Desde la época del barbero, que alternaba su destreza en el uso de la navaja con la manipulación de terroríficas pinzas sacamuelas, ha pasado bastante tiempo. Y más que eso, muchos estudios, investigaciones y el aporte de técnicas cada vez más complejas, sofisticadas y eficaces.
La odontología moderna trascendió las fronteras tradicionales y surgieron especialidades poco conocidas para el público. “La gnatología”, afirma Juan Mac Hannaford, un experto en la materia, “se plantea el estudio de la mandíbula en movimiento, con todo lo que eso implica. Cuando el maxilar se mueve, impulsa músculos, ligamentos, articulaciones que se vinculan con la misma columna vertebral en su zona cervical. Un diente en mala posición cambia el trabajo muscular; algún músculo es exigido exageradamente, lo que termina por resentirlo y generar una alteración de las articulaciones”.
Este enfoque globalizador tiene incidencia a la hora de considerar la aplicación de técnicas de avanzada en la restitución de piezas dentales. “Yo empecé con los implantes en el año ´59”, afirma Mac Hannaford, “a partir de un curso que tomé en la Universidad de California. Desde entonces se han logrado grandes progresos, sobre todo con el método de la oseointegración, esto es, colocando el implante dentro del hueso, cerrando la encía y dejándolo durante cuatro o seis meses. Pasado ese período, se controla radiológicamente y, si todo está en orden, si el implante se ha integrado, entonces se lo puede usar como pilar para la superestructura, el diente propiamente dicho”.
Antes, el procedimiento habitual consistía en hacer la implantación y colocar inmediatamente la dentadura, lo que conllevaba una alta probabilidad de rechazo. Actualmente, el rechazo inicial parece ser infrecuente, y se lo vincula con fallas en el diagnóstico general del paciente: diabetes, discrasias sanguíneas u otras afecciones pueden conspirar contra el éxito del implante.
Una Segunda Oportunidad.
De todos modos, la frase ritual “hasta que la muerte nos separe” trasunta un optimismo exagerado para quienes se sometan a un implante. Los profesionales sostienen que una duración de 5 a 7 años ya se considera exitosa, aunque puede extenderse hasta 10, 12 o 15 años. Mucho depende del dueño de la mandíbula y del uso -o abuso- que haga del diente en cuestión.
¿Qué sucede cuando un implante “muere”? Actualmente se puede intentar con buen resultado una segunda operación, apelando al recurso de los huesos sintéticos -o aún de los que se obtienen del natural- con los que se rellena el hueco del implante anterior, para una nueva reposición. “Aun en caso de rechazo”, dice Mac Hannaford, “ya no existe el temor de la pérdida del hueso por necrosis u osteomielitis. Aunque ocurra, simplemente se saca todo el tejido afectado y se sustituye por un hueso nuevo -sintético o natural- habilitando de esta forma un nuevo implante”.
¿Quiénes recurren al implante? Los especialistas no registran diferencias por sexo o edades.
Obviamente, el factor económico constituye en muchos casos una dificultad para acceder a los beneficios de esta técnica. Mac Hannaford admite que “al principio el procedimiento era costosísimo.
Incluso, tomar un curso de la especialidad implicaba una erogación mínima de treinta mil dólares.
Pero todo se va simplificando: la formación es más accesible, hay muchas empresas que fabrican los materiales, todo lo cual redunda en beneficio del paciente. Hoy ya hay mucha gente en condiciones de acceder a esta atención, aunque todavía no esté al alcance de los servicios asistenciales en general”.
Verónica Rímuli.
