En Estados Unidos, una economía próspera –alto empleo, aumentos
de producción y productividad, bajos déficit– quizá
no le asegure un triunfo electoral al oficialismo. Pero una economía
en problemas suele ser clave de derrota. Durante 30 meses, el país ha
oscilado entre recesión y estancamientos, con leves repuntes. Y una “trama
de déficit” sin parangón en la historia del capitalismo.
“No obstante –señala un estudio de Brad Delong, profesor de
Economía en la Universidad de California, Berkeley, George W. Bush no
ha presionado mucho al Sistema de Reserva Federal (SRF) para bajar tasas a todo
trapo. Mientras tanto, la política de gastos sigue en piloto automático,
salvo en seguridad (después del 11/9/01) y presupuesto militar, a partir
de Irak. La política tributaria se limitó a rebajarles impuestos
a grandes corporaciones, inversores bursátiles y gente de altos ingresos.”
Pero, “esos presuntos estímulos recién comenzarán
a sentirse a fines de la década. Mientras, la actitud del Gobierno ante
el ciclo de negocios es de alegre despreocupación”. Éste
es uno de los misterios de la Casa Blanca porque, normalmente, pocos días
después de los ataques terroristas de 2001, el Consejo de Asesores Económicos
se habría reunido con el Presidente y su gabinete para presentar propuestas
de acción. Lo mismo habría sucedido tras la invasión a
Irak.
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¿Dónde Hasta el atentado contra la sede de Naciones Unidas en |
Hipótesis no contempladas
A criterio de Delong, en ambas instancias existían “tres hipótesis
generales: 1) veloz recuperación de confianza e inversiones, 2) prolongada
pausa –pasible de acortarse mediante amplios recortes de tasas referenciales
para promover producción y empleo–; o 3) un largo período
de incertidumbres, capaz de achatar inversiones durante años, aun con
el SRF reduciendo tipos de interés al extremo”.
En los dos primeros horizontes, no serían precisos grandes déficit
en 2002-4 (o 2003-5) para mantener el pleno empleo y una alta demanda agregada.
Pero “la tercera hipótesis, próxima a lo que sucedió
en la realidad, impondría crecientes rojos fiscales y altos estímulos
tributarios a sectores propensos a gastar más de inmediato”.
El despacho oval nunca fue escenario de las supuestas reuniones ni se formularon
hipótesis de trabajo. Por tanto, no existía un colchón
fiscal en previsión de lo que realmente ha ocurrido: tras un lapso recesivo,
la reactivación sigue lenta, el desempleo apenas ha cedido de 6,4% en
mayo (máximo en nueve años) a 6,2%, la inversión privada
no responde al optimismo de los mercados especulativos y al SRF ya no le quedan
instrumentos para promover la economía real. “Las burbujas bursátiles
o financieras no cuentan, pues Wall Street pesa muy poco en cualquier elección
general”, reflexiona el analista californiano.
Se han dejado escapar oportunidades de actuar resueltamente en escándalos
empresariales o los conflictos de intereses financieros, porque Alan Greenspan
y otros temían que una mano más dura alejase a los inversores.
Washington ha pinchado el globo del libre comercio –que quería venderle
a Latinoamérica– violando compromisos ante la Organización
Mundial de Comercio. “Para qué? Para aumentar el proteccionismo
agrícola y siderúrgico, en aras de ventajas políticas inmediatas
puertas adentro”.
Adiós a las recetas
¿Qué pasa hoy, en realidad? Según Delong y el analista
Louis Uchitelle, “la economía se ha desviado del ciclo de negocios
tradicional y ya no funcionan sus recetas convencionales”. Uno de los principales
factores es la fluidez de las empresas y su movilidad geográfica en cuanto
a producción, servicios y mano de obra”, apunta Mark M. Zandi, de
la consultora Economy.com.
En otros lapsos recesivos posteriores a la guerra de Corea (1950-3), cada ciclo
duraba menos de dos años y la fase negativa era relativamente fácil
de corregir. El patrón era simple: la oferta de productos y servicios
desbordaba la demanda, aumentaban existencias o capacidad ociosa, por consiguiente
se reducía la producción hasta ubicarla por debajo de las ventas.
Mientras tanto, la demanda se cubría con inventarios. Esta política
fomentaba menor inversión de capital, desempleo y baja de salarios.
Pero no se prolongaba mucho tiempo, pues “el Sistema de Reserva Federal
intervenía reduciendo tipos de interés, a fin de promover créditos
e inversiones. El seguro de desempleo, el gasto público –esa herramienta
keynesiana– y, a veces, las desgravaciones tributarias aumentaban la ocupación,
el ingreso de las personas, el consumo y la demanda”. Todo eso eliminaba
existencias o capacidad ociosa, recomponía precios y promovía
aumentos de producción, empleo, salarios, etcétera.
La misma gama de remedios está hoy en pleno uso y el público gasta
un poco más que hace pocos meses. Pero “los inventarios no ceden,
por lo cual precios, producción, empleo e inversiones no reaccionan como
debieran. Las empresas disponen de una opción inexistente en el último
lapso de reactivación, hace 12 años: derivar producción
al exterior, particularmente a lugares cuyos costos laborales e impositivos
sean inferiores”. Por lo mismo, el desempleo sigue alto, pese a haber bajado
de 6,4 en junio a 6,2% en agosto.
Otro contexto
En el proceso, los mecanismos reactivantes dejan de funcionar como antes. Los
inventarios parecen bajar sólo si son made in USA pero, en el presente
contexto global, los bienes locales y externos definen por igual existencias
y capacidad productiva. “Ese nuevo total no se achica –tampoco lo
hace el respectivo grupo transnacional–, pero sí la parte local.
Por tanto, las grandes empresas –que ahora también gozan de ventajas
tributarias otorgadas por Washington– pueden estar mejorando, pero no la
economía norteamericana”.
Por supuesto, admite Uchitelle, “las tasas mínimas, el crédito
hipotecario superbarato, el gasto federal y las rebajas tributarias pueden fomentar
un repunte temporario. Pero ése es el problema: las presiones negativas
sobre la economía física tienden a ser más duraderas que
los estímulos”.
Especialmente “porque los déficit del gobierno federal crecen a
ritmo peligroso”. Recordando un seminario en Wharton (MERCADO, julio de
2003), Robert Shiller –colega de Delong en Yale– subrayaba que “el
sistema federal de seguridad social exigirá US$ 600.000 anuales durante
75 años. La suma, US$ 4,5 billones, supera el endeudamiento total de
Estados Unidos. en este momento (US$ 3,9 billones). Entretanto, la red de asistencia
médica tiene obligaciones no financiadas por US$ 5,9 billones (51,5%
sobre la deuda nacional)”. M
