Una de las principales transnacionales de América latina está convencida de que ya pasaron definitivamente los tiempos en que los grandes contratistas lucraban gracias a sus influencias en los gobiernos y podían crecer espectacularmente en un contexto social de pobreza extrema. Para Odebrecht, una de las mayores corporaciones de Brasil y de la región, es hora de seguir otros rumbos y, precisamente ahora, está realizando un experimento para, según las propias palabras de la empresa, “quebrar el círculo vicioso de la pobreza”. Lo más notable es que el programa se está organizando en Lima.
¿La clave?: desarrollar en villas de emergencia de la capital peruana proyectos para entrenar a los desempleados en actividades generadoras de ingresos. Una propuesta que sin duda suena fácil de enunciar, aunque seguramente será todo un desafío.
El nudo central de la idea es promover entre los más pobres la motivación de las utilidades, algo que puede parecer obvio para otras capas sociales, pero que quizás no lo sea tanto entre los sin trabajo de los suburbios marginales de América latina. Odebrecht es considerada una de las transnacionales de la región con más empuje y visión de futuro y esto probablemente explique el nacimiento de la iniciativa. A fines de 1990 Odebrecht pasó a ser la primera corporación privada del continente que firmó un convenio con la OEA destinado a crear y gerenciar proyectos de desarrollo en pequeña escala y de corto plazo, comenzando por Lima, la ciudad de Trujillo y el departamento Madre de Dios, en plena selva peruana.
Fundada en 1945 por Norberto Odebrecht, hijo de un inmigrante alemán, la compañía opera en petróleo, informática, construcción y minería, con actividades en una docena de países de América Latina, Africa y Europa. La Fundación Odebrecht, en Bahía, sede central de la empresa, trabaja en
proyectos específicos de desarrollo, propuestos y ejecutados por los propios habitantes de las zonas marginales. La idea en Perú es ayudar a la comunidad a organizar pequeños negocios, como restaurantes o lavanderías, para enseñar a la gente cómo generar utilidades. Una vez que el negocio funciona, la inversión debe ser reintegrada para destinarla a financiar un nuevo proyecto.
Ricardo Soares, director de desarrollo internacional de Odebrecht, lo explica de este modo: los contratistas, con su influencia sobre los gobiernos, tienen que cambiar su rol social. “Muchas compañías -se queja- creen que cumplen su responsabilidad social pagando buenos salarios y otros beneficios; pero si las empresas son incapaces de generar riqueza para el conjunto del país, están
fracasando en su responsabilidad de promover un auténtico desarrollo. Si las compañías contratistas del Tercer Mundo no modifican sus estrategias, están condenadas a desaparecer; empresas ricas que dependen de clientes pobres ya no serán viables en cl futuro”.
Un ejemplo de esta filosofía fue el desarrollo del valle del río Santa, en el desierto peruano. El objetivo era incorporar 90.000 hectáreas a la agricultura, en un país que había quedado excluido de los circuitos internacionales de crédito. Odebrecht condujo el proyecto, interesó en él al entonces presidente Alan García, logró un crédito adicional del Banco do Brasil por U$S 157 millones y, hoy, el valle está produciendo tomates cuya colocación en Japón está asegurada. Un proyecto similar, para explotar la gran cuenca gasífera de Camisea, en la jungla peruana, está también en los planes futuros de Odebrecht: se trata de construir un gasoducto hacia Brasil, en lugar de un proyecto alternativo que prevé uno a través de los Andes. Algo parecido a la carretera Madre de Dios, que también impulsa Odebrecht y que unirá a Brasil con el Pacífico, vía Perú. Lo novedoso en este último caso es que se busca el desarrollo integral de la zona, incluyendo los aspectos sociales, antropológicos y culturales. Informalmente, la empresa ya trabaja en las comunidades de la región desde 1985, con el fin de sembrar “semillas de simpatía”, que darán frutos cuando los trabajos se pongan en marcha.
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