Por
Nino Fernández
Paso a paso,
lejos del infierno pero no más cerca del cielo, el sistema financiero
local avanza hacia su normalización. Hace menos de dos años
los más calificados gurúes del país competían
por difundir el peor de los pronósticos.
La desaparición del crédito hipotecario de por vida, el
surgimiento de una banca off shore y el propio fin del sistema bancario,
fueron algunas de las catástrofes vaticinadas. Sin embargo, hace
ya un tiempo que se detecta un regreso de los depósitos a los bancos
y algunas entidades han sido capitalizadas. Además, están
incorporando personal.
¿Milagro o error de diagnóstico? Un poco de ambas cosas,
coincidieron dos de las fuentes consultadas. Los actores del sector, en
tanto, concuerdan en otra apreciación: “Pasamos por lo peor
y hoy la situación está encarrilada, pero alcanzar la regularización
definitiva requerirá superar algunos desafíos no menores”.
La dificultad de mayor complejidad a resolver que encuentran los banqueros
es el efecto de la compensación por amparos, o sea las decisiones
judiciales que en su momento posibilitaron que muchos ahorristas retiraran
sus depósitos acorralados en dólares, provocando un recorte
patrimonial importante en las entidades.
Por supuesto que también le asignan un peso significativo a la
indefinición sobre el pago de la deuda pública, habida cuenta
que el sistema financiero local es un gran acreedor del Estado. Y no es
menor la importancia que le dan a la deuda corporativa, aquella que, contraída
por grandes empresas, afecta sobre todo a varios bancos extranjeros.
Con todo nadie parece dudar que la crisis dejó enseñanzas
y algún que otro paradigma de los años ’90 hecho trizas.
Por un lado, quedó claro que las filiales locales de bancos extranjeros
no son sinónimo de solvencia patrimonial y de seguridad para los
ahorristas. Por el otro, ha quedado desmentido que las grandes empresas
sean pagadoras infalibles y las Pymes las grandes morosas de siempre.
Por todo esto, una buena parte de las entidades parece acomodarse a los
nuevos vientos políticos y seguirle los pasos a la economía
real, buscando atender aquellas franjas y sectores más activos
de los últimos tiempos. Y hay otro grupo importante de bancos que,
al igual que muchos inversores, se mantienen en un cauteloso wait and
see, a la espera de despejar incógnitas políticas y económicas.
La formación de nuevos grupos encabezados por entidades que hasta
hace poco se ubicaban en posiciones rezagadas de los distintos rankings
–y hoy están en los listados de los primeros 20 bancos–
es una clara muestra del reacomodamiento poscrisis. Y si bien no pueden
descartarse salidas puntuales del sistema, aparecen muy devaluadas las
chances de la feroz reestructuración que muchos habían anticipado.
Bastará con que siga creciendo la economía y se consolide
la recuperación de la rentabilidad del negocio, para convalidar
las dimensiones del sistema, dicen los analistas.
El peor de todos
En enero de este año la calificadora de riesgo Moody’s calificó
la fortaleza financiera del sistema bancario argentino con una E, la peor
de las notas posibles, posición compartida con Uruguay, Bolivia
e Indonesia. “La calificación define la fortaleza intrínseca
del sistema en términos de calidad de cartera, capitalización
económica y calidad de utilidades. En la actualidad, las utilidades
se logran principalmente a través de los títulos públicos
o el CER y no por el negocio tradicional de los bancos, que es captar
y prestar dinero”, afirma Teresa Stok, associate analyst de Moody’s
Latin America.
Para Fabio Rodríguez, especialista de la Fundación Capital,
que coincide en la necesidad de enfatizar el negocio de la intermediación
de fondos, la rentabilidad se recupera a paso firme. “Luego del 2002,
cuando las pérdidas globales tocaron los $ 18.000 millones, en
el primer semestre del año pasado se redujeron a $ 4.000 millones
y en la actualidad el sistema está en un punto de equilibrio, con
alternancia de meses con pérdidas y otros con ganancias”.
Según Rodríguez, “las grandes variables están
estabilizadas, desde la previsión de incobrabilidad y los gastos
de administración, hasta los ingresos por comisión. El desafío
pasa por recuperar el margen de intermediación, que durante los
’90 se ubicaba en torno a 4 o 5% de los activos y hoy no supera 0,4%.
Esto demuestra el enorme terreno que los bancos tienen para recuperar
en términos de rentabilidad”.
Marcelo Katz, socio de BDO Auditores y Consultores, asegura: “En
diciembre surgieron las primeras señales de recuperación
de la rentabilidad particularmente en algunos segmentos o sectores de
entidades”. A su lado, Alfredo Ríos, gerente en Consultoría
de Bancos, de la misma firma, sostiene que para consolidar dicho despegue
“se requiere que brillen las grandes estrellas de la década
pasada, los préstamos hipotecarios y prendarios que ya se asoman
en algunos bancos”. El especialista destaca que “está
sobrando mucha liquidez”, porque los bancos están haciendo
foco en los segmentos de Pymes e individuos, con financiamiento de corto
plazo, factoring y comercio exterior, pero “no hay demanda de productos
de largo plazo”.
Puntos débiles
Independientemente de estas mejoras puntuales, la historia clínica
del sistema revela cierta debilidad en el flanco patrimonial, un aspecto
que preocupa a los analistas. Javier Casas Rúa, socio de Pricewaterhouse&Co,
sostiene que superado el problema de la falta de liquidez, es importante
apurar definiciones en torno a los amparos y la redolarización
de los depósitos, “dos temas en manos de la Corte Suprema,
que han causado un fuerte perjuicio patrimonial, aún no compensado”.
Por un lado, están los amparos que beneficiaron a los ahorristas
que tenían Cedros y retiraron sus depósitos en dólares,
así como los amparos de segunda generación, que interpusieron
los tenedores de Boden. Casas Rúa calcula, para los grandes bancos
del sistema, pérdidas cercanas a los $ 150 millones anuales, durante
cinco años, como consecuencia de los amparos.
Por otro lado, los bancos recibieron Boden en compensación por
la pesificación 1 a 1 de sus activos contra los depósitos
que devolvieron a $ 1,40 por dólar. “El punto es que el valor
de mercado de esos títulos está a 60% de su valor técnico,
lo cual podría traducirse en patrimonio neto negativo”, dice
Casas Rúa.
Para Marcos Bazán, director de Deloitte&Touche Corporate Finance,
los niveles de patrimonios netos se han mantenido estables entre el segundo
semestre del 2003 y principios del 2004. “Las entidades más
complicadas serán aquellas que no logren redefinir sus negocios
en el nuevo marco reinante en la Argentina, pudiendo obtener una generación
interna de fondos suficiente para no afectar la solvencia de la entidad”,
sostiene Bazán.
Por último, Casas Rúa recuerda que hay otros dos temas pendientes
de solución. El caso de las cuentas corrientes y los saldos en
dólares de tarjetas de crédito, que fueron redolarizados
por el decreto inspirado por Domingo Cavallo del 3 de diciembre de 2001,
y no reconocidos por el BCRA a los efectos de su compensación.
Y el de los saldos de préstamos que se ajustaron por CVS y no por
CER, de modo que la compensación otorgada por el Gobierno no alcanzó
para cerrar la brecha.
Tratamiento caro pero efectivo
A diferencia de las últimas crisis financieras del mundo, que fueron
rápidamente auxiliadas por organismos multilaterales, la crisis
local fue exclusivamente atendida por el Estado nacional. El esfuerzo
tuvo un costo fiscal aproximado de $ 47.000 millones, que se hizo efectivo
a través de una batería de medidas dirigidas a salvar y
a estabilizar a un paciente que muchos habían desahuciado. Hoy
se sabe que la medicación más importante aplicada –vía
endeudamiento– fue el Boden, título con el que se compensó
a los bancos por la pesificación de activos con una suma cercana
a $ 25.000 millones, y a los ahorristas con $ 22.000 millones.
También hubo remedios para los redescuentos, o sea la deuda que
muchas entidades, incluso las top ten del sistema, contrajeron con el
BCRA para hacer frente a la falta de liquidez y que sumaron $ 21.000 millones.
En este caso, la autoridad rectora permitió que calzaran la cartera
de títulos públicos para aplicar al pago de dicho endeudamiento
en 70 o 120 cuotas, según el banco.
Para Fabio Rodríguez, otras medidas igualmente importantes para
el saneamiento del sistema fueron: “La aplicación de nuevas
normas prudenciales y los cambios en el régimen de capitales mínimos
que, por ahora, cumplen la mayoría de los bancos y que persiguen
orientar el crédito al sector privado más que al público”.
En general, los analistas ponderan la solución encontrada para
el peso y el valor de los títulos públicos en los balances
de las entidades: en enero de este año se dispuso que los títulos
que hoy están a valor técnico, vayan convergiendo gradualmente
al valor de mercado en un plazo de cuatro años, a fin de hacer
transparentes las cuentas de las entidades. “Mientras el BCRA siga
actuando como hasta ahora, se deben descartar balances negativos, pero
si en algún momento se decide valuar todos los activos a valor
de mercado habrá un patrimonio negativo del orden de los $ 12.000
millones, de un total de activos que ronda los 232.000 millones”,
asegura Katz. Y agrega que aproximadamente 30% de los activos del sistema
son títulos públicos.
También hay coincidencia en que ese paquete de medidas es clave
para explicar la ausencia de una drástica reestructuración
del sistema bancario en términos de entidades. Una alta fuente
del Banco Central (BCRA), que pidió reserva de su nombre, dijo
que durante la crisis financiera local “solo nueve bancos dejaron
de operar, y en algunos casos por problemas de gestión, no por
el peso de la crisis; mientras que el efecto Tequila, en México,
se llevó consigo a más de 30 entidades”. Claro que,
por ahora, nadie se anima a cantar victoria.
Ajustar para sobrevivir
Si bien Domingo Cavallo se permitió soñar con un sistema
de sólo cinco entidades en tiempos que el número de bancos
rondaba los 130, los 96 nombres de la actualidad no parecen constituir
una plaza sobredimensionada. Fabio Rodríguez no descarta operaciones
de fusiones y adquisiciones puntuales, pero está claro que no hay
lugar para grandes ajustes del mercado. “El desafío pasa por
adaptar los negocios a la magnitud del sistema y no al revés. Una
muestra de ello es que el crédito al sector privado, que llegó
a ser de 24% del producto, hoy está por debajo de 10%”, asegura.
En la city, en cambio, es vox populi que el achique en la estructura de
las entidades fue suficiente para sobrevivir, a la espera de la reactivación
económica. El ajuste, que se hizo notar a partir del 2000 y mostró
grandes picos entre el 2002 y el 2003, posibilitó que, en promedio,
35% de los costos operativos del sistema se cubrieran con los ingresos
por comisiones.
Según Fundación Capital, cuatro años atrás
había 4.600 sucursales bancarias y 106.700 empleados en todo el
sistema, y en la actualidad existen 3.900 casas y 83.511 empleados “Fue
una reestructuración gradual e incruenta. Para dar una idea, hubo
entidades con 200 sucursales que se desprendieron de unas 2.000 personas,
y bancos medianos que hicieron lo mismo con 800 empleados”, asegura
Javier Casas Rúa.
Los grandes perdedores
Los bancos extranjeros fueron los que más achicaron sus dotaciones.
En línea con una postura defensiva que tuvo su postal más
acabada en las atrincheradas fachadas del microcentro porteño,
hubo extranjeros que redujeron hasta 25% su red de sucursales y su cantidad
de empleados. Datos del BCRA revelan que los primeros diez bancos privados
pasaron de sumar 32.698 empleados en diciembre de 2001, a 26.640 dos años
después. Como se sabe, este grupo de entidades, que tiene a sus
seis principales exponentes entre el primero y el décimo lugar
del ranking, fueron los grandes perdedores de la crisis. No sólo
enfrentaron una sangría de depósitos, sino que también
resultaron víctimas del default por la alta exposición al
riesgo corporativo y al sector público. Además, se trata
de instituciones que arrastraban un gran endeudamiento a través
de Obligaciones Negociables (ON) o con sus casas matrices.
“Aquellas entidades que, por la pesificación asimétrica
de sus activos y pasivos, registran posiciones individuales con poco margen,
se han focalizado en reestructurar sus líneas de crédito.
Así, las deudas con casas matrices se han ido capitalizando parcial
o totalmente y sobre las acreencias con bancos o inversores, ofrecen combinaciones
de reestructuración priorizando quitas explícitas”,
afirma Marcos Bazán.
Para Ricardo de Lellis, socio de KPMG, “la mayoría de los
bancos extranjeros tuvo que reconocer pérdidas significativas en
los balances de las casas matrices entre otras cosas, por los créditos
comerciales. Pero tras la recuperación de la economía se
registraron mejoras en muchos procesos de reestructuración, con
bancos que reconocieron ganancias por recupero de previsiones”. En
estricto off de record otras fuentes aseguran que algunos bancos –los
españoles, por ejemplo– habrían vendido deuda corporativa
en default a fondos del exterior, con quitas significativas, algo que
no gustó a las empresas deudoras, por el cambio en las condiciones
de negociación que ello implica.
A su vez, el BBVA y el Río, junto con el BankBoston, han sido capitalizados
y están muy activos, a diferencia de otros, como el Citi y el HSBC,
que se mantienen a la expectativa y no parecen entusiasmados con la plaza
local. Ante la pregunta sobre cuándo estas entidades podrían
salir de ese virtual “estado vegetativo”, De Lellis responde
sin vacilar: “Cuando tengan señales claras de su situación
patrimonial y puedan proyectar razonablemente un modelo de negocios”.
Por otra parte, el Lloyds Bank anunció, a principios de este mes,
que se retira de la Argentina. “Todo indica que será una salida
ordenada, vinculada a la decisión estratégica de abandonar
la región”, dijo un analista. Al cierre de esta edición,
fuentes del sistema financiero aseguraban que al menos tres entidades
–una de ellas extranjera– estarían interesadas en absorber
algunas sucursales del banco inglés.
La Banca Nazionale del Lavoro (BNL) también dijo que se retira
del país, aunque sin dar mayores precisiones en términos
de tiempo y con el agravante de seguir publicitando algunos productos.
Para De Lellis, la decisión de la entidad italiana no se explicaría
por los acontecimientos en la Argentina, mientras que “el resto de
los bancos extranjeros no parecen dispuestos a dejar el país después
de haber esperado dos años y medio”.
Los ganadores
Otra suerte, sin dudas, ha corrido la banca nacional. Si bien es un espectro
heterogéneo, en mayor o menor medida tanto las instituciones públicas
como las privadas locales llevaron las de ganar con la crisis. En el primer
caso, las entidades públicas tenían carteras crediticias
malas por problemas de gestión pero menor deuda corporativa y pasivos
con el exterior, lo que sumado al flujo de depósitos que emigró
de los bancos extranjeros, les permitió salir airosos de la crisis.
Con todo, el aumento en las dotaciones de los bancos públicos,
en casi 4.000 empleados entre diciembre de 2001 y diciembre de 2003, contribuyó
a empañar sus indicadores de eficiencia. Pero según el BCRA,
en materia de rentabilidad, este segmento de entidades públicas
logró reducir el nivel de pérdidas a un tercio del registro
de igual período del año anterior.
“Si hubiéramos tenido una banca pública privatizada,
la crisis del sistema hubiera sido bastante más aguda, porque la
gente se refugió en la banca que seguía siendo estatal”,
aseguró el funcionario del Central que pidió no ser mencionado.
Sin embargo, a algunas entidades provinciales privatizadas no les habría
ido tan mal. Marcelo Katz, de BDO, se inclina por rescatar a los bancos
Santa Fe, San Juan, Santa Cruz y San Luis “Salieron más rápido
que otros de la crisis, porque hicieron buenos progresos en materia de
reestructuración, logrando cerrar una ecuación ventajosa
a partir de un negocio atado a la mano del Estado”, explica. La definición
alude fundamentalmente a los negocios cautivos de las administraciones
provinciales y al hecho de que la comunidad de la zona se mueve con esas
entidades.
En cuanto a los grandes del sector público, Nación, Provincia
y Ciudad, todos recuperaron liquidez, y sólo el bonaerense demoró
su salida al negocio del crédito. Los depósitos de este
subgrupo crecieron 36% entre diciembre de 2002 e igual mes del año
pasado. Mientras que en el mismo período, el stock crediticio cayó
38% en el Nación, 59% en el Provincia y sólo 7% en el Ciudad,
lo que demuestra que estas entidades cobraron más de lo que prestaron.
Sin embargo, los que salen mejor parados de la crisis son un grupo de
bancos hasta ahora considerados chicos, que a diciembre de 2001 presentaban
el siguiente perfil: escasa exposición al riesgo corporativo y
al sector público nacional, básicamente focalizados en negocios
regionales. Para el BCRA, este segmento de entidades pasó de tener
pérdidas a obtener ganancias en el primer trimestre del año,
fruto, en algunos casos, de retomar la oferta de productos con mayor rendimiento,
como adelantos en cuentas corrientes y préstamos personales.
Algunas de las instituciones con aquellas características encontraron
que podían sumar market share al aprovechar la oportunidad de absorber
parcial o totalmente las entidades que optaron por salir del país.
Así, se han conformado tres nuevos grupos bancarios: Macro Bansud,
que se quedó con una parte del Scotia, Comafi, que se quedó
con la otra, y Patagonia, que adquirió el Sudameris. Estas entidades
son señaladas, además, como las que primero decidieron limpiar
sus balances, dejando los títulos públicos de sus carteras
a valor del mercado.
Daniel Rúas, presidente de la calificadora Moody’s Latin America,
sostiene: “Limpiar los balances significa mandar a pérdida
la diferencia entre el valor que figura en el balance y el valor real.
O sea, es una forma de transparentar. Pero ojo, mucho veces esto también
se hace para pagar menos impuestos a las ganancias”.
Otros bancos, en cambio, son destacados por los expertos por su capacidad
de hacer buena letra. “Se distingue la recuperación que viene
exhibiendo el Galicia, que este año atraviesa el punto de quiebre
de la crisis. Y también la muy buena performance del Credicoop,
con una efectiva cultura organizacional que se traduce en bajísimos
índices de incobrabilidad y alta fidelidad de los clientes”,
asegura Casas Rúa.
Crédito es salud
“La buena noticia es que muchas de las tareas pendientes se están
cerrando este año. Hoy los bancos tienen que redescubrir los valores
de la sociedad. Todavía falta recuperar una parte de la confianza
social y hay un nuevo proceso productivo, en el que los bancos tienen
que posicionarse como vehículos de financiación”, asegura
Javier Casas Rúa, de Price.
El posicionamiento que reclama el especialista está en camino.
El sistema ha empezado a recuperar el negocio de la intermediación
y se espera que con ello mejore su rentabilidad. “Desde agosto a
febrero el crédito se situó entre $ 150 y 200 millones mensuales
netos y en el trimestre comprendido entre marzo y mayo se ubica en torno
a los $ 600 millones”, asegura Fabio Rodríguez de Fundación
Capital.
Se trata en general de créditos de corto plazo: préstamos
personales y tarjetas de créditos; adelantos de cuentas corrientes
y descuentos de documentos. Para Rodríguez, quien vaticina un aumento
del crédito para todo el año por encima de 25%, las señales
más promisorias para consolidar esa recuperación son el
aumento de la masa salarial y el hecho de que muchos sectores productivos
trabajan con la capacidad instalada al tope.
“El gobierno viene anunciado el apoyo a ciertas industrias, la realización
de obras públicas y beneficios fiscales y crediticios para compra
de bienes de capital, todo lo cual potencia el rol de los bancos, que
van a encontrar allí a quién prestar”, afirma Casas
Rúa.
Tampoco es un dato menor la oferta de créditos prendarios e hipotecarios
que, por ahora, la demanda no convalida, aunque algunas de las fuentes
consultadas la definieron como interesante dados los recientes antecedentes.
Aquí el talón de Aquiles son los plazos de fondeo, porque
un eventual aumento de la demanda de ambos productos podría derivar
en un descalce de plazos a causa de la imposibilidad de las entidades
de acceder al crédito internacional y por las características
cortoplacistas de los depósitos locales. Un dato importante que
refieren los analistas en este último sentido, es el efecto desaliento
de las tasas de interés, con rendimientos reales negativos en un
contexto de aceleración de la inflación.
Por el lado de los potenciales obstáculos en el crecimiento del
crédito, los analistas señalan, en el contexto externo,
el aumento de la tasa de interés internacional y la coyuntura de
la economía brasileña; y en lo interno, una eventual indefinición
en torno al tema de la deuda. De cómo evolucionen estos factores
dependerá el grado de agresividad de los bancos en el mercado,
aseguran.
No se esperan grandes cambios en materia de jugadores. Se descuenta el
mayor protagonismo de la banca regional y especializada, y no se descarta
una mayor presencia de las entidades brasileñas. En definitiva,
el sistema tiende a superar el trauma de fines del 2001, sin conocer el
impacto vaticinado originalmente. Fue necesario un costoso tratamiento
fiscal para compensar algunas variables y mostrar otras en franca mejoría,
pero su historia clínica aún no está cerrada.. Como
dice Marcelo Katz, de BDO, “el paciente salió de terapia intensiva
pero seguirá internado hasta el 2005 o el 2006”
Un ranking con cambios
A dos años y medio de la fenomenal crisis
que sacudió al sistema financiero, algunas entidades extranjeras
–como el Nova Scotia y el Crédit Agricole– ya no están,
mientras ganan posiciones algunos bancos regionales hasta hace poco considerados
chicos. Por lo demás, el Banco Nación (BNA) se consolida
como la principal entidad de la plaza, al exhibir un market share de 24%
en materia de depósitos y de 22% en términos de activos.
Entre el 2002 y el 2003 el BNA acusó un crecimiento de los depósitos
de 40%, debido al flujo de ahorros privados procedentes de otros bancos
y al incremento en las colocaciones del sector público, que le
permitieron ensanchar la brecha con los otros jugadores. En el mismo lapso,
el stock de préstamos del BNA se redujo 38%, ubicándose
por debajo del Galicia, una de las dos entidades de las diez primeras
del ranking que no vieron reducida esta variable. Según algunos
analistas, esta caída en los créditos durante el año
pasado se debe a que las cancelaciones superaron a las nuevas operaciones;
tendencia que habría marcado un quiebre en el último trimestre
del 2003.
Otro dato común entre los bancos líderes, es la caída
en el valor de sus activos, con la única excepción del Banco
Ciudad. A nivel del sistema, se advierte una reducción en esta
variable del orden de $ 40.000 millones en el ejercicio 2003 con respecto
al 2002. Para algunas fuentes esto podría deberse a deficiencias
en la información de los bancos durante los complejos meses del
2002.
También resulta llamativo el fuerte descenso en el patrimonio de
algunas entidades, con el Provincia de Buenos Aires y el HSBC a la cabeza,
lo que podría explicarse por medidas de saneamiento y menor volumen
de operaciones activas o un alto nivel de previsiones, y también
por el impacto de la desvalorización del dólar por alta
exposición en moneda extranjera.
En cuanto a indicadores de eficiencia de las primeras entidades del sistema,
el Nación tiene 55 cuentas por empleado; el Provincia, 85; el Ciudad,
135 y el Banco Río, 575.
En términos de ingresos por comisiones sobre gastos de administración,
el BNA exhibe una relación de 45%; el Hipotecario, 72% y el Francés,
50%.
En el segundo grupo de entidades aparecen los datos más significativos
del impacto de la crisis sobre el sistema financiero. Allí sobresalen
fuertes aumentos en los depósitos de los bancos Provincia de Córdoba,
Patagonia Sudameris, Nuevo Banco Santa Fe, Macro Bansud, Nuevo Suquía,
Itaú Buen Ayre y Comafi, la mayoría de los cuales había
sumado sucursales de instituciones que dejaron de operar. Las mismas razones
explicarían los fuertes incrementos en las carteras crediticias
de Macro Bansud, Nuevo Bisel y Comafi.
Por afuera de este grupo, que ha estado muy activo en materia de fusiones,
sorprende el Credicoop, que muestra un crecimiento de 15% en sus depósitos
entre el 2002 y el 2003, y presenta llamativas relaciones de eficiencia,
como 203 cuentas por empleado y 66% de ingresos por servicios sobre gastos
administrativos.
Recuerdo que allá por mayo del 2002, plena
crisis del sistema, no eran pocos quienes planteaban la posibilidad de
reemplazar a los bancos y compañías financieras por instrumentos
de ahorro y préstamo creados a partir del mercado de capitales,
así como aquellos que imaginaban un sistema bancario dividido entre
la “banca transaccional” y la “banca de inversión”,
incluso mediante mecanismos off shore. El fundamento: la carencia de confianza
pública. Como enseña el Tao, el agua ha fluido naturalmente
y –a pesar de algunas cuestiones pendientes de resolución,
que idealmente sería conveniente abordar para segregar definitivamente
lo residual de la crisis y el nuevo sistema financiero– hoy estamos
en condiciones de integrar progresivamente a las entidades al sistema
económico, habiéndose recuperado los niveles de depósitos
y, por ende, la liquidez y capacidad prestable, aunque todavía
se requiera un mayor nivel de solvencia patrimonial.
Entre esos temas pendientes figuran principalmente: el fin del goteo de
liquidez y pérdidas económicas derivadas de los amparos
a través de una resolución de la Corte y su posible compensación
por el Estado; la acreditación de los títulos públicos
resultantes de la compensación autorizada por la pesificación
y cobertura de moneda extranjera; ciertos criterios normativos seguidos
para la valuación contable de activos con el sector público
mantenidos en garantía de deudas con el ente regulador, que continúan
castigando los resultados económicos de las entidades y dificultan
el proceso de capitalización a través de la rentabilidad
del negocio.
Pensando en lo nuevo, en el futuro del sistema, por un lado observamos
que continúa la concentración de entidades que están
en proceso de venta en manos de los principales grupos financieros locales.
Por el otro, asistimos a la necesidad de motorización activa del
crédito hacia los distintos sectores socioeconómicos y productivos
del país.
Cabe preguntarnos cuál es la estructura de sistema que necesitamos
para lograr este objetivo de recuperar el papel activo de las entidades
financieras en la economía.
Si observamos la evolución de nuestro sistema podemos ver que en
las últimas décadas fueron desapareciendo entidades en número
y grado de especialización. Así, por ejemplo, de aproximadamente
700 entidades existentes en 1978, pasamos a 450 en 1980, 300 en 1985,
220 en 1990, 200 en 1995, 120 en 1998, y 96 en la actualidad. Lo que sorprende
es cómo han desaparecido entidades de operatoria especializada
como sociedades de ahorro y préstamo, compañías financieras
y cajas de crédito y el grado de concentración existente
en la actualidad donde las primeras 20 entidades representan aproximadamente
90% de los activos y depósitos. El resto, 76 entidades, acumula
tan sólo 10%.
Si lo comparamos con países desarrollados como Estados Unidos,
observaremos cómo allí pueden convivir diferentes tipos
de entidades pequeñas con grandes conglomerados financieros en
una amplia distribución regional. Actualmente, encontramos en ese
país unos 7.770 bancos comerciales –de los cuales los primeros
20 concentran 76% de los activos–, unos 1.400 bancos de ahorro y
préstamo y alrededor de 6.300 entidades cooperativas. Si bien estamos
lejos de esa convivencia y la consecuente inclusión de las personas
físicas y pequeñas empresas como sujetos de crédito,
debemos reconocer que la modificación a nuestra ley de entidades
financieras (Ley 25.782), facilitando la incorporación de cajas
de crédito al sistema institucional, va en esa dirección.
No obstante, hay otros elementos a considerar que facilitarían
la inclusión de entidades que se encuentran hoy fuera del sistema
y que además ayudarían a la expansión del crédito,
tales como la racionalización de los requerimientos del régimen
informativo en cuanto a periodicidad, contenido y eliminación de
duplicidades y del esquema de supervisión y control del Banco Central
mediante un enfoque balanceado –a través de una segmentación
de las entidades en función del riesgo– que permita reducir
los costos administrativos existentes para las entidades y el regulador.
Otro aspecto a evaluar es el recupero de ciertos incentivos de tipo fiscal
para ser entidad regulada –que se han ido perdiendo con el tiempo–,
tales como el impuesto al valor agregado diferencial o el cómputo
del impuesto a los ingresos brutos sobre el spread financiero en la jurisdicción
de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Por último, es factible
también mantener las mejores prácticas internacionales en
cuanto a requerimientos de capital en función de los riesgos de
crédito o de mercado y, ahora, operativos (Basilea II), pero reduciendo
los montos nominales exigidos para iniciar la operación como entidad
financiera regulada, donde podría definirse también una
diferenciación por tipo de entidad, su ubicación geográfica
y otros factores.
Para los grandes bancos comerciales metropolitanos el gran desafío
será la recuperación y mantenimiento de clientes, en una
pirámide socioeconómica de consumidores más reducida
y con una conducta más racionalista en cuanto a precio y calidad
de servicio, con más los factores de volatilidad y grado de insatisfacción
que, en la posmodernidad, afectan la conducta de las personas y su consecuente
grado de lealtad o preferencias. La capacidad de innovación para
generar valores diferenciales en los productos y servicios bancarios,
sumada al grado de transparencia en la gestión e información
corporativa que permita construir confianza pública, serán
factores clave en el desarrollo de los negocios bancarios de la próxima
década.
* Connectedthinking.
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