Hay imágenes que ordenan un ciclo y lo cierran de un portazo. La del sábado en Budapest es una de ellas. Sobre la fachada del Parlamento neogótico, junto al Danubio, volvía a izarse la bandera de la Unión Europea por primera vez desde 2014. Frente al edificio, una multitud con banderas húngaras y europeas mezcladas escuchaba al nuevo primer ministro, Péter Magyar, prometer que vendría a “sacar a la democracia húngara del hospital”. Era el Día de Europa. Era, sobre todo, el día en que terminaba la era Orbán, dieciséis años después.
La crónica que firma Claudi Pérez en El País, enviado especial a Budapest, recoge el clima de esa ceremonia con una precisión que merece traducirse al lector argentino. La calle traduce el malestar húngaro en pintadas: “Adiós, Orbán”. Una jubilada de 66 años, Anna Horvath, le dice al cronista: “Estábamos hartos, muy hartos. Escriba eso”. La politóloga Judit Sandor habla de “cambio de régimen”. Michael Ignatieff, exiliado en Viena años atrás por las presiones de Orbán, califica al fenómeno como “la auténtica caída del Muro en Hungría”. Es —se le mire desde donde se le mire— una transición democrática a la antigua usanza, ese género literario disfrazado de otra cosa que de tan en tan vuelve a ocurrir.
Pero la nota que toca escribir desde Buenos Aires no es la húngara. Es la nota que devuelve esa imagen al espejo argentino. Porque mientras Magyar prometía reconciliar a Hungría con Bruselas y abrir un nuevo capítulo con Volodímir Zelensky —a quien, a través de la red social X, felicitó desde Berlín por el inicio del mandato y a quien Magyar piensa visitar en junio en la ucraniana Berehove—, el presidente argentino contemplaba en silencio el entierro político de quien, hace exactamente cincuenta días, había llamado en Budapest “querido amigo”.
La foto que envejeció en cincuenta días
Conviene reconstruir el hecho con frialdad. El 21 de marzo de este año Javier Milei aterrizó en Budapest en lo que ya entonces era su cuarto país en una semana —antes había pisado Estados Unidos, Chile y España—. Lo recibió Orbán en el Monasterio Carmelita de Buda. Lo acompañaban su hermana Karina y el canciller Pablo Quirno. La escenografía se conoce: la sonrisa cómplice, el abrazo, el “querido amigo”, las palabras de “apoyo” y “admiración” públicamente expresadas a tres semanas de las elecciones del 12 de abril.
El presidente argentino fue orador principal de la edición húngara de la CPAC, organizada por el think tank Center for Fundamental Rights, y en su discurso volvió sobre uno de los caballitos de batalla del húngaro: la inmigración. “Cuando la inmigración no se adapta culturalmente al lugar donde va, deja de ser inmigración para convertirse en invasión”, le dijo Milei a su anfitrión, según recogió Infobae. Era una manera, la suya, de pagar la cuenta de la hospitalidad: respaldar a Orbán en su batería antiinmigratoria, en el corazón mismo de su campaña, en plena recta final.
“Fue el cuarto país en una semana. Karina, Quirno, el Monasterio Carmelita, la CPAC. Y la palabra que ya no puede borrarse del expediente: ‘querido amigo’.”
Veintidós días después, los húngaros echaron a Orbán. Tisza, el partido de Magyar, obtuvo 138 de los 199 escaños del Parlamento. Una mayoría de dos tercios. La encuesta del trumpismo continental europeo, que había convertido a Budapest en su capital ideológica desde el lanzamiento del primer “CPAC Hungary” en 2022, perdía a su huésped principal. Y Milei perdía con él al aliado europeo que, en la breve década en la que la Argentina tuvo política exterior mileísta, había representado el espejo más fiel: motosierra, batalla cultural, anti-Bruselas, anti-Soros, antisistema.
El otro hilo: Zelensky abandonado en la ONU
Para entender la magnitud de la incoherencia hay que volver atrás. Cuando Milei asumió, el 10 de diciembre de 2023, el invitado estelar de la ceremonia fue Volodímir Zelensky. En esos meses inaugurales, el alineamiento con Kiev parecía inquebrantable. La épica de “Occidente versus las autocracias”, las banderas ucranianas en los perfiles libertarios, los mensajes públicos de respaldo, el encuentro con Zelensky en la cumbre de paz en Suiza, la reunión de Davos del 22 de enero de 2025 en la que el presidente argentino le ratificó al ucraniano su apoyo frente a la invasión rusa.
Treinta y dos días después, sin embargo, todo cambió. El 24 de febrero de 2025 —tercer aniversario de la invasión rusa— la Argentina se abstuvo en la Asamblea General de las Naciones Unidas en una votación clave para Ucrania: la resolución que reclamaba a Rusia el retiro inmediato, completo e incondicional de sus fuerzas militares. La Argentina se abstuvo. Lo hizo en compañía de Estados Unidos, de Brasil, India, China y Sudáfrica, y contra la posición de los europeos. La razón estaba clara: Donald Trump acababa de calificar a Zelensky de “dictador” en Truth Social, y la diplomacia libertaria —que en política exterior es, desde hace tiempo, un “seguidismo” explícito al jefe norteamericano— hizo lo que tenía que hacer.
El cambio fue tan brusco que hasta los propios trolls libertarios que habían adoptado a Ucrania como causa nacional pasaron, en cuestión de días, a tratar a Zelensky de “dictador” y a alinearse con Putin. La fotografía de Milei presentándole a Karina en inglés —”She is the real boss”— al presidente ucraniano en algún pasillo de Davos perteneció, de pronto, a un álbum descontinuado. Argentina pasó del fervor con Zelensky a la abstención. Del “estamos con Ucrania” al silencio diplomático.
Lo que frenó Orbán que Milei nunca quiso ver
Aquí entra el dato que la prensa argentina apenas mencionó al pasar y que conviene desplegar con la lentitud con la que se cuentan las cosas que importan. Mientras Milei se sacaba la foto en el Monasterio Carmelita y elogiaba la “correcta visión migratoria” de Orbán, Hungría era —según el think tank EU Matrix— el país que más veces había bloqueado decisiones mayoritarias de la Unión Europea en la última década.
No era una opinión: era un récord.
El menú de obstrucciones es largo y vale enumerarlo. En junio de 2024, Hungría impuso su veto a la apertura de los seis clústeres de negociación de adhesión de Ucrania a la UE: un bloqueo que paralizó el expediente durante casi dos años, dejando a Kiev en la situación, descripta por Euronews, de estar “lista en el papel para abrir las negociaciones, pero incapaz en la práctica de abrir ninguna”. La exasperación entre funcionarios europeos y ucranianos era tal que, según la cobertura del medio europeo, el veto era considerado “desproporcionado, injustificado y francamente abusivo”.
En febrero de 2026, Orbán volvió a la carga. Bloqueó simultáneamente dos expedientes: el préstamo de 90.000 millones de euros que la UE había aprobado en diciembre de 2025 para sostener financieramente a Ucrania durante los próximos dos años, y el vigésimo paquete de sanciones contra Rusia, que incluía la prohibición total de servicios portuarios a la “flota fantasma” rusa, sanciones a más bancos y empresas energéticas, y disposiciones para impedir la elusión de las sanciones previas.
La excusa fue cínica: Orbán condicionó el desbloqueo a que Ucrania reparara el oleoducto Druzhba, que abastece a Hungría y Eslovaquia con crudo ruso barato y que había sido dañado por ataques rusos en territorio ucraniano. La exigencia, en términos prácticos, era que el país invadido reparara la infraestructura que llevaba el petróleo del invasor. Zelensky se resistió durante semanas. La cobertura de El Español lo describió con precisión: Hungría y Eslovaquia, dependientes del crudo ruso, se habían instalado en el corazón del club comunitario “como los submarinos del Kremlin en Bruselas”.
“Hungría era, según el think tank EU Matrix, el país que más veces bloqueó decisiones mayoritarias de la UE en la última década. No era una opinión: era un récord.”
La lista no termina ahí. Orbán había vetado paquetes anteriores de sanciones, había forzado a la UE a reformular el mecanismo de ayuda militar para excluir su contribución, había recibido al canciller ruso Serguéi Lavrov en pleno conflicto, había amenazado con vetar la membresía de Suecia en la OTAN, había dilatado la entrega de fondos de Bruselas a Kiev en cada cumbre del Consejo Europeo. El propio expediente del oro y el efectivo confiscados al banco estatal ucraniano Oschadbank en marzo de este año —40 millones de dólares, 35 millones de euros y nueve kilos de oro retenidos por la policía húngara cerca de Budapest— terminó devuelto recién la semana pasada, después de la derrota electoral, en un gesto que el propio Zelensky atribuyó explícitamente a la inminente llegada al poder de Magyar.
En el medio, la Asamblea General húngara aprobó una enmienda constitucional para prohibir actos públicos de las comunidades LGBTQ+, el ministro de Exteriores ruso felicitaba al gobierno de Orbán como “fuerza pragmática” y el Kremlin —según el portavoz Dmitri Peskov en plena campaña— reconocía abiertamente que “a muchas fuerzas en Bruselas no les gustaría que Orbán volviera a ganar las elecciones”. La campaña húngara terminó siendo, en palabras de varios observadores europeos, una elección entre “el candidato de la UE y el candidato de Rusia y Estados Unidos”.
La foto que faltaba: Magyar y Zelensky
Lo que ocurrió entre la elección del 12 de abril y la jura del 9 de mayo es el corolario que vuelve aún más incómoda la posición argentina. El 22 de abril —diez días después de la victoria de Tisza— los embajadores europeos aprobaron de manera definitiva el préstamo de 90.000 millones de euros a Ucrania y el vigésimo paquete de sanciones contra Rusia, después de que el gobierno saliente de Orbán retirara “por sorpresa” su veto. La derrota electoral hizo lo que dieciocho meses de presión diplomática no habían logrado: desbloquear los dos expedientes. Dos tercios del préstamo, 60.000 millones de euros, se destinan a ayuda militar; el tercio restante, a salarios públicos y servicios esenciales en Ucrania.
El sábado, mientras Magyar juraba en el Parlamento bajo la bandera europea recién izada, Zelensky lo felicitaba públicamente desde Berlín. “Es simbólico que esta investidura tenga lugar en el Día de Europa”, escribió el ucraniano en X. Magyar ya anunció que viajará en junio a Berehove —ciudad ucraniana de mayoría húngara, en la región de Transcarpatia— para el primer encuentro bilateral en años. El nuevo gobierno, según su manifiesto fundacional, “elige Europa” y pretende llevar a Hungría a la eurozona antes de 2030. La era del veto húngaro a Ucrania, en principio, terminó.
La Argentina, en cambio, sigue donde la dejó la abstención del 24 de febrero de 2025. Es decir: en el limbo de quien votó como Cuba, Colombia, China e India, en contra de la posición europea, y a favor —de hecho, no de derecho— del relato de Putin. Un dato apenas mencionado en la cobertura local: el cambio de voto argentino en la ONU, junto a Estados Unidos, fue celebrado por la propaganda rusa como una validación de su narrativa. La administración libertaria, que se había propuesto convertir a la Argentina en faro moral del Occidente liberal, terminó alineada con Moscú en la votación más simbólica del conflicto.
La cuenta del derroche
Falta el último cuadro. El de los costos. Porque la incoherencia diplomática del mileísmo no es solo simbólica: tiene una factura material que la Jefatura de Gabinete está obligada a informar al Congreso, y que los últimos siete reportes permiten reconstruir con precisión quirúrgica.
Según el cálculo realizado por Ámbito Financiero a partir de los informes de los tres jefes de Gabinete que pasaron por la administración libertaria —Nicolás Posse, Guillermo Francos y Manuel Adorni—, los viajes presidenciales acumulan más de 4.700 millones de pesos en dos años y medio de mandato. La cuenta de Perfil, que actualiza el dato hasta el último vuelo informado, eleva el total a más de 5.700 millones de pesos: alrededor de 2.000 millones en pesos puros, más 2,6 millones de dólares en moneda dura (equivalentes, al tipo de cambio de la fecha, a unos 3.700 millones adicionales).
La frecuencia es tan elocuente como la cifra. Milei lleva 37 viajes al exterior y 116 días fuera del país: el 14% de su gestión. Estados Unidos encabeza el ranking con 16 visitas; le siguen Italia (5), España (4), Brasil, Suiza y el Vaticano (3 cada uno). Hungría aparece dos veces.
El detalle, según el último informe de Adorni, expone el rubro: 437 millones de pesos solo entre septiembre de 2025 y marzo de 2026. El viaje a Washington del 18 y 19 de febrero —el “Board of Peace”— costó 13,6 millones, con alojamiento en el Ritz-Carlton. La gira por Miami, Nueva York y Santiago del 6 al 10 de marzo —la del escándalo Bettina Angeletti, esposa del jefe de Gabinete, pasajera no declarada del avión presidencial— terminó costando 85,7 millones, con hospedaje en el Trump National Doral. La participación en Davos en enero de 2026, 73 millones; el alojamiento en el Steigenberger Grandhotel Belvédère, exclusivo. Oslo, en diciembre, casi 26 millones, para una entrega de Premio Nobel a la que María Corina Machado no llegó porque seguía en la clandestinidad en Caracas. La gira de marzo del año pasado a Idaho —Sun Valley— ostenta el récord histórico: un avión privado por 376.000 dólares solo de transporte aéreo.
El presupuesto de 2026, según el análisis del Presupuesto Abierto realizado por la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ), prevé 4.112 millones de pesos para el ítem “gasto en viáticos y pasajes” de la Secretaría General de la Presidencia, a cargo de Karina Milei. En 2025 ese rubro había sido de 2.531 millones. Es decir: 62,5% más, en pleno discurso de motosierra y austeridad. La misma administración que publicó en febrero la Decisión Administrativa 9/2026 limitando las comitivas oficiales a “un máximo de un funcionario por evento internacional” es la que, semanas después, mandaba a Nueva York en el avión presidencial a la esposa del jefe de Gabinete “en carácter de invitada”, según expresión textual de Jefatura.
“Milei lleva 37 viajes al exterior, 116 días fuera del país y un 62,5% más de presupuesto para viáticos y pasajes en 2026. Casi cuatro meses afuera. Casi una embajada itinerante.”
Política exterior sin libreto
La pregunta que queda flotando es la que tendría que hacerse en voz baja en el Palacio San Martín: ¿para qué sirvió todo esto? La inversión de tiempo y plata pública en el viaje a Budapest del 21 de marzo —cuyo objetivo declarado era apoyar a Orbán en su recta electoral— se evaporó tres semanas después junto con la mayoría de Fidesz. La inversión política en Zelensky —desde la asunción de 2023 hasta Davos 2025— se evaporó treinta y dos días después en una abstención dictada desde Mar-a-Lago. La inversión simbólica en CPAC Hungary se evaporó el 9 de mayo, junto con la bandera de la UE volviendo al Parlamento de Budapest.
El problema no es ideológico, o no solamente. El problema es que, cuando el aliado europeo más cercano resulta ser quien bloquea sistemáticamente la ayuda al país que la Argentina dijo defender en su acto inaugural de gobierno, hay algo en la cadena lógica que no cierra. La diplomacia mileísta navega por una contradicción irresuelta: respalda al “bastión occidental” —Israel, Estados Unidos, Italia de Meloni— y al mismo tiempo abraza al principal “submarino del Kremlin en Bruselas”. Le habla de mercado y libertad a la audiencia de Davos, y de inmigración como “invasión” a la audiencia de Buda. Vota como India en la ONU y se autodefine como guardián moral de Occidente.
Charles Kupchan, exasesor de Barack Obama y figura del European Council on Foreign Relations citado por El País en su crónica de Budapest, lo dice con sequedad estratégica: “La derrota de Orbán difícilmente va a ser un punto de inflexión que marque un debilitamiento decisivo del populismo de extrema derecha. En el mejor de los casos, el final de Orbán es una pausa.” La frase puede leerse en clave argentina sin demasiado esfuerzo. La pausa europea coincide, en Buenos Aires, con el momento en que la administración Milei pierde a uno de sus tres referentes ideológicos del exterior —los otros son Trump y Meloni, y a Trump le debe la Argentina su giro pro-ruso en la ONU—.
Lo grave no es que Milei haya elegido a Orbán como amigo. Lo grave es que lo eligió cuando Orbán ya era un veto andante contra Ucrania. Lo grave es que, mientras gastaba millones de pesos en aviones presidenciales para ir a abrazarlo, había dejado tirado al ucraniano que invitó a su asunción. Lo grave es que, cuando Hungría votó por volver a Europa, la Argentina se quedó del lado del que perdió: sin libreto, sin guion, sin coartada.
La política exterior, decía Henry Kissinger, es el arte de convertir la fuerza en consentimiento. La política exterior libertaria es, hasta acá, el arte de convertir el viaje en foto, la foto en aliado, y el aliado en escándalo cuando pierde. El sábado en Budapest, mientras Magyar prometía “escribir la historia” y “cruzar la puerta del cambio de régimen”, el Tango 01 dormía en Aeroparque. Por una vez, no había a dónde ir.
El precio del seguidismo
Hay una pregunta que la diplomacia argentina debería responder en algún momento, aunque sea en voz baja y con la puerta cerrada: ¿qué quedó, en términos concretos, de tres años de política exterior libertaria? Las fotos, sin duda. La colección de selfies presidenciales con Trump, con Netanyahu, con Meloni, con Bukele, con Orbán, con Kast, con Abascal. El álbum es generoso y caro: más de 5.700 millones de pesos, 37 viajes, 116 días fuera del país. Casi cuatro meses.
Pero detrás del álbum, ¿qué? El acuerdo Mercosur-Unión Europea —firmado en Asunción en enero— es el único entregable diplomático mayúsculo, y es un acuerdo que se negoció durante veinte años de cancillerías que Milei desprecia. La relación con Estados Unidos depende enteramente de la voluntad personal de Donald Trump, lo que en términos institucionales significa que no es una relación: es una dependencia. El vínculo con la Unión Europea quedó en pausa cuando la Argentina se abstuvo en la ONU. Con China, la administración eligió la confrontación retórica y la ratificación silenciosa de los swaps. Con Brasil, la indiferencia agresiva con Lula congeló al Mercosur en su propio acuerdo. Con el mundo árabe, el alineamiento con Israel cerró puertas que tardarán años en reabrirse.
Y ahora, con la caída de Orbán, la Argentina pierde a su único interlocutor europeo de peso ideológico. Meloni, más sofisticada, mantiene distancia táctica. Le Pen está fuera del poder en Francia. Vox no gobierna en España. Kast acaba de jurar en Chile, pero Chile no es la Unión Europea ni el G7. El mapa de aliados se reduce a Bukele, Peña en Paraguay y la cofradía CPAC, que no es un actor estatal sino una franquicia de eventos.
El problema de la política exterior como performance es que, cuando el escenario se apaga, no queda nada. Solo la factura. Y la factura, en este caso, la pagan los jubilados que perdieron contra la inflación, los hospitales que dejaron mucho que desear —como diría Rácz András desde Budapest— y los servicios públicos que la motosierra prometió racionalizar y terminó vaciando.
Hay una frase de Carlos Escudé, el padre del realismo periférico argentino, que conviene recordar: “Una potencia menor no puede darse el lujo de la ideología en política exterior”. Milei se lo está dando. Y como toda la diplomacia argentina desde Perón en adelante, lo va a pagar el que venga después.












