jueves, 30 de abril de 2026

    Estados Unidos: ¿Decadencia o resurgimiento?

    Si a mediados del siglo próximo, un historiador se dedica a reconstruir la última década de este siglo en Estados Unidos, tropezará con una aparente contradicción: las cifras y estadísticas hablan de una economía próspera, de una población con gran calidad de vida, de una nación plena de imaginación y fuerza. La profusa literatura contemporánea, en cambio, da cuenta de otra versión: una sociedad ansiosa, inquieta, angustiada por lo que traerá el futuro, temerosa del destino que espera a sus hijos.

    Hay una explicación para este estado anímico, donde el tema favorito es la decadencia y el deterioro de la calidad de vida. La distensión originada por la nueva situación internacional, lo que se percibe como el fin de la amenaza soviética, obliga a repensar el poderío militar.

    La presión para reducir el gasto bélico, que crece en todos los estratos sociales, tiene como paradoja un efecto acelerador de la “decadencia”: reducir en pocos años la hegemonía militar estadounidense, que hoy es uno de sus indiscutibles rasgos de superpotencia. El desenlace de la guerra en el golfo Pérsico puede alterar el humor nacional, el espíritu hipercrítico de estos años.

    Sin embargo, es en el plano interior donde la angustia sobre el futuro es mayor: la presunta decadencia de industrias clave a manos de japoneses, alemanes o coreanos; el “crash” bursátil del ´87 y la amenaza de repetición; la fragilidad del sistema bancario y financiero; el ahondamiento de la brecha entre pobres y ricos; la degradación de los niveles educativos y de los niveles de salud, son todos signos ominosos para el orgullo nacional.

    El mejor reflejo de este estado deliberativo es la enorme profusión de libros sobre la decadencia de EE.UU., sobre la falta de competitividad ante rivales comerciales agresivos, sobre las incertidumbres del futuro. Hace dos años sobrevino la primera ola (el libro más conspicuo fue “The Rise and Fall of The Great Powers” de Paul Kennedy), donde se puso el dedo en la llaga: el tema era la decadencia de una gran potencia. Ahora han aparecido docenas de títulos en los que los profetas de la decadencia dejan paso a los apóstoles del resurgimiento, o por lo menos a los que creen que se ha exagerado mucho sobre el descenso estadounidense y que aplicando correctivos el país tiene el

    potencial para continuar en la cumbre.

    Un trabajo interesante es “The Myth of America´s Decline: Leading the World Economy into the 1990s” (Henry R. Nau, Oxford University Press, US$ 29,95). La tesis central de este ensayo (que incluye un minucioso análisis de las políticas económicas del país desde hace cinco décadas) es que las ideas, las políticas y la voluntad nacional cuentan más que el poder material, cuando se trata de influir en la escena internacional. Así, argumenta, EE.UU. contaba con todo el poder económico necesario al final de la Segunda Guerra Mundial, pero no fue hasta 1947, cuando la nación decidió movilizar ese poder hasta contener la expansión comunista, que surgió nítida la intención, el propósito nacional, que daría impulso al Plan Marshall y que pondría a los organismos

    internacionales (como el FMI, Banco Mundial y GATT, entre otros) a trabajar en determinada dirección. Durante ese período, la conjunción de precios internos estables, eliminación de barreras comerciales y limitada intervención estatal en la economía, impulsó el crecimiento económico en el bloque occidental. Después de 1967, y a consecuencia de la guerra de Vietnam, el consenso sobre

    política exterior desapareció y las políticas monetarias y fiscales minaron las bases del crecimiento sostenido, desapareció el sistema de tasas de cambio fijas y la inflación creció de modo desconocido.

    En la década pasada, Ronald Reagan intentó restaurar la moral y el orgullo nacional estadounidenses, y como apóstol del libre mercado generar una nueva era de baja inflación y crecimiento económico. El gran pecado fue, según el autor, tolerar el déficit fiscal y presupuestario que ha aumentado la debilidad de la economía nacional, reduciendo el margen de maniobra de

    cualquier gobierno. Como factores positivos Nau menciona que el “estilo de vida americano” se impone hoy en casi todo el mundo, y que las deficiencias mencionadas son corregibles por la acción política decidida y no producto de fuerzas históricas inexorables.

    El resurgimiento.

    Otro libro que ha contribuido al debate es “America´s Economic Resurgence: A Bold New Strategy” (Richard Rosecrance, Harper & Row, US$ 22,50), donde se admite que el país está perdiendo terreno en el campo económico, tecnológico y comercial, ante competidores externos, y que este proceso puede llevar a que EE.UU. se convierta en un país de “segunda categoría”. Pero el énfasis no está en las causas de la decadencia, sino en detectar las condiciones que se precisan para el resurgimiento.

    Ellas son: reducción del déficit fiscal, mejorar el nivel de la educación, incrementar el ahorro nacional y expandir la inversión en investigación y desarrollo, cambiar la mentalidad empresarial que persigue ganancias inmediatas, y derivar recursos del aparato militar a necesidades internas.

    En la misma línea se inscribe “Peril and Promise: A Commentary on America” (John Chancellor, Harper & Row, US$ 17,95), un prolijo inventario del descenso de calidad y de resultados en política, economía, educación y tecnología. Este trabajo es especialmente crítico del período Reagan, de las “locuras” económicas, de la fácil retórica en lugar de serias decisiones y de la herencia de fácil optimismo que dejó. En ambos casos, los autores confían en que la gravedad de la crisis y todavía más, serios acontecimientos que pueden ocurrir, provocarán el surgimiento de la voluntad política de reparar los daños y corregir el rumbo. Lo que no queda en claro, es que la propuesta por ellos sea la única alternativa posible. La acción política puede derivar en otra dirección, totalmente contraria a la supuesta. El más feroz proteccionismo, por ejemplo.

    ¿ Tiempo de pesimismo?.

    Cuatro de cada cinco estadounidenses creen que el país está transitando “el camino equivocado”. En una encuesta reciente, 77% de los entrevistados sentenció que el gobierno está en manos “de unos pocos pero inmensos intereses” que defienden lo suyo. El observador externo se pregunta si está

    justificada por la realidad esta santa indignación o si es un exceso de tremendismo en un pueblo naturalmente optimista.

    Es cierto que con 5% de la población del planeta, EE.UU. representa 25% del total de riqueza generado por la economía mundial; y sigue exhibiendo elevado nivel de ingreso per cápita y de productividad. Es sin duda, la más importante potencia militar y diplomática existente. Hasta ahí las buenas noticias: también es cierto que la productividad crece con lentitud exasperante, que Japón y Alemania avanzan con enorme velocidad en el terreno industrial y comercial; y que la actual recesión sorprende al sistema financiero en delicada situación y a la sociedad con un esquema de distribución de la riqueza que carece de equidad en la base, en la porción que reciben los sectores de menores

    ingresos. Más grave aún, en la nación más rica del globo hay 31 millones de personas sin seguro de salud (prácticamente la población total de Argentina); otros 3 millones carecen de techo; y 20% de la población adulta es funcionalmente analfabeta.

    El sistema político, un modelo para los antiguos satélites de Moscú en la Europa Oriental, exhibe síntomas de fatiga. Sólo 36% de los ciudadanos votó en las últimas elecciones nacionales; la reelección de los legisladores pone énfasis en los temas de interés local e impide el tratamiento de una agenda nacional. Lo positivo del pesimismo estadounidense es que, a diferencia de los años de Ronald Reagan, no se niegan ya los datos de la realidad.

    Finalmente, “Bound to Lead: The Changing Nature of American Power” (Joseph S. Nye, Basic Books, US$ 19,95) es la más vigorosa respuesta contra las tesis de la decadencia y su mensaje es que EE.UU. no es comparable a otros poderes industriales (como Gran Bretaña) en el comienzo de su descenso.

    Aun cuando sea elegido como bandera por los que rechazan la presunta decadencia, el autor hace un completo inventario de los puntos favorables de la economía y el sistema estadounidense, pero también se detiene minuciosa e implacablemente en los puntos débiles. Su conclusión es que si bien es cierto que hay “una decadencia relativa” no hay ningún otro país que pueda exhibir tal

    combinación de fortaleza y por lo tanto que pueda aspirar seriamente a ser “número uno”. Lo que ha cambiado, cree Nye, es la naturaleza del poder en nuestros días, debido a la nueva influencia de las ideas, el desplazamiento de capital y flujos financieros, los medios masivos de comunicación, las telecomunicaciones y la acción de las empresas transnacionales. En todos estos rubros, Nye cree que EE.UU. sigue teniendo ventajas absolutas sobre cualquier aspirante a competidor. Por estas razones, más las necesarias correcciones que es preciso hacer en el plano interno, EE.UU. seguirá siendo por el futuro previsible un país de primera categoría, y es necesario olvidar las voces de los “gurús” de la decadencia.

    La conclusión obvia que puede extraer un recién llegado al debate es ésta: puede que los mensajeros de la decadencia estén equivocados e incluso también que los defensores del poderío estadounidense no tengan razón para estar preocupados. Pero en todo caso, lo evidente es que este debate tiene lugar hoy, en este momento, y no cuando Eisenhower o Kennedy eran presidentes de los Estados Unidos. Por algo será.

    Las ideas, las teorías, los slogans que apenas hace cinco años recorrían rampantes los ámbitos académicos, empresariales y los medios de comunicación, se han desvanecido arrollados por nuevas realidades, nuevos argumentos y debates. Pero hay un elemento esencial del período de Ronald Reagan que ha sobrevivido al terremoto: los estadounidenses no están dispuestos a realizar los sacrificios requeridos para corregir el severo desequilibrio fiscal, ni aceptan pagar más impuestos, ni quieren pensar en los recortes presupuestarios en salud y seguridad social que sobrevendrán con el reciente acuerdo a cinco años forjado entre la Casa Blanca y el Congreso. La tesis de Benjamin L. Friedman (expuesta en The New York Review of Books, 20 de diciembre de 1990) es que el tiempo político en que la revisión impositiva era posible sólo hacia abajo, se ha terminado; la era de gastos militares siderales ha concluido; y habrá recortes de importancia en el programa de salud (Medicare) y en los subsidios agropecuarios, entre otros rubros de importancia por su repercusión entre la vida cotidiana de los estadounidenses.

    Los efectos serán perdurables porque ningún cambio en la política fiscal puede construir, de un día para el otro, las fábricas y maquinarias que no se construyeron durante una década, ni borrar de un plumazo las gigantescas deudas en que incurrió durante años una sociedad volcada a un festival de consumo. Lo peor, sostiene Friedman, es que ningún estadounidense cree que tiene responsabilidad individual por el crónico déficit fiscal o por sus consecuencias.

    La perspectiva actual es que con el nuevo acuerdo presupuestario, el déficit será entre US$ 400 a 500 mil millones menor que si no se hubiera adoptado la decisión de aumentar impuestos y reducir gastos, lo que no significa automáticamente la extinción del déficit fiscal sino su reducción o

    control. La idea clave de la nueva política fiscal es lograr un balance entre la capacidad de ahorro y de inversión del país. Al restringir la capacidad del gobierno de absorber fondos para financiar déficit, el ahorro se puede canalizar para estimular la actividad productiva. El cambio consiste en que en lugar de poner el énfasis en limitar el déficit, se lo pone en limitar el gasto público.

    Con todo, aún en el escenario más optimista -y sin incluir el costo de la guerra en el golfo Pérsico- el déficit federal en 1993 será equivalente a 3% del PBI, lo que sigue siendo demasiado.

    El costo político y económico de haber cambiado el rumbo en el peor momento -en medio de una recesión- explica la gravedad de la situación y el tiempo que se ha perdido tratando de ignorar la realidad.

    Mercado Al Día.