El agua que da nombre a la ciudad anfitriona tarda unos quince años en filtrarse a través de la roca glaciar antes de aflorar, mineralizada y estable, en la orilla del lago. Es un proceso lento, invisible, que la industria embotella y despacha al mundo como sinónimo de pureza y previsibilidad. Algo de esa metáfora geológica conviene tener presente cuando los líderes del Grupo de los Siete se sienten esta semana a la misma mesa en Evian: los órdenes internacionales también sedimentan despacio, se presumen permanentes y recién cuando el acuífero empieza a agotarse descubrimos que nunca fueron eternos.
El acuífero institucional
La cumbre tiene una carga simbólica que sus organizadores no disimulan. Se cumplen cincuenta años desde aquel primer encuentro de Rambouillet, en 1975, cuando seis jefes de Estado decidieron coordinar de manera informal la respuesta a la crisis del petróleo y a la ruptura del sistema de tipos de cambio fijos. Veintitrés años después de la reunión de 2003 en la misma localidad alpina, el foro regresa a Evian envejecido, reducido de ocho a siete tras la expulsión de Rusia, y enfrentado a una paradoja que ningún comunicado conjunto resolverá: representa una porción cada vez menor del producto mundial mientras se le exige una porción cada vez mayor de las soluciones.
La presidencia francesa eligió un eje deliberadamente económico y deliberadamente difícil: los desequilibrios macroeconómicos globales. En su argumentación previa, Emmanuel Macron puso el dedo en la llaga al recordar que el superávit comercial de China con el resto del mundo ronda el billón de dólares, una cifra que convive con aranceles estadounidenses, con un consumo interno chino deprimido y con una productividad europea estancada. A ese núcleo se suman la seguridad económica y las cadenas de minerales críticos, la reforma de las alianzas con los países en desarrollo, la cooperación en inteligencia artificial y la mejora de los pagos transfronterizos. Una agenda ambiciosa que, sin embargo, llega tapada por la geopolítica.
El que ordena y el que paga
Aquí conviene recurrir a Charles Kindleberger, el economista del MIT que en The World in Depression propuso una idea tan elegante como inquietante: la economía mundial abierta no se sostiene sola, necesita un estabilizador, una potencia dispuesta a proveer los bienes públicos del sistema —mantener un mercado abierto, prestar en última instancia, sostener la liquidez en las crisis— aun cuando eso le imponga costos que no comparte con nadie. La Gran Depresión, sostenía Kindleberger, no fue solo un accidente financiero sino el resultado de un vacío de liderazgo: Gran Bretaña ya no podía ejercer ese papel y Estados Unidos todavía no quería asumirlo. El mundo se quedó sin estabilizador en el peor momento posible.
La pregunta que sobrevuela Evian es si no estamos ante una variante contemporánea de aquel interregno. La potencia que durante ocho décadas hizo de estabilizador —que abrió su mercado, ancló el dólar y prestó liquidez cuando el sistema temblaba— hoy reclama reciprocidad, levanta aranceles y mide cada relación por la vara del poder relativo antes que por la del bien común. Los otros seis miembros, según coinciden los analistas que siguen la cumbre, llegan con una desconfianza inédita hacia Washington y con un impulso creciente a coordinarse entre ellos en materia de soberanía digital, comercio y defensa. El estabilizador no desapareció: dejó de querer pagar el costo de estabilizar.
Los desequilibrios como síntoma
El telón de fondo agrava el cuadro. El ataque a Irán de comienzos de año y el subsiguiente cierre del estrecho de Ormuz desataron una ola de shocks energéticos y de cadena de suministro que recalentó la inflación global y volvió a poner a prueba la coordinación entre socios. La guerra en Ucrania sigue exigiendo recursos. Y mientras tanto, el foro debate cómo reducir desequilibrios macroeconómicos que son, en rigor, el síntoma visible de una enfermedad más profunda: la ausencia de una autoridad reconocida que fije las reglas del juego y garantice que se cumplan. Los superávits y déficits, las guerras de aranceles, la fragmentación de los sistemas de pago no son la causa del desorden; son lo que ocurre cuando nadie ejerce de árbitro.
Que la presidencia francesa haya invitado a Brasil, India, Kenia, Corea del Sur y Siria a participar de algunas sesiones, y que Macron haya convocado a China a una videoconferencia previa sobre desequilibrios globales, dice más de lo que parece. Es el reconocimiento implícito de que una mesa para siete ya no alcanza para ordenar un mundo de muchos, y de que el estabilizador del siglo XXI, si existe, será necesariamente un objeto plural, negociado y frágil.
La periferia mira la cumbre
Para una economía periférica como la argentina, el desenlace de esta discusión no es un dato exótico de política internacional. La temperatura de la liquidez global, el apetito por el riesgo emergente, la previsibilidad de las reglas comerciales y financieras: todo eso se calibra, en buena medida, en cumbres como la de Evian. Un país que necesita anclas externas —monetarias, financieras, de confianza— para domesticar su propia volatilidad depende, más de lo que admite, de que el centro del sistema acuerde quién provee la estabilidad. Cuando el centro se fragmenta y nadie quiere asumir el costo de ordenar, la factura del desorden suele llegar primero, y más cara, a la periferia.
Kindleberger advertía que los bienes públicos globales tienen un problema de origen: todos quieren disfrutarlos, nadie quiere pagarlos. Medio siglo después de Rambouillet, sobre las aguas quietas de un lago alpino que esconde corrientes profundas y frías, las siete economías más ricas del planeta se sentarán a buscar consenso sobre los desequilibrios del mundo. La duda no es si lograrán un comunicado. La duda es otra: en un orden donde el estabilizador de siempre ya no quiere serlo y el de reemplazo todavía no existe, ¿quién está dispuesto, hoy, a pagar el costo del agua que todos beben?












