¿Qué es mejor, una tasa de cambio fija o una flexible? No hay tema en economía que se haya discutido con más fiereza o de manera menos concluyente. La razón es que ningún sistema carece de defectos, y nadie ha podido cuantificar las ventajas de uno y otro.
Tampoco la historia sirve de guía, porque uno nunca ve un experimento controlado: si la economía mundial fue más estable durante la era de tasa fija de intercambio entre 1950 y 1973 que durante la era de la tasas flotantes que vino después, ¿quién puede decir que la inestabilidad no se originó en la economía real y se expandió a las tasas de cambio, y no al revés?
En los últimos seis meses, sin embargo, hemos presenciado lo que parece una nítida y poco común contienda entre tasas fijas y flotantes en América latina. A primera vista, el rígido compromiso con una tasa fija ganó fácilmente. Pero la pelea no ha terminado; todavía sigue siendo posible que gane la tasa flotante.
A fines del año pasado, México y la Argentina fueron frecuente tema de discusión entre los analistas económicos internacionales. Luego de siete duros años de crisis de la deuda externa, ambos países resurgieron mediante una combinación de reformas relacionadas con el mercado y un abrupto retorno a la popularidad en los mercados de capitales internacionales.
Ambos redujeron el índice de inflación, fundamentalmente a través de un peso fuerte como señal de su compromiso con la estabilidad de precios, y reanudaron su crecimiento después de años de estancamiento.
La diferencia entre la política económica de ambas naciones parecía ser una mera cuestión de detalle. México había seguido una política de peso fuerte, pero sin comprometerse con una tasa fija de intercambio. La Argentina, por su parte, se había atado al mástil con una política que tomó prestada del pasado colonial: no sólo se comprometía el gobierno legalmente a la política “un peso un dólar”, sino que cada peso en circulación estaba respaldado por un dólar en las arcas de reservas.
Luego vino la crisis. En diciembre, bajo la presión de la fuga de capitales especulativos, México tambaleó; en lugar de defender el peso con cualquier otro medio, el país devaluó su moneda. Luego resultó que la devaluación fue suficiente para aniquilar la credibilidad del gobierno pero no suficiente para satisfacer a los especuladores, y las medidas tomadas a medias rápidamente provocaron una conmoción que llevó al peso mexicano a la mitad de su anterior valor. Finalmente la moneda se estabilizó, pero sólo después de que las tasas de interés aumentaran a 60%.
El shock se sintió rápidamente en la Argentina, pero el país se negó a considerar cualquier modificación en su tasa de cambio. Al principio pareció que el drenaje de pesos que salían del sistema bancario provocaría un colapso financiero. Pero, con mucha ayuda de sus amigos, la Argentina parece haber superado la crisis.
Para los que creen que nada bueno puede venir de una devaluación, esto parece una gran lección. México cedió a la presión por devaluar; la Argentina no; y hasta ahora los argentinos han llevado la mejor parte. Pero la historia no ha terminado.
Las presiones que provocaron la devaluación en México no fueron, en última instancia, financieras. Más bien provinieron de la economía real. La política mexicana de peso fuerte redujo la inflación, pero no toda de golpe. Para cuando la inflación había llegado casi a los niveles de Estados Unidos, muchas de las exportaciones mexicanas habían dejado de ser competitivas en el mercado norteamericano. Mientras tanto, la combinación de peso fuerte con liberalización del comercio había generado una ola importadora.
El resultado fue que el ingreso masivo de capitales durante los buenos años produjo, curiosamente, poco crecimiento en la economía nacional, y ningún crecimiento en el empleo. Fue el aumento de la presión por hacer algo para mejorar esta situación –complementado por cierta inquietud en la política interna– lo que finalmente hizo que los mercados financieros se preguntaran si el peso se mantendría fuerte, y entonces se produjo la crisis monetaria.
El caso es que, con el peso devaluado, ésos se han convertido en problemas del pasado. La economía interna mexicana puede estar debilitada, pero ya está acumulando un excedente comercial y las exportaciones están aumentando. En dos o tres años, tal vez nos maravillemos de ver cómo México ha logrado, por fin, una economía exportadora de rápido crecimiento.
Mientras tanto, la Argentina ha superado la tormenta inmediata; pero los problemas de un peso severamente sobrevaluado, que convierten a Buenos Aires en una de las ciudades más caras del mundo y traban los intentos de desarrollar nuevas exportaciones, siguen sin resolverse. Y no podrán ser resueltos mientras la credibilidad del gobierno siga atada a “un peso- un dólar”.
De modo que el primer round ha terminado, y la vieja virtud monetaria va ganando por puntos. Pero yo, sin embargo, apostaría que para el final del próximo asalto veremos, otra vez, que las cosas no son tan simples.
