Los juegos de mesa modernos registran un resurgimiento en el consumo familiar, en un contexto en el que buena parte de la vida cotidiana transcurre frente a una pantalla y se vuelve más difícil encontrar momentos de conexión. En ese marco, la propuesta se apoya en su capacidad de reunir a distintas generaciones alrededor de una misma mesa y de ordenar un espacio compartido de tiempo y conversación.
Juan Del Compare, marketing manager de Devir, resumió ese enfoque en una definición sobre el valor del producto más allá del entretenimiento. “Regalar un juego es regalar el tiempo que vamos a compartir juntos”, dijo el ejecutivo. En su análisis, una clave del fenómeno está en la diferencia entre un juego estrictamente infantil y uno de categoría “familiar”.
En los títulos pensados solo para chicos, el adulto suele acompañar sin involucrarse desde la diversión. En cambio, el catálogo familiar moderno apunta a que el entretenimiento sea relevante para todas las edades y a que el interés se sostenga tanto en la experiencia inmediata como en la lógica del juego. “El disfrute es compartido: el chico puede estar atrapado por lo que está pasando en el juego en ese momento y el adulto, con el paso lógico o la estrategia que está ocurriendo detrás”, dijo Del Compare.
Esa dinámica impacta sobre los roles dentro del hogar. La mesa de juego funciona como un espacio donde, por unas horas, se diluyen asimetrías cotidianas y se reconfigura la autoridad. “Cuando sos un jugador, sos un jugador, no sos ‘papá’. Sentarte en la mesa te pone en pie de igualdad. Es algo que los chicos disfrutan mucho cuando esta disparidad de autoridad desaparece”, afirmó el directivo.
La horizontalidad también habilita un cambio en las jerarquías del aprendizaje, con los chicos en el rol de quienes explican o recuerdan reglas. Del Compare sostuvo que esa inversión de roles fortalece el empoderamiento infantil cuando el niño enseña algo que el adulto valora.
Además de la revinculación, el juego compartido opera como un espacio para trabajar habilidades sociales y emocionales. En particular, se plantea como escenario para abordar el manejo de la frustración en los más chicos: en lugar de “dejarlos ganar”, el rol del padre se orienta a acompañar el enojo ante la derrota, enseñar que perder es parte del proceso y canalizar la competitividad de manera sana, sin humillaciones.
Para perfiles en los que el deseo de ganar genera demasiada tensión, los juegos cooperativos aparecen como alternativa: los participantes juegan en equipo para vencer al propio juego, con foco en la colaboración.
De cara al Día del Padre, Devir detalló recomendaciones según edades y perfiles. Para negociadores y estrategas desde 7-8 años, sugirió Catán o Carcassonne; para reírse en familia y desafiar a adolescentes, La Polilla Tramposa; y para activar la memoria junto a los abuelos, Trío, El Laberinto Mágico o La Escalera Encantada.












