De Reagan a las manifestaciones estudiantiles de París: cómo el mundo cambió el miedo por la ansiedad

Una distinción clínica —la que separa el miedo de la ansiedad— explica mejor que cualquier teoría generacional por qué los estudiantes que hoy bloquean Francia no piden conquistar el futuro, como en 1968, sino apenas que alguien se los garantice.

Por Gonzalo Berra para Mercado

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En la plaza de la Bastilla, miles de estudiantes resumen su reclamo en una consigna: queremos un futuro garantizado. No es un reclamo de conquista. Es un pedido de garantía. Desde fines de septiembre de 2026, cientos de liceos franceses amanecen bloqueados y la policía ya detuvo a miles de menores en un conflicto que arrancó por el ajuste educativo y terminó convertido en el escenario central de la campaña hacia la presidencial de 2027. El dato que importa no es el ajuste —50.000 millones de euros, recortes en educación, salud y jubilaciones— sino el verbo que usan los que protestan. No dicen construir. Dicen garantizar.

Según Jonathan Haidt, La psicología clínica distingue hace un siglo dos emociones que el lenguaje cotidianoconfunde. El miedo tiene objeto: un peligro concreto, identificable, con principio y fin, frente al cual el organismo puede luchar o huir. La ansiedad no tiene objeto: es la anticipación crónica de una amenaza difusa, que no requiere que el peligro esté presente para activarse. Un trabajador que puede perder su empleo en una recesión siente miedo. Un trabajador que no sabe si existirá, dentro de veinte años, algo parecido a un empleo estable, siente ansiedad. Esa distinción, llevada del consultorio a la macroeconomía, ordena mejor que cualquier relato generacional los últimos cuarenta años de Occidente: el tránsito de una civilización organizada en torno al miedo —acotado, nombrable, políticamente combatible— a una organizada en torno a la ansiedad —difusa, permanente, sin enemigo claro.

El mundo del miedo administrado

Entre 1945 y mediados de los setenta, el capitalismo de posguerra no eliminó el riesgo: lo acotó. El Estado de bienestar europeo y el pacto keynesiano americano funcionaban como un sistema de contención del miedo. Perder el empleo era un peligro concreto, pero el seguro de desempleo le ponía límite temporal. Envejecer sin ingresos era un peligro concreto, pero la pensión de beneficio definido le ponía límite de certeza. El miedo seguía existiendo —a la crisis, al despido, a la enfermedad— pero operaba dentro de un sistema diseñado para que tuviera objeto, plazo y, sobre todo, un responsable político al cual reclamarle. Por eso las protestas de esa época, como el Mayo francés de 1968, tenían forma de combate: un enemigo identificable —el orden establecido, el capital, el Estado autoritario— y una consigna de conquista. “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, pintaban en las paredes de París, convencidos de que ni siquiera lo inalcanzable estaba fuera de su alcance.

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Ese fue el mundo en el que Rodolfo Terragno escribió Memorias del presente, publicado en 1984 desde su experiencia de exilio londinense, justo cuando Ronald Reagan comenzaba su segundo mandato y Margaret Thatcher se aprestaba a derrotar a los mineros británicos en la huelga que cerró la era sindical. Terragno observaba, desde dentro del mundo anglosajón, el momento exacto en que ese sistema de contención empezaba a desarmarse.

El desmontaje del objeto

Lo que Reagan y Thatcher ejecutaron no fue solo una política económica: fue el retiro del Estado como garante de que el riesgo individual tuviera límite. La desregulación financiera, la derrota sindical —PATCO en 1981, los mineros británicos en 1984-85—, el reemplazo de las pensiones de beneficio definido por esquemas de aporte definido, trasladaron el riesgo de mercado del sistema al individuo. El miedo no desapareció: perdió objeto. Ya no había una crisis puntual que temer y superar, sino una condición estructural de exposición permanente que ningún ciclo económico, por favorable que fuera, terminaba de cerrar. Ese es el momento exacto en que el miedo administrado empezó a convertirse en ansiedad estructural, aunque todavía nadie tuviera el vocabulario para nombrarlo así.

La generación que absorbió esa conversión sin nombre fue la Generación X, nacida entre 1965 y 1980. Entraron al mercado laboral cuando las reglas ya habían cambiado, atravesaron la crisis de las puntocom construyendo su carrera y llegaron a sus años de mayor ingreso potencial —entre los 40 y los 50— justo cuando estalló la crisis de 2008. The Economist lo documentó en mayo de 2025: según una encuesta de Ipsos en 30 países, el 31% de esta generación se declara poco o nada feliz, la proporción más alta de todas las franjas etarias. Combinan el crecimiento de ingresos más lento de la posguerra, la pérdida casi total de pensiones de beneficio definido y una posición “sándwich” que los obliga a sostener a hijos y padres a la vez. No protestaron. No tenían, a diferencia de 1968, un enemigo concreto al cual increpar: la causa de su deterioro no era una política puntual, sino la ausencia estructural del sistema que antes contenía el riesgo. Es la marca distintiva de la ansiedad frente al miedo: no genera combate, genera desgaste silencioso.

La ansiedad, literalizada

Si en la Generación X la ansiedad operaba como condición económica todavía sin nombre clínico, en la Generación Z se volvió diagnóstico explícito. Es la tesis de La generación ansiosa, el libro que el psicólogo social Jonathan Haidt publicó en 2024: los nacidos después de 1995 combinan sobreprotección en el mun

do físico con desprotección casi total en el mundo digital, y esa combinación —no la genética, no el azar— explica la epidemia de salud mental juvenil. Entre 2010 y 2021, mientras el teléfono inteligente se volvía omnipresente en la vida adolescente, la depresión aumentó 145% entre las chicas y 161% entre los varones, con subas paralelas en ansiedad y autolesión. Haidt llama a ese reemplazo “la Gran Reconexión”: de una infancia basada en el juego libre —que expone al chico a riesgos acotados, con objeto, de los que se aprende a salir— a una infancia basada en la pantalla, que lo sobreprotege de esos riesgos concretos mientras lo expone sin filtro a una corriente continua de amenazas difusas, sin objeto ni cierre.

Hay una ironía que el propio Haidt señala y que cierra el círculo: los padres de esa Generación Z sobreprotegida son, en su mayoría, la misma Generación X que de chica gozó de una libertad de juego que hoy recuerda con nostalgia, y que sin embargo no se la devolvió a sus hijos. La generación que absorbió en carne propia el pasaje del miedo administrado a la ansiedad estructural fue la que, una generación después, terminó de retirarle a sus hijos la experiencia —el juego libre, el riesgo acotado— que permite aprender a convertir la ansiedad de nuevo en miedo manejable.

Lo que piden en la Bastilla

De ahí el contraste exacto entre las dos plazas parisinas. En 1968, una generación que todavía operaba en el registro del miedo —con sistema de contención, con enemigo identificable— salió a conquistar. En 2026, una generación criada íntegramente en el registro de la ansiedad sale a pedir que alguien le devuelva el objeto: no un mundo mejor, sino la certeza mínima de que el deterioro tiene límite. “Queremos un futuro garantizado” es, en rigor, el reverso exacto de “pidamos lo imposible”: la misma energía política traducida al único vocabulario emocional que esta generación conoce, pero invertida en su ambición. Donde el 68 exigía lo inalcanzable, el 2026 pide apenas una garantía.

Cuatro décadas después de Reagan y Thatcher, el balance no es que Occidente se volvió una sociedad más temerosa, sino una sociedad que dejó de tener miedo —en el sentido estricto, acotado, combatible del término— para volverse crónicamente ansiosa. Y esa es la clave que explica por qué las protestas de 2026 no se parecen a las de 1968 aunque ocurran en las mismas calles: no es que esta generación pida menos. Es que, después de medio siglo sin un sistema que le devuelva objeto al riesgo, ya no tiene manera de pedir una conquista. Solo puede pedir una garantía. Y el primer movimiento político que logre traducir esa ansiedad de vuelta en miedo concreto —con causa, con responsable, con límite— va a tener, por primera vez en cuarenta años, un enemigo al cual señalarle el reclamo.

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