Uno de los dos periodistas responsables de destapar el caso Watergate acaba de perder su empleo en la revista Time; tenía un sueldo de unos US$ 8.000 mensuales. El mismo día, la televisión argentina mostraba una película norteamericana de 1947: un periodista brillante acepta una oferta imposible de rechazar: un cargo de redactor estrella en una revista, con un sueldo de US$ 200 por mes. En 45 años fue necesario multiplicar por 40 el mismo rango de ingresos. Pregunta inevitable: ¿qué pasó con el dólar? Y todavía más inquietante: ¿qué va a pasar? Sinceramente hablando, es posible que nadie lo sepa; es posible también que nadie pueda manejar una eventual crisis de la divisa norteamericana.
Hace siglos -porque este tema es todo menos nuevo- se hablaba de “hacer sudar” a las monedas. Era sencillo si uno tenía suficiente cantidad de monedas de oro y una bolsa de cuero: se ponían las monedas (cuantas más, mejor) dentro de la bolsa y se las sacudía fuertemente, un rato largo. El resultado era un rédito modesto, en forma de polvillo áureo, en el fondo del saco. Inocente juego de niños si se considera el hecho visible de que los grandes timadores en materia monetaria fueron siempre los príncipes, funcionarios, estados, gobiernos o como sea que se llame a quienes, en cada época, tuvieron el raro privilegio de acuñar y emitir monedas.
Cuando Lord Keynes descalificó al oro como fetiche primitivo todavía existía el imperio inglés (cuyos vestigios puede hallar el lector visitando Londres; o, más cerca aún, el Atlántico Sur). El imperio, durante mucho tiempo, impuso como moneda universal a la libra esterlina. En épocas muy remotas se dice que la libra monetaria equivalía a la libra como unidad de peso. Pero con el tiempo el organismo emisor comenzó a hacer recortes; nacieron así unas nuevas libras truchas, a las que se llamó esterlinas para diferenciarlas de las otras. Cosas que hacen -aun hoy- los que emiten.
Cuando Gran Bretaña dejó de ser un imperio y Estados Unidos pasó al primer plano, la moneda universal fue el dólar. Pero hoy, Estados Unidos es la única superpotencia mundial y, por lo tanto, lo que pase con su moneda es ya un problema de todo el mundo. Si alguien lo olvidó conviene recordar que nuestro actual plan de convertibilidad está atado al patrón dólar. La superpotencia mundial tiene, por un lado, la facultad de imprimir un papel de curso forzoso en todo el mundo; pero al mismo tiempo tiene también su propia “interna”, como cualquier país, es decir demagogia, politiquería, inflación y otros venenos.
En un pueblo perdido del Tirol austríaco todavía puede verse la antigua casa de moneda donde hace siglos se acuñaron los primeros táleros, antecesores directos de nuestro dólar. Conocemos bien su pasado, pero muy pocos aventuran opiniones sobre su futuro. Hace años, el profesor Jacques Rueff (calificado de ultraortodoxo, ultramodernista, ultra todo) advirtió acerca de un posible descontrol del dólar a escala mundial. Nadie le hizo caso. Por esa misma época, otro viejo economista, Paul Rosenstein-Rodan, recordaba cómo, en su juventud, toda una generación asistió atónita al desplome de la libra esterlina. No lo podían creer: habían sido formados en una escuela para la cual la moneda inglesa era “tan eterna como el agua o el aire”.
