Cada 24 de octubre se celebra en la Argentina el Día del Diseñador, una fecha cuyo origen se remonta a Mendoza: ese día, en 1966, Haydée Strittmatter se convirtió en la primera egresada de Diseño del país en la Universidad Nacional de Cuyo. Casi seis décadas después, el rol del diseño se amplió más allá de lo estético y se vincula con la forma en que las empresas compiten.

En un escenario de mayor apertura comercial, acceso a nuevas marcas y crecimiento de alternativas para los consumidores, el desafío para las compañías argentinas se vuelve más exigente: hacer visible y comprensible su diferencial. Contar con un buen producto o servicio sigue siendo fundamental, pero frente a un cliente que puede comparar más opciones, la calidad también necesita ser percibida, reconocida y recordada.

El diseño adquiere, en ese marco, una dimensión estratégica y comercial: ayuda a traducir el valor de una empresa en una marca clara, coherente y capaz de diferenciarse en un mercado más competitivo. Esa estrategia se expresa en cada punto de contacto con el público, desde una identidad corporativa consistente hasta un packaging reconocible, un espacio comercial que refleje la marca o un stand que traslade su identidad a un contexto externo como una feria.

Del producto a la marca

La diseñadora Estefanía Furió, directora de dalevale!, plantea que el aporte del diseño se mide por su capacidad de resolver necesidades concretas del negocio y de la comunicación de marca. “El valor del diseño no está solamente en el resultado visual”, señaló Furió. En esa línea, sostiene que el diseño debe partir de una pregunta previa: para qué se diseña y qué problema concreto debe resolver, ya que una estética cuidada puede no ayudar a elegir un producto, no diferenciar una propuesta o no generar una experiencia reconocible.

El desafío toma otra dimensión en empresas que construyeron prestigio a partir de la calidad de sus productos, procesos o trayectoria, pero no trasladaron ese valor a su imagen. En esos casos aparece una paradoja: la empresa puede ser mucho mejor de lo que parece. Plantas productivas modernas, know-how acumulado, certificaciones, equipos, innovación y capacidad comercial pueden perder fuerza si la marca no logra transmitirlos.

Desde esta perspectiva, invertir en diseño no implica necesariamente aumentar de forma indiscriminada el presupuesto de comunicación, sino utilizarlo con mayor criterio e identificar los puntos de contacto en los que la empresa necesita generar reconocimiento, confianza y diferenciación. “Una marca puede encontrarse con un mismo cliente en una feria, una sucursal, un brochure, un evento o en el packaging”, comentó Furió.

Inteligencia artificial y riesgo de homogeneización

La adopción de inteligencia artificial suma una nueva tensión: nunca fue tan sencillo producir imágenes, piezas y contenidos en poco tiempo, pero esa facilidad puede aumentar el riesgo de que las marcas se parezcan entre sí y pierdan identidad. “La facilidad para producir no garantiza la capacidad para comunicar”, destacó Elisa García Ferrero, diseñadora y socia fundadora de dalevale!. La tecnología puede acelerar procesos, pero no reemplaza la estrategia ni el criterio profesional, en un contexto en el que las empresas buscan ser más ágiles y, al mismo tiempo, más reconocibles.