jueves, 30 de abril de 2026

    Las vueltas de Molinos

    Esta vez, los Reyes Magos no se portaron bien con el presidente y artífice del Exxel Group, Juan Navarro. El 6 de enero, Bunge International aceptó la oferta de una compañía de inversiones de la familia Perez Companc para la compra de Molinos Río de la Plata, el gigante de los alimentos que, según se daba por descontado hasta entonces, iba en camino de convertirse en la joya más valiosa del tesoro acumulado por Navarro.


    A fines de noviembre, la suerte de Molinos parecía sellada. Con el retiro de la norteamericana ConAgra, quedaba allanado el camino para que el Exxel continuara su marcha triunfal, a pesar de las versiones, nunca confirmadas, acerca de las dificultades que tendría Navarro para reunir el dinero.


    Luego se sabría que el 31 de diciembre Jorge Gregorio (Goyo) Perez Companc hizo llegar su oferta por Molinos, una presa que venía codiciando en silencio desde mayo, cuando se conoció la intención de Bunge y Born de ponerla en venta.


    Al principio, relatan algunos allegados, Goyo estaba interesado sólo en algunas ramas de actividad de la empresa, pero a medida que estudió el negocio fue aumentando su apetito. En su caso, el acceso a los fondos para financiar la operación no representaba ningún problema: la familia Perez Companc está sentada sobre un colchón de más de US$ 800 millones, acumulados con las sucesivas ventas de activos del grupo, que comenzaron con la transferencia del Banco Río al español Santander.


    La compañía de inversiones de los Perez que se alzó con Molinos fue IRHE Holdings, con sede en las Islas Caimán, que nació como una controlada del Río y se transformó en el brazo financiero de la familia poco antes de la venta del banco.

    Por un puñado de dólares


    La propuesta compromete a Perez Companc a pagar casi US$ 400 millones por 60% de la empresa ­el resto cotiza en Bolsa­ y a asumir pasivos por US$ 364 millones, de los cuales US$ 164 millones corresponden a deuda financiera y US$ 200 millones a compromisos de corto plazo (básicamente por compras a futuro de materias primas). La cifra definitiva se conocerá a mediados de marzo, cuando termine el proceso de due dilligence.


    Goyo subió considerablemente la apuesta, considerando que el Exxel estaba dispuesto a desembolsar US$ 305 millones y a hacerse cargo del pasivo.

    Una familia, ¿otro modelo?

    La portada de MERCADO de diciembre proponía un tema de reflexión:
    ¿el Exxel es la encarnación del nuevo modelo de crecimiento
    en la Argentina?

    El resultado final de la puja por Molinos parece dar sustento a una
    respuesta negativa. La lógica financiera que guía al grupo
    de Juan Navarro habría sido derrotada por la visión a largo
    plazo de un gigante que asienta sus raíces y su fortuna en la industria.

    La moraleja parece atractiva, pero no resiste bien un segundo análisis.

    A Gregorio Perez Companc le ha tocado actuar como bisagra en la saga
    familiar. Desde hace cinco años viene desmontando pieza por pieza,
    y a veloz ritmo, la compleja arquitectura empresaria diseñada,
    décadas atrás, por su fallecido hermano Carlos. La verdad
    oficial
    indica que la sucesión de ventas de empresas controladas
    se justifica por la decisión de concentrarse en el core
    del grupo: el negocio energético.

    Aun así, resulta difícil explicar la anunciada venta de
    la constructora Sade, que ha tenido un papel estratégico como proveedora
    de obras de infraestructura y también de expertise y contactos
    en América latina, donde Perez Companc viene proyectando su actividad.

    Son conocidas, por otra parte, las versiones que indican que Goyo
    está también decidido a desprenderse de la compañía
    matriz del grupo, con todos sus activos energéticos. Frustrado,
    finalmente, el plan de una fusión con YPF, los Perez estarían
    escuchando ofertas de jugadores internacionales del sector.

    Lo que da sentido a esta trama es, más que una estrategia de
    negocios, la visión de un hombre de familia. Goyo teme que
    a Perez Companc le espere un destino parecido al que vienen padeciendo,
    en la Argentina de los últimos tiempos, otros emporios construidos
    en torno a un apellido, finalmente desgarrados y obligados a desprenderse
    de sus empresas.

    Goyo cree haber encontrado la salida en la creación de
    una compañía inversora (Perez Companc Family Group) manejada
    por profesionales, capaz de generar rentas robustas en negocios en los
    que pueda hacer pesar la ventaja de su músculo financiero.

    O sea, una lógica idéntica a la que impera en el modelo
    Exxel.

    Sólo que Goyo no tendrá que trajinar, como Juan
    Navarro, por las universidades norteamericanas o las mutuales de las viudas
    escocesas en búsqueda de fondos. El dinero está donde siempre:
    en la familia, sólo que ahora puede fluir, líquido y seguro,
    desde el paraíso fiscal de las Islas Caimán.

    Dolores Valle

    Pero, en cualquiera de los dos casos, las sumas en danza estaban bastante lejos
    de los US$ 600 millones que el Credit Suisse First Boston (el banco que tenía
    el mandato de la operación) creyó que podía obtener por
    Molinos. Estas aspiraciones fueron diluyéndose a medida que se retiraron
    los candidatos.


    Según un ejecutivo vinculado con el holding, los socios de B&B lamentaron que la norteamericana ConAgra, una de las principales compañías alimentarias del mundo, con ventas anuales por US$ 23.000 millones, hubiera abandonado la carrera, desalentada por los resultados de un mal año en el mercado mundial de los commodities.


    Desde B&B su candidatura fue impulsada hasta último momento, no sólo para hacer subir la oferta del Exxel, sino también porque, puertas adentro del grupo, ConAgra parecía el comprador ideal. Para el staff de Molinos, la posibilidad de tener como nuevos dueños a los norteamericanos resultaba mucho más atractiva que la que ofrecía un fondo de inversión como el Exxel (o, en su momento, Hicks, Muse, Tate & Furst) que podía ceder a la tentación de desguazar la compañía para vender sus principales marcas.

    Otra porción de queso en el plato

    Apenas dos semanas después de quedarse con Molinos, los Perez
    Companc aumentaron su apuesta a los alimentos con la compra de Abolio
    y Rubio, la empresa láctea dueña de la marca La Paulina,
    que estaba en manos de un consorcio integrado por la aseguradora AIG,
    el BankBoston, Goldman Sachs, y el Argentine Venture Partners (AVP, de
    Santiago Soldati), que ejercía el management.

    El plan es fusionar La Paulina con la láctea Molfino (otra inversión
    reciente de la familia) e instalarse así en el segundo puesto del
    ranking de los productores de quesos, detrás de SanCor.

    En el rubro más amplio de los lácteos, la nueva empresa
    entraría a disputarle a Milkaut la tercera posición del
    ranking, con una capacidad de procesamiento de 1.650.000 litros
    de leche por día y una facturación cercana a los US$ 200
    millones anuales.

    En este nuevo paseo de compras, los Perez fueron acompañados
    por otra familia, los Molfino, ex dueños, y ahora socios minoritarios,
    de la empresa láctea que lleva su apellido.

    De los profundos bolsillos de Perez Companc saldrán, para esta
    operación, unos US$ 100 millones: 60 en efectivo y otros 40 para
    asumir pasivos.

    Sin embargo, un consultor que siguió de cerca toda la operación
    descarta de plano la incidencia de un factor sentimental en la decisión
    final. “Se llegó a decir que la venta al Exxel se cayó porque
    Navarro se fue de boca con los medios. Pero estoy seguro de que lo único
    que pesó a la hora de elegir a Perez Companc fue el plus de US$
    100 millones que ofreció por Molinos.”


    La sorpresa que provocó el anuncio dejó lugar, luego, a los interrogantes sobre cuáles son los planes de los nuevos dueños en un sector en el que no cuentan con experiencia.


    “Todavía es muy difícil interpretar la estrategia del grupo. Hace unos años, Perez Companc encaró un proceso de revaluación estratégica y reorganización de su cartera de negocios, y llegó a la conclusión de que en la Argentina las condiciones no favorecían, a largo plazo, a un conglomerado tan grande y diversificado. El proceso de cambio que emprendieron parece demasiado rápido, frente a la estrategia gradual que eligieron otros grupos, como Macri o Pescarmona”, señaló un socio de una consultora internacional de primer nivel.

    Asignatura difícil


    Más allá de su posición de liderazgo y de la fortaleza de sus marcas, Molinos es, según los analistas del sector, un hueso duro de roer: un conglomerado en el que conviven actividades tan disímiles como el crushing de aceites y la venta de alimentos congelados en los supermercados. “Es un gigante que factura más de US$ 1.000 millones anuales, pero en rubros muy atomizados, lo que hace que su poder de negociación sea menor, por ejemplo, que el de La Serenísima, que se concentra en un segmento”, señala otro consultor.

    Al margen de los intentos por dotar a Molinos de una nueva estructura gerencial
    ­no se descarta, sin embargo, un ofrecimiento a Jorge Castro Volpe para
    que permanezca en el cargo de CEO­, la mayoría de los analistas
    anticipa la aparición de un socio para Perez Companc en el rubro de los
    alimentos. Y todas las miradas se dirigen, nuevamente, a ConAgra, que ya comparte
    un negocio con los Perez en Pecom Agra, una firma que factura US$ 270 millones
    con la distribución de fertilizantes y el procesamiento de granos.

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