La encuesta nacional realizada por Gallup el 30 de agosto mostraba que Fernando Henrique Cardoso tenía el doble de intenciones de voto que Luiz Inacio Lula da Silva (43/23), a poco más de 30 días de la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil.
Según los sondeos -todos coinciden, con leves diferencias, con los guarismos de Gallup- Cardoso se impone en la primera vuelta, porque dispondría de más votos que la totalidad de sus adversarios sumados.
Aún en el hipotético caso de que no logre triunfar el 3 de octubre, hay pocas dudas -más bien producto de un extremo rigor metódico o de la superstición- de que se impondría en la segunda vuelta, el 15 de noviembre.
Si Cardoso triunfa en la primera vuelta, gobernará Brasil en los hechos desde el 4 de octubre. Su prioridad será la reforma de la Constitución de 1988 -incluso con el actual Congreso, que sigue en vigencia hasta enero de 1995- sobre todo en materia fiscal-tributaria y en el sistema de seguridad social.
La Constitución de 1988 le quitó al gobierno federal unos 5 puntos del producto en términos de recaudación, y se los transfirió a los estados y municipios, a pesar de que la Unión mantuvo la mayor parte de sus responsabilidades previas en la atención de los bienes públicos: educación, salud, seguridad.
El resultado de este debilitamiento del Estado nacional en el transcurso del período de transición del régimen militar concluido en 1985 es que Brasil dejó atrás en la Nueva República el régimen federal y adquirió formas confederativas, como lo indica su actual estructura fiscal.
La enorme legitimidad que tendría Cardoso si triunfa -sobre todo si se impone en la primera vuelta- le permitiría enfrentar este problema político estructural y fortalecer nuevamente al Estado federal.
La etapa histórica que se inicia en el Brasil es semejante, por sus características e importancia, a la de la década del ´30, cuando Getulio Vargas concentró fuertemente el poder en el Estado nacional, tras derribar al régimen descentralizado de la República Velha.
El obstáculo para llevar adelante esta empresa de recuperación del poder nacional no es sólo el carácter confederativo del régimen creado por la Constitución de 1988. También actúa como freno la profunda fragmentación del sistema de partidos políticos, un rasgo que proviene de lo más hondo de
la historia brasileña.
Ningún partido tiene en el Congreso de Brasilia más de 20% de los escaños, y prácticamente no hay ninguno -ni siquiera el Partido Trabalhista (PT) de Lula- que tenga una representación verdaderamente nacional.
Cuando Getulio Vargas concentró el poder político en la década del ´30, lo hizo con un mecanismo burocrático y plebiscitario, con un sistema electoral proporcional en cada estado, lo que fragmentó en sus raíces a los partidos políticos, en primer lugar a los que lo apoyaron.
El resultado es que en Brasil todo depende de la formación del consenso a través de alianzas, lo que transforma al presidente -incluso si obtiene una victoria aplastante, como parece ser el caso de Cardoso- en un virtual primer ministro, cuyo poder reside en el respaldo que logre en el Congreso.
Sin embargo, la autoridad de FHC será mucha, sobre todo si se impone en la primera vuelta. Reunirá una legitimidad presidencial plebiscitada y una reconocida capacidad de articulación de alianzas, sumada a la amplitud de la coalición que lo respalda.
Esta abarca su partido, el socialdemócrata de centro izquierda (PSDB), y la principal fuerza de centro- derecha, el Frente Liberal (PFL). Lo que sucede en Brasil no es sólo el resultado del éxito del Plan Real en frenar la inflación. También hay un cambio en la cultura política, fundada en la convicción de que
una época ha terminado y de que se requiere un nuevo consenso nacional para enfrentar los desafíos de lo nuevo.
Brasil tuvo seis décadas de industrialización acelerada, acompañada por una grave polarización social. En la década del ´70, ese extraordinario crecimiento económico -fundado en el único proceso completo de sustitución de importaciones de América Latina- se agotó.
La finalización del régimen militar, tras haber terminado su ciclo, y la fragmentación estructural de un sistema político que sólo produce minorías impidieron superarlo.
La etapa histórica que se inicia en Brasil, que según todo indica tendrá a Cardoso a la cabeza, tiene como sentido remontar lo que está pendiente desde finales de los años ´70.
En los próximos años -de cuatro a diez- Brasil se concentrará en superar su fragilidad política- institucional. Entonces, desplegará su enorme potencia.
* Director Adjunto de El Cronista.
