Argentina sigue siendo una de las grandes economías de América Latina. Por tamaño, comparte con Brasil y México el grupo de los tres mayores PIB de la región. Por ingreso por habitante se mantiene por encima del promedio latinoamericano y dentro del conjunto de economías de mayor ingreso relativo de América del Sur.
Pero cuando la comparación se traslada del producto al mercado de trabajo, la posición cambia. La informalidad alcanzó al 45% de los ocupados en el segundo trimestre de 2026, 1,8 puntos porcentuales más que un año atrás. En términos absolutos, fueron 348.000 trabajadores informales adicionales en los 31 aglomerados urbanos relevados por la Encuesta Permanente de Hogares.
Los datos forman parte del informe Panorama del empleo informal y la pobreza laboral, elaborado por el Área de Empleo, Distribución e Instituciones Laborales (EDIL) del Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP), UBA-Conicet, a partir de información de la EPH.
Una economía grande con un mercado laboral diferente
La comparación regional es probablemente el dato que mejor sintetiza el problema. De acuerdo con el IIEP, Uruguay, Chile, Brasil y Costa Rica registran tasas de informalidad de entre 22% y 32%. Argentina ya está en 45%. Paraguay y Ecuador se acercan al 60%, mientras Perú supera ese nivel.
La contradicción aparece cuando se superponen ambas fotografías. Argentina mantiene una escala económica propia de las mayores economías regionales y un ingreso por habitante relativamente elevado, pero su estructura laboral se aleja progresivamente de la que presentan Chile y Uruguay.
El tamaño de la economía y su nivel de ingreso relativo encuentran cada vez menos correspondencia en la capacidad de generar empleo formal.
La fotografía todavía no coloca a Argentina en la misma situación que Paraguay. La distancia continúa siendo significativa. Pero la evolución reciente muestra un desplazamiento en esa dirección: mientras las economías más formalizadas de la región permanecen claramente por debajo, la tasa argentina volvió a crecer.
El recorrido del último año muestra esa tendencia. La informalidad era de 43,2% en el segundo trimestre de 2025, pasó a 44,2% en el tercero, retrocedió a 43% hacia fines del año, regresó a 44,2% en el primer trimestre de 2026 y finalmente alcanzó 45% en el segundo.
El empleo crece, pero cambia su composición
Existe otro dato que ayuda a entender el fenómeno. La tasa de ocupación también aumentó: pasó de 44,5% a 45% entre los segundos trimestres de 2025 y 2026, con unos 265.000 ocupados adicionales.
Pero durante el mismo período se incorporaron 348.000 trabajadores informales. Es decir, el empleo informal aumentó más que el empleo total.
La explicación se encuentra casi enteramente en el cuentapropismo. La informalidad entre los trabajadores por cuenta propia pasó de 62,4% a 65,8%, con 316.000 personas adicionales. Ese movimiento explicó 91% de todo el incremento del empleo informal durante el último año.
Entre los asalariados, en cambio, la tasa pasó de 37,7% a 37,9%. La variación interanual es pequeña, pero la perspectiva de largo plazo modifica la lectura.
Según el IIEP, el 37,9% de informalidad asalariada es el registro más alto desde fines de 2007, con excepción de las alteraciones producidas durante la pandemia. El país volvió, en este indicador, a valores similares a los de 2008 y 2022.
La informalidad cambia de forma
También se modificó la estructura interna del empleo informal. Los asalariados continúan representando la mayoría, con 59,5% del total, pero un año antes concentraban 63,1%.
El movimiento inverso se produjo entre los trabajadores por cuenta propia: pasaron de representar 34,3% de la informalidad a 38,5%.
Esto sugiere que una parte creciente de las tensiones del mercado de trabajo no aparece necesariamente como desempleo abierto. Se expresa, en cambio, a través de ocupaciones por fuera de los mecanismos tradicionales de protección laboral, tributaria y previsional.
Por eso, el aumento de la ocupación tomado de manera aislada cuenta sólo una parte de la historia.
Jóvenes y mujeres, con mayor exposición
La informalidad tampoco se distribuye de manera homogénea. Entre las mujeres alcanzó 45,9% durante el primer trimestre de 2026, frente a 42,8% entre los hombres. Además, la tasa femenina aumentó 2,7 puntos porcentuales en un año, contra 1,7 puntos entre los varones.
La situación más marcada aparece entre los jóvenes. El 68,9% de los trabajadores de entre 16 y 24 años tenía un empleo informal. Son casi siete de cada diez. La tasa aumentó 5,9 puntos porcentuales en apenas un año.
También existe una relación directa con el nivel educativo. Entre quienes tienen hasta secundario incompleto, la informalidad llega a 67,3%. Entre los trabajadores con secundario completo o universidad incompleta baja a 44,5%. Entre quienes completaron estudios universitarios desciende a 17,2%.
Las empresas pequeñas concentran el problema
El tamaño de los establecimientos resulta otra variable decisiva. En empresas de hasta cinco trabajadores, 68% del empleo es informal. En aquellas con más de 40 empleados, la proporción se reduce a 13%.
Más de tres cuartas partes de toda la informalidad argentina se concentra en los establecimientos más pequeños.
Por actividad también aparecen diferencias importantes. El servicio doméstico registra una tasa de 77,4% y la construcción, de 76,2%. En el comercio llega a 56,7%.
Son, además, sectores que absorben una porción significativa de los trabajadores con menor nivel educativo. La combinación ayuda a explicar por qué informalidad, educación e ingresos forman parte de un mismo problema laboral.
Trabajar y seguir siendo pobre
La diferencia no se limita al acceso a aportes jubilatorios, cobertura social o derechos laborales.
El IIEP calcula que un asalariado informal percibe, en promedio, 34% menos que un trabajador formal con características comparables: misma edad, educación, género, región, rama de actividad, categoría ocupacional y tamaño de empresa.
La consecuencia aparece con claridad en los hogares. Durante el primer trimestre de 2026, 35% de los trabajadores informales vivía en hogares pobres. Entre los trabajadores formales, la proporción era de 10%. En el conjunto de los ocupados alcanzaba 21%.
El empleo continúa funcionando como una protección frente a la pobreza, pero la distancia entre tener trabajo y tener un trabajo formal se vuelve cada vez más relevante.
Una brecha regional que empieza a definir un patrón
La comparación latinoamericana devuelve la dimensión del problema. Uruguay y Chile presentan niveles de informalidad sensiblemente menores. Brasil se ubica alrededor del 32%. Argentina llegó a 45%. Paraguay se aproxima al 60%.
No significa que el mercado laboral argentino sea equivalente al paraguayo. Todavía existe una distancia importante. Pero Argentina se encuentra cada vez más lejos del patrón de formalización de Uruguay, Chile y Brasil de lo que sugerirían el tamaño de su economía y su ingreso relativo.
La particularidad argentina reside precisamente allí. No se trata de una economía pequeña ni de uno de los países de menores ingresos de América Latina. Es una de las tres mayores economías regionales en términos absolutos y mantiene un ingreso por habitante relativamente alto.
Sin embargo, su estructura laboral avanza en otra dirección.
El dato del segundo trimestre, por lo tanto, excede el aumento de 1,8 puntos porcentuales de la informalidad. La economía incorporó trabajadores, pero casi todo el crecimiento informal provino del cuentapropismo; la informalidad asalariada regresó a máximos de casi dos décadas y la distancia con los mercados laborales más formalizados del Cono Sur volvió a ampliarse.
Argentina todavía ocupa una posición intermedia dentro de América Latina. La evolución reciente, sin embargo, muestra una trayectoria cada vez más distante de Uruguay, Chile y Brasil y más próxima al conjunto de países donde la informalidad constituye la forma habitual de inserción en el mercado de trabajo.












