En el debate económico actual, suele repetirse que la Argentina cuenta con condiciones excepcionales: un suelo privilegiado para la agroindustria, una de las reservas no convencionales de hidrocarburos más relevantes del mundo en Vaca Muerta y yacimientos estratégicos de minerales críticos para la transición energética global. Sin embargo, la ventaja competitiva de un país no se define únicamente por la disponibilidad de sus recursos naturales, sino por su capacidad técnica, productiva e institucional para convertirlos en desarrollo, exportaciones sostenibles y crecimiento genuino. En ese proceso, el rol de las empresas es clave: agregar conocimiento, tecnología y valor allí donde esos recursos comienzan a transformarse en oportunidades concretas para toda la sociedad.
Con frecuencia, asociamos la palabra “innovación” exclusivamente con una invención disruptiva o con la creación de algo completamente nuevo. Pero, en la economía real, una parte muy significativa de la transformación ocurre en la mejora continua de procesos, formulaciones y aplicaciones existentes. Innovar no siempre es inventar desde cero; muchas veces es encontrar una forma más inteligente, eficiente y escalable de hacer lo que la industria ya necesita hacer. Es intervenir allí donde se genera valor concreto: en el desempeño de una formulación agrícola, en la eficiencia operacional de una operación de petróleo y gas, o en la recuperación y procesamiento de minerales. Cuando la tecnología ayuda a reducir ineficiencias, optimizar el uso de recursos y aumentar la competitividad operacional, la ciencia deja de ser un concepto abstracto y se convierte en un motor tangible de desarrollo productivo.
¿Y qué lugar ocupa la Inteligencia Artificial como potenciador de industrias? En un contexto en el que la IA concentra buena parte de la conversación pública, el verdadero desafío es ir más allá de la fascinación por la herramienta y enfocarnos en su aplicación práctica en la industria real. Su mayor valor no está en reemplazar el criterio técnico, sino en potenciarlo.
La digitalización, el modelado y el procesamiento de grandes volúmenes de datos pueden contribuir a identificar patrones, mejorar la toma de decisiones, acelerar el desarrollo de soluciones y anticipar oportunidades de mejora. Pero el diferencial competitivo no surge de implementar un algoritmo aislado. En nuestro caso, surge de integrar esa capacidad digital con más de 125 años de conocimiento técnico, experiencia en ciencia de materiales y comprensión profunda de los procesos industriales de cada cliente. Así, la IA agrega valor cuando amplifica el criterio humano: nos ayuda a ver antes, decidir mejor y aprender más rápido.
Un ejemplo claro de esta visión integrada se observa en el sector energético. El desarrollo de Vaca Muerta representa un hito transformador para la matriz productiva argentina. Sin embargo, su oportunidad estratégica no reside solo en producir más, sino en capturar más valor en cada etapa de la operación, con mayor eficiencia, confiabilidad y desempeño operativo. Argentina necesita producir energía con más eficiencia: la oportunidad no está solo en extraer más, sino en capturar más valor de cada operación.
Tanto en el desarrollo no convencional de Vaca Muerta como en la operación de campos maduros, Dow aporta tecnologías y especialidades químicas orientadas a responder a estos desafíos. En upstream —exploración y producción—, nuestro portafolio incluye soluciones para separación de fases, clarificación de agua, mejora de flujo, inhibición y otras aplicaciones vinculadas a la eficiencia operacional. En refinación y procesamiento, contamos con tecnologías para tratamiento de gas, remoción de gases ácidos, deshidratación, gestión térmica y eficiencia de procesos. Y en EOR —recuperación mejorada de crudo—, desarrollamos soluciones químicas que pueden contribuir a mejorar la recuperación de recursos y apoyar la productividad de los yacimientos, siempre de acuerdo con las condiciones específicas de cada operación.
Esta misma lógica orienta nuestra presencia en otros sectores clave de la economía argentina. En el sector agroindustrial, acompañamos la evolución hacia esquemas donde la química de formulación, las soluciones biológicas y las herramientas digitales pueden converger para mejorar el desempeño de los productos aplicados en el campo. Allí, innovar significa lograr que cada aplicación sea más efectiva; en otras palabras, que cada gota aplicada trabaje mejor, con más eficacia, menos desperdicio y mayor consistencia, contribuyendo a mejorar la cobertura, el esparcimiento, la estabilidad de las formulaciones y, cuando corresponde, la compatibilidad y protección de microorganismos en soluciones biológicas.
En la minería de litio y cobre —minerales indispensables para la electrificación y la transición energética global—, Dow desarrolla tecnologías y especialidades químicas que ayudan a optimizar procesos de extracción, separación, recuperación y tratamiento, con foco en eficiencia operativa y uso más responsable de los recursos. El cobre y el litio son parte de la infraestructura invisible de la transición energética; el desafío es producirlos mejor.
Por eso, estoy convencida de que la Argentina debe convertir su potencial en competitividad real. Contamos con recursos de escala mundial, talento técnico capacitado e industrias consolidadas. El desafío central es transformar ese potencial en producción competitiva, exportaciones sostenibles y crecimiento de largo plazo. Desde Dow, trabajamos todos los días para aportar ciencia aplicada, capacidades técnicas globales y presencia local, con el objetivo de ayudar a convertir ese enorme potencial en valor tangible, productividad sostenible y desarrollo para todo el país.












