Por qué crece la idea de que el esquema económico no alcanza

La advertencia ya no proviene de una sola escuela ni de una sola tradición. Economistas con diagnósticos muy distintos coinciden en un punto: el programa de Javier Milei logró bajar la inflación desde el pico de 2024, pero no resolvió todavía sus problemas de consistencia externa, acumulación genuina de reservas, atraso cambiario relativo, empleo y nivel de actividad.

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La coincidencia no es menor. Domingo Cavallo, Carlos Melconian, Carlos Rodríguez, Joaquín Cottani, Ricardo Arriazu y Roberto Frenkel no comparten la misma matriz teórica. Sin embargo, todos vienen señalando, con matices, que la estabilización actual descansa sobre bases que todavía no garantizan sustentabilidad de largo plazo.  

El punto de partida de esa discusión ya había aparecido en notas previas de Mercado. El 19 de abril, este medio advirtió que el IPC de marzo fue de 3,4% y que la economía acumulaba “diez meses sin descenso” de la inflación mensual. En paralelo, señaló un riesgo adicional: pasar “del estancamiento con inflación a una recesión con inflación”.  

El otro telón de fondo también había sido anticipado. Mercado mostró que el crecimiento seguía una lógica desigual: agro y minería explicaban buena parte del avance del EMAE, mientras comercio e industria continuaban en retroceso. En la misma línea, registró caída real en supermercados, debilidad en construcción y un deterioro del salario formal frente a la inflación.  

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El problema del empleo y la economía real

Ricardo Arriazu resumió una de las objeciones más sensibles. Dijo que en el actual proceso hay “más destrucción de empleo que creación” y precisó: “La destrucción es más rápida que la creación”. Su foco estuvo puesto en el conurbano bonaerense, donde ubicó “el principal riesgo político” del programa.  

Ese señalamiento encaja con el patrón que Mercado viene describiendo: una economía con pocos motores dinámicos y varios sectores intensivos en empleo todavía en baja. Cuando el crecimiento se concentra en energía, minería o agro, pero comercio, construcción e industria no consolidan recuperación, la macro puede mejorar sin que eso se traduzca en un mercado laboral más robusto.  

Carlos Rodríguez fue más directo al vincular empleo y esquema cambiario. En una publicación en X afirmó que “la apertura de importaciones con Tipo de Cambio controlado y atrasado” y un mercado laboral distorsionado “son una invitación al desempleo”. En otra crítica, sostuvo que con la política reciente “se hizo cualquier cosa con el tipo de cambio, salvo flotación libre”.  

La observación de Rodríguez y la de Arriazu convergen en un punto: el programa puede mostrar disciplina fiscal y cierta calma financiera, pero si el tipo de cambio real se atrasa y la actividad ligada al mercado interno se enfría, el costo aparece en empleo, consumo y tejido empresario. Eso ayuda a explicar por qué, aun con mejoras parciales en algunos indicadores macro, persiste la dolarización de carteras de los ahorristas. Según el BCRA, en febrero las personas compraron US$ 2.368 millones y el acumulado de 2026 se acercó a US$ 5.000 millones.  

El frente cambiario y las reservas

La crítica más extendida entre los economistas reputados se concentra en el frente externo. Frenkel fue terminante: “Este Gobierno tiene que poner un tipo de cambio más alto” para lograr superávit de cuenta corriente y “acumular reservas genuinas”. Su diagnóstico agregó una frase política: “no somos Arabia Saudita, no podemos vivir del petróleo y el gas, necesitamos actividad económica”.  

Joaquín Cottani planteó algo similar desde otra tradición. Sostuvo que “si no hay reservas, el único esquema monetario compatible con la ortodoxia es el tipo de cambio libre”. También advirtió: “Hay un cepo a las empresas”. Y añadió que, si el país no puede intervenir con respaldo real, debe dejar que el dólar “encuentre su valor de equilibrio”.  

Domingo Cavallo, por su parte, cuestionó la calma cambiaria apoyada en tasas altas. A comienzos de febrero advirtió que el Gobierno “no debe entusiasmarse con la calma cambiaria” porque esa estabilidad “esconde un clima recesivo” en muchos sectores. En su blog también sostuvo que el tipo de cambio necesita encontrar “su nivel de equilibrio” y que postergar la corrección puede deteriorar el superávit comercial.  

Carlos Melconian llegó a una conclusión emparentada, aunque con otro lenguaje. Dijo que el programa “está entrando en un formato de falta de musculatura” y remarcó que “no hay ninguna reforma estructural”. Su objeción no se limita al dólar: apunta a que el plan perdió potencia para pasar de la estabilización inicial a una etapa de crecimiento más consistente.  

Mercado señaló en notas recientes que el superávit comercial “no alcanza por sí solo” para dar por resuelta la cuenta corriente y que la mejora del saldo externo no equivale, por sí misma, a una salida durable de la restricción externa. También subrayó que la mejora salarial agregada es engañosa, porque el salario formal sigue por detrás de la inflación.  

La fragilidad de una estabilización incompleta

Lo que une esas advertencias es menos ideológico que técnico. El esquema actual sigue bajo observación porque combina varios elementos difíciles de sostener en simultáneo: desinflación incompleta, reservas netas todavía frágiles, una cuenta corriente que no está definitivamente resuelta, actividad heterogénea, consumo débil y sectores intensivos en empleo sin recuperación plena.  

Incluso las fuentes más favorables al Gobierno reconocen que el frente externo sigue siendo un punto delicado. Reuters informó que el FMI celebró compras de reservas por más de US$ 5.500 millones en 2026, pero al mismo tiempo redujo la proyección de crecimiento y elevó la de inflación. Bloomberg, a partir de analistas privados, señaló que aun con el cumplimiento de metas, las reservas netas seguirían en terreno negativo hacia fin de año.  

Por eso la discusión de fondo ya no pasa solo por si el plan logró bajar la inflación respecto del caos de 2023 y 2024. Pasa por otra pregunta: si puede hacerlo sin seguir descansando en endeudamiento, cepos parciales, tasas altas y una economía real partida en dos. En eso coinciden, con diferentes acentos, Cavallo, Melconian, Rodríguez, Cottani, Arriazu y Frenkel.  

La síntesis ya estaba escrita en las propias coberturas de Mercado: inflación que dejó de bajar, consumo que no despega, salario formal rezagado, crecimiento concentrado en pocos sectores y un frente externo todavía sin cierre definitivo. Las voces de estos economistas no hicieron más que ordenar, con palabras más duras, una misma conclusión: la estabilización existe, pero la sustentabilidad todavía no.  

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