San Miguel del Tucumán es un nudo de contradicciones,
fracturas y posibilidades. Con sus 650.000 habitantes, alberga
más de la mitad de la población de la provincia
más pequeña y densa de la Argentina (55 habitantes por
kilómetro cuadrado), y aporta alrededor de 1,5% del PBI
nacional. En el Gran San Miguel, compuesto por los municipios de San
Miguel, Tafí Viejo, Yerba Buena, Alderete y Banda del
Río Salí, se concentran 60% del empleo y 48 % de los
alumnos primarios de Tucumán, donde las manufacturas generan
28% del PBI; los servicios comunitarios, también reunidos en
San Miguel, otro 21%, y sólo 10% el sector agropecuario.
Además, la capital cuenta con la principal universidad del
noroeste argentino y varios institutos de investigación de
fama mundial. Doce grupos de teatro independiente, media docena de
pintores de primer nivel internacional, una productiva
tradición artesanal con honda raíz regional y un
movimiento musical muy activo completan un retrato complejo y
disonante.
Historia del estancamiento
La sociedad tucumana pasa por un momento de quiebre. La
tradicional industria del azúcar, que lideró la
economía y organizó la vida de la provincia durante 60
años, está en franco retroceso desde 1967, cuando el
gobierno del general Juan Carlos Onganía mandó cerrar
siete de los 26 ingenios existentes. A eso sucedió una etapa
de estancamiento que sólo hoy parece querer revertirse.
De hecho, la industria azucarera siguió retirándose:
hoy no son más de cuatro los ingenios realmente productivos,
liderados por dos grandes que procesan más de 80% del total
provincial. La mecanización acelerada les permitió
bajar sus costos, pero les quitó definitivamente el poder
social y político que tuvieron: ya no son grandes fuentes de
trabajo y no condicionan la paz social.
Fueron reemplazados en parte por el Estado, empleador importante,
y en parte por la industria citrícola, mano de obra intensiva,
que crece y se afianza: Tucumán es el segundo productor
mundial de limones detrás de California y el primer
fabricante de sus derivados. Además, la calidad de su fruta es
reconocida en el mundo entero como líder.
Sin embargo, la tradición azucarera y su larga decadencia
marcaron a fuego a la sociedad tucumana. El azúcar
llevó a San Miguel, a fin del siglo pasado, las más
adelantadas máquinas de vapor de la época.
Enriqueció rápidamente a la provincia, y sus
propietarios decidieron afirmar el papel tradicional de
Tucumán como punto de referencia nacional: fundaron la
Universidad de Tucumán, en 1914, con un carácter
netamente moderno, como lo testimonian la Facultad de
Agronomía y Zootecnia y la carrera de ingeniero azucarero. La
UNT se transformó en generadora de cuadros técnicos y
políticos, en el principal foco de formación
profesional del Noroeste y en un centro de investigación de
primer nivel. A sus aulas llegaron, entre otros, Paul Groussac,
José Ortega y Gasset, Rodolfo Mondolfo y García
Morente.
Alrededor de los ingenios se organizaron pueblos enteros. La mano
de obra agrícola dependía casi feudalmente de sus
patrones azucareros, quienes proveían no sólo el
salario y la alimentación, sino también la vivienda y
la muchas veces precaria seguridad. En la capital los hábitos
y el lujo de una clase que no tenía que realizar demasiados
esfuerzos, financieros o técnicos, para prosperar acentuaron
el carácter aristocratizante de la actividad.
Así, desde fines de la década de los 30 la clase
propietaria tucumana perdió completamente el impulso
constructor y renovador que había tenido a comienzos del siglo
y pasó a usufructuar de lo ya hecho, sin reinvertir ni
desarrollar nada nuevo. Poco a poco, eso la empobreció;
divorció a la universidad del sistema productivo,
tornándola un reducto de excelencia sin peso económico
ni político, y condujo a la provincia a un largo retroceso
dominado por la fuga de capitales y la dependencia de los subsidios
nacionales, que se consolidó en los 40, cuando la industria
cubría ampliamente el mercado nacional y era incapaz de vender
sus excedentes.
La primera ruptura tuvo lugar en el 67, provocando un
éxodo masivo del campo hacia la ciudad, el resto del NOA y
Córdoba. El comercio siguió activo, como la industria
de la construcción, pero la pobreza se agudizó durante
los 70.
Los programas de promoción industrial condujeron a Grafa,
Alpargatas, Scania y otras empresas nacionales y extranjeras a la
provincia, lo que impulsó en los 80 una relativa
recuperación productiva aunque no del empleo que no
alcanzó a ofrecerle a Tucumán, identificada aún
con el azúcar, un proyecto orgánico y, por lo tanto,
una nueva matriz social y un nuevo destino.
La escisión
Esa profunda escisión entre una clase tradicional celosa de
sus privilegios, poco permeable al intercambio con el nuevo
empresariado industrial y comercial, y sectores bajos muy pobres y
poco autónomos, determinó una fuerte influencia
cultural que aún hoy no parece absolutamente superada. De
hecho, en un contexto que muestra una tasa provincial de desempleo
superior a 25% y una economía nacional globalizada que depende
cada vez más del Mercosur y del mundo, no se advierte
todavía en ciertos niveles de la sociedad tucumana un consenso
demasiado explícito acerca de la necesidad de una nueva
concepción del desarrollo, y una organización social,
económica y política dinámica, diversificada y
participativa, que intercambie no sólo productos, sino
también información, conocimientos y valores con el
resto de la región, el país y el mundo.
En San Miguel del Tucumán coexisten básicamente tres
clases dirigentes. Una está compuesta por gente que tiene
cerca de 60 años o más, con marcada simpatía por
el modelo autoritario y evidente desconfianza ante las iniciativas de
descentralización política e integración
regional. Otra está formada por aquellos que tienen alrededor
de 50 años o menos, quienes, tanto desde las principales
agrupaciones políticas de oposición el Partido
Justicialista y la Unión Cívica Radical como desde el
ámbito empresario, ven con buenos ojos la concertación
de políticas de desarrollo autónomo integrado a la
región y al mundo, así como la movilización de
las fuerzas sociales para la solución del desempleo. Y, por
último, hay un pequeño grupo de clase media preocupado
fundamentalmente por la cultura y el conocimiento, con posiciones
más críticas, que gira alrededor de la Universidad
Nacional de Tucumán, el Instituto Lillo y la Fundación
del Tucumán.
El panorama no está claro, y San Miguel aparece como un
enorme caldo de cultivo en el que bullen, mezclados en la misma olla,
los viejos ingredientes y nuevos actores sociales que no saben bien
cómo afirmarse y avanzar. Porque incluso entre estos
últimos coexisten ideas renovadoras con viejos moldes de
pensamiento que no se adaptan a las condiciones de una sociedad que
parecería reclamar una verdadera creación de valores
para poder cambiar, por fin, sus estructuras.
Sin embargo, algunas pautas se definen. La industria
citrícola se consolida como una de las principales armas
tucumanas de entrada al mundo: puede crecer y casi no tiene
competencia, dadas las particulares características de los
suelos y las lluvias locales. Además, no depende para nada del
subsidio estatal. Existe también un proyecto turístico
convocante: la Fundación Horizonte (empresarial) y el
Instituto Lillo le han dado su primera forma, un programa de turismo
ecológico parecido al que cambió el destino de Costa
Rica, con muchos pequeños emprendimientos de moderada
inversión. Esas dos opciones son grandes generadoras de empleo
y producen desarrollo sin destruir los recursos naturales.
La Universidad, por su lado, se empeña en un proceso de
autoevaluación para reconvertir sus carreras: tiende a ciclos
básicos más cortos y a la incorporación de
especializaciones, posgrados y doctorados orientados sobre todo al
frente productivo. Está clara en los sectores progresistas la
necesidad de integrarse al Mercosur construyendo infraestructura
carretera que permita comunicarse con Chile y, por el Chaco, con
Brasil. Existe un proyecto de regionalización en marcha, que
Salta, Catamarca y Jujuy adoptaron, pero del que Tucumán
quedó marginada desde la asunción del actual
gobernador, general (R) Antonio Bussi.
En el justicialismo y el radicalismo los dirigentes jóvenes
hacen causa común en la tarea de dar forma a un incipiente
proyecto provincial. Coinciden en el sentimiento de urgencia, en la
necesidad de aliarse para llevarlo a cabo y en considerar que la
presencia de Bussi al frente del gobierno provincial, así como
la del intendente Oscar Paz, también del Movimiento
Republicano, en el Departamento Capital (casi 42% de la
población provincial), representa la prolongación de un
modelo al que consideran agotado, pero que sobrevive por la ausencia
de otro liderazgo que ofrezca una propuesta convincente al electorado
independiente, que representa 70% del padrón.
El futuro de Tucumán se define en San Miguel. Los factores
del cambio son de carácter político y técnico.
Su viabilidad depende del consenso que los jóvenes dirigentes
justicialistas y radicales sean capaces de alcanzar entre ellos y con
los empresarios afines, así como con la intelectualidad de la
Universidad y los institutos de investigación.
El rostro de la ciudad
Las calles del centro, con sus no más de 50 manzanas,
pululan de gente y automóviles. Allí casi no hay
árboles y la construcción es un ecléctico y mal
ordenado amontonamiento de épocas, donde sobresalen unas pocas
y hermosas casas coloniales, junto a construcciones finiseculares,
edificios de los años 40 y tiendas de hace 15 o 20
años. Contrastan sobre las veredas estropeadas viejos
almacenes de ramos generales o bazares, con modernos locales de
videojuegos, algunas muy bien montadas tiendas de decoración y
los supermercados llegados de Córdoba (Libertad) y de Jujuy
(Lozano).
También en la calle se percibe el contraste casi violento
entre una tradición desgastada que se resiste a retirarse y un
impulso renovador con múltiples aristas y modalidades a veces
originales, pero que aún no domina el conjunto ni logra
elaborar un estilo. Esta lucha sin comunicación hace de San
Miguel del Tucumán una ciudad al mismo tiempo decaída,
poco armoniosa y descuidada, pero también fascinante y
luminosa, llena de vida, de fuerza y de potencialidades.
La marca del azúcar
La historia de Tucumán está
“Aristocratizante y autosatisfecha, se negó a
El historiador Roberto Pucci entiende que entre 1880 y
Según Hernández, esa “doble actitud” la
“A todo eso razona Hernández se agregó la
Pucci señala que, sin embargo, en los
Pero, al mismo tiempo, advierte que, “dado que Europa |
El desafío de la Universidad
La Universidad Nacional de Tucumán cuenta con más de
40.000 alumnos y enfrenta los mismos problemas que las demás
universidades del país: poco presupuesto, bajo porcentaje de
promocionados y una estructura demasiado pesada para responder con
agilidad a las exigencias de la época.
“Nuestra tarea está clara”, dice el rector César
Catalán, y comienza a describirla: “Tenemos que conseguir que
por lo menos 50 % de nuestros 3.800 profesores sean posgraduados (hoy
no pasan de 30%); tenemos que rediseñar las carreras,
comprimiendo en un núcleo de materias obligatorias lo esencial
de cada disciplina, completando la oferta con materias optativas y
haciendo de los posgrados un destino obligante para cualquier
egresado”.
El rector se propone también mejorar los rendimientos
estudiantiles, “no sólo mediante la investigación que
se realiza en nuestros seis institutos pedagógicos
experimentales, sino ante todo creando en los alumnos la conciencia
clara del sacrificio que sus estudios cuestan a la sociedad y de la
responsabilidad que les compete”. Asimismo, postula mejorar los
sistemas de evaluación, “haciéndolos más
rigurosos”; orientar a los aspirantes en cuanto a su vocación,
y rediseñar los contenidos “en función de lo que es
vanguardia y de lo que genera mejores perfiles productivos”.
“Creemos que el destino de la Universidad es integrarse al mundo
productivo y desarrollar conocimientos generales que amplíen
los horizontes del saber humano”, explica Catalán.
Ciencias naturales a la carta
La Fundación Miguel Lillo nació en 1931, como
herencia del sabio autodidacta que inició la
investigación botánica y zoológica en el
noroeste argentino. Entre 1880 y 1890, Lillo descubrió en
Tucumán 500 nuevas especies vegetales que inmediatamente
fueron incorporadas a la nomenclatura mundial.
“En 1930, moribundo, legó a la Universidad sus colecciones,
con más de 8.000 piezas, y una biblioteca de 13.000
volúmenes”, cuenta Jorge Luis Rougés, presidente de la
entidad, y aclara que “la condición era que ese conjunto fuera
administrado por diez notables tucumanos designados por él; a
la muerte de alguno de ellos, los demás nombrarían un
sucesor, y así indefinidamente”.
La principal obra de la Fundación son dos colecciones que
fueron consideradas por la Unesco como “gran aporte a la ciencia del
siglo XX” y “una de las cuatro mejores colecciones científicas
editadas desde el siglo XVII”. Se trata de los seis volúmenes
del Genera et Species Plantarum Argentinarum y los cuatro del Genera
et Species Animalium Argentinarum, que aún hoy son obras de
referencia obligada en todos los institutos de investigación
de ciencias naturales del mundo y forman parte, por la calidad de su
realización e impresión, del Museo Vaticano y de otras
muestras de libros preciosos.
Actualmente, la Fundación constituye la mayor comunidad
científica dedicada a las ciencias naturales en la Argentina y
es referencia mundial en la materia. Tiene tres millones de
ejemplares de plantas y animanles actuales y fósiles, y su
biblioteca suma 130.000 volúmenes, algunos de los cuales datan
del siglo XVI.
Además, mantiene 30.000 metros cuadrados de laboratorios
donde 250 científicos desarrollan investigaciones sobre
ciencias naturales botánica, zoología,
ecología, geología y realiza trabajos de
asesoría sobre estos temas para todas las provincias del norte
argentino y los países vecinos.
La política toma la palabra
La joven dirigencia justicialista y radical parece coincidir en
su concepción del desarrollo tucumano y en la necesidad de un
relevo y un acuerdo.
En la política tucumana, las oposiciones no son las
habituales. La intendencia de San Miguel y el estado provincial,
ambos en manos del Movimiento Republicano, han concentrado sus
esfuerzos en mejorar la infraestructura civil y en impulsar la
reforma del Estado, retrasada en Tucumán. Pero las grandes
deudas que pesan sobre ambas y la fuerte dependencia de los aportes
del Tesoro Nacional caracterizan el período. “Ellos no
ganaron, fuimos nosotros quienes perdimos”, coinciden los
jóvenes dirigentes de la oposición.
“En la Argentina el político no es técnico sino,
muchas veces, mano de obra desocupada, lo que conduce a un ejercicio
irracional de la administración”, introduce Roberto Lix Klett,
miembro del Movimiento Republicano y presidente del Concejo
Deliberante de San Miguel del Tucumán.
Como ejemplo, el edil señala que en los municipios vecinos
a la capital, todos bajo administraciones justicialistas, “se han
otorgado indiscriminadamente permisos para taxis y remises, lo que ha
atiborrado el centro”. A ello deben sumarse “unos 3.000 taxis y 1.800
remises ilegales”, todo lo cual “atenta contra el servicio de
colectivos, porque dos o tres personas viajan juntas en taxi por el
mismo precio que les costaría el ómnibus”.
“Medidas puntuales de ese tipo fomentan el desorden”, advierte Lix
Klett, quien sostiene que frente a ello “hace falta, en la Argentina
y en Tucumán, educar al soberano”, porque “una vez que se
educa a la cabeza, lo demás también se educa”. El
legislador indica que el Concejo Deliberante de San Miguel
está “tratando de coordinar” con la Universidad Austral una
serie de cursos y conferencias sobre políticas públicas
y ciencias políticas, y anuncia que el Senado de la
Nación dará un curso sobre técnicas legislativas
en el Concejo de la capital provincial.
Contrariamente a lo que sostienen los dirigentes de los partidos
opositores, Lix Klett interpreta que la presencia del Movimiento
Republicano en los gobiernos de la provincia y la ciudad capital se
debe a “la capacidad que tiene su líder el general (R)
Antonio Bussi, sobre todo, para poner orden”, y agrega que “ese
orden implica una cierta racionalidad que todos reclaman”.
La visión radical
Según el concejal radical Raúl Pellegrini, el
presupuesto del municipio de San Miguel es de $ 116 millones, de los
cuales $ 56 millones son recursos federales; de éstos, $ 25
millones provienen del régimen de coparticipación
federal, lo cual refleja una “ostensible dependencia de la
Nación”.
Pellegrini señala que la comuna debe $ 120 millones a la
Nación y $ 40 millones al Banco de la Provincia, actualmente
en proceso de privatización. “Estas deudas han crecido y
además hay 4.200 empleados en un municipio que tiene un
déficit mensual de más de $ 1,5 millón”, agrega.
El concejal responsabiliza por ello a “la política de
Bussi, ya que ninguno de sus ministros ha durado como para
desarrollar un programa”, y sostiene que el gobernador “no
está a la altura de las circunstancias porque no tiene
proyecto para la provincia: se ha limitado a aplicar el programa
nacional de reforma del Estado”.
De acuerdo con el análisis de Pellegrini, el Movimiento
Republicano ganó las últimas elecciones porque los
gobiernos anteriores defraudaron. “Fue un voto castigo y, en parte,
el producto del recuerdo de las obras que se construyeron durante su
dictadura, que recibió muchísimo dinero de la
Nación porque ésta era zona de guerra y Bussi avanzaba
territorialmente construyendo caminos y pueblos, como los
norteamericanos en Vietnam”, explica.
“Tanto la presencia de Bussi como la aparición de Amado
Jury, con alrededor de 80 años de edad, en la presidencia del
Partido Justicialista, son formas de traer el pasado al presente,
desde los derechos humanos hasta el clientelismo político”,
dice Pellegrini. “Todos dejamos mucho que desear desde 1983 hasta
ahora”, admite, y lamenta que “no hubo renovación dirigencial
en los partidos”.
Pellegrini se entusiasma por el hecho de que el presidente
provincial de la Unión Cívica Radical, Alfredo
Nemesheij, “tiene 38 años y viene de la Universidad”. Acepta
que las generaciones más jóvenes “no habían
llegado a la dirigencia porque no tenían un proyecto conjunto,
aplicable y consensuado”, pero sostiene que, “afortunadamente”, ahora
han alcanzado ciertos acuerdos básicos: “El proyecto debe ser
federal, orientado a la conformación de una región con
las otras provincias del NOA y autónomo respecto de Buenos
Aires; debe garantizar la participación constante de las
empresas y la Universidad en la elaboración y puesta en
práctica de los planes de desarrollo, y debe desarrollar el
turismo, industria provincial no explotada”, concluye.
La visión justicialista
Enrique Juárez Dappe es por segunda vez intendente de Yerba
Buena, uno de los municipios que conforman el Gran San Miguel. “He
convocado para trabajar conmigo a la gente más capaz y honesta
del quehacer local, sin distinción de banderías ni
partidos”, dice, porque “hay que terminar con los discursos y crecer
sobre la base de realizaciones”.
El intendente explica que Yerba Buena es un municipio
pequeño, con un centro residencial rodeado de minifundios
frutihortícolas. “Estamos empeñados, ante todo, en
garantizar condiciones de prosperidad a estos miniproductores”,
asegura, y señala que, junto al Inta, se les está
brindando asesoramiento en tecnología agraria y se está
montando un minimercado de concentración frutihortícola
“que les permita llegar a los grandes mercados de consumo”.
“También estamos comenzando a desarrollar la apicultura,
que será un frente de negocios importante”, dice Juárez
Dappe, quien agrega está funcionando una escuela municipal
“sin subsidios, dirigida con un criterio de gerencia educativa”.
Cuenta que la intendencia eligió “por concurso de
oposición” un gerente educativo, está por inaugurar una
escuela secundaria e intenta instalar institutos agrarios de nivel
terciario.
“Tenemos graves problemas porque sólo 14% de nuestros
contribuyentes paga sus impuestos”, indica Juárez Dappe, y
admite que ello se debe a que los servicios públicos “han
estado en pésimo estado”. Afirma que su administración
está trabajando para modificar la situación y que
sólo cuando el problema esté resuelto podrá
exigir a los contribuyentes el cumplimiento de sus obligaciones
fiscales.
Puesto a analizar la problemática provincial, expresa que
“la tarea principal de los políticos tucumanos consiste en
ponerse de acuerdo para generar un programa común para
Tucumán, apuntando a su integración regional y al
Mercosur”.
“Las realidades históricas de nuestro país han
impedido a los dirigentes menores de 50 años hacer
política normalmente y, de ese modo, ir generando respuestas”,
sostiene Juárez Dappe, y explica que “la generación del
44 empezó a trabajar democráticamente hace sólo
13 años, y los viejos líderes se le oponen”.
El intendente interpreta que eso “está cambiando en
Tucumán” y advierte que “nadie debería asombrarse si en
las próximas elecciones surgieran candidatos independientes
convocantes, o si justicialistas y radicales se presentaran unidos
tras un programa provincial, independientemente de las rivalidades
que haya en otras zonas del país”.
Juárez Dappe sostiene que “hay que superar la etapa
azucarera y hay que superar la política autoritaria y sin
proyectos”, y pronostica que “el cambio vendrá de las 17
intendencias hacia el centro, y la modernización se
dará como diversificación económica, como
participación necesaria de todos los sectores y como
efectividad gerencial en la política”.
Se buscan ideas
Raúl Hernández, director del Instituto de
Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNT,
tiene claro un diagnóstico: “Nuestra sociedad carece de
intelectuales que aporten comprensión, claridad y sentido
operatorio al ámbito de lo político, así como
carece de empresarios y políticos que consuman conocimiento.
Además, hay un hueco generacional porque la generación
de los 50 no ocupa, en el campo del conocimiento, los lugares que le
corresponden”.
A ese diagnóstico corresponde un propósito: “El
proyecto de este Instituto es formar una veintena de profesionales de
primer nivel en las tendencias de vanguardia. El mundo cambió,
ya no se trata de pensar el orden sino de conceptualizar el desorden,
para producirlo y administrarlo como manera de gestar flexibilidad
ante los cambios”.
Y ese propósito reconoce límites: “Aún no
sabemos hacerlo; tenemos que aprender. Sin pensamiento ya no hay
progreso de ninguna clase. Por eso, la formación con miras a
la investigación y la participación es la tarea
más importante y más satisfactoria hoy en día”,
dice.
Es el centro, pero no ejerce
Desde la época del virreinato, Tucumán fue centro
del Noroeste. Esa situación volvió a hacerse patente a
comienzos del siglo, cuando la generación del Centenario
propuso a la Universidad de Tucumán como universidad agraria
para el noroeste argentino. “Ese movimiento descubrió que la
región tiene una cultura única, distinta del resto del
país”, dice Benito Garzón, presidente del Centro de
Investigaciones José Benjamín Gorostiza.
“Las provincias del noroeste, solas, son inviables”, opina
Garzón, y agrega: “Tienen que constituir un polo de
desarrollo. Pero para ello es necesario un mecanismo de
autonomía política de la región. Sólo en
1994 los radicales lo asumieron como una bandera propia”. Cita el
artículo 124 de la nueva Constitución Nacional, que
prevé que “las provincias podrán crear regiones para el
desarrollo económico y social, y constituir los órganos
necesarios para el cumplimiento de sus fines”.
Según Garzón, ello debe realizarse a través
de tratados interprovinciales y por voluntad exclusiva y excluyente
de las partes. Eso, agrega, “se consigue mediante una junta de
gobernadores y un Parlamento regional (que ya están
funcionando), una corte de casación regional y una
comisión de referencia técnica permanente que tenga a
su cargo los estudios para todos los proyectos comunes de
infraestructura y desarrollo”.
Inmediatamente después de sancionada la reforma
constitucional, el entonces gobernador, Ramón Ortega,
convocó a sus pares de la región y se crearon la junta
de gobernadores y el bloque de legisladores regionales, pero el
tratado de integración aún está pendiente.
Garzón entiende que hubo dos razones para que ese tratado
no se firmara en 1995: el fracaso de la candidatura de Ortega a la
Vicepresidencia de la Nación y el hecho de que, a su juicio,
el entonces gobernador de Salta, capitán de navío (R)
Roberto Ulloa, “no entendió la idea”. Según el
investigador, “la unidad del NOA depende de Salta y Tucumán:
si estas provincias firman, todas las demás tendrán que
adherirse”.
Aunque, en su opinión, no son los únicos motivos:
“Creo admite que todavía no hay, ni en los estamentos
universitarios, ni en las empresas, ni en los partidos
políticos, conciencia de la necesidad imperiosa de esta
unión. Sin embargo, de ella depende, por ejemplo, que
Tucumán construya vías de comunicación que la
unan con el corredor norteño Iquique-San Pablo, que pasa hoy
por Salta y Chaco. Estamos esperando”.
Una economía en tránsito
Tucumán apuesta a una renovación que la lleve del
azúcar al limón, y busca en la ecología un nuevo
gran negocio. La construcción también busca su
espacio.
La economía tucumana ha sufrido grandes cambios. En los
últimos años se asentaron en la provincia manufacturas
importantes como Grafa, Alpargatas y Scania, todas exportadoras. Pero
ninguno de estos verdaderos implantes ha sido producto de un
movimiento interior de creación de proyectos ni depende de
ventajas comparativas locales, por lo cual no ofrecen a
Tucumán un verdadero destino productivo.
Opciones como Scania, por ejemplo, dependen hasta tal punto de la
competencia entre las ciudades del Mercosur como polos de
inversión, que los tucumanos son escépticos en cuanto a
su función como alternativa de desarrollo. De hecho, en este
momento Scania, principal exportador de la provincia, sólo
fabrica en Tucumán las cajas de cambio y los diferenciales;
los chasis se han ido a Brasil, lo que hizo caer a la mitad las
exportaciones tucumanas de la fábrica.
Las dos industrias tucumanas más promisorias son el
limón y el turismo. La primera en plena expansión, la
segunda aún inexplotada pero punto de mira de las fuerzas
vivas locales. También la soja y el algodón se
consideran cultivos que podrían generar riqueza sostenida y
sustentable.
La promesa del ecoturismo
La Fundación Horizonte es un ente privado con 25 miembros
del sector empresarial. Nació en 1991 para colaborar en la
gestación de proyectos para la comunidad. “Nuestra tarea es
crear y ejecutar marcos normativos para aprovechar nuestros recursos
económicos, proponer y ejecutar planes de inversión
sectoriales y mejorar las condiciones de inversión y
desarrollo de los diversos sectores económicos tucumanos”,
dice Raúl Feler, socio gerente de la institución.
“Lo primero que hicimos fue organizar una serie de seminarios y
conferencias con economistas de primera línea, como Ricardo
Arriazu, Ricardo López Murphy, Adolfo Sturzenegger y otros”,
cuenta Juan Alberto Ahado, vicepresidente de la Fundación, y
agrega que luego se organizaron viajes de negocios a Chile, Brasil,
España, Alemania e Israel, para empresarios de la
región.
“En 1996 nos asociamos con la Fundación Miguel Lillo, que
tenía que compensar de alguna manera la merma de $ 400.000 en
su presupuesto debida a la Reforma del Estado, y nos propusimos
desarrollar un proyecto de desarrollo sustentable que aprovechara y
fortaleciera la identidad local”, agrega Ahado, quien explica que
“así surgió el programa Ecoturismo”.
El vicepresidente cita el caso de Costa Rica, cuyo territorio es
menor al de la provincia de Tucumán, y que obtiene US$ 1.000
millones por año provenientes del turismo ecológico,
que desplazó al azúcar y al café como base de su
economía.
“El ecoturismo tiene muchas ventajas se entusiasma Ahado:
aprovecha la riqueza natural de Tucumán y hace rentable su
conservación; integra los talentos artesanales y
folclóricos de la gente, generando fuentes de trabajo en los
mismos lugares donde vive y haciendo de sus peculiaridades culturales
un bien con valor económico internacional.”
Asimismo, continúa, “demanda bienes y servicios de otros
sectores productivos, como el agrícola, el pecuario, la
conservación, la salud, la hotelería, la
educación, la banca, el transporte y la energía; atrae
turistas que permanecen y vuelven, y que, normalmente, son de
ingresos medios y altos”.
También, a juicio del empresario, “fomenta el desarrollo
regional, porque los paquetes serán tanto más
interesantes si incluyen a otras provincias del NOA, y por su
naturaleza es un modelo de desarrollo sustentable”.
Ahado enumera luego las condiciones naturales: “Tucumán
dice tiene cuatro o cinco microclimas y diversos ecosistemas; tiene
flores, aves y otros tipos de flora y fauna en variedad, sitios
arqueológicos, montaña y llanura, un clima muy amable y
gente cálida y servicial por costumbre”.
Todo ello figura en un site de la Internet denominado El Sur del
Sur, que ya recibió tres premios: Mejor Sitio Hispano, en mayo
de 1996; Sitio de Interés Cultural, en julio del mismo
año, y Página de la Semana, un mes más tarde.
“El proyecto ya desplegó su primera fase: un seminario
taller que fue declarado de interés provincial”, cuenta Feler,
y agrega que se presentó a la Universidad un proyecto de
posgrado en Ecoturismo que “fue muy bien acogido”.
“Ahora estamos elaborando el plan estratégico, del que
participan ecólogos, antropólogos, empresarios y
políticos; creemos que en cuatro años y con menos de
US$ 25 millones de inversión distribuida en marketing
internacional y en muchos pequeños emprendimientos, el
proyecto estará funcionando”, estima Feler.
La realidad del limón
El del limón es un negocio a dos puntas: por una parte, su
veta más redituable, la exportación de fruta fresca;
por otra, el procesamiento de los frutos no adecuados para consumo
directo, que ofrecen aceite esencial (insumo de las industrias
mundiales de refrescos y perfumes, entre otras), jugos concentrados y
cáscara deshidratada (que se exporta totalmente a Dinamarca,
donde se la transforma en peptina).
Con unas 15.000 hectáreas plantadas, el limón rinde
tanto como el azúcar, con 250.000 hectáreas. Este
año producirá casi 800.000 toneladas, y seguirá
creciendo. Los principales consumidores del limón argentino
son, por el momento, la Comunidad Económica Europea cuyos
grandes proveedores, España y Turquía, no pueden
competir en precio con el limón local y no lo superan en
calidad y Chile.
El mercado norteamericano estuvo protegido hasta ahora por
barreras paraarancelarias de hasta 40% del precio de venta.
Aparentemente, 1998 verá caer ese obstáculo, abriendo
así las puertas de Estados Unidos y de Japón al
limón argentino. Los mercados asiáticos son los
más interesantes del mundo. El argumento estadounidense fue,
en principio, de tipo sanitario. Pero los productores locales han
demostrado que los cítricos tucumanos no tienen plagas
extrañas al producto californiano.
El cultivo del limón es un negocio de riesgo, que implica
una inversión de unos US$ 4.000 o US$ 5.000 por
hectárea, y requiere una espera de tres a cuatro años
para rendir sus primeros frutos. Demanda también una
reinversión permanente y gran cantidad de mano de obra para la
cosecha. “Es un negocio a 25 años”, dicen los productores. Sin
embargo, en 1994, 40% de las plantas existentes tenían menos
de tres años de edad: estarán produciendo a pleno el
año que viene.
“Hasta el año pasado fui propietario de la mitad de la
principal empresa citrícola de Tucumán, Citrus Trade
Famaillá, de la que tuve que desprenderme porque mi
contraparte se retiró”, introduce Alvaro Bulacio, presidente
de Harvest SA. “Citrus Trade fue comprada por San Miguel SA, del
grupo Bemberg, constituyendo así el primer gigante de la
citricultura tucumana, con 5.000 hectáreas de limones”,
explica. “Pero seguimos en el negocio: nuestra nueva
compañía tiene 3.000 hectáreas plantadas y
varios convenios de exportación firmados”, aclara.
“La principal ventaja comparativa tucumana son los costos:
manejamos alrededor de 55 toneladas por hectárea, contra 25 o
30 de los españoles, por ejemplo, y nuestros costos no
sobrepasan los US$ 1.800, contra US$ 5.000 en España o
California”, dice Bulacio, quien explica que semejante diferencia “no
proviene solamente del precio de la mano de obra, sino del hecho de
que en Tucumán casi no hay que regar, mientras los
españoles y los norteamericanos dependen por completo de
ello”.
Según Bulacio, Tucumán representa “la mejor zona del
mundo para estos cítricos: ya somos el primer productor
industrial y el segundo productor de limones del mundo, pero muy
cerca de Estados Unidos”. El empresario pronostica que la Argentina
va a producir unas 800.000 toneladas, frente a unas 900.000 de
California.
La ilusión de la construcción
En los últimos cinco años, el mercado inmobiliario
tucumano, que representa 4% del PBI local, se vio saturado por una
gran cantidad de construcciones residenciales que no se
correspondieron con la demanda. Se construyeron también dos
shoppings importantes, uno en Yerba Buena, que no logró
prosperar, y el Shopping del Jardín-Estación Central,
que se levantó simultáneamente con la nueva terminal de
ómnibus tucumana, la más grande del país.
“Próximamente lo ampliaremos: habrá microcines, un
centro de convenciones y, si nos aceptan la ley de reintegro fiscal
por promoción turística, levantaremos un hotel cinco
estrellas, que sería el segundo en Tucumán (el primero,
y único en el NOA, es el Gran Hotel y data de 1980)”, explica
Feler, quien además de socio de la Fundación Horizonte
es propietario de la Inmobiliaria Feler.
“Otra punta interesante aparece con el interés de ciertas
firmas internacionales por instalar aquí sus hipermercados:
Carrefour, Wal-Mart y Makro (que no estamos manejando nosotros) lo
están considerando”, explica. “También estamos
estudiando con una firma capitalina la instalación de un
centro de entretenimientos de 17 hectáreas”, agrega.
En el campo residencial la actividad se orienta hacia los
complejos que se rigen por el sistema de barrios privados. En ese
rubro, Feler informa que el Jockey Club de Tucumán encara un
proyecto de 150 hectáreas.
“Nuestra empresa nació en 1975 y se caracterizó por
renovar el mercado: fuimos los primeros en edificar al costo y en
organizar una empresa de administración de propiedades que
llegó a tener 700 inmuebles; incursionamos en el desarrollo de
varias galerías comerciales y fuimos los emprendedores
iniciales del proyecto Terminal de Omnibus y Shopping del
Jardín”, asegura Feler.
“Hace siete años pasamos de dos oficinas con 53 personas
para tres áreas de trabajo a una sola oficina con 15 personas
y dos áreas: abandonamos la venta y la administración
de inmuebles”, cuenta el empresario. En un mercado en el que hay unas
15 inmobiliarias constituidas, Feler opina que la clave pasa por
“buscar nichos en el área de los proyectos comerciales
innovadores y los barrios privados”.
La persistencia del azúcar
El Ingenio Concepción es el más grande de
Tucumán. Este año procesará 300.000 toneladas de
azúcar, contra 200.000 el año pasado y 150.000 en 1995.
Su competidor principal, el grupo Colombres un holding compuesto por
cinco ingenios, procesa otro tanto.
Concepción, además, es el más viejo: data de
1816. Sin embargo, sólo en 1876, con la llegada del
ferrocarril y la revolución industrial, se transformó
en una industria. “Entonces hubo una primera reducción del
sector, que pasó de cerca de 90 ingenios a la mitad”, memora
Luis Manuel Paz, vicepresidente de la empresa. “El 2 de mayo de 1902
nuestra familia se asoció para mantener funcionando el
ingenio, y así nació la Compañía
Azucarera Concepción”, agrega.
“Este es un sector muy complicado porque los precios
internacionales no dependen de un mercado abierto: tanto los europeos
como los brasileños subsidian su azúcar, con lo cual es
muy difícil competir”, advierte Paz.
El empresario sostiene que “desde 1928 el intervencionismo estatal
que rigió a toda la Argentina terminó de complicar las
cosas” y que, si a ello se agrega la inflación, se obtiene “el
cuadro que conduce a la crisis constante del azúcar en
Tucumán”.
Paz relata que en la provincia llegó a haber 27.000
productores cañeros para 26 ingenios. “Los conflictos se
sucedían y el Estado mediaba para buscar soluciones”, comenta,
lo que “fue degradando la dinámica de la industria que, desde
1939 hasta 1945, no sólo no avanzó, sino que
retrocedió en materia tecnológica”.
Indica que con el régimen de facto surgido en 1955 se
hicieron grandes inversiones y pasó a producirse un
millón de toneladas, 25% más que antes. “Pero entonces
entramos en una crisis de sobreproducción: no había
dónde colocar el excedente”, dice.
“La guerra del canal de Suez, en 1963, distendió un poco la
situación, pero en el 67 el sector ya no podía
sostenerse y el gobierno del general Juan Carlos Onganía
cerró nueve ingenios y sancionó la Ley Reguladora
Azucarera, cuyo resultado fue que el número de ingenios
argentinos pasara de 36 a 4”, continúa el empresario.
“Con la desregulación de 1991, nosotros empezamos a
reinvertir; mecanizamos todo el agro, en un proceso que costó
más de US$ 10 millones, y reconvertimos toda la fábrica
con tecnología de punta y una inversión tres veces
más grande”, cuenta Paz, y señala que actualmente la
empresa tiene costos competitivos internacionalmente, pero
está endeudada por US$ 90 millones. “Es un pasivo terrible que
dificulta nuestra marcha, pero estamos en condiciones de prosperar y
seguir creciendo”, concluye.
Made in Tucumán
La leche Bio nació en Tucumán. Fue desarrollada por
Guillermo Oliver, bioquímico vicepresidente del Centro de
Referencia para Lactobacilos (Cerela) y representa uno de los hitos
de los últimos tiempos en materia de relación entre
ciencia y empresas, no sólo en Tucumán sino en toda la
Argentina.
La historia nació en 1984, cuando los médicos del
Hospital de Niños solicitaron ayuda para enfrentar una
epidemia de diarrea infantil. Oliver propuso desarrollar una
población de bacterias capaces de restablecer el equilibrio
ecológico en el intestino, e incorporarlas a través de
la leche.
La idea fue desestimada, pero Oliver y su colega Silvia
González iniciaron la tarea con apoyo del Conicet. A poco de
andar, el producto se mostró capaz de curar en 15 días
casos de diarrea infantil de más de un año. “Porque los
microorganismos producen bacteriocinas, una especie de
antibiótico de acción antimicrobiana”, explica Oliver.
En 1988 se llamó a licitación pública y el
único demandante fue SanCor, que hoy produce la leche Bio. El
producto previene enfermedades relacionadas con las mucosas
intestinales y respiratorias, y además fija en los huesos
mayor cantidad de calcio que otros lácteos y combate la
desnutrición.
Se usa en pediatría, geriatría y obstetricia. “Es un
nutracéutico, un alimento con propiedades funcionales
beneficiosas para la salud, como los que van a dominar la
alimentación a comienzos del siglo XXI”, explica Oliver, quien
no disimula su orgullo: “Somos pioneros”, dice, con una sonrisa. Ya
vendieron la patente a Dinamarca, Colombia, Venezuela y Ecuador,
países donde se fabrica.
Asimismo, el Cerela está comprometido en otras tres
iniciativas. Una es el estudio de la salmonelosis en las aves de
corral. Otra, un trabajo sobre los microorganismos que comandan la
maduración de los embutidos, de modo de controlar el proceso y
regular su calidad. La última es un gran proyecto de
desarrollo de quesos a partir de leche de cabra y de oveja, en el que
trata de interesar a los tamberos de Tucumán y Salta, a los
que actualmente les imparte cursos de educación
tecnológica.
“Los empresarios todavía son reticentes a buscar en los
científicos asesoría y tecnología para el
desarrollo, lo que retrasa la industria y la investigación”,
dice Oliver, y advierte que, “mientras no haya una
colaboración cotidiana, no habrá solución para
los problemas del país”.
A toda máquina
Scania se instaló en Tucumán en 1976, para producir
la caja de velocidades y el camión Scania L111. Durante los 18
años siguientes incorporó a su línea de
producción los modelos T y R 112 y T y R 113, los Topline T113
y los ómnibus BR 116 y K112. En 1995 la empresa empezó
a producir los camiones P93 para todo el Mercosur.
El año pasado obtuvo la certificación ISO 9000,
logró un nivel récord de participación en el
segmento de camiones pesados, con 42% de las ventas totales, y
celebró su camión número 20.000.
Este año las actividades industriales se centralizan en
Tucumán, mientras la parte comercial queda completamente a
cargo de Buenos Aires. Como novedad, se introduce el ómnibus
de pasajeros de piso bajo para transporte urbano con motor Euro2.
Scania tiene 323.116 metros cuadrados en Tucumán, con
40.800 metros cubiertos y 1.000 empleados para el total de sus
actividades de fabricación de transmisiones y montaje de
chasis. En 1996 produjo 1.721 camiones, 7.723 cajas de cambio, 3.381
diferenciales, 63.775 engranajes de motor y 54.926 palieres.
