Peter Thiel, o el filósofo que dejó de creer en la democracia

De Frankfurt a Buenos Aires, la trayectoria de Peter Thiel condensa las mutaciones de una época: el capitalismo tecnológico dejó de prometer emancipación para ofrecer, en su lugar, una teología del poder. Detrás del inversor más influyente de Silicon Valley late una pregunta vieja como la política misma: ¿qué clase de orden sigue al desencanto?

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Hay una imagen que resume, quizás mejor que ningún balance financiero, la naturaleza íntima del personaje: un niño de ocho años, pálido y enclenque, inclinado sobre un tablero de ajedrez en una escuela sólo para blancos de Swakopmund, Namibia, mientras afuera, en la calcinada meseta africana, su padre supervisa la extracción de uranio para una multinacional alemana.

Ese chico —hijo de evangélicos, lector precoz de Tolkien, memorizador obsesivo de El Señor de los Anillos— se llama Peter Andreas Thiel, tiene puntaje de Maestro de la Federación de Ajedrez de Estados Unidos antes de cumplir veinte años, y está incubando, sin saberlo todavía, una de las mentes más influyentes —y más inquietantes— del capitalismo contemporáneo. La escena es, en su composición, deliberadamente borgeana: el uranio, el tablero, el Apartheid, las runas de Tolkien. Cada pieza anticipa, como en el ajedrez, un movimiento posterior.

El destino de las civilizaciones, escribió Samuel Huntington, no se decide por la superioridad de sus ideas, sino por su capacidad superior de ejercer la violencia organizada. Thiel —que ha citado a Huntington con una frecuencia casi litúrgica— ha hecho de esa sentencia el basamento de todo lo que vino después.

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Y lo que vino después fue, en orden cronológico pero también teológico: PayPal, Palantir, Facebook, Founders Fund, la Thiel Fellowship, la cruzada contra Gawker, el patrocinio político de J. D. Vance, las conferencias sobre el Anticristo en el Palazzo Taverna de Roma, y —ahora, abril de 2026— un almuerzo reservado en Casa Rosada. El relato oficial lo presenta como inversor, emprendedor, filántropo; el relato crítico, como ideólogo de un fascismo neoliberal con acento tecnológico. Ambos relatos, en su parcialidad, terminan perdiéndose lo decisivo: Thiel no es un empresario con inquietudes filosóficas, sino un filósofo que eligió el dinero como instrumento de intervención política. La distinción importa.

Una genealogía de la sospecha

En Stanford, hacia fines de los años ochenta, Thiel asiste a los seminarios del antropólogo francés René Girard, formulador de la teoría mimética: la idea de que el deseo humano es fundamentalmente imitativo, que competimos porque deseamos lo que otros desean, y que esa dinámica —si no se canaliza mediante rituales sacrificiales o instituciones sólidas— conduce inevitablemente a la violencia.

Esa teoría, que a primera vista parece un ejercicio académico menor, será la grilla interpretativa con la que Thiel leerá desde entonces los mercados, la política internacional y el propio Silicon Valley. Si el deseo es mimético, la competencia no es virtud sino patología; y el monopolio —lejos del fantasma antitrust que Washington persigue desde Theodore Roosevelt— es el único refugio posible para quien quiera crear valor genuino.

De esa intuición nacerá, veinte años después, Zero to One, donde la célebre máxima “la competencia es para los perdedores” funciona menos como consejo de negocios que como declaración ontológica: competir es admitir que uno no ha imaginado nada verdaderamente nuevo.

La paradoja, sin embargo, es que ese Thiel girardiano converge con otra tradición, más oscura y menos citada en los cursos de entrepreneurship: la del jurista alemán Carl Schmitt, el teórico del estado de excepción y del soberano como aquel que decide sobre la emergencia.

Junto con Leo Strauss —el filósofo de Chicago que enseñó a leer entre líneas los textos antiguos para descifrar una sabiduría escondida a las masas—, Schmitt proporciona a Thiel el vocabulario con el que interpretará la modernidad tardía como una lucha entre élites lúcidas y una “democracia” degradada, incapaz ya de distinguir a sus enemigos. Su ensayo de 2009, con aquella frase que sus adversarios nunca le perdonaron —“ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”—, no es, en esa clave, un exabrupto libertario, sino la conclusión lógica de una filosofía política que lleva décadas destilándose en silencio.

Douglass North lo había formulado con otras palabras y en otro registro: las instituciones inclusivas no son el punto de partida del desarrollo sino su resultado precario, y pueden —lo sabemos— revertirse. Thiel ha hecho de esa reversibilidad un programa.

La paradoja del emigrante

Hay algo, sin embargo, que el relato puramente ideológico no alcanza a explicar, y es la textura biográfica del personaje: la del hijo de un ingeniero alemán que crió a sus hijos entre Cleveland, Johannesburgo, Windhoek y Foster City, la del joven gay que debió mantener su identidad oculta durante décadas en un Silicon Valley que se presentaba como progresista pero castigaba las disidencias con la crueldad eficiente del algoritmo, la del ciudadano triple —alemán, estadounidense, neozelandés— que compró ciudadanía en las antípodas como quien compra una póliza contra el colapso.

Esa condición de outsider perpetuo —Frankfurt nunca fue del todo suyo, California nunca terminó de serlo tampoco— explica la afinidad temperamental con las teorías del colapso, la fascinación por las fortalezas insulares, la obsesión con los refugios en Nueva Zelanda, el mecenazgo de la criogenia y la extensión radical de la vida.

Daron Acemoglu diría que estamos ante un caso extremo de desconfianza en las instituciones abiertas; Girard, que ante un hombre que ha renunciado a todo mimetismo social porque ha dejado de creer en el grupo.

Ambos tendrían razón a medias.

Su fortuna se construyó sobre tres apuestas sucesivas y cada vez más ambiciosas: PayPal, que vendió a eBay por 1.500 millones en 2002 y que le dejó, más que dinero, una red humana (la célebre PayPal Mafia de Musk, Hoffman, Levchin, Sacks) que sería el sustrato de todo Silicon Valley en las dos décadas siguientes; Facebook, donde desembolsó 500.000 dólares en 2004 por el 10,2% de la compañía en lo que sería la inversión ángel más comentada —y más estudiada— de la historia del venture capital; y Palantir, fundada ese mismo año con capital inicial de In-Q-Tel, el brazo de inversiones de la CIA, pensada desde el primer minuto no como un producto de consumo sino como una infraestructura de Estado.

Cada una de esas apuestas respondía a una lógica distinta: la primera, financiera; la segunda, social; la tercera, soberana. Juntas dibujan la trayectoria de un hombre que dejó de creer que el poder pudiera separarse del capital.

Del dinero al sacramento

El tercer Thiel —el de la década de 2020, el que financia a J. D. Vance hasta llevarlo a la vicepresidencia, el que se presenta en el Palazzo Taverna de Roma para pronunciar una conferencia secreta sobre el Anticristo ante un círculo selecto que firma acuerdos de confidencialidad— es quizás el más desconcertante.

Su lectura del apocalipsis, extraída de una exégesis heterodoxa de la Primera Epístola a los Tesalonicenses y del Libro de Daniel, ya no pertenece al orden del venture capital sino al de la escatología política.

El Anticristo, en su argumento, no será un demonio manifiesto sino un Estado mundial único, seductor, que en nombre de la paz y la seguridad —“paz y seguridad”, recita citando el versículo paulino— impondrá un totalitarismo terapéutico y tecnológico del que no habrá retorno.

La única defensa posible, sugiere, es una tecnología soberana en manos privadas, alineada con Occidente, capaz de garantizar la supremacía militar frente a China sin subordinarse al globalismo regulatorio. La figura que emerge de ese argumento no es la del empresario ilustrado sino la del katechon, esa curiosa categoría paulina —retomada por Schmitt— que designa al poder que contiene el advenimiento del mal. Thiel, al parecer, se ve a sí mismo como uno de sus agentes.

Quedan, después de todo, las preguntas que ninguna biografía responde. ¿Qué clase de orden imagina, exactamente, un hombre que ha dejado de creer en la democracia pero conserva, sin embargo, un raro instinto de autopreservación que lo lleva a seguir operando dentro de sus formas? ¿Es coherente financiar un manifiesto tecno-militarista —el de Alex Karp y Nicholas Zamiska, The Technological Republic, bestseller del New York Times en 2025— y al mismo tiempo advertir contra el advenimiento de un Estado mundial totalitario, si la tecnología que su propia empresa produce es precisamente la que haría posible un Estado semejante? ¿Hasta qué punto la visita de abril de 2026 a Buenos Aires —los almuerzos con Santiago Caputo, las reuniones con Cancillería, los contactos reservados con la comunidad de inteligencia— forma parte de una estrategia coherente, y hasta qué punto expresa el ensimismamiento de un intelectual devenido operador que ha perdido la medida entre sus intuiciones filosóficas y sus intervenciones geopolíticas?

La Argentina, acostumbrada desde hace décadas a ser escenario secundario de los grandes movimientos del capital global, recibe ahora a uno de sus arquitectos principales en el registro exacto en que Thiel prefiere moverse: el del silencio con consecuencias. Habrá que leer, en los meses que vienen, los movimientos subsiguientes del tablero

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