domingo, 31 de mayo de 2026

    Los fantasmas de la ópera

    El 25 de mayo de 1908, el Teatro Colón (el nuevo Colón, como se lo llamaba entonces) abrió sus puertas tras 18 años de conflictiva construcción. El primitivo teatro, ubicado frente a la Plaza de Mayo, había bajado definitivamente el telón en 1888. Desde entonces, la ciudad se había extendido y, para aquella Buenos Aires próspera y abierta a la inmigración, se hacía impostergable contar con un gran teatro de ópera.


    Tres nombres tejieron la edificación del monumental coliseo: el ingeniero Tamburini y los arquitectos Víctor Meano y Julio Dormal. Sus distintas influencias impregnaron al teatro de un estilo ecléctico, desde la planta baja, con sus columnas lisas y líneas rectas propias del Renacimiento italiano, hasta el Salón Dorado, un espacio más ornamentado y signado por el barroco francés.


    “Este género, que no llamamos estilo por ser demasiado manierato, quisiera tener los caracteres generales del Renacimiento italiano, alternados con la buena distribución y solidez de detalle en la arquitectura alemana y la gracia, variedad y bizarría de ornamentación propia de la arquitectura francesa”, describía el italiano Meano a su proyecto.


    El público que asistió a aquella primera función de Aída, de Giuseppe Verdi, quedó deslumbrado. Allí aguardaba la escalinata principal de mármol de Carrara; los vitraux de la casa Gaudin de París y la gigantesca araña semiesférica con 450 bombitas eléctricas; la sala central en herradura, de 38 metros de largo; la cúpula con las decoraciones del francés Marcel Jambon (reemplazadas en 1966 por las etéreas y luminosas figuras de Raúl Soldi), la pana cobriza de los tapizados y el amarillo oro de los ornamentos; la discreta y elegante sugestión del Salón Blanco; la suntuosidad principesca del Salón Dorado, con sus columnas, sus arañas y el exquisito mobiliario francés.


    Esto, sin contar algunos de sus dispositivos mecánicos, como el disco giratorio de 20 metros de diámetro emplazado sobre el escenario, o el sistema hidráulico de ascensores capaz de elevar hasta dos metros a 120 músicos en escena.


    Entre el cielo y la tierra


    En su recinto se presentaron grandes compositores para dirigir sus propias obras, como Richard Strauss, Saint-Saëns, Honegger, Pizzetti, Stravinski, Falla, Copland, Rabaud y Penderecki. Ellos fueron los primeros admiradores de la excelencia de su acústica, que permite apreciar con igual fidelidad el sonido de una nota desprendida al aire como la exuberancia de una orquesta sinfónica.


    Aunque la platea dispone de lugar para 2.500 espectadores sentados, también reserva un espacio para 500 personas de pie, que se ubican alrededor de la sala y en los niveles superiores. El piso cuenta con un dispositivo que lo eleva a la altura del escenario, y a principios de siglo se lo utilizó como gran salón de baile, una vez retiradas las butacas; se festejaban los carnavales.


    Hacia la cúpula, y en orden ascendente, los tres primeros niveles se denominan palcos bajos, palcos balcón y palcos altos; el cuarto nivel se llama cazuela, el quinto tertulia, el sexto galería y el último es el paraíso, el más económico y de mayor calidad acústica.


    El Colón también tiene un mundo subterráneo, que se despliega en tres enormes subsuelos que ocupan toda la superficie del teatro y se extienden, incluso, varios metros por debajo de la Avenida 9 de Julio. Allí funcionan los talleres de escenografía, maquinaria escénica, sastrería, escultura, electricidad y vestuario, que lograron hacer de este teatro uno de los pocos escenarios de ópera con capacidad de autoabastecimiento. Hay salas de ensayo con dimensiones muy parecidas al escenario y depósitos donde reposan, entre pelucas y souvenirs, más de 90.000 trajes y 22.000 pares de zapatos.


    Sonido absoluto


    Músicos y especialistas del más alto nivel internacional coinciden en que el Teatro Colón ofrece la mejor calidad acústica del mundo para la ópera. La conclusión se desprende del trabajo Evaluación objetiva y subjetiva de 23 teatros de ópera en Europa, Japón y las Américas, publicado por la prestigiosa revista de la Sociedad Acústica de América en enero de este año.


    Los participantes de la encuesta asignaron puntajes en la escala de 1 a 5 (entre pobre y uno de los mejores del mundo) a las salas en las que tuvieron la oportunidad de dirigir o escuchar ópera. El Colón quedó primero, con un promedio de 4,5. El segundo lugar lo compartieron la Scala de Milán, la Opera de Dresde y el nuevo Teatro Nacional de Tokio, con 4 puntos.


    Una opinión no menos contundente fue la que expresó el célebre tenor Luciano Pavarotti durante una conferencia de prensa ofrecida después de una función de gala en 1998: “El Teatro Colón tiene un grandísimo defecto: su acústica es perfecta. Imaginen ustedes lo que eso significa para un cantante. Si uno hace algo mal, se nota enseguida”.


    El palco presidencial


    Todos los palcos de la sala tienen espacio para seis personas y un antepalco, con excepción del palco oficial. Ubicado en el segundo nivel, justo frente al escenario ­y fácilmente identificable por el escudo nacional­, éste es el mayor palco del auditorio, puede albergar a 34 personas y lo utiliza el presidente cuando viene con su comitiva a funciones oficiales. Durante el resto del año esos lugares se asignan al público en general.


    Cuando el presidente quiere presenciar una función en forma privada, tiene un palco asignado especialmente para él, el primero sobre el lado derecho de la sala, en el segundo nivel. A la misma altura, pero recostado sobre el lado izquierdo, se encuentra el palco reservado para el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Estos palcos sólo pueden ser utilizados por ellos o sus invitados, y en caso contrario permanecen cerrados.


    Las viudas


    Todos los grandes teatros tienen sus secretos, y el Colón, obviamente, también se reserva los suyos. Uno de los más curiosos es el conjunto de diez palcos dispuestos detrás de rejas negras a cada lado de las plateas, que permanecen ocultos a simple vista.


    Se trata de los palcos de viudas, que a principios de siglo utilizaban las mujeres que habían perdido a sus maridos mientras transcurría el riguroso período de luto de dos años. Como en esa época era inadmisible que las viudas asistieran a cualquier tipo de evento social, ingresaban al teatro por entradas especiales, cuando la función ya había empezado, y una vez finalizada la obra debían permanecer allí hasta que el último espectador se retirara del recinto. Esta práctica sobrevivió hasta la década de 1930.


    Hoy en día siguen en uso, pero con otros fines. Los del lado derecho se usan para las transmisiones en vivo de radio Municipal. Los del izquierdo, para grabar cada una de las funciones, y alimentar así el archivo del teatro.


    El coro en la araña


    Uno de los grandes aportes artísticos de la sala es la cúpula, pintada por Raúl Soldi en 1966. Allí estaban, originalmente, las obras del artista francés Marcel Jambon (cuyos trabajos todavía se conservan en el Salón Dorado), pero el avanzado deterioro obligó a retirarlos de la sala principal. La cúpula permaneció durante 30 años pintada de gris, hasta que finalmente Soldi instaló allí a 51 figuras que representan distintas escenas del teatro, la música, la danza, la ópera y el ballet. En cada una de las escenas se destaca un personaje llamativamente más claro, o directamente blanco. Se trata de la musa inspiradora de los artistas, el duende que da vida a cada una de las escenas, según palabras del autor.


    Exactamente desde el centro de la cúpula desciende la enorme araña de bronce: tiene siete metros de diámetro, pesa una tonelada y media, y en su interior esconde una galería circular donde pueden ubicarse hasta 15 músicos o miembros de un coro, y que se usa en algunas funciones para representar, por ejemplo, una voz que viene del cielo, un trueno o, simplemente, el canto de pájaros.

    Lanzamientos a
    toda orquesta

    Cuando en
    mayo de 1998 Luis Ovsejevich asumió como director del Teatro Colón,
    creó el Departamento de Comunicación e Imagen, que se dedicó
    a cultivar un área virtualmente virgen en la institución:
    los auspicios y los eventos para empresas.

    Están,
    por un lado, las actividades relacionadas con la producción habitual
    del teatro ­un concierto lírico, sinfónico o de cámara­
    que instituciones musicales como el Mozarteum, la Asociación Wagneriana
    o Armonía contratan en el extranjero para presentar en el país.
    En este caso, el teatro les alquila la sala por un canon fijo de $ 25.000.

    Por otra
    parte, se ha introducido recientemente la modalidad de los eventos para
    empresas propiamente dichos, que según admite Daniel Varacalli
    Costa, jefe de prensa del Teatro Colón, “producen cierto escozor”
    entre los habitués más tradicionales. Las empresas alquilan
    las instalaciones del Colón ­puede ser la sala misma, o un
    espacio más reducido como el Salón Dorado­ para realizar
    el lanzamiento de un producto. Se pone es escena una función privada,
    y la empresa se reserva el derecho de distribuir las entradas entre sus
    clientes.

    “Durante
    el año se realizan aproximadamente entre cuatro y seis eventos
    de este tipo, fundamentalmente porque las fechas disponibles no son tantas”,
    señala Varacalli Costa. “Hay que tener en cuenta que el Colón
    debe garantizar una producción propia ­de ópera, ballet
    y conciertos­ que, sumada a los espectáculos realizados por
    las instituciones musicales, ajustan muchísimo la agenda, ya que
    cada función exige un tiempo mínimo de ensayos y la disponibilidad
    de los artistas.”

    Entre los
    eventos más recientes se destacaron el de Movicom Bell South, con
    la presentación de Paloma Herrera (1999), el de América
    On Line (agosto del 2000) y el de Volkswagen (en mayo de este año).