Hoy se vota en Brasil y estoy en Río. No vine como observador: este año no hubo programa argentino. No sé si el gobierno brasileño no lo permitió o si nosotros no quisimos organizarlo o si alguien lo organizó y no me enteré. Vine igual.
En 2018 estaba en Búzios, en el Chez Michou de la Rúa das Pedras, escribiendo en un papel apoyado en la barra del bar. Escribí que estaba viendo el fin de la democracia brasileña y que nadie se daba cuenta. Nadie mencionaba a Bolsonaro, la escuela donde se votaba estaba cerrada y en la pantalla gigante pasaban carreras de drones. Sacó casi 47% en la primera vuelta y el 28 de octubre ganó con 55,1% contra 44,9% de Haddad.
Vi ganar a Bolsonaro, el primer presidente de ultraderecha de la nueva ola en América Latina, y a las tres B: Balas, Biblia y Buey. El apodo lo acuñó en su momento una diputada del PT, Érika Kokay, de manera peyorativa, y se quedó. Designa tres bancadas del Congreso que suelen votar juntas: la de la bala, formada sobre todo por militares y policías y a favor de liberalizar las armas; la de la Biblia, la de los evangélicos; y la del buey, la de los ruralistas del agronegocio. Juntas sumaban cerca de 300 diputados y la mayoría de los senadores. Los ruralistas se habían sumado a Bolsonaro en las últimas horas, sin avisarle a Geraldo Alckmin -el actual vice de Lula-, el candidato al que le habían jurado apoyo apenas un mes antes.
El 6 de septiembre, un mes antes de la elección, yo todavía estaba en Buenos Aires. Era el mismo día del primer golpe de Estado de la Argentina, el de 1930, y también era el cumpleaños de mi viejo, que este año habría cumplido 106. Ese día, en Juiz de Fora, Minas Gerais, un hombre llamado Adélio Bispo de Oliveira apuñaló a Bolsonaro en el abdomen mientras lo llevaban en andas entre la multitud. Perdió mucha sangre, tuvo daños en el intestino y lo operaron durante dos horas. Su hijo Flávio dijo que había llegado al hospital “casi muerto”. Pasó tres semanas internado y no pudo hacer la campaña en la calle ni ir a los debates; la hicieron sus hijos desde la cama del hospital. El agresor dijo que actuaba por órdenes de Dios y en 2019 un juez lo declaró inimputable por una enfermedad mental. Bolsonaro ganó igual.
En 2022 volví con el programa conjunto de la FURP y el Club del Progreso, con Adrián Ramos y Geraldina Dana. Fuimos a Brasilia y a São Paulo, con el apoyo de la Embajada Argentina y del Consulado General.
El 2 de octubre vimos el resultado en la embajada argentina en Brasilia. Hermosa, de las más lindas que he conocido, y sin dudas con la mejor pileta. Espectacular. Ahí estaba el embajador Daniel Scioli, que había entrado a la política de la mano de Menem en 1997, como diputado nacional. Después fue vicepresidente de Kirchner, gobernador de la provincia de Buenos Aires de los K y candidato a presidente del kirchnerismo en 2015. Desde 2022 vivía en Brasilia por instrucción de Alberto Fernández, donde se hizo muy amigo de los Bolsonaro. Hoy es funcionario mileísta. Esa noche no dijo nada especial. Estaba en bermudas, sin el brazo ortopédico, con su hija pequeña y su joven mujer. Qué biografía compañeros.
Que esa embajada sea tan buena no es un lujo. Es proporcional al peso del destino. Brasil es el principal socio comercial de la Argentina de manera ininterrumpida desde 1991. En 2025 el intercambio bilateral llegó a u$s31.195 millones, el más alto desde 2013, con exportaciones argentinas por u$s12.771 millones e importaciones por u$s18.424 millones. En el primer semestre de 2026, Brasil concentró 13% de nuestras exportaciones y 22% de nuestras importaciones, a pesar de la pelea política entre Milei y Lula. Es el principal destino de las exportaciones del complejo automotriz y del trigo: en 2024 recibió 53% del trigo que exportó la Argentina. Por eso el embajador en Brasilia no administra una relación más: administra la relación con el vecino que define buena parte de lo que producimos, de lo que vendemos y de lo que importamos. Y por eso Brasil es, para cualquier gobierno argentino, el destino diplomático más importante, más que Washington o Pekín.
Esa noche Lula sacó 48,43% y Bolsonaro 43,20%, con una participación de 79,05%. Entre los dos sumaron 91% del voto, contra 75% en 2018. En las dos ciudades que recorrimos ganó Bolsonaro: 51,65% contra 36,85% en el Distrito Federal, y 47,71% contra 40,89% en el estado de São Paulo. La Unión Europea ya había retirado su misión de observación y la OEA estaba con 56 observadores de 17 países.
Cómo se vota en Brasil
Esa noche, el resultado salió de una urna electrónica. Durante el viaje aprendimos que se usa desde 1996, cuando votó un tercio del electorado, unos 32 millones de personas, en más de 70.000 urnas. Desde el año 2000 se usa en todos los municipios del país. El votante se identifica ante el presidente de mesa, y desde 2012 puede hacerlo con la huella digital si está registrado. La urna tiene dos terminales: la del presidente de mesa, que habilita al votante, y la del votante, donde tipea el número de su candidato, ve su foto y confirma. Esa urna está aislada, sin conexión a internet. Antes de abrir, imprime un informe que muestra cero votos, la “zerésima”. Al cerrar, imprime un boletín de urna por cada mesa, que es público, y el Tribunal Superior Electoral suma todos los boletines. Hasta 2002 se imprimía el voto; una ley de 2003 lo reemplazó por un registro digital. Según el TSE, en 26 años de uso nunca se comprobó un fraude. Bolsonaro cuestionaba esa afirmación y pedía volver al voto en papel; la OEA concluyó en 2022 que el sistema era seguro y confiable.
Para entender por qué importa que cualquiera pueda votar así, hay que ver de dónde viene Brasil. En el Imperio, la Constitución de 1824 estableció el voto censitario: solo votaba quien tenía una renta mínima. Los analfabetos podían votar si tenían esa renta; las mujeres no. El voto era público, y en 1842 se prohibió votar por poder. La Ley Saraiva de 1881 estableció la elección directa y el título de elector, pero sin foto, así que el fraude siguió. Esa misma ley excluyó a los analfabetos, en un país donde eran la inmensa mayoría. La República abolió la exigencia de renta en 1890 y mantuvo la exclusión de los analfabetos. Las mujeres votaron a nivel nacional recién en 1932, con el nuevo Código Electoral, que también hizo el voto secreto y obligatorio.
Después vino la dictadura militar, de 1964 a 1985, y con ella el fin de la elección directa del presidente. La democracia brasileña empieza a recuperarse con una consigna: Diretas Já, “elecciones directas ya”. La campaña nació en 1983 y sumó a todos los dirigentes de la oposición, de Ulysses Guimarães y Tancredo Neves a Leonel Brizola, Fernando Henrique Cardoso y Lula. En enero de 1984 más de 300.000 personas se reunieron en la Praça da Sé, en São Paulo, y en abril cerca de un millón en la Candelária, en Río. El 25 de abril de 1984, la Cámara votó la enmienda del diputado Dante de Oliveira: 298 votos a favor, 65 en contra, 3 abstenciones y 113 ausencias. Faltaron 22 votos. La elección siguió siendo indirecta: en enero de 1985, el Colegio Electoral eligió a Tancredo Neves, con 480 votos contra 180 de Paulo Maluf. Tancredo se enfermó la víspera de asumir y murió el 21 de abril de 1985; asumió su vicepresidente, José Sarney. La derrota en el Congreso no cerró el reclamo: lo convirtió en la Asamblea Constituyente, y la Constitución de 1988 estableció la elección directa. En 1989, Brasil votó a su presidente por primera vez desde antes del golpe de 1964. Ganó Fernando Collor, que le ganó a Lula.
Los analfabetos, en cambio, tuvieron que esperar hasta una enmienda de 1985, que la Constitución de 1988 confirmó: más de un siglo de exclusión. Hoy el voto es obligatorio entre los 18 y los 70 años y optativo para los de 16 y 17, los mayores de 70 y los analfabetos.
Treinta y ocho años después de aquel reclamo, lo que vimos en 2022 fue una elección con voto directo, universal y electrónico, y un presidente en ejercicio que la cuestionaba.
Este año, apenas llegué a Brasil tomé un taxi y le pregunté al taxista quién iba a ganar la elección. Me dijo que no importaba. Si ganaba Lula, el resultado se iba a respetar. Pero si perdía, me dijo, Lula iba a dictar un “estado de excepción” —esas fueron sus palabras— y a transformar a Brasil en una dictadura, porque el PT no tenía reemplazo: no había ningún dirigente de izquierda que pudiera sucederlo. Lula tiene 80 años.
Le recordé, haciéndome el distraído, que los bolsonaristas habían tomado el Congreso en enero de 2023 y que no habían reconocido el resultado. Me dijo que todo había sido un montaje. Que en realidad había sido una manifestación de protesta, y que a los manifestantes los habían dejado entrar a todos los edificios oficiales para poder meter preso a Bolsonaro.
No es lo que establecieron los jueces. El Supremo Tribunal Federal condenó a Bolsonaro a 27 años y 3 meses por intento de golpe de Estado, y la condena quedó firme en noviembre de 2025. Más de 1.400 personas fueron acusadas por el asalto a los tres poderes, y la jueza Cármen Lúcia dijo que aquello no fue “un acontecimiento banal”. El único voto en contra fue el de Luiz Fux. La defensa de Bolsonaro sostiene que la condena es excesiva.
No discutí con el taxista, no tenía sentido. Lo que me llamó la atención es que no me habló de encuestas ni de candidatos, sino de quién iba a aceptar perder. Es la misma pregunta que se hacen los observadores. Y su respuesta muestra que en Brasil la duda sobre el resultado de una elección ya no se resuelve con las urnas, sino con la versión que cada uno cree de lo que pasó la última vez.
Hoy no tengo credencial para observar. Le pregunté a la IA adónde ir a ver el recuento de votos. Me mandó al centro, a un local con dos shows de samba. Antes de ir paré a dos militantes del PT por la calle y me contestaron sin dudar: Laranjeiras.
Tenían razón. En una esquina del barrio, la calle estaba tomada por mesas con cervezas y una multitud vestida de rojo, con botones de Lula en el pecho. Había chicos, bicicletas y camisetas de Flamengo y de Fluminense mezcladas con las del PT. En una pared, un afiche del TSE avisaba que la boca de urna es delito. Su artículo 39-A permite expresar la preferencia de forma individual y silenciosa, pero prohíbe hasta el cierre de las urnas las aglomeraciones con vestimenta uniforme. Las urnas ya habían cerrado, y la calle ya podía vestirse de rojo.
Es un barrio, una esquina y una sola tribu. Pero el contraste es total. En 2018 estaba donde nadie hablaba de la elección; hoy en Laranjeiras no se habla de otra cosa. En 2022 vi el resultado desde una embajada con la mejor pileta que conozco; hoy lo espero en una esquina con una cerveza y gente que no necesita que nadie explique nada.
Lula y Flávio Bolsonaro llegaron con un rechazo de 54% y 56% en la última medición de Quaest. Sin credencial no puedo mirar cómo se abre una urna. Puedo mirar cómo se espera su resultado.
El resultado final llegó esta noche. Con el 99,75% de las secciones totalizadas, Flávio Bolsonaro tiene 47,09% de los votos (56.034.135) y Lula 45,10% (53.665.327). La diferencia es de menos de dos puntos, unos 2,4 millones de votos. Ninguno superó el 50% de los votos válidos que exige el sistema, así que se enfrentan en segunda vuelta el 25 de octubre. Votaron casi 125 millones de personas sobre 158,7 millones habilitadas, y el 1,84% votó en blanco y el 2,93% anuló. Lula quedó por debajo de 2022, cuando sacó 48,43%, y reconoció que estaba convencido de que ganaría en primera vuelta.
El PL también ganó donde se vota más que el presidente. Michelle Bolsonaro, que nunca había ocupado un cargo electivo, fue elegida senadora por el Distrito Federal, y Carlos Bolsonaro, otro hijo del expresidente, también fue elegido senador. El PL ganó la gobernación en primera vuelta en Paraná, con Sergio Moro, el exjuez de Lava Jato; en Rio Grande do Sul, Santa Catarina, Rondônia y Roraima. En São Paulo fue reelecto Tarcísio de Freitas, de Republicanos, aliado del PL, con 62,85%.
Hace cuatro años, la primera vuelta la ganó Lula. Hoy la ganó un Bolsonaro.
Lula parte de atrás en la segunda vuelta. Antes de la elección, las encuestas lo mostraban empatado con Flávio en un balotaje; el resultado de hoy lo deja a casi dos puntos. Para pasarlo necesitaría quedarse con unos dos de cada tres votos del 7,8% que sacaron los candidatos eliminados, entre los que están Caiado, Zema y Renan Santos, de derecha o centroderecha. Y si llegara a ganar, su gobierno estaría muy en minoría en las dos cámaras. El PL se llevó las dos bancas del Distrito Federal en el Senado, con Michelle Bolsonaro y Bia Kicis; en el primer conteo ya tenía 16 de las 25 bancas definidas, sin que ninguna fuera del PT. En Diputados, dos candidatos del PL rompieron el récord de votos.
Si se produjera el milagro, todavía tendríamos que ver si el bolsonarismo lo acepta. La última vez que se lo preguntaron, la respuesta llegó el 8 de enero de 2023.












