Por Laura Litvin
Sus confortables
salones y habitaciones fueron, durante años, refugio de reyes,
políticos, presidentes, deportistas, estrellas del espectáculo
vernáculo e internacional. Un recorrido por la historia de su fundador,
Ernesto Tornquist y por anécdotas que alimentaron su halo de gran
hotel, revela la influencia de sus muros en la historia argentina.
La importancia
de llamarse Ernesto
En un libro de reciente aparición: “Banqueros, los dueños
del poder”, de Adrián Murano, el autor recorre con precisión
el sistema financiero argentino y los banqueros más influyentes
de la historia argentina. Dice del fundador del Hotel Plaza: “Ernesto
Tornquist no era un hombre fácil de impresionar. Séptimo
hijo de un matrimonio formado por un luterano y una católica, nacido
en la Argentina y educado en las escuelas reales de Alemania, había
construido un imperio que para el 1900 incluía saladeros, frigoríficos,
campos, ingenios e industrias pesadas. A las puertas del nuevo siglo,
la sede de su empresa madre –Ernesto Tornquist y Cía.–
se había convertido en el oráculo financiero y político
de la nación.
El texto continúa, pero basta este comienzo para graficar la importancia
de llamarse Ernesto Tornquist en una sociedad como la argentina de comienzos
del siglo XX. Cuando don Ernesto imaginó la construcción
del Hotel Plaza, edificado en una de las esquinas más costosas
de la ciudad, estaba pensando, también, en ese modelo de país
por el que tanto bregó durante su vida. Así, este “visionario”
–que fue empresario, banquero, financista, agropecuario, diputado
nacional, industrial, colonizador y filántropo– registró
que, a principios del siglo XX, Buenos Aires comenzaba a ser considerada
como la capital más importante de Sudamérica pero le faltaba
un hotel para recibir a personalidades de todo el mundo y satisfacer los
gustos refinados de los más exigentes. Entonces Tornquist eligió
un predio excepcional en la esquina de Florida y Charcas (hoy Marcelo
T. de Alvear) y un excepcional arquitecto especializado en la construcción
de hoteles, el alemán Alfredo Zucker. Con sus nueve pisos, el Plaza
fue el edificio más alto de Buenos Aires hasta ser superado en
1910 por los 14 pisos del Ferrocarril Sur en Paseo Colón y Alsina.
En 1922, la primera emisora privada de radio fue instalada en la terraza
del hotel, por su altura. Tornquist falleció el 17 de junio de
1908, antes de que se inaugurara el hotel. Su hijo Carlos Alfredo fue
el responsable de inaugurar el Plaza. Asistió a la ceremonia, como
no podía ser menos, el presidente José Figueroa Alcorta.
Santuario
de los negocios
El Plaza se inauguró el 15 de julio de 1909, con la presencia de
muchos personajes de renombre de la época. No faltó nadie.
Y, desde entonces, sus lujosos salones y habitaciones fueron, durante
décadas, testigos silenciosos de acuerdos y negocios firmados entre
los empresarios y políticos más poderosos del país.
“El Presidente Marcelo T. de Alvear tenía un escritorio permanente
en una suite del cuarto piso. El Gateau Alvear de hojaldre, dulce de leche
y crema chantillí, su postre favorito, fue nombrado en su honor
y aún se sigue sirviendo”, cuenta el actual gerente general
del hotel, Haile Aguilar.
Todavía hoy, el hotel sigue en manos de la cuarta generación
de la familia Tornquist. Pero, desde 1994, es administrado por la cadena
internacional Marriott.
Cuando el Plaza abrió sus puertas contaba con grandes lujos, entre
ellos muebles y mármoles importados. Ofrecía servicios novedosos
para la época: ascensores, agua fría y caliente, también
calefacción y teléfonos en todas las habitaciones. Había
estatuas realizadas por el profesor Eberlein, escultor del emperador alemán;
y el cielorraso del Salón Antoniette, pintado por el renombrado
artista español Vila y Prados. En los años ’30, el
matrimonio argentino Soto Acebal pintó murales (que permanecen
aun hoy), un símbolo de la Belle Epoque.
El Plaza era una especie de universidad para entrenar personal de alta
hotelería. No fue sólo precursor, sino símbolo de
la tradición de la mejor hotelería internacional. Sus salones
y habitaciones han sido testigos de buena parte de la historia del país,
pues las personalidades más sobresalientes que han visitado la
Argentina fueron alojadas y agasajadas allí. Es
interminable el listado de famosos visitantes.
Sus 160 habitaciones y 16 suites originales fueron modificadas en varias
ocasiones: en 1942 y 1948 se levantaron dos cuerpos adicionales; y en
1978 se agregaron más habitaciones. Actualmente tiene 325 cuartos
y todos los servicios que necesita el viajero moderno gracias al aggiornamiento
que adquirió cuando la cadena Marriott asumió el gerenciamiento
el 1 de abril de 1994. A fines del 2003, se renovaron totalmente las habitaciones
y los pasillos de siete pisos, con una inversión de más
de US$ 2 millones para continuar siendo “el Gran Hotel de Buenos
Aires”.
Anécdotas
y recuerdos
El gerente general Haile Aguilar, que está en este puesto desde
1994, rescató de los archivos del hotel algunas anécdotas
sabrosas: “Carlos Alfredo, el hijo mayor del fundador Ernesto Tornquist
y de su esposa Rosa Altgelt, regresó de París muy impresionado
por el tango que allí se había impuesto. Convenció
a su madre para que durante una cena en el Plaza se presentaran dos muchachos
que tocaban la guitarra y cantaban muy bien. Uno de ellos era Carlos Gardel,
quien cantó Caminito. Ésa fue la presentación del
tango en sociedad porque, hasta entonces, sólo se escuchaba en
los barrios bajos”.
“Con innovaciones tecnológicas y modernas aplicaciones de
management, “El Plaza” seguirá siendo uno de los hoteles
más importantes de la Argentina. Quienes allí se hospedan,
aún pueden descubrir en sus pasillos el glamour y el estilo que
lo hicieron grande durante los últimos 95 años
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