mal pero podría practicar mejor: el de la equidistancia provechosa. No alinearse ciegamente con Washington ni con Pekín, sino comerciar con ambos, endeudarse en proporciones razonables con cada uno, mantener reservas diversificadas, conservar márgenes de soberanía monetaria que no dependan del humor de un solo emperador. La historia diplomática argentina ofrece, en este sentido, antecedentes valiosos: la neutralidad activa de Yrigoyen durante la Primera Guerra, la tercera posición peronista, la apertura al mundo de los años ochenta. La equidistancia no es tibieza; es supervivencia.

Lo que está en juego en la disputa entre el yuan y el dólar no es, pues, solamente cuál moneda dominará los mercados de divisas en 2030 o en 2040. Es algo más profundo: si el orden mundial seguirá siendo unipolar, con un solo árbitro y una sola caja, o si finalmente —después de ochenta años bretton-woodsianos— ingresaremos en una pluralidad monetaria que recuerde, aunque sea remotamente, el siglo XIX, cuando libra, franco y marco coexistían sin que ninguno reclamase el monopolio de la confianza.

Hay una imagen que vuelve una y otra vez al leer estos despachos sobre el ascenso del yuan. Es la imagen de un Imperio Romano tardío que insiste en acuñar denarios cuando el comercio del Mediterráneo ha empezado a hacerse, silenciosamente, en monedas bárbaras. Nadie proclama el fin del denario; la mayoría sigue usándolo; los emperadores siguen siendo emperadores. Pero algo, en la circulación cotidiana del oro y de la plata, ha cambiado para siempre. Cuando Roma lo advierte, ya es tarde.

Estados Unidos no es Roma —todavía—, y el yuan no es, por ahora, una moneda bárbara. Pero la portada de The Economist tiene razón en su elección adjetival: el yuan está cómodo. Y la comodidad, en geopolítica monetaria, es el paso previo a la inevitabilidad. Xi Jinping no tiene apuro. El tiempo, hasta nuevo aviso, parece estar de su lado.

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