Al cabo de 30 meses de recesión y, luego, estancamiento, Washington y
Wall Street vuelven a anticipar el mismo repunte que no se dio a mediados o
fines de 2001 ni a fin de 2002. En un contexto sostenido por el consumo personal
(ventas minoristas, vivienda), una reacción en la demanda laboral sería
perfecta. Por supuesto, si pudiese sostenerse por lo menos hasta marzo próximo.
Igual que su padre, George W. Bush conduce una recuperación parcial,
errática, sin correlato en el empleo: en dos años y medio, el
sector privado eliminó 2,5 millones de puestos. La tasa de desocupación
fue elevándose de 4,2 a 6,4% (el mayor nivel en nueve años) y,
recién ahora, parece aflojar un poco. “Ha sido la contracción
laboral más profunda desde la depresión posterior a 1929”,
llegó a afirmar Lawrence Mishel, del Instituto para Políticas
de Empleo (una usina liberal, en términos anglosajones).
Ayer y hoy
A primera vista, la persistencia del desempleo guarda semejanzas con lo sucedido
en la primera posguerra iraquí (1991-2). “Pero –señala
el analista británico Alan Beattie– las causas no son iguales. Por
entonces, las empresas demoraron más de lo esperado en tomar o retomar
gente pero, después, la demanda laboral anticipó la reactivación”.
Ahora, aparece un factor que resta capacidad de generar empleo: “El aumento
de productividad. Esto es, el rendimiento por hora trabajada, que avanzó
más de 4% sólo en 2002”. Ello refleja un sistemático
recorte de puestos, en casi todas las actividades, a su vez resultado de una
moda gerencial –el downsizing– llevada al extremo. Con un agravante:
en los últimos diez años, bienes, servicios y puestos laborales
en grandes empresas han “emigrado” a otros países, generalmente
en pos de menores costos.
Algunos sospechan una “burbuja de productividad” paralela –desde
mayo– a la burbuja especulativa. Pero ello significa que en Estados Unidos
se despidió más personal de lo necesario. Entretanto, la economía
repuntaba 1,4% anual en el primer trimestre, 2% en el segundo y tiende a 2,5%
anual en el tercero. Otrora, los tres guarismos podían considerarse razonables,
tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea.
Pero, en la nueva coyuntura, el sector privado sabe que puede elevar producción
con menos mano de obra. Aunque la innovación tecnológica no mantenga
el ritmo de los ’90, hay serían probabilidades de que amplíe
a toda la economía. Vale decir, que procesos, productos y servicios de
vanguardia pasen a ser básicos o masivos.
El factor Mankiw
En medio de todo esto, la Casa Blanca puso al neokeynesiano Gregory Mankiw al
frente del Consejo de Asesores Económicos. Por supuesto, el experto cree
que: “El aumento de productividad –en un contexto económico
débil– explica este mercado laboral depresivo. Lo raro no es eso,
sino que la recuperación siga siendo tan pausada en términos de
producto bruto interno”.
Este cuadro no es propicio a la reelección presidencial, cuya campaña
se lanzó en mayo. Vale decir, año y medio antes de los comicios.
“Si el desempleo sigue alto durante el segundo trimestre de 2004, será
un peligro para Bush. Algunos estrategas republicanos, no todos, dicen que falta
mucho para las elecciones, pero se acerca el lapso crítico”, advertía
Lewis Beck, profesor de Política en la Universidad de Iowa.
Antes de recrudecer las acciones guerrilleras y terroristas en Afganistán
e Irak, incluso en el oficialismo se admitía que el tema laboral podía
ser el punto más débil en la gestión de Gobierno. Aparte,
el manejo de variables de corto plazo está en manos del Sistema Federal
de Reserva, no del Presidente. Un distingo que escapa a la opinión pública,
máxime con Alan Greenspan emitiendo un doble discurso para conformar,
simultáneamente, a la Casa Blanca y a los mercados de riesgo.
Técnicamente, el PBI debiera crecer entre 5 y 6% anual para convalidar
el aumento de productividad y, al mismo tiempo, fomentar una repunte en la demanda
laboral. M
