Elizabeth Holmes se prepara para abandonar la prisión por un régimen más abierto. Es apenas una noticia menor en el largo epílogo de Theranos, pero ofrece una buena excusa para volver sobre ella y sobre Bernie Madoff: dos estafadores extraordinariamente diferentes que descubrieron algo inquietante acerca de nosotros. A veces no confiamos porque hayamos comprobado algo. Confiamos porque vemos quién más confía.
Elizabeth Holmes volverá a cambiar de domicilio.
No exactamente por voluntad propia. Se acaba de anunciar que la fundadora de Theranos, que cumple una condena federal por fraude, tiene previsto abandonar en agosto de 2027 la prisión de mínima seguridad de Bryan, Texas, para ser trasladada a un halfway house próximo a Austin, una institución de transición en la que los internos pueden trabajar, utilizar teléfonos, salir para determinadas actividades y obtener permisos para pasar algunos fines de semana en sus casas.
La noticia difícilmente cambiará la historia de Silicon Valley, pero alcanza para devolver por unos días a los titulares a una de sus protagonistas más fascinantes.
Holmes tiene ahora 42 años. Hubo un tiempo, no lejano, en que fue una de las jóvenes empresarias más admiradas de Estados Unidos: portada de las revistas más prestigiosas del mundo, invitada de la Casa Blanca, multimillonaria sobre el papel, y fundadora de una compañía que prometía nada menos que transformar la medicina mundial.
Después llegó la otra vida: condenada por defraudar a inversores, sentenciada originalmente a once años y tres meses de prisión, y obligada —junto con su antiguo socio y pareja, Ramesh “Sunny” Balwani—,a pagar US$452 millones en restitución a doce víctimas.
La distancia entre aquellas dos Elizabeth Holmes —la visionaria y la presidiaria— es tan grande que todavía cuesta aceptar que sean la misma persona.
Pero quizá la pregunta más interesante no sea simplemente cómo consiguió engañar a tanta gente, sino a qué clase de gente consiguió engañar: multimillonarios, empresarios, funcionarios y dirigentes políticos del más alto rango, abogados, generales, diplomáticos y algunos de los nombres más reconocibles del establishment estadounidense.
Y eso nos lleva a otro hombre.
El señor al que todos querían confiarle su dinero
Para una generación más joven de lectores, Bernie Madoff puede ser apenas un nombre asociado vagamente con una gigantesca estafa financiera. Conviene, entonces, recordar quién fue.
Durante décadas, Bernard L. Madoff fue exactamente la clase de sujeto a quien una persona rica podía confiarle su dinero sin la menor inquietud. Madoff había construido un negocio legítimo en Wall Street, era una figura vastamente conocida y de reputación admirable en el mundo financiero. Hasta había llegado en tres oportunidades a ser el presidente del Nasdaq, el mercado bursátil estadounidense que se convertiría en el gran hogar de las compañías tecnológicas y uno de los centros financieros más importantes del mundo.
No era, en otras palabras, un extraño golpeando a las puertas de Wall Street; Madoff era Wall Street.
Su reputación como administrador de inversiones llegó a ser tan extraordinaria que, según recordaría después el propio FBI, no necesitaba buscar clientes: tanto grandes millonarios como personalidades famosas prácticamente suplicaban que les permitiera invertir con él.
Y Madoff sabía administrar también ese deseo: no aceptaba a cualquiera. Alrededor suyo flotaba una clara sensación de club de elite: ingresar era un privilegio. Y paradójicamente, ser rechazado se interpretaba como una confirmación adicional de que aquello debía ser extraordinariamente bueno.
Entre sus clientes había ricos y famosos, fundaciones, organizaciones benéficas, instituciones financieras y miembros de círculos sociales en los que la riqueza convivía naturalmente con el prestigio. Durante años, los resultados prometidos llegaron con una regularidad casi mágica.
Hasta diciembre de 2008.
Fue gracias a la crisis de las hipotecas subprime y la necesidad de los inversores de recuperar su dinero todos a la vez, que se descubrió que detrás de aquella fachada de respetabilidad y éxito financiero funcionaba el más fabuloso esquema Ponzi conocido hasta ese momento. El dinero que aportaban los nuevos inversores servía para pagar a los anteriores; las sofisticadas y fabulosamente rentables inversiones que aparecían en los estados de cuenta, sencillamente, no existían.
Madoff terminó confesando. Fue condenado a 150 años de prisión y murió encarcelado en 2021. La devastación alcanzó incluso a su familia: uno de sus hijos, Mark, que nunca fue acusado de participar en el fraude, se suicidó dos años después de la caída de su padre, cuando el apellido Madoff se había convertido en sinónimo mundial de estafa y la familia vivía bajo una exposición pública implacable.
Pero ésa es solamente la historia policial: la otra es bastante más interesante.
La chica de negro que iba a cambiar el mundo
Elizabeth Holmes llegó desde el extremo opuesto.
Cuando abandonó Stanford para fundar Theranos tenía diecinueve años. No poseía las décadas de respetabilidad que Madoff había acumulado en Wall Street. No tenía una larga trayectoria empresarial. Ni siquiera había terminado la universidad.
Tenía, en cambio, una promesa extraordinaria: una tecnología revolucionaria, que permitía realizar toda una batería de complejos análisis clínicos utilizando apenas unas gotas de sangre extraídas de un dedo.
Menos agujas, menos sangre, menos dolor, menores costo, y resultados más rápidos.
Era una de esas ideas que parecen inevitables una vez que alguien las presenta.
Holmes era la protagonista casi perfecta para aquella historia: joven, con cara de Barbie, intensa, hablando con una voz singularmente grave y presentándose como una empresaria cuya ambición no consistía simplemente en ganar dinero, sino en transformar la medicina en beneficio de la humanidad.
Su modelo declarado era Steve Jobs, y su admiración llegó hasta la puesta en escena: Holmes adoptó las célebres poleras negras de cuello alto que habían formado parte de la imagen pública del fundador de Apple. La asociación resultaba difícil de ignorar: Silicon Valley ya había tenido a un visionario que cambio el mundo en muchos sentidos; ahora parecía haber surgido su heredera, en el campo de la tecno-medicina.
Después llegaron los nombres.
George Shultz (ex Secretario de Estado), Henry Kissinger, generales, senadores, empresarios y, sobre todo, multimillonarios.
Y llegaron también las tapas de las revistas.
Fortune, Forbes, Glamour, The New York Times, Style Magazine. Time la incluyó entre las cien personas más influyentes del mundo. Durante la presidencia de Barack Obama, Holmes fue homenajeada en la Casa Blanca y participó en iniciativas de alto perfil vinculadas al emprendimiento estadounidense. Llegó incluso a integrar el Board of Fellows de la Harvard Medical School, y Theranos estaba valuada en unos US$9.000 millones.
Sólo había un inconveniente.
La tecnología revolucionaria alrededor de la cual se había levantado aquella extraordinaria constelación de prestigio, al igual que las inversiones que Madoff describía en sus estados de cuenta, simplemente no existía.
Y cuando todo terminó de derrumbarse apareció una pregunta desconcertante:
¿Cómo era posible que tanta gente tan importante hubiera creído —e invertido— en el proyecto?
Si Kissinger está allí… ¡pues alguien habrá verificado antes todo esto!
Aquí es donde Madoff y Holmes empiezan a parecerse.
No en la mecánica de sus fraudes, que fue completamente diferente. Ni en sus personalidades. Ni en sus trayectorias.
Se parecen en algo mucho más elemental: la manera en que la reputación de unas personas puede convertirse en evidencia más que suficiente para otras.
La psicología social tiene un concepto sencillo para describir el fenómeno: social proof, o prueba social.
Cuando no podemos comprobar personalmente una afirmación, miramos alrededor.
Si llegamos a una ciudad desconocida y encontramos dos restaurantes aparentemente idénticos, uno vacío y otro lleno, tendemos a suponer que debe existir alguna razón para que todos estén comiendo en el segundo.
No hemos probado la comida. Ni siquiera hemos leído el menú. Pero nuestra decisión probablemente se fundará en la confianza que nos inspira la conducta de los demás.
Algún experimentado inversor de Wall Street pudo haber tenido suspicacias acerca de la maravillosa estrategia financiera de Madoff, capaz de producir retornos extraordinarios y sistemáticamente constantes.
Pero ¿valía la pena ponerlo a prueba? Probablemente no. Otras personas multimillonarias, bancos, fondos, instituciones públicas y privadas e inversores de probada trayectoria llevaban años confiándole enormes sumas de dinero.
Eso bastaba para acallar cualquier suspicacia: si ellos están allí, ¿qué duda puede haber?
Con Holmes ocurría algo semejante.
¿Cuántos inversores estaban realmente en condiciones de determinar por sí mismos si un dispositivo miniaturizado podía realizar, con apenas unas gotas de sangre, la enorme variedad de análisis que Theranos afirmaba?
Muy pocos.
Pero allí estaban George Shultz y Henry Kissinger. Allí estaba Walgreens, una de las cadenas farmacéuticas más grandes del mundo. Allí estaban cientos de millonarios e inversores. También Fortune, Time, Harvard y hasta la Casa Blanca.
El maravilloso problema de ser “alguien”
Allí aparecía la trampa.
¿Y si nadie había comprobado la solidez de estos esquemas?
¿Y si resulta que D confiaba porque C había invertido, mientras B dormía tranquilo porque A llevaba años allí y A, a su vez, suponía que alguna institución prestigiosa había ya formulado las preguntas que él no estaba en condiciones de hacer?
La confianza comienza entonces a extenderse, y a volverse circular. Y cuanto más lo hace, más sólida parece.
En el caso de Madoff ocurrió incluso algo inaudito. La SEC, el organismo encargado de vigilar el mercado de valores estadounidense, había auditado varias veces sus operaciones, sin descubrir el fraude. Entonces, Madoff comenzó a utilizar aquellas inspecciones para tranquilizar a los inversores que podían formular preguntas incómodas. Haber salido limpio de una investigación de la SEC terminó proporcionándole más credibilidad. Era la perfección del círculo.
La incapacidad para descubrir el fraude terminaba funcionando, paradójicamente, como evidencia de que no había fraude.
Holmes simplemente construyó una versión más moderna —y bastante más fotogénica— del mismo mecanismo.
Una reputación prestada
Hay, sin embargo, una diferencia importante entre ambos personajes.
Madoff acumuló reputación y después la convirtió en instrumento de su estafa. Holmes tuvo que construir una arquitectura de reputación que terminó convirtiéndose en un engranaje esencial de la suya.
Cuando Madoff entraba en una habitación, junto con él ingresaban cuarenta años de prestigio en Wall Street.
Holmes necesitaba que la habitación estuviera llena de personas que aportaran esos años de validación que ella no tenía. Y lo hizo magistralmente.
Cada incorporación prestigiosa hacía más fácil la siguiente. Un ex Secretario de Estado probablemente no sabía demasiado de análisis clínicos, pero su figura tranquilizaba a cualquier inversor, y la presencia de ese inversor tranquilizaba al siguiente. Finalmente, una tapa y nota de fondo en una prestigiosa revista terminaba aportando el broche de oro: la legitimación de todos ellos ante el gran público.
Cada uno agregaba, inconscientemente, su ladrillo para construir una reputación que, vista desde afuera, parecía una fortaleza medieval.
Theranos llegó incluso a entregar a potenciales inversores informes que exhibían los logotipos de las grandes compañías farmacéuticas.
El mensaje funcionaba muy bien: “No mire solamente lo que le estoy diciendo, mire quién está detrás de mí”.
Cuando una víctima se convierte en credencial
Aquí aparece quizá la parte más incómoda de ambas historias.
Nos gusta pensar que una persona inteligente es más difícil de engañar que una ingenua, algo que no siempre es así. Pero además, en ciertos fraudes, una persona inteligente, rica, prestigiosa y bien relacionada puede ser algo todavía más valioso que una víctima: puede convertirse, sin saberlo, en la mejor publicidad del mundo. Una víctima prestigiosa puede perder una inversión como cualquier anónima persona del montón. Pero antes de descubrir que ha sido engañada, además puede regalarle al estafador algo mucho más valioso que el dinero que ya entregó: su nombre.
Se produce entonces un curioso multiplicador de credibilidad, que hasta tiene un nombre técnico: affinity fraud.
La due diligence que nadie hizo
Madoff y Holmes consiguieron así algo extraordinario: invertir psicológicamente la carga de la prueba.
La secuencia racional debería ser: “Demuéstreme que esto funciona y entonces confiaré.”
Pero el prestigio acumulado alrededor de ambos podía transformarla en esta otra:
“Toda esta gente seria, inteligente y prestigiosa confía. Para desconfíar, yo tendría que tener una muy buena razón.”
La diferencia parece pequeña, pero en realidad es enorme.
Porque, a partir de ese momento, ya no es el emprendedor quien siente que debe demostrar su credibilidad. Es el escéptico quien comienza a pensar que debe justificar su sospecha.
En el caso de Madoff, esa inversión llegó a adquirir una dimensión tragicómica. La exclusividad reforzaba la confianza: conseguir que el hombre aceptara nuestro dinero podía parecer más difícil que decidir si era prudente dárselo.
Con Holmes, el mismo fenómeno adquirió la estética de Silicon Valley: la joven visionaria, el producto destinado a cambiar el mundo, los grandes estadistas sentados a su mesa, las portadas de revistas, los inversores famosos, las asociaciones con grandes compañías farmacéuticas.
Dos escenarios completamente diferentes, pero una misma pregunta silenciosa:
¿Cómo podría ser mentira si toda esta gente cree que es verdad? Claramente, nadie quiere ser el tonto de la habitación.
Imagínese por un momento a usted mismo sentado allí.
A su derecha hay un ex ministro. Al otro lado, un general de cinco estrellas. Bancos y multimillonarios de Wall Street están poniendo dinero en el proyecto. Una de las revistas de negocios más prestigiosas del mundo presentando a la fundadora como la próxima gran figura de Silicon Valley.
Pero usted tiene una incomodidad; siente que algo no termina de cerrar.
¿Las opciones?
- Usted, sí, precisamente usted, acaba de detectar algo que a Kissinger, Shultz, los maestros de Wall Street, los abogados corporativos y los periodistas especializados en finanzas, a todos ellos, se les pasó por alto
- Simplemente, ellos saben más que usted, o mejor aún: saben algo que usted no sabe.
¿Cuál de las dos conclusiones resulta, hasta cierto punto, más lógica y, sobre todo, psicológicamente más confortable?
Ésa es una de las razones por las cuales estas historias son mucho más interesantes que los clásicos relatos del estafador brillante que se aprovecha de una pobre multitud de tontos, crédulos o ignorantes.
Porque no fue este el caso. Madoff y Holmes no estaban rodeados de tontos.
Estaban rodeados de personas inteligentes que se miraban unas a otras y, al hacerlo, encontraban nuevas razones para creer.
Y ésa puede ser una vulnerabilidad mortal.
La mejor coartada es una persona honesta
Elizabeth Holmes sigue siendo noticia. El traslado previsto para 2027 coincide, además, con un documental (¡otro más!) que vuelve a colocar su historia frente al público.
Pero la parte más interesante de la historia de Holmes probablemente sobrevivirá mucho más que Theranos, su condena o cualquier documental. Y también sobrevivió largamente a Madoff.
Ambos demostraron, desde mundos y generaciones diferentes, que la confianza posee una característica paradójica: puede aumentar precisamente cuando dejamos de verificar lo que debemos comprobar.
Cada nuevo nombre respetable que se suma a la lista de seguidores disminuye proporcionalmente la necesidad de verificación. Y cada persona que decide confiar simplemente porque las anteriores confiaron agrega, sin saberlo, una nueva capa de respetabilidad y, por consiguiente, de tranquilidad mental para quien venga después.
Por eso quizá sea equivocado decir que Madoff y Holmes consiguieron engañar a tanta gente a pesar de estar rodeados de personas inteligentes, poderosas y respetables.
La conclusión es bastante más inquietante.
En alguna medida, consiguieron engañar a tanta gente precisamente porque estaban rodeados de personas inteligentes, poderosas y respetables, que creían honestamente en ellos.
Madoff lo consiguió después de décadas construyendo su propio prestigio; Holmes lo hizo tomando prestado el prestigio de los demás.
Dos personajes muy distintos que, sin embargo, descubrieron la misma fórmula: “No necesito convencerlo de que confíe en mí; me basta con conseguir que confíe en quienes ya confían en mí”.












