Hablar de educación en la Argentina sin caer en la grieta de los discursos vacíos ni en la tecnocracia insensible es, cuanto menos, un ejercicio de equilibrismo. Y si hay alguien que pisa esa cuerda floja con una mezcla poco frecuente de rigor científico y una paciencia pedagógica infinita, ese es Axel Rivas.
Doctor en Ciencias Sociales, profesor asociado de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés, Director del Centro de Investigación Aplicada en Educación de la misma Universidad y un caminante serial de pasillos escolares, Rivas es de esos investigadores que actúan como traductores simultáneos: alguien capaz de conectar la macro de los sistemas internacionales con la respiración contenida de un maestro frente al pizarrón. Su sello distintivo es la obsesión por entender qué pasa de verdad en las aulas, amalgamando modelos teóricos de alta complejidad con el pulso humano del día a día docente con la curiosidad de un eterno aprendiz.
Lejos del gurú dogmático, Rivas se mueve con una calidez analítica desarmante. Escucha el doble de lo que habla, no le teme a las zonas grises y siempre busca ese punto de equilibrio donde la política educativa deja de ser una promesa electoral para convertirse en una herramienta real de justicia social.
En esta décimaa entrega del ciclo que presentamos en la Revista Mercado, nos sentamos a charlar con él sobre el estado de situación, el peso de la inteligencia artificial, los laberintos de la evaluación y los desafíos de una escuela que, aunque parece tambalearse entre modas pedagógicas y urgencias económicas, sigue siendo la trinchera más potente que nos queda. Esto fue lo que nos dijo.
El saber experto del docente: la esperanza
Tras años de recorrer escuelas, entrevistar docentes y analizar los sistemas educativos más diversos, ¿cuál es esa pequeña historia o ese ‘detalle’ cotidiano que has visto en un aula que hoy te sigue dando esperanza sobre el futuro de nuestra educación?
Me da esperanzas la maestra experta en la enseñanza del contenido para su grupo de alumnos. Esto me da la oportunidad, más que de contar una anécdota, de recomendar un libro: “La maestra ignorante”, de Sol Fantin. Allí, como maestra experta de primer grado, después de muchos años de trabajar en ese grado, puede contar con mucha especificidad cuál es su saber experto y lo complejo que es desarrollar la habilidad de mirar el conocimiento desde los ojos de sus alumnos y poder trabajar, desde la enseñanza, con esa mirada. Es un libro que recomiendo a todos mis estudiantes y a quienes son o quieren ser docentes porque defiende como nadie la profesión desde adentro. Ese conocimiento experto, lo que Lee Shulman llama “pedagogical content knowledge”, el conocimiento pedagógico del contenido, es quizás lo más potente que uno puede tener hoy para reproducir a gran escala en el sistema educativo. Ese conocimiento está en las aulas, pero debe ser potenciado desde todos los niveles de las políticas públicas.
Conocimiento y sentido de la Educación en tiempos de inteligencia artificial
Vos planteas que la escuela debe dejar de ser un “barco de respuestas” para convertirse en un “espacio de preguntas”. En la era de la inteligencia artificial y el acceso ilimitado a la información, ¿qué conocimiento humano sigue siendo indispensable enseñar, aquel que ninguna máquina podrá reemplazar?
Creo que estamos en un tiempo en el cual todo el aparato escolar está crujiendo por múltiples factores, y uno nuevo y muy importante es lo que la inteligencia artificial va a poder hacer, o puede ya hacer, reemplazando o transformando a los humanos. Yo no dejo de pensar que la misma batalla que teníamos por enseñar las grandes disciplinas sigue siendo tan central, o incluso más, que antes en el contexto de la IA. Las disciplinas -el lenguaje, la escritura, el conocimiento matemático, las ciencias, el pensamiento científico e histórico, la filosofía- nos permiten entender el mundo de nuevas maneras y de maneras más complejas. Se convierten en nuestro propio modo de ver y de actuar en el mundo; no son algo externo a nosotros, somos nosotros mismos transformados. Necesitamos más que nunca formar esa capacidad de autonomía para entender el mundo y participar de él, para no ser manipulados, para no ser carne de consumo de los algoritmos. Tenemos que defender un proyecto en el cual los conocimientos poderosos de las grandes disciplinas, lo que algunos autores llaman la alfabetización disciplinar, sigan siendo centrales. Esta sigue siendo una batalla tanto contra la vieja escuela, que enseña contenidos dispersos y con poco sentido, como contra la nueva escuela, que propone llevar todo a actividades muy placenteras pero poco orgánicas. Necesitamos una escuela de la comprensión, una escuela de la profundidad y también una escuela humana. Una escuela donde podamos desarrollar la capacidad de tener ganas de hacer cosas, tener entusiasmo, tener ganas de trabajar con otros y defender a otros, no solo a nosotros mismos. Me gusta decir que la misión de la escuela hoy -en medio de los vendavales del futuro- no es otra que enseñar a pensar por uno mismo, enseñar a querer pensar y enseñar a pensar para y con los otros.
Romper el destino: el piso mínimo de la escuela
En tus trabajos sostenés que es posible construir una escuela más justa sin esperar una transformación milagrosa de toda la sociedad. Fuiste uno de los primeros en hablar del concepto de “Justicia Educativa”. ¿Podrías sintetizarnos en pocas palabras esa idea y qué mejoras conceptuales aporta a un sistema como el nuestro? Y en todo caso, en el actual contexto de alta vulnerabilidad social argentino, ¿cuál es el “piso” mínimo que una escuela debe garantizar para romper el destino de la desigualdad?
El concepto de justicia educativa tiene sus raíces en las teorías de la filosofía política que han abordado la cuestión de la justicia. Llevado al campo de la educación, busca hacer un puente entre filosofía, política y pedagogía. Implica pensar que no solamente son necesarias las condiciones materiales -que desde ya son centrales- y las políticas redistributivas que enfrentan las desigualdades sociales, sino también preguntarnos qué ocurre dentro del aula, en las prácticas de enseñanza: cómo crear condiciones para que los alumnos no se vayan quedando atrás; cómo trabajar con la diversidad; cómo enseñar a alumnos que tienen dificultades o que se van quedando atrás e integrarlos a tiempo; cómo generar sistemas de enseñanza profesionales, sofisticados y especializados que sepan cómo lograr que los alumnos atraviesen los umbrales del conocimiento. Ahí también se juega una batalla central por la justicia educativa. El concepto de justicia educativa relacional nos permite pensar tanto lo macro -la política pública, la economía, la política educativa- como la gestión de las escuelas y la enseñanza, la didáctica. La idea es que en todos esos núcleos hay discusiones, dilemas y posiciones de justicia que deben hacerse más explícitas y que, obviamente, requieren capacidades para ser llevadas a la práctica.
Más allá del marketing escolar
Advertís sobre la “inflación conceptual” del término innovación. ¿Cómo distinguís hoy un proyecto de mejora real y sostenible de una simple “moda” pedagógica que termina siendo ineficaz en el largo plazo?
El concepto de innovación ha sido muy gastado y creo que alimenta una confusión que en estos momentos no es productiva. Hay que tratar de entrar por otro lado en la conversación sobre la enseñanza. No tiene que ver tanto con la innovación, sino con la capacidad de desarrollar, como decía antes, un trabajo más profesional y especializado, en el cual la enseñanza tenga el propósito de lograr que los alumnos atraviesen umbrales de conocimiento y puedan hacerlo como grupo. Para eso se necesita un gran conocimiento de cómo aprenden los alumnos, de cómo el conocimiento se representa en sus mentes y de qué actividades pueden activarlo, sostenerlo e impulsarlo. Y ahí es donde aparece, quizás, la innovación: esas actividades deben ser productivas, tener sentido para los alumnos, ser integradoras, tener una narrativa, un destino, un producto, un efecto en la vida real. Pero ahí también está el riesgo de la innovación: convertir los contenidos en actividades entretenidas que no tienen profundidad y que no representan adecuadamente la reestructuración cognitiva que necesitan atravesar los alumnos. Por eso, la innovación tiene que ver más con una transformación en la didáctica: cómo lograr procesos productivos de motivación en las distintas etapas del aprendizaje; en la iniciación, en las preguntas y la curiosidad; en sostener el esfuerzo y atravesar los procesos difíciles; y en conquistar también el aprendizaje como algo propio del sujeto, no solamente medido por exámenes, sino como algo que puede continuar en otras etapas de la vida real. Todas esas distintas capas requieren actividades productivas y con sentido. En algunos casos, ahí aparece la innovación, pero siempre dentro de esta matriz que busca producir efectos potentes en los alumnos y no simplemente gratificaciones inmediatas.
El oficio de enseñar: tres pilares para dejar atrás el rol de mero aplicador de currículum
Ante la creciente sensación de “reemplazo cognitivo” por parte de las nuevas tecnologías y tus planteos sobre las “5 C de una escuela justa” donde destacás la importancia del liderazgo pedagógico, primero ¿Podrías brevemente contarnos qué son esas “5 C”? Por último, ¿qué herramientas de gestión y formación son indispensables para que el docente pase de ser un repetidor mecánico de manuales a un mediador que sostenga la curiosidad y el vínculo humano?
En lo referido a los desafíos de la profesión docente, creo que hay tres grandes disposiciones y destrezas que los docentes deberían defender, aprender y enseñar. La primera es una posición de reflexividad: tener la cabeza prendida, los ojos abiertos y estar receptivos a escuchar, leer y conversar. Se aprende todo el tiempo. Se aprende en la práctica, leyendo la investigación de frontera, teniendo la capacidad de escuchar a los alumnos y de entender el mundo en el cual vivimos. Se necesita una mirada abierta, no trabada, que pueda sostener la pregunta y la inquisición sobre el tiempo que vivimos, y que incorpore la investigación como parte de una mirada científica. La segunda es una mirada de justicia pedagógica centrada en la inclusión. Hay que defender como punto de partida que la docencia es una profesión que busca potenciar a todos los alumnos, que piensa que todos son capaces y que trabaja dentro de ese marco conceptual. Después, obviamente, aparecen múltiples dificultades y limitaciones, pero no deben formar parte de la mentalidad de base, que debe ser una mentalidad de creencia en la capacidad ilimitada de todos nuestros alumnos, sean quienes sean y estén donde estén. La tercera tiene que ver con lo que mencionaba antes: desarrollar ese conocimiento especializado de la enseñanza del contenido. Esto es especialmente importante en los niveles primario y secundario, menos relevante en la educación superior. Para los docentes de la educación básica que trabajan con los conocimientos, es fundamental poder ir haciéndose cada vez más especialistas en cómo se representan esos conocimientos en la mente de los alumnos y de qué manera se puede avanzar frente a sus dificultades mediante propuestas pedagógicas potentes y bien diseñadas. Estos saberes se aprenden en la formación inicial pero sobre todo en la práctica y por eso es tan importante que las prácticas sean acompañadas por docentes expertos que puedan modelar una enseñanza potente y reflexiva.
¿Qué podemos aprender de los sistemas educativos que lograron mejoras? ¿El nordeste brasileño como buen espejo?
En tus trabajos has tenido la oportunidad de analizar diversos modelos internacionales. ¿Qué lecciones de los sistemas exitosos (tanto de políticas nacionales como subnacionales) son realmente adaptables a la fragmentada realidad federal argentina? ¿Cuál de todos esos, si lo hubiese, se ha dado en algún lugar de nuestro propio país como para rescatarlo y pensar en su implementación a escala nacional?
En relación con los estudios que me tocó coordinar sobre sistemas educativos que lograron mejorar, sobre todo en América Latina, creo que hay un salto conceptual respecto de muchas de las cosas que comenté antes: son muy difíciles de llevar a la práctica en la escala sistémica. Lo primero que encontramos en los países y sistemas que han logrado mejorar es una plataforma de gobernanza del sistema educativo. Ahí es muy importante el rol del Estado para garantizar condiciones de gestión, institucionalidad, legitimidad, continuidad y liderazgo, junto con una visión clara, una teoría de la mejora que se practica en la gestión. Estas condiciones las encontramos en varios países y sistemas educativos subnacionales de América Latina, especialmente en estados de Brasil como Ceará y Pernambuco. Más recientemente se ha sumado Piauí, en el nordeste de Brasil. Son estados que han logrado procesos muy claros de mejora en los resultados educativos medidos por las evaluaciones, especialmente en lengua y matemática, tanto en el nivel primario como en el secundario. Y tenemos bastante claro cómo lo han logrado: mediante un proceso de mucho acompañamiento a cada escuela; un currículo muy claro, con estándares para cada año, muy prescriptivo alineado, secuenciado y ordenado; evaluaciones constantes de todos los alumnos; y una continuidad en el tiempo de equipos que trabajan lado a lado con las escuelas, elaboran materiales curriculares y los ponen en práctica junto con los docentes. Sabemos muy claramente cómo funciona todo ese círculo y también sabemos lo difícil que es implementarlo, porque requiere presupuesto, condiciones de institucionalidad, liderazgo político y una visión de largo plazo, todas cuestiones bastante escasas en América Latina. Pero también vemos que lo han logrado estados muy pobres del nordeste de Brasil. Eso nos muestra que es posible y que tenemos mucho para aprender de ellos. También aparece el desafío de lograr procesos más complejos de mejora, que implican avanzar hacia un aprendizaje más profundo. Lo que de alguna manera vemos es que pasar de niveles muy bajos a niveles bajos o medios requiere estas tecnologías de gobernanza más centralizada. Pero para seguir avanzando es necesario construir más capacidades en los docentes, y eso es, obviamente, mucho más complejo. Para empezar, las lecciones que tenemos de estos casos creo que nos permiten una conversación rigurosa sobre cómo se hace política educativa. Me parece inevitable conocer bien las experiencias y los modelos de mejora sistémica para poder tener una discusión más seria sobre política educativa.
Dejando atrás la grieta entre disciplina y descubrimiento: superar la infancia pedagógica
Hemos visto que proponés escapar de la trampa entre “pedagogías estrictas” y “pedagogías de descubrimiento”. Más allá de lo conceptual, ¿es posible, en la práctica, articular una enseñanza que sostenga la disciplina del estudio y la regularidad con el protagonismo creativo del alumno?
Las “batallas pedagógicas” han sido uno de mis temas de investigación y reflexión en los últimos tiempos, y mi nuevo libro, “Viaje al mundo de la educación”, está centrado en esa disputa que ha desgastado a distintas generaciones de educadores y que sigue desgastándonos en el presente: la disputa entre modelos más disciplinarios y, en cierto sentido, tradicionales, y modelos de renovación pedagógica. Creo que tenemos que escapar ya de esa infancia pedagógica y discutir más seriamente cómo la investigación de todos estos últimos años nos permite tener una conversación más madura sobre cómo combinar enfoques. También necesitamos escapar de un lenguaje muy simplificado y de una decodificación de posicionamientos que impide a los docentes pensar y actuar con herramientas más potentes que se han desarrollado en los años recientes, especialmente desde las ciencias cognitivas. Hemos aprendido mucho acerca de cómo lograr que los alumnos realmente entren en un tema que desconocen, puedan avanzar en sus conocimientos y los docentes puedan desarrollar actividades que sostengan su atención, su foco y la profundidad de su comprensión. Esto requiere una serie de proposiciones didácticas que tengan continuidad, secuencia, foco y profundidad, y que permitan la transferencia, es decir, que el aprendizaje pueda utilizarse en nuevas situaciones. Todo ese ciclo tan complejo cuenta hoy con un gran corpus de investigación que nos permite discutir más seriamente y apropiarnos de esos saberes. En cada campo específico, en cada etapa del aprendizaje y en cada área de la enseñanza tenemos un amplio bagaje de conocimientos sobre el cual podemos basarnos. Esa conversación más seria nos invita a pensar la educación también como una práctica profesional y como un campo intelectual que debe superar una cierta división muy facilista de posiciones y acomodamientos ideológicos polarizados. Tenemos que entrar en una conversación más madura, disciplinar y estructurada, que nos permita también ser más respetados, no solamente como docentes, sino como especialistas en educación o pedagogos, y tener la capacidad de dialogar sobre la base de conversaciones previas, como lo hacen otros campos científicos. Me parece que ahí también tenemos una deuda: lograr encadenar mejor los conocimientos previos de las ciencias de la educación para que constituyan una estructura más vertical, más poderosa y más respetada.
De la deuda federal y el recorte fiscal a la transformación: por qué Argentina necesita sus propios espejos donde mirarse
Para cerrar este recorrido, sólo por hoy, sabiendo que nos quedan muchos temas en la agenda educativa de un país como el nuestro y casi comprometiéndote a seguirla en otra ocasión, veo que mencionás en tus trabajos que la educación en Argentina suele perder frente a la economía y la política fiscal. Si ésto es exactamente así, ¿Cómo se construye una “plataforma de gobierno” que sobreviva a los cambios de gestión y asegure la continuidad de las políticas de Estado?
Desde ya que acepto el compromiso y cuenten con ello para una próxima vuelta. Quedan muchísimos temas en el tintero y será un gran placer seguir desandándolos juntos. Me voy con una gran satisfacción, porque pocas veces se logra una entrevista que entrelace las grandes preguntas del sistema con la trinchera misma del aula y los dilemas cotidianos de los docentes. Ahora, sobre la política educativa en Argentina, retomo un poco la pregunta referida a los sistemas de América Latina que lograron mejorar. Me parece que el gran desafío de Argentina es justamente que estamos muy lejos de esas condiciones. Sin dudas, algunas provincias lo han hecho bien, sobre todo Córdoba desde hace varios años. Tenemos también algunas experiencias más dispersas en otras provincias, pero tenemos una deuda más profunda: lograr buenos liderazgos con visión política y educativa, una cierta institucionalidad y, obviamente, los recursos necesarios. En este momento, la Argentina está en otra discusión, que es básicamente el tamaño del ajuste y el tamaño de la eliminación del Estado o de capas del Estado. Me parece que es, sin dudas, una discusión más de política fiscal, pero está haciendo que la discusión educativa se reduzca a sus mínimos y que sea también insostenible una conversación más seria sobre qué hacer en política educativa cuando el recorte es tan grande y hace estragos en el sistema. Cuesta mucho encontrar escenarios en este contexto, pero tenemos que seguir buscándolos y, sobre todo, ver las posibilidades de que las provincias puedan construir un proyecto que ensamble estas dimensiones: la institucionalidad, la visión de largo plazo, un proyecto muy centrado en lograr la mejora de todo el sistema educativo, el acompañamiento y la construcción de equipos técnicos que tengan solidez, continuidad y jerarquía en el Estado. Ojalá alguna de estas experiencias pueda convertirse en una referencia inevitable, como lo han sido los casos de Ceará y Pernambuco en Brasil, que hoy son observados por el resto del país como experiencias de las cuales aprender. No hay dudas de que necesitamos ejemplos que cambien la conversación. En Argentina todavía no tenemos esos casos y ojalá podamos tenerlos lo más pronto posible, para que no estemos discutiendo si hay que eliminar el Ministerio de Educación, sino cómo hacemos para mejorar la calidad de la educación en todo el país.












