viernes, 29 de mayo de 2026

    Íconos que logran encender pasiones

    El
    término es nuevo y juega con “mark” (como en “marca
    registrada”), sinónimo de “brand”. En cuanto a “love”,
    en castellano no cubre todo el espectro del inglés y puede traducirse
    como fidelidad, afecto, pasión o hasta culto (por ejemplo, el de
    las Harley).
    En realidad, el neologismo fue acuñado por Kevin Roberts. El presidente
    ejecutivo de Saatchi & Saatchi lo ha usado en varios trabajos. Donde,
    de paso, redefine su agencia publicitaria como “empresa de ideas”.
    A Roberts lo fascinan marcas mágicas o de culto, “ésas
    –confiesa– que inspiran lealtad más allá de lo racional”.
    John Gapper, experto inglés en la materia, es cínico al respecto
    y confiesa estar “tentado de incluir las ideas de Roberts entre las
    insensateces comunes en Madison Avenue” (centro del negocio publicitario
    norteamericano). Por supuesto, el analista ofrece su visión en un
    libro titulado “Lovemarks”.
    Sin duda, algo hay en un fenómeno que dista de ser nuevo. Así
    cree Seth Godin, autor de Purple cow: Transform by being remarkable y apóstol
    en el tema. “Todos conocemos –dice– productos que generan
    afecto, recomendamos a nuestros amigos y los pagamos gustosamente caros”.

    Pero, en materia de marcas, no debe jugarse con los sentimientos. La gente
    no se aficiona a cualquier cosa. “Las empresas deben explotar la pasión
    de pocos o, por el contrario, fabricar productos que atraigan a muchos,
    aunque no fanáticamente. Intentar ambas cosas al mismo tiempo puede
    ser ruinoso: en marketing, como en la vida, el amor no coexiste con la promiscuidad”.
    Dos factores explican la búsqueda de compromiso afectivo. El primero
    (apunta Gapper) “es la proliferación en cada segmento de mercado,
    que hace difícil llamar la atención sobre lo convencional”.
    Godin cita al respecto Stax (Frito Lay), un producto que quería competir
    con Pringles (Procter & Gamble). “Pese a un marketing de US$ 50
    millones en 2003, menos de la mitad de encuestados reconoció la nueva
    marca. De pasión, ni hablar”.
    La solución aconsejada por este consultor es simple: “llamar
    la atención del consumidor sobre cosas que realmente la merezcan.
    Siempre existe la tentación de mejorar un producto, pero eso no ayuda.
    Aquél debe ser revolucionario o, por lo menos, innovador para conseguir
    algo más que una mirada al paso”.
    El segundo factor reside en “las crecientes posibilidades de la gente
    para difundir vía Internet sus opiniones, malas o buenas, sobre un
    producto”. Así subraya Benjamin McConnell en Creating customer
    evangelists. La Red “ha decuplicado la influencia de un consumidor”.
    Roberts, que suele asesorar grandes firmas como P&G, afirma que el público
    “elabora vínculos afectivos con cualquier marca”. Eso es
    “una simple expresión de deseos”, replica Gapper. “Por
    ejemplo, las telcos se mantienen en contacto con los usuarios y los jabones
    auspician teleteatros. Pero, aunque el consumidor relacione subconscientemente
    productos con impactos afectivos, no significa que ame a los primeros”.
    Marcas y productos exclusivos, con admiradores fanáticos, pueden
    generar sentimientos. Así, parte de la seducción de tener
    una Apple o un BMW es que no están al alcance de cualquiera. Dado
    que sus fabricantes no se orientan al mercado masivo, pueden aferrarse al
    nicho y su círculo virtuoso: las innovaciones consolidan clientes
    fanáticos, que las “venden” a compradores potenciales.

    Eso no es sencillo, pues afición implica compromiso. Si los clientes
    tienen ideas firmes sobre un producto, reaccionarán mal si le hacen
    cambios que no les gustan. Así acaba de descubrirlo BMW con las series
    5 y 7. La alternativa es ampliar el atractivo de algo. Pero ello entraña
    deteriorar su carácter original. Como reflexiona Godin, “uno
    sabe que, en cierto punto, la mayoría de los productos inexorablemente
    cambia para mal”