Santiago Vignoni, agrónomo y viticultor de sexta generación del Este de Mendoza, recibió la distinción de “Estrella en Ascenso del Año” (Rising Star) por parte del crítico británico Tim Atkin. En la misma evaluación, su vino Criollo de Macollo obtuvo la mención de mejor rosado precio-calidad de la Argentina.
La trayectoria del productor se inscribe en una historia familiar vinculada a la vitivinicultura. “Como les pasó a muchos enólogos, me crié acompañando a mi abuelo a la bodega y a los viñedos y los domingos en mi casa era de lo único que se hablaba: precio del vino, inclemencias climáticas, cuando tocaba el turno, tractores, abonos, nuevas tendencias, etc. Mis padres son enólogos, mi tío y uno de los hermanos también”, relata Vignoni.
Su formación profesional se orientó primero a la Agronomía, con el objetivo de explorar un camino distinto del de la enología tradicional. Ese recorrido, sin embargo, lo devolvió al viñedo con una mirada técnica y conceptual que combina memoria familiar y estudio sistemático. “Me di cuenta que había muchos conceptos que los traía de la infancia y muchos que tenía y tengo que aprender”, reflexiona.
Mirada global aplicada al Este
Parte de su enfoque se consolidó a partir de experiencias en regiones vitivinícolas como Barolo, en Italia, y Saint-Émilion, en Burdeos. De esos recorridos extrajo una premisa que hoy aplica en su zona de origen: “Cada región tiene vinos excepcionales, solo hay que trabajar, estudiar e investigar”, señala.
En la bodega, su método se apoya en el seguimiento permanente y el control riguroso de cada etapa para evitar desviaciones y preservar la expresión del origen. “La baja intervención es un concepto filosófico de trabajo donde la meta es ‘tocar’ lo menos posible los vinos para que se expresen en plenitud según lo que traen del viñedo. Esto no quiere decir que se hacen solos, al contrario, necesitan de mucho seguimiento para evitar desviaciones”, aclara el agrónomo.
Escala acotada y viñedos patrimoniales
El proyecto se sostiene en una escala reducida de unas 15.000 botellas al año, decisión que busca conservar el control directo sobre las tareas agronómicas y enológicas. “La escala pequeña es porque el proyecto está concebido de esa manera, mi deseo es no terminar trabajando en una oficina porque se me fue de las manos, quiero seguir participando de las vendimias y de las tareas enológicas y agronómicas haciendo en pequeña escala lo que me gusta, controlando cada paso”, afirma.
En el viñedo, complementa ese criterio con prácticas de agricultura regenerativa orientadas a la salud del suelo: evita labranzas innecesarias, fomenta una cubierta vegetal y aporta materia orgánica con restos de poda y maleza segada para estimular biodiversidad. “Buscamos al mismo tiempo mejorar la biodiversidad tanto de microorganismos como de insectos, estos últimos podemos verlos moviendo la cobertura vegetal o el mulch”, detalla.
La conservación del sistema de parral, característico de la arquitectura agrícola tradicional, ocupa un lugar central en el manejo del viñedo en un clima cálido: el dosel foliar protege a los racimos de la radiación directa y ayuda a preservar la acidez natural. “Los parrales permiten sombrear los racimos y mantener frescura y acidez en los vinos”, sostiene.
El reconocimiento de Atkin también se vinculó con la elección de variedades no convencionales o históricas —cepas criollas, Moscatel, Sangiovese e inclusive Bequignol— y con el trabajo en viñedos patrimoniales del Este de Mendoza. Para Vignoni, el alcance de la distinción excede lo personal: “Este reconocimiento también es para la Zona Este”, expresa.


