domingo, 21 de junio de 2026

    Evaluacion de riesgo

    Aunque hay indicadores de riesgo con pretensiones científicas que acaban produciendo resultados disparatados, hay otros que, por su propósito utilitario, merecen tenerse en cuenta. Ello, no tanto porque necesariamente produzcan evaluaciones acertadas, sino porque tienen inmediatas consecuencias prácticas.

    Así, por ejemplo, las clasificaciones producidas por las empresas estadounidenses Moody o Standard & Poor determinan el costo que deberán pagar gobiernos y empresas por tomar dinero prestado en los principales centros financieros.

    Aunque éstas son las más conocidas, distan de ser las únicas. Una que generalmente no tiene mucha difusión es la que produce COFACE, la empresa estatal francesa que asegura los créditos comerciales.

    Sus dictámenes no sólo determinan la posibilidad y el costo del acceso a financiación cuando se comercia con Francia, sino que también son usadas como pauta para las decisiones de inversión, tanto en Francia como en otros países europeos.

    COFACE establece seis niveles de riesgo:

    -Muy bueno, que significa riesgo nulo.

    -Bueno: riesgo mínimo.

    -Medio: algunos factores recomiendan ser cauteloso.

    -Importante: dificultades financieras, elevado endeudamiento, inestabilidad política.

    -Alto: dificultades financieras graves, problemas de pagos, alta dependencia de la ayuda financiera, elevado índice de inestabilidad política o social.

    -Muy alto: eventuales conflictos con la comunidad financiera internacional, gran inestabilidad política, estado de guerra interno.

    En América latina, COFACE no clasifica a ningún país en la categoría de muy bueno, y a uno solo, Chile, en la de bueno. Aunque anota la desaceleración de su crecimiento económico, COFACE destaca que en Chile se mantiene la dinámica de la inversión.

    En el último año, cuatro países latinoamericanos vieron disminuir el riesgo que se les atribuye.

    Colombia y México transitaron de la categoría de riesgo importante a la de riesgo medio. De la categoría de riesgo muy alto a la de riesgo alto pasaron Perú y Venezuela.

    En el caso de Venezuela, los factores que inciden en su actual clasificación son la recesión en que entró después de haber registrado el mayor crecimiento de la región, su dependencia excesiva con respecto al petróleo, la aparición de un déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos y la crisis del sistema bancario provocada por la quiebra del Banco Latino.

    La Argentina sigue estando en la categoría de riesgo importante. COFACE anota que el país presenta buenos resultados después de tres años del Plan Cavallo, pero que su balanza comercial se ha deteriorado mucho, con un déficit de más de US$ 3.700 millones.

    Brasil permanece aún en la categoría de riesgo alto, por su aparente incapacidad de dominar la inflación y de reducir el endeudamiento del sector público.

    Quizás el detalle más interesante de este cuadro es que no se corresponde con el actual flujo de inversiones extranjeras hacia América latina. Aun descontando aquellos flujos especulativos, determinados por factores circunstanciales como las tasas diferenciales de interés, entre los países que más inversión han estado recibiendo figuran la Argentina (riesgo importante), Brasil (alto) y Perú

    (alto).

    Ello puede reflejar el hecho de que los inversores miran más allá de los factores de riesgo más inmediatos (Brasil es el ejemplo más típico), o que, como sostienen aquellos que dicen que hay una “psicología inversionista” muy particular, que los inversores no son totalmente racionales al momento de tomar sus decisiones.

    PRODUCTOS PRIMARIOS E INFLACION.

    Los aumentos registrados en los precios de varios productos primarios en lo que va del año han entusiasmado a varios países productores (entre los que se incluye a la Argentina) y alarmado a economistas en los países industrializados. Los primeros han empezado a computar la posibilidad de

    contar con mayores ingresos en divisas. Los segundos temen que el alza de precios pueda realimentar tendencias inflacionarias; que esto conduzca a las autoridades monetarias a adoptar medidas correctivas, y que éstas, a su vez, aborten, o por lo menos desaceleren el proceso de reactivación que ya está en marcha.

    Hay más: de cumplirse estos temores, se produciría un efecto rebote y acabarían siendo perjudicados los aparentes beneficiarios, los países productores. Ello podría ocurrir por partida doble.

    Primero, porque las medidas antiinflacionarias en los países industrializados incluirían mayores alzas en las tasas de interés. Esto tendría dos efectos. Por una parte, desalentaría el peso del flujo de capitales con que cuentan regiones como América latina para contrarrestar su creciente déficit comercial. Por la otra, aumentaría el costo de servicio de la deuda (que en América latina representa más de 10% de los ingresos para exportación para todos los países salvo seis, y más de 20% para varios).

    Segundo, la desaceleración de la reactivación en los países industrializados reduciría la demanda de importación, y ello haría mermar los ingresos de los países productores, y aumentar aún más la carga relativa del servicio de la deuda.

    ¿En qué medida justifican estos temores los datos verificables? En general, los aumentos de precios de los productores primarios son, efectivamente, notables. El índice de The Economist (que excluye al petróleo) indica que, después de aumentar 6,7% en 1993, ya a fines de mayo de este año los precios estaban aumentando a una tasa anual cercana a 21%.

    También es un dato que quienes han contribuido más a elevar los precios son los especuladores, entre ellos los hedge funds (que buscan asegurar sus inversiones contra tales eventualidades como la inflación o la depreciación de monedas). Ellos han llegado a la conclusión de que la reactivación del

    mundo industrializado ya es un hecho, y que, también en general, los precios de los productos primarios habían descendido tanto que no les quedaba adónde ir sino hacia arriba.

    Por cierto, el panorama varía algo cuando se lo examina en particular. Vayan algunos ejemplos.

    El café, cuyo precio aumentó casi 60%, sale de un quinquenio de precios deprimidos. El aumento refleja la reducción de la producción, y los mayores precios tardarán entre tres y cinco años en traducirse en incrementos sustanciales de producción. Sus perspectivas, por lo tanto, son buenas.

    El cobre, fiel habitual de la reactivación industrial, ha aumentado casi 30%, al nivel más alto en casi dos años. Las existencias a nivel mundial se redujeron sustancialmente el año pasado. Aquí también, por lo tanto, las perspectivas son buenas.

    El precio del aluminio ha llegado al nivel más alto del último trienio. A diferencia del cobre, sin embargo, las existencias mundiales también han ascendido a niveles récord. Consecuentemente, las perspectivas en materia de precio son dudosas. En situación análoga se hallan el plomo, el cinc y el estaño.

    Hasta aquí lo concerniente a precios. Falta la otra parte de la ecuación: su impacto sobre la inflación.

    La evidencia sugiere que no será muy grande. En la década de los ´80 no se observa una correspondencia muy estrecha entre las tasas de inflación y la evolución de los precios de los metales, los productos primarios más duros.

    La razón no es muy difícil de encontrar. Hoy en día, en los países industrializados, los productos primarios representan en promedio apenas 15% de los costos totales. A esta regla general se escapa, sin embargo, un producto primario que no está incluido en el índice de The Economist: el petróleo.

    En lo que va del año, el precio del petróleo ha aumentado casi 25%, desde algo menos que US$ 13 por barril a poco más de US$ 16 por barril. Por ahora, sin embargo, el precio no ha llegado a recuperar el nivel promedio de los últimos tres años, de poco más que US$ 18 por barril.

    La lógica sugiere que la reactivación implica mayor demanda de petróleo, y que ésta ejercerá presión alcista sobre los precios. Sin embargo, los especialistas, basándose en el actual nivel de existencias y la capacidad de producción disponible, no prevén mayores aumentos significativos en lo que resta de

    este año.

    Una firma de analistas, S. G. Warburg Securities, ha calculado que un aumento de 20% en el precio del petróleo (que lo llevaría a poco más de US$ 19 por barril) podría conducir, en los próximos años, a un aumento de 1,2% en las tasas de inflación de países como Estados Unidos o Alemania, y a restarle, quizás, 0,5% a la tasa de crecimiento.

    En definitiva, los datos no parecen justificar los temores. Sin embargo, lo que queda claramente manifiesto es que el miedo al rebrote inflacionario sigue siendo una fijación entre los economistas del hemisferio norte. Y esto podría acabar magnificando la reacción ante cualquier señal que se perciba como peligro. Atención, pues, a las tasa de interés.

    EMPLEO: LOS TIEMPOS CAMBIAN.

    Uno de los mejores indicadores de cuál es la ortodoxia económica de una época es la posición que adopta la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el club de los países ricos al que acaba de acceder México.

    Hace casi un decenio, la OCDE adoptó como línea oficial la teoría de que el desempleo era causado, en última instancia, por las rigideces en el mercado laboral, es decir, todas las normas que tendían a asegurar la estabilidad en el empleo, a proteger contra el despido injustificado y a garantizarle al

    empleado (parcialmente a costas del empleador) una serie de prestaciones sociales.

    Era, claramente, reflejo de las posiciones promovidas por el gobierno de Reagan en Estados Unidos, por el Bundesbank en Alemania, y por los neomonetaristas franceses; parte de un paquete de rechazo a los experimentos keynesianos basados en la manipulación de la demanda.

    Desde entonces, las tasas de desempleo en los países miembros de la OCDE, lejos de disminuir, han continuado su tendencia al alza. Y la OCDE acaba de convalidar, en un informe sobre políticas de empleo Eployment/Unemployment Policy Report), el cambio de actitud que ya ha estado produciéndose entre economistas y funcionarios de sus países miembros.

    Como generalmente no pasa demasiado tiempo antes de que este tipo de vuelco sea adoptado por los países que no pertenecen al club de los ricos (por cuenta propia o por recomendación de los organismos financieros internacionales), vale la pena examinarlo. A continuación se reproducen

    algunas citas claves del informe:

    – Se requerirá un alto grado de consenso para avanzar con los cambios necesarios. Empresas, sindicatos y trabajadores deberán ser innovadores en el desarrollo de nuevos productos, procesos y modalidades de trabajo.

    – El alto nivel de desempleo debe ser abordado restaurando la capacidad de las sociedades para adaptarse. Esto debe hacerse de maneras que no abandonen los objetivos sociales. Un nivel satisfactorio de ingresos individuales o familiares, con acceso adecuado a educación de buena calidad y servicios de salud, son valores profundamente arraigados.

    -La política macroeconómica deberá concentrarse en contribuir a la recuperación económica mediante un crecimiento veloz, no inflacionario, de la demanda.

    – Los gobiernos deben reducir los costos laborales no salariales abandonando los impuestos al trabajo en favor de otros impuestos al consumo o a las rentas.

    – Las políticas deben evitar que el sistema de seguro de desempleo subsidie a los contratos a plazo fijo. Entre las maneras de evitarlo están el aumento de los aportes patronales o la exigencia de que el empleador pague una bonificación adicional al concluir un contrato a plazo fijo.

    – Los gobiernos deben hacer que los empleadores paguen parte del costo de los despidos masivos, mediante la exigencia de que cubran el primer mes del seguro de desempleo, o la imposición de compensación por despido.

    – El valor de la capacitación con respecto a otros factores debe hacerse más transparente, mediante, por ejemplo, modificaciones a la contabilidad financiera para que los empleados y las empresas puedan tratarla como un activo de largo plazo.

    – Deben explotarse las posibilidades de reducir el impuesto a la renta sobre ingresos bajos, mejorar las prestaciones a los que perciben ingresos bajos y reducir la medida en que se reducen las prestaciones de seguridad social a quienes obtienen empleo por menos que tiempo completo.

    En el informe de la OCDE se incluyen también algunas críticas: comentando las políticas llevadas a

    cabo por los Estados miembros, la organización dice:

    – En Estados Unidos, muchos de aquellos con baja calificación sólo pudieron encontrar empleos con sueldos y condiciones pobres. El boyante crecimiento del empleo ha sido acompañado por un débil crecimiento promedio de la productividad. Los salarios reales de los de bajos ingresos han caído en

    términos absolutos, lo cual ha resultado en creciente pobreza entre los que tienen trabajo.

    -El único país europeo que fortaleció sus ventajas comparativas en productos de alta tecnología, el Reino Unido, no lo logró aumentando su participación en el mercado de productos de alta tecnología, sino a través de una gran pérdida de participación en los mercados para otros productos.