La pared se alzaba justo por donde voy caminando, me explican. Iba de aquí hasta allá y fue levantada por los indios tiempo antes de que llegara el holandés y se hiciera con todo el asunto -pared & isla- por lo que hoy serían, aproximadamente, quince dólares. Suma más que razonable si tenemos en cuenta que la isla es Manhattan y, donde alguna vez hubo una pared, hoy se alzan los ominosos edificios de Wall Street.
Hoy es un día nublado, viene niebla por el lado del Hudson, pero todo es relativo y al mal tiempo buena cara: me aseguran que por estos lados se ha recuperado la esperanza y que, pasado el pánico, se avecinan horizontes de soleado optimismo. La era del excesivo afán de lucro y del optimismo irracional ha concluido -leí en una revista especializada-; la caída de Drexel Burham
Lambert, la agencia de bolsa de Wall Street que hizo su agosto durante los ´80 mediante el movimiento intempestivo de bonos etéreos, marcó el fin de una época y el inicio de los problemas.
Todos y cada uno de los directores de la agencia terminaron frente al juez para informar y admitir diversos delitos que iban desde una interpretación demasiado personal de las normas vigentes hasta la utilización de información privilegiada, pecado capital si lo hay (alquilar video de Wall Street). La prensa financiera se dio un verdadero banquete con el escándalo, y la moraleja inevitable iba por el lado de que el orgullo siempre antecede a la derrota y que los años de suculentos y rápidos beneficios habían llegado a su fin.
Entrando en punta de pie en la nueva década, Wall Street y sus hombres miran hacia el pasado inmediato con cierto asombro culposo en busca de respuestas para no repetir espantos todavía frescos en el subconsciente del broker norteamericano. Así habló James Jones, ex congresista y flamante presidente del American Stock Exchange: “Los tiempos están cambiando y nos encontramos ahora en el vértigo de la ruptura financiera del fin de siglo que, además, es fin de milenio. Los acontecimientos de los últimos años han sido tan inimaginables que las circunstancias presentes y futuras sólo se pueden interpretar observando lo ocurrido en los últimos años. Fueron unos años incomparables. La política del gobierno norteamericano, empezando por el déficit presupuestario, fomentaba el endeudamiento. Las tasas de interés descendieron y la producción mundial de petróleo llegó a su punto más alto. Los impuestos bajaban y los beneficios subían. Las inversiones en la Seguridad Social descendieron y millones de dólares se desviaban a reinversiones rentables”.
La montaña rusa siempre en subida se puso en funcionamiento en 1982 y no conoció picada hasta 1987. Así habló Ana Daniel, vicepresidenta de Merryl Lynch y estratega en cuanto a política de inversión en las 43 oficinas de la compañía a lo largo y ancho del mapa: “En los ´80 se produjo una expansión y un crecimiento a nivel mundial como nunca antes se había conocido. La iniciativa empresarial fue la consigna a seguir, sobre todo en Asia, y aquí y allá se apreciaba una liberalización que permitía a los inversores privados participar en el crecimiento general más allá de que éste se produjera o no en el propio país. Los avances técnicos -en especial en el campo de las
telecomunicaciones- fueron enormes y, todavía hoy, son la fuerza motriz que mueve a todo el sistema”.
Como suele ocurrir, las piezas del rompecabezas encajaron bien en un principio. Pero al poco tiempo dijeron presente los efectos secundarios que siempre acaban por arruinar la armonía del paisaje, efectos que no han sido erradicados del todo. Sobre este punto se edifica todo el nuevo credo de Wall Street. John Phelan, presidente de la Bolsa neoyorquina, ha declarado en varias
ocasiones que la actual caída suave o soft se debe sólo al progreso natural del mercado, y para intentar demostrarlo creó una comisión investigadora cuyo objetivo es aclarar -de una vez por todas- el misterio de la conducta cíclica de estas calles grises así como refutar, antes de que se cumplan, las previsiones de los profetas apocalípticos. Uno de ellos es el analista para Solomon Brother Michael Belkin, quien ha sido uno de los primeros en señalar que el mercado, hoy por hoy, se está comportando con modales semejantes a los de los años ´20 apuntando además que, durante el presente siglo, el índice Dow Jones ha experimentado un aumento sostenido a lo largo de cinco años en sólo dos ocasiones. La primera fue entre 1924 y 1928. La segunda, entre 1985 y 1989. Según el profeta Belkin, nos encontramos en los bordes mismos de una nueva depresión como la de los ´30, una eficaz remake del Crack-Up que marcó a toda una generación de norteamericanos. Semejante paralelismo se fundamenta también en otros augurios como, por ejemplo, el miedo a invertir en grande que se viene gestando durante los últimos años.
Así habló Robin Stonehill, conocedor de Wall Street desde hace veinticinco años y actual presidente de La Branche & Co: “Muchos inversores privados han perdido la fe en Wall Street debido, en parte, a la liberalización de la era Reagan. Tienen la impresión de que los asuntos no se llevan siguiendo el dictado de intereses comunes. En los ´50, la proporción de inversores derivados e institucionales era equilibrada, mientras que hoy un 80% de la inversión se halla en manos de las instituciones. Hoy no se venden doscientas acciones en una operación, sino dos mil. Sin embargo, el volumen total ha disminuido y las comisiones están en baja. Wall Street está siendo exprimida a fondo”. Lo que se entiende como una reducción de operaciones bursátiles que se traslada a reducción de beneficios para los agentes. Los ´80 de los yuppies son un dulce recuerdo; la realidad hoy dice que en estas calles camina la mitad de la gente que caminaba entonces. Pero también hay profetas optimistas que definen a la actual impasse como una suerte de siesta antes de despertarse a una segunda ronda que se insinúa como poco menos que gloriosa.
Así habló James Jones, hombre del American Stock Exchange: “Se ganaba tanto dinero que algunas empresas se expandieron más de lo aconsejable. Ahora, es cierto, hay menos gente. Pero atribuyo esto al crecimiento de los sistemas informáticos. Pienso que los días que vivimos nos
demuestran que, sí, la industria sufría de una hipertrofia que ha sido atajada y que Wall Street se está rearmando y vuelve a ser competitiva. Ahora se trabaja más y se gana menos. Es una reacción sana que devendrá en mayor fortaleza y agresividad en momentos decisivos. Los que quedaron son los que valen y tenemos por delante toda una década virgen por explotar”.
Otra circunstancia de efecto impredecible y que pone nerviosos a muchos de los sobrevivientes es el eterno enigma modificador de la política internacional. Descartando las consecuencias de la crisis del Golfo, las convulsiones europeas de los últimos tiempos pueden tener efectos difíciles de predecir. Así volvió a hablar Ana Daniel: “Seguimos muy de cerca la liberalización de los países del Este debido a su inmenso potencial económico. Habrá mayor libertad pero, si se cierran sobre sí mismos, no será fácil la expansión económica. Es imposible precisar cuál será el mercado financiero dominante en los próximos años, pero yo pienso que Londres es la opción más
clara a la hora de captar las inversiones extranjeras que nutrieron a Wall Street durante los ´80. La gente mira hacia Europa y el número mágico es 1992. Entonces habrá grandes ganadores y grandes perdedores”.
El internacionalismo está aquí para quedarse y la Aldea Global es un Mercado Global.
Aleluya. Wall Street se concentra cada vez más en lo extranjero, el índice Nikkei despierta indisimulado interés y la conversación por los pasillos gira alrededor de los Fondos Verdes (inversión en el mantenimiento del medio ambiente y creación de fondos de investigaciones ecológicas. La duda está en si los gobiernos y los electores están dispuestos a gastar dinero en la manutención de la capa de ozono) y el apoyo a las empresas medianas, las empresas del futuro. Una cosa es cierta: los cambios se notan. Ahora hay calidad por encima de cantidad y existe una verdadera predisposición hacia la permanencia por encima del fugaz canto de las sirenas. “En los ´80 conocíamos el precio de todo y el valor de nada”, me dice un ya no tan joven stock-broker que engulle hot dog en una esquina. “El castillo de naipes se vino abajo, pero mi actitud hacia el futuro es positiva. Yo he adelgazado, Wall Street ha adelgazado; pero las bacterias se han ido de nuestros cuerpos”. El ex yuppie trepa bicicleta y presiona el play de su walkman. Pedalea parejo y se va escuchando la nueva versión de The Wall. Registrada en vivo por Roger Waters & Co. en el sitio justo donde dos Alemanias se convirtieron en una, donde alguna vez también se alzó una pared construida por otra tribu. La misma vieja historia, la misma vieja canción: al final de todo, no somos más que otro ladrillo en la pared.
