Nigel Farage siempre amó el lujo. Trajes a medida, vinos caros, restaurantes con manteles largos: la estampa del corredor de bolsa de la City que nunca abandonó del todo, ni siquiera cuando se reinventó como tribuno de los descontentos. La revelación de que un magnate radicado en Mónaco, Christopher Harborne, le obsequió cinco millones de libras esterlinas para reforzar su seguridad personal y la de su familia volvió a poner sobre la mesa una de las paradojas más persistentes de la política británica de los últimos veinte años: el hombre que se presenta como vocero del inglés común, pinta en mano y cigarrillo en la otra, vive y se mueve en el mundo de los multimillonarios que financian su carrera.
Harborne no es el único. Una parte del establishment financiero conservador británico apuesta hoy a Farage como vehículo para reconfigurar la derecha del país, convencida de que el Partido Conservador agotó su ciclo y de que el péndulo electoral ofrece una ventana inédita. Las encuestas vienen acompañando esa apuesta. La intención de voto a favor de Reform UK ronda el 26%, con una ventaja de siete puntos sobre los tories y de ocho sobre los laboristas. En las elecciones locales y autonómicas de mayo se descuenta una victoria amplia del partido, con un sorpasso sobre los conservadores en numerosos distritos.
“El político británico que más influyó en el debate público de los últimos veinte años casi no ocupó cargos. Esa es, en sí misma, una anomalía del sistema.”
El dato es notable porque, hasta hace dos años, Farage parecía una figura en retirada. Había anunciado su salida de la política, su columna en GB News y sus apariciones en Estados Unidos junto a Donald Trump lo habían transformado en una suerte de comentarista profesional, más cerca del entretenimiento que de la representación. La irrupción tardía, casi de último momento, en la campaña parlamentaria de julio de 2024 —que lo convirtió, por primera vez en su vida, en diputado— marcó el reinicio del ciclo. Hoy, a los 62 años, conduce un partido que no existía hace una década y que, sin embargo, está en condiciones de disputar el gobierno.
La obra: una carrera contra Europa
El recorrido de Farage es el de una idea llevada al extremo de la perseverancia. Cuenta uno de sus biógrafos que, cuando dejó el colegio Dulwich, su profesor le pronosticó que llegaría lejos pero advirtió no saber si lo haría hacia la fama o hacia la infamia. Mientras sea lejos, respondió el alumno, da lo mismo. Esa frase, hoy circulada hasta el cansancio, condensa una pulsión: la de hacer ruido, ocupar espacio, alterar el statu quo. No la de gobernarlo.
Su verdadera carrera política empezó cuando, a fines de los años ochenta, abandonó las filas conservadoras a raíz de la firma del Tratado de Maastricht por parte del entonces primer ministro John Major. La decisión de profundizar la integración europea fue, para él y para un puñado de disidentes, un punto de no retorno. Ayudó a fundar el UKIP —Partido de la Independencia del Reino Unido—, que conduciría hasta lograr en 2015 un resultado inesperado: forzar al primer ministro David Cameron a convocar el referéndum sobre la permanencia en la Unión Europea. El resto es conocido. El Brexit no fue obra exclusiva de Farage, pero difícilmente pueda explicarse sin él.
Lo curioso, y un dato que sus críticos suelen subrayar con razón, es que el problema que Farage convirtió en bandera nacional —Bruselas como amenaza a la soberanía británica— no era, en sentido estricto, un problema. La pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea distaba de ser unánimemente celebrada, pero tampoco era percibida como un drama existencial por la mayoría del electorado. Fue Farage, con un trabajo sostenido de más de dos décadas, quien le prendió la mecha al asunto y consiguió que se incendiara.
“El mayor truco del diablo es convencerte de que no existe. Farage hizo lo inverso: convenció a millones de un problema que, en buena medida, no existía hasta que él lo describió.”
La fórmula: simpatía y enemigo común
Hay una pregunta que sus rivales todavía no se han animado a responder con claridad: ¿qué es exactamente lo que vende Farage? La respuesta, sostienen quienes lo conocen, es una combinación poco frecuente en el oficio. Por un lado, una afabilidad genuina, un humor fácil, la capacidad de fundirse con un grupo de extraños en un pub y volverse rápidamente el centro de la conversación. Por otro, un enemigo común que muta según la coyuntura: primero Bruselas, después la inmigración, más tarde el wokismo de la izquierda metropolitana, ahora el reemplazo demográfico que, según la narrativa, sectores de la elite estarían tolerando.
Esa mezcla —tipo simpático más enemigo a la mano— es la matriz de buena parte del populismo de derecha contemporáneo. Lo distintivo de Farage es la consistencia con la que la sostuvo. No mutó hacia el centro cuando estuvo cerca, no se acomodó al establishment cuando lo cortejó, y no abandonó el registro de la calle ni cuando empezó a frecuentar los salones de Mar-a-Lago. Sus detractores aseguran que detrás del encanto se esconde una operación más oscura. Sus partidarios, que lo escuchan en Clacton o en los pueblos de la costa del este inglés, ven en él al único político que les habla sin condescendencia.
Hay un episodio biográfico que se repite en los retratos y que vale la pena no perder de vista. A los cinco años, Farage vio a su padre, un corredor de bolsa con problemas con el alcohol, abandonar a la familia para dedicarse a las antigüedades. El propio Farage diría, mucho después, que de buenas relaciones con la simpatía justa, una cierta dosis de charlatanería y un instinto bien afinado para detectar al enemigo, se construye una carrera. Aparentemente, no dejó trauma. Apenas, una pedagogía.
Una ola europea, no un caso británico

Una de las exageraciones más persistentes del comentario británico es la de tratar a Farage como una excepcionalidad insular. Cada líder populista, dicen sus admiradores y también buena parte de la prensa local, es un caso único; pero, en realidad, hay pocos casos únicos en política. Farage navega la misma corriente que Giorgia Meloni en Italia, Marine Le Pen y, ahora, Jordan Bardella en Francia, Alice Weidel en Alemania o Santiago Abascal en España. Lo que se presenta como excepcionalidad continental es, más bien, un patrón europeo del que el Reino Unido —pese a su autoimagen— no está exento.
La diferencia, quizá, está en el sistema electoral. El esquema mayoritario británico, de tipo first past the post, durante décadas funcionó como dique de contención frente a las terceras fuerzas y otorgó al país una sensación de estabilidad institucional que hoy se revela frágil. Reform UK, con un caudal de votos que en cualquier sistema proporcional ya le habría asegurado decenas de bancas, recién comienza a transformar votos en escaños. Cuando esa transformación se acelere —y todo indica que va a acelerarse— el panorama parlamentario va a cambiar de manera abrupta.
“En sistemas proporcionales, los populistas llegan más rápido al Parlamento. En el británico, cuando llegan, todo se hunde.”
La operación de la derecha
La revista The Spectator, refugio histórico del conservadurismo británico ilustrado, hace décadas que abrió sus páginas a la figura de Farage. La cobertura no es casual: sus editores prefieren hablar de nacionalismo o populismo y suman, de ese modo, a una creencia más amplia entre muchos británicos según la cual el Reino Unido, por motivos históricos y por su idiosincrasia, está a salvo de la plaga ultraderechista que afecta al resto de Europa. La realidad va corrigiendo esa hipótesis con velocidad.
El miércoles pasado, la revista celebró un evento multitudinario en pleno Westminster, en una iglesia protestante de Smith Square que combina culto y reuniones privadas, bajo un título inequívoco: The Fight for the Right. El cartel mostraba una caricatura de la líder conservadora Kemi Badenoch y del propio Farage, vestidos de karatecas y a punto de repartir trompadas. La idea, expuesta sin sutileza, es que hay dos derechas en pugna por los votos del electorado conservador y que ambas son, a esta altura, igualmente legítimas.
Es un error mayúsculo, sin embargo, describir como populistas a este tipo de partidos. El populismo hace más referencia a un estilo de hacer política, a una emocionalidad, que a una ideología concreta. Farage forma parte de la ola de ultraderecha que recorre Europa: un manual clásico que combina mano dura migratoria, retórica antielite, recelo institucional y elementos que, en los bordes, rozan el neonazismo doméstico cuando se discuten asuntos como inmigración, raza o género. Reducir todo eso a una etiqueta de marketing electoral es subestimar lo que está en juego.
La última oportunidad
Farage ha empezado a hablar de Downing Street. Lo hace todavía con cautela, calculadamente, como quien pone a prueba la temperatura del agua. Admitió hace pocas semanas que ahora considera posible la idea de llegar a primer ministro: una posibilidad que durante años había rechazado por irrealista. Como operador político avezado, sabe que no le hace falta ganar. Le alcanza con que las cifras varíen lo suficiente para que lo que durante años fue una fantasía se convierta en una realidad presente.
Su lectura del sistema es clínica y, con seguridad, acertada. En su análisis, lo que ocurre en un sistema de votación como el británico es que, cuando falla, se hunde por completo. En sistemas proporcionales los populistas llegan más rápido al Parlamento, pero les cuesta mucho más alcanzar mayorías. En el sistema mayoritario, en cambio, llega un momento —con determinados actores políticos en la cancha— en el que se cruza un umbral, alrededor del 25% o el 30% del voto nacional, y a partir de ahí, en lugar de ser penalizados como intrusos, los outsiders pasan a ser recompensados. Pueden lograr un número elevado de escaños y hacer que los partidos tradicionales se desplomen.
Es plausible que ese punto ya esté cerca. Y es plausible, también, que Farage —el mismo que llegó tarde al Parlamento, que nunca gobernó, que durante años fue tratado como un comentarista excéntrico de la televisión por cable— termine convirtiéndose, en menos tiempo del que casi nadie imaginó, en el factor que dé vuelta del todo el paisaje político británico. Para entonces, los cinco millones de libras de Harborne van a parecer una inversión modesta.












