jueves, 28 de mayo de 2026

    ¿Hay excesiva concentración?

    El
    presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones (CFC), Michael
    Powell –hijo del secretario de Estado y afecto al sector privado–
    logró imponer entonces reformas consideradas pro oligopolios por
    muchos analistas.
    Ahora, el nacimiento de NBC Universal recalienta polémicas, aunque
    desde otro ángulo: el control del nuevo grupo lo tiene General Electric
    (con 80%), un agresivo gigante multisectorial.
    Volviendo al debate, y según apuntaba Eli Noam (universidad de Columbia)
    en el Financial Times, la política de la CFC hizo que la parte de
    población alcanzada por estaciones de TV en poder de una sola empresa
    aumentase de 35 a 45% entre 1996 y 2003. También se flexibilizaron
    los límites al control cruzado de periódicos y televisoras
    en un mismo mercado. Todo eso provocó una tormenta política,
    donde derecha e izquierda se han unido contra los adalides del negocio quienes
    fueron derrotados en el Congreso, a fines del 2003, por 400 votos a 21.
    A partir de entonces, los oponentes a Powell se ven como última trinchera
    contra la homogenización de contenidos. Especialmente periodísticos,
    como demuestran News Corp. (quinta en el mundo), Disney (segunda) y, hasta
    cierto punto, USA Network (NBC Universal, séptima). El elenco de
    multimedios dominantes se completa con los números uno (Time Warner),
    tres (Viacom), seis (Comcast) y diez (Hughes). Los puestos cuarto, octavo
    y noveno no los ocupan grupos estadounidenses.
    Los legisladores temen que se repitan –en el plano nacional o en el
    local– situaciones como la de Italia. Allá, un empresario de
    medios poco escrupuloso, Silvio Berlusconi, los aprovechó para llegar
    al poder y retenerlo. Quienes defienden a Powell argumentan, no sin razones,
    que las nuevas tecnologías abren de por sí los mercados y
    reducen la importancia de la TV de aire.

    Rebobinando.
    Noam estima oportuno rebobinar y examinar los hechos. “¿Los
    medios estadounidenses –se pregunta– se hallan hoy más
    concentrados, nacional y localmente, que en el pasado? Por cierto, los
    mayores grupos son menos y más grandes pero también el sector
    en sí se ha agrandado. Por ende, no existen respuestas obvias”.
    El Foro de Medios en Línea que maneja el periódico londinense,
    dispone de datos bastante completos sobre propiedad de medios y su participación
    en los mercados. Éstos cubren casi 100 segmentos dentro del sector
    y van de 1984 a 2002-3.
    Es importante, sostiene el analista, “comprender la diferencia entre
    concentración local y nacional. Una editora puede controlar 25
    periódicos, lo cual le confiere una porción moderada del
    mercado nacional. Pero cada uno de esos diarios tal vez sea el único
    en su zona y esto influirá en el precio de los avisos y en la cobertura
    local de noticias”.
    Sin embargo, muchos otros medios son intrínsecamente nacionales,
    como la mayoría de revistas, libros, música, contenidos
    radio y televisuales. Por tanto, es preciso observar niveles de concentración
    en ambos contextos.

    Cuestión
    de índices. La concentración suele medirse por la parte
    en ingresos de los cuatro líderes de un mercado, un índice
    conocido como “C4”. Otro indicador, el “HHI”, determina
    el grado de cumplimiento de las regulaciones federales en la materia.
    Al respecto, el FT compara tendencias durante los últimos 20 años,
    aproximadamente.
    Por supuesto, las televisoras de aire son el punto crítico. En
    lo atinente a propiedad de TV local, la porción nacional de los
    cuatro líderes pasó de 12 a 21% entre 1984 y 2002-3. Pero,
    según los parámetros de la CFC, el sector no está
    sobreconcentrado. Durante ese lapso, la concentración bajó
    entre redes de aire –que proveen el grueso de programas en horarios
    pico– de casi 100% en manos de tres oligopolios a 92% en manos de
    cuatro (todavía mucho, aunque con tendencia descendente).
    En programas de cable, la concentración apenas cedió: de
    66 a 63%. Combinando ambos tipos de redes en una categoría, como
    harían los propios televidentes, la concentración a escala
    federal declinó de 82 a 68%.
    Al mismo tiempo, la concentración local –basada en una muestra
    de 30 mercados representativos– cedió en vez de aumentar,
    como muchos temían, debido a que las filiales de las redes dominantes
    en 1984 fueron perdiendo audiencia en favor de una gama más amplia
    de estaciones. Las cuatro líderes controlaban, ese año,
    90% de cada mercado local y, casi 20 años después, la cifra
    había bajado a 73%.
    Por otra parte, casi todo ese retroceso se operó en el quinquenio
    1998-2002. Ponderando esos factores en un índice compuesto, se
    observa un declive en la concentración genérica de la TV
    convencional.

    Radio, un
    caso extremo. En contraste, fue creciendo la concentración en radio,
    un segmento que abarca 12.000 estaciones. Ahí, las normas sobre
    propiedad impedían, hasta 1996, que una sola compañía
    controlase más de un puñado de emisoras.
    Hoy, sin límites a la propiedad, los cuatro grupos radiales mayores
    –encabezados por Clear Channel y Viacom– representan 34% de
    los ingresos totales. Esto supera más de cuatro veces el indicador
    de 8% de hace dos décadas y muestra un crecimiento sin parangones
    en otros medios.
    No obstante, según las pautas de la CFC, este negocio no ha perforado
    el techo de concentración permitido. Además, la mayor parte
    de esa expansión tuvo lugar entre 1992 y 1996, para después
    perder impulso. Los contenidos de redes radiales bajaron, pero se trata
    de un sector bastante chico.
    Pese a ello, debe seguirse de cerca la concentración de radios
    locales, porque es un síntoma de futuros problemas. Ha pasado de
    un promedio de 44% de emisoras en manos de cuatro líderes –en
    cada mercado local, hace 20 años– a 84% en la actualidad.
    Esto ubica a la radio entre los sectores más sobreconcentrados.

    Otros medios.
    En materia de TV multicanal (cable y satélite), el índice
    nacional “C4” subió de 21 a 60%, dato más inquietante
    que el de la TV de aire. Lo fundamental acá es el grado de concentración
    local, donde el cable fue durante largo tiempo opción única
    y fuerte condicionante del acceso.
    Actualmente, con la TV satelital ofreciendo una alternativa viable para
    programas nacionales, la participación del cable ha cedido a 78%
    y sigue bajando.
    “Cualquier análisis general –afirma Noam– exige
    confrontar tendencias entre todos los medios masivos. Es decir, TV de
    aire, cable, satélite, radio, gráfica, cine y video. En
    término medio, su concentración es baja con respecto a las
    normas de la CFC posteriores a 1996. Pero la tendencia común es
    ascendente. En cada sector, el índice “C4” ha ido subiendo
    de 31 a 46% desde entonces, pero sin rozar el límite aceptable
    para Washington.
    Frente a eso, las telecomunicaciones muestran un índice de concentración
    media de 76%. En Internet, cuya fragmentación real o potencial
    es más “mito fundacional” que realidad, el “C4”
    ha ido de 63% en 1996 a 73% en 2002-3.

    US$ 400.000
    millones. Otra manera de plantear el tema es evaluar la presencia de los
    cuatro mayores grupos de medios masivos en su propio sector. Sus entradas
    se triplicaron de US$ 26.000 millones en 1984 a 78.000 millones en 2002-3,
    a valores actuales. Pero la parte de esos conglomerados ha pasado sólo
    de 11 a 21%. Ambos avances son considerables, pero la mayoría de
    otras actividades los tacharía de insuficientes.
    Esos bajos porcentajes, contra la sapiencia convencional, se explican
    por el propio volumen y la diversidad del mercado de medios masivos. El
    sector representa en Estados Unidos alrededor de US$ 400.000 millones
    anuales, sumando ingresos de gráfica, música, radio, TV
    de aire, cable, satélite, video y cine.
    Semejante cifra hace al debate, sin duda. “Fuera de la radio –supone
    Noam–, no se nota una veloz tendencia a la concentración y
    la hegemonía. Esto no quiere decir que la concentración
    actual sea baja o no precise supervisión”.

    TV, en el
    centro
    de una batalla política que no cesa

    El nuevo
    régimen aprobado por la CFC en junio del año anterior, les
    facilitaría a las grandes cadenas comprar estaciones locales y
    le permitiría a una sola red poseer emisoras de TV y periódicos
    en la mayoría de los mercados locales. Pero, después, el
    Congreso empezó a considerar medidas que desvirtuaban las reformas
    más controvertidas.
    En ese punto, Powell pareció dar marcha atrás y anunció
    que reexaminaría los “alcances reales de la concentración
    de medios”. Obviamente, no había previsto la reacción
    de público y legisladores ante las nuevas pautas. No obstante,
    a fines de año, usando la influencia de su padre (el secretario
    de Estado, Colin Powell) consiguió que la Casa Blanca amenazase
    con vetar las contrarreformas del Capitolio.

    Abren el
    fuego. La ofensiva política contra el jefe de la CFC empezó,
    naturalmente, cuando desempató una votación del Directorio
    (2 a 2) y la convirtió en victoria por 3 a 2. Mucho más
    tarde, en la cámara de diputados, los oponentes a las reforman
    ganaron por robo: 402 a 21, pese a la mayoría simple que tiene
    el oficialismo.
    Analistas del propio negocio todavía hoy dicen que Powell se pasó
    de la raya y actuó como representante no de Washington, sino de
    los intereses privados. Esto reflejaba las críticas de Michael
    Copps y Jonathan Adelstein, los dos demócratas en la CFC. El problema
    fue que, luego, sus colegas republicanos adhirieron a esa postura.
    En medio de la tormenta, Powell y los cuatro directores de la entidad
    solicitaron al Congreso (en noviembre de 2003 y en febrero último)
    que aclarase si ellos debieran desregular –o no– en áreas
    o situaciones donde las reglas de la CFC sobre propiedad no fuesen lo
    bastante claras.

    Ese famoso
    45%. A medida que transcurría el tiempo, los propios grupos de
    medios entraban en liza. Durante el invierno 2003-4, dirigentes políticos,
    legisladores y altos funcionarios fueron asediados por una intensa, persistente
    campaña por parte de las grandes empresas. Sin ambages, ese lobby
    se oponía a la “interferencia del Congreso en materia de normas
    sobre propiedad”.
    La clave de esta guerra era y es la norma que eleva el tope de participación
    en el mercado televisivo de 35 a 45% de la audiencia nacional. En realidad,
    si se cumpliese, dos de los cuatro líderes deberían reducir
    sus porciones. Viacom (CBS), Disney (ABC), General Electric (NBC Universal)
    y News Corporation (Fox) cabildeaban ante quien fuere en favor de límites
    más flexibles al control de medios.
    Pero sus gestores en Washington no captaron el clima real en el Capitolio,
    donde las reformas de Powell eran resistidas en ambos partidos. Los legisladores
    sostenían –continúan haciéndolo– que el
    nuevo marco concentrará demasiado poder en manos de “oligarcas
    mediáticos”.
    En medio de la puja, la comisión senatorial de comercio pasó
    una enmienda de Edward Stevens (republicano por Alaska) y Ernest Holling
    (demócrata, segunda autoridad del panel), tendiente a mantener
    el tope en 35%. Pero la peor sorpresa para el lobby fue Diputados, que
    aprobó una medida semejante.

    El fantasma
    del veto. El cabildeo por 45% contaba con el diputado oficialista William
    Tauzin, influyente jefe de la comisión de Energía y Comercio,
    para bloquear la contrarreforma. Pero el representante por Louisiana no
    logró concitar suficiente apoyo en su propia bancada, que compartía
    las posturas demócratas. Tras el voto, la Casa Blanca –Colin
    Powell, en verdad– empezó a hablar de veto.
    Era una jugada de riesgo. A su vez, los grupos de medios montaron una
    campaña de presiones aún más intensa, para persuadir
    a los legisladores de que el interés público no sería
    vulnerado por normas más flexibles. Las cuatro redes contrataron
    a Frank Luntz –encuestador del Partido Republicano–; éste
    produjo un estudio según el cual apenas 11% de telespectadores
    creen mala la propiedad de estaciones locales por parte de redes nacionales.
    Pero los críticos de Powell tenían ya una encuesta, mucho
    más amplia en geografía y demografía, hecha por Pew
    Research Center, no ligado a ningún partido. De acuerdo con esta
    muestra, la posición negativa subió de 34% (antes de las
    reformas) a 50%.

    Final abierto.
    En verdad, las cosas empezaron a recalentarse en septiembre, con un dramático
    giro: un tribunal federal ordenaba que la CFC se abstuviese, temporalmente,
    de aplicar las nuevas pautas. Powell se negó a hacerlo –una
    actitud a todas luces ilegal–, arguyendo que las reformas reflejaban
    mejor el moderno mercado de medios (o sea, la tesis central de las cadenas).
    Lo malo es que, aparte de actuar como abogado de esos grupos, el alto
    funcionario estaba defendiendo compañías que vienen desde
    hace rato transgrediendo el tope de 35%. Esto complicaba las cosas para
    el Gobierno y su intención de vetar disposiciones del Congreso.
    La decisión judicial fue un duro golpe. No obstante, “los
    magistrados han hecho lo que debía hacer, mucho antes, la CFC”,
    señaló el demócrata Copps. En realidad, el tribunal
    se limitó a suspender los efectos de las reformas mientras se diligenciaba
    una demanda interpuesta por una coalición de entidades opuestas
    a Powell. “Es en extremo raro que la justicia bloquee resoluciones
    de la CFC”, recordó al respecto un actual director, a cuyo
    criterio “hay guerra para rato”.


    Finalmente,
    el Senado votó por
    pautas estrictas

    Tras un año
    de presiones y debates, el senado norteamericano votó –el
    21 de junio último– por revocar normas impuestas por la Comisión
    Federal de Comunicaciones (CFC). Esas reformas permitían a los
    conglomerados de medios ocupar mercados a costa de competidores menos
    fuertes. En su momento, la CFC las pasó sin unanimidad, porque
    desempató Michael Powel, su presidente.
    Esos cambios los promovía el propio Powell, hijo del secretario
    de Estado y hombre muy allegado al negocio. Una de las medidas eliminaba
    una veda clave: ninguna compañía puede controlar simultáneamente
    periódicos, televisión abierta y radio en la misma ciudad.

    En mercados mayores, el nuevo régimen –ahora derogado–
    autorizaba a una sola empresa a controlar hasta tres estaciones de TV
    abierta, ocho radios y un cable. También les permitía a
    las grandes cadenas nacionales comprarse estaciones afiliadas. Pero esto
    fue dejado sin efecto por el Congreso, a fines del 2003. Por cuerda separada,
    la corte federal de apelación de Filadelfia decretó –a
    principios de este año– un bloqueo a la reforma íntegra,
    luego impugnado por el sector empresarial.
    En síntesis, el Senado aprobó revocar las normas dictadas
    por la CFC y volver al estricto régimen anterior. Los grupos opuestos
    a Powell –de paso, denunciado por hacer lobby en favor de intereses
    creados, algo habitual en el gobierno de George W. Bush– cuentan
    ahora con respaldo legislativo, en caso que otros tribunales salgan a
    cuestionar las decisiones senatoriales.
    Éstas todavía afrontan formidables obstáculos políticos.
    Meses atrás, un dictamen similar se cayó ante el embate
    de ambos Powell, grupos de presión y líderes del oficialismo
    en la cámara baja.
    “No anticipo éxitos mayores o menores que éste”,
    señalaba el senador Byron Dorgan (demócrata, Dakota Norte),
    auspiciante de la actual contrarreforma junto con Olympia Snowe (republicana,
    Maine). “Las autoridades de la Cámara se han comprometido
    a defender el voto. En junio de 2003 –recordó–, la CFC
    se rindió a los intereses empresariales e ignoró los del
    público hasta un grado casi sin precedentes en la historia. El
    día que un puñado de compañías controle lo
    que 293 millones de norteamericanos ven y oyen, se habrá desvirtuado
    la democracia”. Sobre todo con magnates como Rupert Murdoch o Edward
    Turner.
    En una moción separada, suscripta por Samuel Brownback (republicano,
    Kansas), el Senado votó por 99 a 1 aumentar las penas a canales
    de aire que transgredan las pautas federales de decoro y protección
    a menores. La decisión prevé decuplicar la multa máxima
    fijada, que pasaría a US$ 275.000. El único opositor fue
    de John Breaux (demócrata, Louisiana), firme aliado del negocio
    audiovisual.
    El debate sigue dominado por un tema: propiedad y control de medios. La
    mayoría de las grandes cadenas de aire y de los editores gráficos
    insiste en reimponer las reformas derogadas por el Congreso y suspendidas
    por la Justicia. Frente a este poderoso cabildeo, se yerguen grupos de
    interés público o derechos civiles, sindicatos y hasta organizaciones
    religiosas.
    Los críticos de Powell afirman que, ya, el predominio de unos pocos
    conglomerados en materia de programación está deteriorando
    la calidad de los propios medios. También afecta la pluralidad
    de opinión y la cobertura de noticias o temas locales.
    En un pacto previo a la votación del 21 de junio, el Senado y la
    Casa Blanca habían convenido en una propuesta intermedia. Las reformas
    del 2003 permitían a las redes televisivas alcanzar 45% de la audiencia
    nacional vía estaciones locales afiliadas, contra el máximo
    de 35% tolerado por las antiguas pautas. El compromiso no vuelve a ese
    tope y opta por una solución salomónica: 39%. O sea, el
    actual alcance de CBA (Viacom) y Fox (News Corporation, es decir Murdoch).