La imagen congelada del presidente Carlos Menem, con los lentes a caballo de la nariz y el dedo índice levantado, en pleno discurso frente al Congreso de Estados Unidos, se eterniza en la pantalla de una computadora que, alineada con otras que emiten ráfagas multicolores en un recinto lleno de consolas, crea una atmósfera psicodélica para cualquier visitante furtivo.
Sentado frente al aparato, un joven de anteojos y mirada vivaz lleva el cursor de un lado a otro de la cristalizada escena. Teclea leyendas e incorpora datos de otro archivo. Un comando fantasma para la mirada profana acciona un videorreproductor escabullido debajo de la mesada y Menem sigue con su
alocución. Segundos después queda con la boca abierta y los anteojos en la mano, como si fuera una foto.
Unas semanas más tarde, gestos, citas, sonidos y hasta gráficos de cifras quedan desmenuzados y preparados dentro de un disco para ser editados en cualquier orden y extensión.
El envase va a parar al portafolios de un hombre alto, cuyos ojos azules amplificados por gruesos lentes de aumento tutelan hasta el movimiento más imperceptible que se gesta en el recinto cibernético. Cuando los levanta hacia los ventanales que recortan el río de la Plata como un inmenso telón que cubre el escenario mundial de los negocios, vislumbra aunque sea un pedacito de los US$ 400.000 millones que ingresarán a la industria de la computación hacia 1995, o el billón de dólares que se esperan para el 2000.
Jorge Sanz es un argentino que fue profesor de computación en Illinois y lleva ocho años entreverándose con la “flor y nata” de Silicon Valley (California) desde el laboratorio de IBM en Almaden. Desde hace dos años montó una “sucursal” de aquel templo informático en unas oficinas asignadas por la filial local dentro del edificio de Catalinas Norte.
Eligió 25 jóvenes recién egresados de la universidad, de la escuela superior de informática y del INTI para imbuirlos del nivel técnico especializado que les permite codearse con la alta tecnología internacional. Este cuerpo de élite fue bautizado “Grupo de Investigación en Computación y Aplicaciones de Avanzada” (GICAA).
PROGRAMADO PARA EL 2000.
Sanz vive un poco en Buenos Aires y otro poco en California. Habla mitad en español, mitad en inglés. Se “programó” en parte en esta década y en parte en la que viene.
Primero le enseñó a su plantel argentino a pensar para adelante, a imaginar multiprocesadores capaces de almacenar en reducidos espacios secuencias fílmicas mezcladas con textos y sonidos, a intercomunicar bases de datos de imágenes digitalizadas oprimiendo una tecla. Ahora recibe de su discípulo que elaboraba las escenas de Menem un proyecto concreto para vender.
¿Se convertirá en un catálogo de productos para un shopping, para una trading o para el nuevo servicio oficial de comercio exterior? ¿Una guía de turismo para difundir desde los puntos de concentración?
Es la primera vez que en la Argentina sucede algo así. La carrera tecnológica había dejado a los países ubicados al sur del río Grande huérfanos de laboratorios de investigación y desarrollo. Tampoco las inteligencias, por estos lares, se aprovecharon para formar cuadros que pudieran incursionar en la
alta programación.
Desde que se armó el GICAA en las oficinas porteñas de IBM, una treintena de trabajos teóricos desarrollados por argentinos se abrió lugar entre otros originados en el MIT, en Stanford, Francia y los ambientes más graneados del Primer Mundo. Pero GICAA también apunta a facturar honorarios de consultoría y asesoramiento a empresas argentinas por US$ 20.000 a 200.000, cuando se elaboran pruebas piloto (o “demo”) para control de calidad o soluciones en el sector público.
Hasta un paquete tecnológico inspirado en el sistema que aplican las tarjetas de crédito en Estados Unidos para documentarle al cliente sus movimientos emergió de los tableros de diseño del GICAA con destino a una de las compañías telefónicas que compraron una parte de ENTel. Consta de un ojo
censor que captura las imágenes que se le indican, las codifica y envasa miniaturizadas para reproducirlas en una impresora (como si fuera un fax sin línea) de altísima calidad o verlas en un monitor con nitidez perfecta.
TECNOLOGIA FOR EXPORT.
De los 25 profesionales jóvenes que se foguean en el símil nacional de uno de los laboratorios norteamericanos de mayor reputación del orbe, 14 van y vienen permanentemente y uno ya trasladó sus petates al Norte contratado por la IBM. Fue una sensible baja para el elenco austral pero a la vez significó un importante refuerzo “made in Argentina” para el prestigioso centro tecnológico.
Sanz no lo lamenta. Por el contrario, el hecho de que en la sede de Buenos Aires se manejen los mismos rudimentos que en la californiana, el procesamiento alternativo de los trabajos en uno y otro lado y el desarrollo de un lenguaje que simplifica el acceso desde distintas bases de datos digitalizadas y permite su entrecruzamiento, son los logros que exhibe tras la etapa formativa del grupo.
Mientras afianzaba los conocimientos técnicos en la costa oeste de Estados Unidos, Sanz concibió la idea de trasladar su experiencia a un país potencialmente capacitado como la Argentina y añadirle una aplicación práctica en ventas de la que adolecía pero se sentía en condiciones de adquirir. IBM
Argentina invirtió un espacio en su edificio y medio millón de dólares en equipos y chequeras de viajes e intermedió un convenio de complementación con otros laboratorios de la corporación.
Ahora, el GICAA que dirige en Catalinas se insertó en la alta tecnología mundial, donde máquinas cada vez más reducidas albergarán mayor cantidad de información de todo tipo y donde los programas de ejecución masiva se fabricarán en serie a la manera de commodities, cuyo precio, dentro de algunas décadas, no superará al de una licuadora. Según Sanz, las oportunidades que esperan al país en este renglón de negocios de alto valor agregado hay que buscarlas en “nichos” que están libres dentro del campo de las imágenes, las redes y las bases de datos paralelas.
Y, conforme a su opinión, las posibilidades se abren mucho más allá de lo que hace IBM Argentina, ya que otras empresas y la misma universidad podrían acoplarse trazando planes específicos para investigar los eventuales problemas de funcionalidad que surjan de la aplicación de las grandes corrientes informáticas y programar las soluciones. Las interfases, los productos, la asociación, los servicios para acceso fuera del país constituyen nodos de negocios en ejecución. La formación de profesionales a través de estudios de posgrado, la planificación, el management y el equipamiento contemporáneo representan inversiones de riesgo, que requerirían en el rubro educativo un millón de dólares al año y por lo menos 15 años de maduración.
Sanz advierte que no hay tiempo para cientificoides. Los orientales sacan chips de memoria que multiplican varias veces su capacidad, los anglosajones inundan el mercado con programas de alcance masivo. Es una carrera de hormigas para ver quién vende más y, en consecuencia, quién gana y quién queda afuera del mercado. “El que se anticipa y prevé una solución a medida se apodera de un valor agregado inestimable. Un paquete de éstos puede dejar fácilmente un millón y medio de dólares”, afirma.
SERVICIOS Y TECNOLOGIA.
El GICAA de IBM apunta al desarrollo de sistemas que regirán el diseño de programas para usar imágenes en aplicaciones industriales y comerciales. “Los experimentos que hicimos para simplificar cantidades de cómputos le permitirán al empresario aprehender los beneficios y las ventajas competitivas que ofrecen estos sistemas y aguzar el ingenio para inventar negocios”, vaticina.
Tal vez como un arresto informático para develar el origen del huevo y la gallina, Sanz acepta que en el proceso argentino escasearon los emprendedores privados, pero contrapone que muchas veces la falta de iniciativa obedeció a que no hayan recibido muestras técnicas de lo que puede hacerse. “No hubo ensayos concretos para incentivarlos. Lo único que se les arrimó fueron engendros técnicos”, puntualiza.
El portafolios de Sanz lleva matrices que pueden servir para archivar documentos en gran escala y mezclar en pequeños espacios sonido, imagen y caracteres digitalizados. Muestra que la lucha que se vislumbra para la próxima década en computación le tiene reservada a la Argentina algo más que las migajas del medio billón de dólares que se pondrán en juego.
El discurso de Menem comentado y señalizado que almacenó uno de sus alumnos en la cabeza de un alfiler terminará en un catálogo exportador, en dinámico modelo de compaginación para un noticiero de televisión o en una enciclopedia parlante, según lo imagine el empresario que compre la idea.
