David Traxel explica las razones por las que 1898 fue el año que allanó el camino hacia el siglo XX. Sir Joseph John Thomson comenzó entonces a desentrañar los secretos del átomo, un trabajo que daría origen a la energía nuclear primero y a Silicon Valley después.
Ese fue, también, el año en el que nacieron mis padres, en lo que era el Silicon Valley de aquella época, Pittsburgh, Pensilvania, entonces capital mundial del acero. Durante los 65 primeros años de este siglo, mis padres fueron testigos del advenimiento de la era de la electricidad y de la transición a la era de la electrónica. Su tiempo de vida acompañó el desarrollo y el uso masivo de la electricidad, el surgimiento y la evolución de la radiofonía, el cine, la aviación y la televisión. Vieron cómo la tecnología cumplía su máxima promesa cuando transportó al hombre a la luna.
Ya no están conmigo, pero suelo encontrarme dialogando reflexivamente con la visión que mis padres tenían del mundo.
No soy de los que añoran los viejos y buenos tiempos, pero para saber quiénes somos debemos comprender qué camino hemos recorrido.
El sentido de la realidad de mis padres, firmemente arraigado en las certezas
newtonianas, ha sido reemplazado por la visión contemporánea
de lo incierto. El cambio parece tan profundo que es como si el principio de
la incertidumbre de Heisenberg caracterizara hoy a todas las esferas de la observación,
la experiencia, la representación y la teoría.
Un mundo ambiguo
Cuando mis padres eran jóvenes, lo que Einstein hizo por la física,
Freud lo hizo por la psicología, Picasso por el arte, Beckett por el
teatro y Joyce por la literatura. Todos ellos dieron por tierra con los absolutos
clásicos. Sus conceptos cambiaron todos los aspectos de nuestro entorno
social, económico y político. Hoy vivimos en un mundo ambiguo
que es fruto de su creación.
En nuestra vida diaria, siguiendo el mandato del arte y de la ciencia, se ha producido una desestabilización de nuestro sentido del tiempo y el espacio, y se ha socavado la autoridad de las instituciones de todo tipo.
Vivimos en el mundo del ahora, un mundo sin fronteras, con acceso inmediato a la gente y a los hechos del planeta entero, regido por reglas inciertas y marcos de referencia en permanente cambio.
El marco de referencia de mis padres era local. Su vecindario, desde el porche de su casa hasta la iglesia, dominaba gran parte de su experiencia.
Las nuevas tecnologías crearon nuevas experiencias que cambiaron las perspectivas, pero casi siempre con una referencia al pasado estable y previsible. Recuerdo cómo mi padre contaba una y otra vez las historias sobre sus aventuras y las de sus amigos cuando salían de Pittsburgh a bordo de un Ford T.
En uno de esos viajes, llegaron al sur del país y presenciaron el linchamiento
de un negro, sin que nadie les explicara la razón. Esa experiencia tuvo
un profundo impacto en él y, años más tarde, se convirtió
en el primer gerente de su compañía que contrató empleados
afroamericanos.
La vida en formato digital
Hoy cabe preguntarse si las historias de vida que se transmiten de padres a
hijos tendrán el mismo peso si se las envía por correo electrónico,
después de lo cual pueden convertirse casi instantáneamente en
basura digital.
Estamos tan preocupados por estar a tono con el bombardeo de nuevos hechos, nuevos avances y nuevos puntos de vista, que no tenemos tiempo para escuchar hablar del pasado o para reflexionar sobre nuestra historia más reciente; mucho menos para evaluar inteligentemente su importancia.
Cuando los medios digitales permiten la manipulación deliberada del contexto y las imágenes la verdadera identidad de los cantantes en un CD, el largo de piernas de una modelo tergiversan nuestra visión de las cosas. Y ya no nos queda tiempo para aprender a confiar.
Sin embargo, no soy pesimista. La gente todavía lucha por seguir perteneciendo a su propia historia y cultura, aun cuando se conecte con comunidades más grandes a escala global. Aprenderemos a vivir en este mundo de alta velocidad. Aprenderemos a no sobrevalorar ni menospreciar el pasado, el presente o el futuro, sino a asignarle a cada uno su propio peso, entendiéndose por esto la adaptación exitosa a este ansioso momento de nuestra evolución.
