Simplificando excesivamente se podría concluir que el mundo de hoy (posguerra fría, post URSS, etc.) ha ingresado de lleno en una megatrend neocapitalista. Esto a algunos puede gustarles mucho y a otros muy poco, pero básicamente es así. Y naturalmente lo es para la Argentina, que estatizó cuando todo el mundo estatizaba, que protegió cuando todos eran proteccionistas y que ahora privatiza y abre su economía cuando todos hacen lo mismo (o al menos dicen que lo hacen). Porque eso es lo que tienen las megatendencias: arrastran a casi todos para el mismo lado, más allá de eventuales rebeldías declamatorias.
Este neocapitalismo global determina que sucedan algunas cosas dignas de tomarse en cuenta. En primer lugar, ya prácticamente no hay cuestionamiento en torno de ciertos principios básicos, que ahora son aceptados en forma amplia, si no absoluta. Por ejemplo, aquí y en casi todo el mundo muy pocos discuten sobre la necesidad de terminar con la inflación aun a costa de sacrificios (porque no hay costo social más alto e injusto que una estampida hiperinflacionaria, como lo sabemos dolorosamente los argentinos). No se cuestionan la apertura de la economía, la competencia, la eficiencia, las privatizaciones que terminan con la hipertrofia del Estado en actividades y empresas cuyos resultados suelen ser desastrosos, etc.etc.
Si esto es así, cabe preguntarse cómo sigue; qué viene después. Dos cosas fundamentales: en primer lugar, si no hay cuestionamiento en torno de las ideas centrales, sí queda un enorme campo para el debate en torno del “cómo”. Tomemos el ejemplo de la apertura económica: la idea central no se debate esencialmente; el cómo dista mucho de tener respuestas satisfactorias en un país como la Argentina. ¿Qué actitud asumir frente a los grandes bloques económicos que están surgiendo en este nuevo mundo? ¿Cómo avanzar en el camino hacia la integración regional? ¿Cuál será la mejor política en materia de comercio exterior (productos, servicios, mercados)? Y así hasta el infinito. En
suma, el debate se torna más complejo, más concreto, más profundo, más rico, al descender de los grandes conceptos a las realidades de todos los días.
En segundo lugar, este descenso de las alturas determina que -al menos en la Argentina- haya finalizado el tiempo de los predicadores para dar paso al tiempo de los ejecutores. Por décadas, los predicadores difundieron sus tesis, que ahora gozan de consenso amplio. Su trabajo ya está cumplido; ahora debería comenzar el turno de los que hacen; en otras palabras, pasar de la discusión general de las ideas al debate específico del cómo y, de éste, al campo de la acción. Dicho de otro modo, esto equivale a descender de las alturas para posarse sobre la tierra. Sólo que hay que tener cuidado, a veces los aterrizajes son violentos.
Mirando hacia afuera la corriente neocapitalista está siendo sometida a una prueba de alto riesgo en todo el mosaico de naciones que conformaron el bloque del Este de Europa. El experimento de transición hacia una economía de mercado que está viviendo estos días Rusia es un buen ejemplo de lo que significan esos riesgos. Varias generaciones de rusos enfrentan ahora el desafío de ingresar en un sistema que, al mismo tiempo y contradictoriamente, por un lado los atrae y les resulta tentador y por otro desconocen en forma enciclopédica, aun en sus fundamentos más elementales. Nadie sabe cómo puede terminar esta experiencia única en la historia, pero bien podría suceder que la suerte de la megatrend globalizadora dependa de lo que suceda en el futuro próximo en el Este de Europa.
