miércoles, 27 de mayo de 2026

    El sistema financiero salió de terapia intensiva

    Por
    Nino Fernández

    Paso a paso,
    lejos del infierno pero no más cerca del cielo, el sistema financiero
    local avanza hacia su normalización. Hace menos de dos años
    los más calificados gurúes del país competían
    por difundir el peor de los pronósticos.
    La desaparición del crédito hipotecario de por vida, el
    surgimiento de una banca off shore y el propio fin del sistema bancario,
    fueron algunas de las catástrofes vaticinadas. Sin embargo, hace
    ya un tiempo que se detecta un regreso de los depósitos a los bancos
    y algunas entidades han sido capitalizadas. Además, están
    incorporando personal.
    ¿Milagro o error de diagnóstico? Un poco de ambas cosas,
    coincidieron dos de las fuentes consultadas. Los actores del sector, en
    tanto, concuerdan en otra apreciación: “Pasamos por lo peor
    y hoy la situación está encarrilada, pero alcanzar la regularización
    definitiva requerirá superar algunos desafíos no menores”.

    La dificultad de mayor complejidad a resolver que encuentran los banqueros
    es el efecto de la compensación por amparos, o sea las decisiones
    judiciales que en su momento posibilitaron que muchos ahorristas retiraran
    sus depósitos acorralados en dólares, provocando un recorte
    patrimonial importante en las entidades.
    Por supuesto que también le asignan un peso significativo a la
    indefinición sobre el pago de la deuda pública, habida cuenta
    que el sistema financiero local es un gran acreedor del Estado. Y no es
    menor la importancia que le dan a la deuda corporativa, aquella que, contraída
    por grandes empresas, afecta sobre todo a varios bancos extranjeros.
    Con todo nadie parece dudar que la crisis dejó enseñanzas
    y algún que otro paradigma de los años ’90 hecho trizas.
    Por un lado, quedó claro que las filiales locales de bancos extranjeros
    no son sinónimo de solvencia patrimonial y de seguridad para los
    ahorristas. Por el otro, ha quedado desmentido que las grandes empresas
    sean pagadoras infalibles y las Pymes las grandes morosas de siempre.

    Por todo esto, una buena parte de las entidades parece acomodarse a los
    nuevos vientos políticos y seguirle los pasos a la economía
    real, buscando atender aquellas franjas y sectores más activos
    de los últimos tiempos. Y hay otro grupo importante de bancos que,
    al igual que muchos inversores, se mantienen en un cauteloso wait and
    see, a la espera de despejar incógnitas políticas y económicas.

    La formación de nuevos grupos encabezados por entidades que hasta
    hace poco se ubicaban en posiciones rezagadas de los distintos rankings
    –y hoy están en los listados de los primeros 20 bancos–
    es una clara muestra del reacomodamiento poscrisis. Y si bien no pueden
    descartarse salidas puntuales del sistema, aparecen muy devaluadas las
    chances de la feroz reestructuración que muchos habían anticipado.
    Bastará con que siga creciendo la economía y se consolide
    la recuperación de la rentabilidad del negocio, para convalidar
    las dimensiones del sistema, dicen los analistas.


    El peor de todos
    En enero de este año la calificadora de riesgo Moody’s calificó
    la fortaleza financiera del sistema bancario argentino con una E, la peor
    de las notas posibles, posición compartida con Uruguay, Bolivia
    e Indonesia. “La calificación define la fortaleza intrínseca
    del sistema en términos de calidad de cartera, capitalización
    económica y calidad de utilidades. En la actualidad, las utilidades
    se logran principalmente a través de los títulos públicos
    o el CER y no por el negocio tradicional de los bancos, que es captar
    y prestar dinero”, afirma Teresa Stok, associate analyst de Moody’s
    Latin America.
    Para Fabio Rodríguez, especialista de la Fundación Capital,
    que coincide en la necesidad de enfatizar el negocio de la intermediación
    de fondos, la rentabilidad se recupera a paso firme. “Luego del 2002,
    cuando las pérdidas globales tocaron los $ 18.000 millones, en
    el primer semestre del año pasado se redujeron a $ 4.000 millones
    y en la actualidad el sistema está en un punto de equilibrio, con
    alternancia de meses con pérdidas y otros con ganancias”.

    Según Rodríguez, “las grandes variables están
    estabilizadas, desde la previsión de incobrabilidad y los gastos
    de administración, hasta los ingresos por comisión. El desafío
    pasa por recuperar el margen de intermediación, que durante los
    ’90 se ubicaba en torno a 4 o 5% de los activos y hoy no supera 0,4%.
    Esto demuestra el enorme terreno que los bancos tienen para recuperar
    en términos de rentabilidad”.
    Marcelo Katz, socio de BDO Auditores y Consultores, asegura: “En
    diciembre surgieron las primeras señales de recuperación
    de la rentabilidad particularmente en algunos segmentos o sectores de
    entidades”. A su lado, Alfredo Ríos, gerente en Consultoría
    de Bancos, de la misma firma, sostiene que para consolidar dicho despegue
    “se requiere que brillen las grandes estrellas de la década
    pasada, los préstamos hipotecarios y prendarios que ya se asoman
    en algunos bancos”. El especialista destaca que “está
    sobrando mucha liquidez”, porque los bancos están haciendo
    foco en los segmentos de Pymes e individuos, con financiamiento de corto
    plazo, factoring y comercio exterior, pero “no hay demanda de productos
    de largo plazo”.


    Puntos débiles
    Independientemente de estas mejoras puntuales, la historia clínica
    del sistema revela cierta debilidad en el flanco patrimonial, un aspecto
    que preocupa a los analistas. Javier Casas Rúa, socio de Pricewaterhouse&Co,
    sostiene que superado el problema de la falta de liquidez, es importante
    apurar definiciones en torno a los amparos y la redolarización
    de los depósitos, “dos temas en manos de la Corte Suprema,
    que han causado un fuerte perjuicio patrimonial, aún no compensado”.
    Por un lado, están los amparos que beneficiaron a los ahorristas
    que tenían Cedros y retiraron sus depósitos en dólares,
    así como los amparos de segunda generación, que interpusieron
    los tenedores de Boden. Casas Rúa calcula, para los grandes bancos
    del sistema, pérdidas cercanas a los $ 150 millones anuales, durante
    cinco años, como consecuencia de los amparos.
    Por otro lado, los bancos recibieron Boden en compensación por
    la pesificación 1 a 1 de sus activos contra los depósitos
    que devolvieron a $ 1,40 por dólar. “El punto es que el valor
    de mercado de esos títulos está a 60% de su valor técnico,
    lo cual podría traducirse en patrimonio neto negativo”, dice
    Casas Rúa.
    Para Marcos Bazán, director de Deloitte&Touche Corporate Finance,
    los niveles de patrimonios netos se han mantenido estables entre el segundo
    semestre del 2003 y principios del 2004. “Las entidades más
    complicadas serán aquellas que no logren redefinir sus negocios
    en el nuevo marco reinante en la Argentina, pudiendo obtener una generación
    interna de fondos suficiente para no afectar la solvencia de la entidad”,
    sostiene Bazán.
    Por último, Casas Rúa recuerda que hay otros dos temas pendientes
    de solución. El caso de las cuentas corrientes y los saldos en
    dólares de tarjetas de crédito, que fueron redolarizados
    por el decreto inspirado por Domingo Cavallo del 3 de diciembre de 2001,
    y no reconocidos por el BCRA a los efectos de su compensación.
    Y el de los saldos de préstamos que se ajustaron por CVS y no por
    CER, de modo que la compensación otorgada por el Gobierno no alcanzó
    para cerrar la brecha.


    Tratamiento caro pero efectivo
    A diferencia de las últimas crisis financieras del mundo, que fueron
    rápidamente auxiliadas por organismos multilaterales, la crisis
    local fue exclusivamente atendida por el Estado nacional. El esfuerzo
    tuvo un costo fiscal aproximado de $ 47.000 millones, que se hizo efectivo
    a través de una batería de medidas dirigidas a salvar y
    a estabilizar a un paciente que muchos habían desahuciado. Hoy
    se sabe que la medicación más importante aplicada –vía
    endeudamiento– fue el Boden, título con el que se compensó
    a los bancos por la pesificación de activos con una suma cercana
    a $ 25.000 millones, y a los ahorristas con $ 22.000 millones.
    También hubo remedios para los redescuentos, o sea la deuda que
    muchas entidades, incluso las top ten del sistema, contrajeron con el
    BCRA para hacer frente a la falta de liquidez y que sumaron $ 21.000 millones.
    En este caso, la autoridad rectora permitió que calzaran la cartera
    de títulos públicos para aplicar al pago de dicho endeudamiento
    en 70 o 120 cuotas, según el banco.
    Para Fabio Rodríguez, otras medidas igualmente importantes para
    el saneamiento del sistema fueron: “La aplicación de nuevas
    normas prudenciales y los cambios en el régimen de capitales mínimos
    que, por ahora, cumplen la mayoría de los bancos y que persiguen
    orientar el crédito al sector privado más que al público”.
    En general, los analistas ponderan la solución encontrada para
    el peso y el valor de los títulos públicos en los balances
    de las entidades: en enero de este año se dispuso que los títulos
    que hoy están a valor técnico, vayan convergiendo gradualmente
    al valor de mercado en un plazo de cuatro años, a fin de hacer
    transparentes las cuentas de las entidades. “Mientras el BCRA siga
    actuando como hasta ahora, se deben descartar balances negativos, pero
    si en algún momento se decide valuar todos los activos a valor
    de mercado habrá un patrimonio negativo del orden de los $ 12.000
    millones, de un total de activos que ronda los 232.000 millones”,
    asegura Katz. Y agrega que aproximadamente 30% de los activos del sistema
    son títulos públicos.
    También hay coincidencia en que ese paquete de medidas es clave
    para explicar la ausencia de una drástica reestructuración
    del sistema bancario en términos de entidades. Una alta fuente
    del Banco Central (BCRA), que pidió reserva de su nombre, dijo
    que durante la crisis financiera local “solo nueve bancos dejaron
    de operar, y en algunos casos por problemas de gestión, no por
    el peso de la crisis; mientras que el efecto Tequila, en México,
    se llevó consigo a más de 30 entidades”. Claro que,
    por ahora, nadie se anima a cantar victoria.


    Ajustar para sobrevivir
    Si bien Domingo Cavallo se permitió soñar con un sistema
    de sólo cinco entidades en tiempos que el número de bancos
    rondaba los 130, los 96 nombres de la actualidad no parecen constituir
    una plaza sobredimensionada. Fabio Rodríguez no descarta operaciones
    de fusiones y adquisiciones puntuales, pero está claro que no hay
    lugar para grandes ajustes del mercado. “El desafío pasa por
    adaptar los negocios a la magnitud del sistema y no al revés. Una
    muestra de ello es que el crédito al sector privado, que llegó
    a ser de 24% del producto, hoy está por debajo de 10%”, asegura.
    En la city, en cambio, es vox populi que el achique en la estructura de
    las entidades fue suficiente para sobrevivir, a la espera de la reactivación
    económica. El ajuste, que se hizo notar a partir del 2000 y mostró
    grandes picos entre el 2002 y el 2003, posibilitó que, en promedio,
    35% de los costos operativos del sistema se cubrieran con los ingresos
    por comisiones.
    Según Fundación Capital, cuatro años atrás
    había 4.600 sucursales bancarias y 106.700 empleados en todo el
    sistema, y en la actualidad existen 3.900 casas y 83.511 empleados “Fue
    una reestructuración gradual e incruenta. Para dar una idea, hubo
    entidades con 200 sucursales que se desprendieron de unas 2.000 personas,
    y bancos medianos que hicieron lo mismo con 800 empleados”, asegura
    Javier Casas Rúa.


    Los grandes perdedores
    Los bancos extranjeros fueron los que más achicaron sus dotaciones.
    En línea con una postura defensiva que tuvo su postal más
    acabada en las atrincheradas fachadas del microcentro porteño,
    hubo extranjeros que redujeron hasta 25% su red de sucursales y su cantidad
    de empleados. Datos del BCRA revelan que los primeros diez bancos privados
    pasaron de sumar 32.698 empleados en diciembre de 2001, a 26.640 dos años
    después. Como se sabe, este grupo de entidades, que tiene a sus
    seis principales exponentes entre el primero y el décimo lugar
    del ranking, fueron los grandes perdedores de la crisis. No sólo
    enfrentaron una sangría de depósitos, sino que también
    resultaron víctimas del default por la alta exposición al
    riesgo corporativo y al sector público. Además, se trata
    de instituciones que arrastraban un gran endeudamiento a través
    de Obligaciones Negociables (ON) o con sus casas matrices.
    “Aquellas entidades que, por la pesificación asimétrica
    de sus activos y pasivos, registran posiciones individuales con poco margen,
    se han focalizado en reestructurar sus líneas de crédito.
    Así, las deudas con casas matrices se han ido capitalizando parcial
    o totalmente y sobre las acreencias con bancos o inversores, ofrecen combinaciones
    de reestructuración priorizando quitas explícitas”,
    afirma Marcos Bazán.
    Para Ricardo de Lellis, socio de KPMG, “la mayoría de los
    bancos extranjeros tuvo que reconocer pérdidas significativas en
    los balances de las casas matrices entre otras cosas, por los créditos
    comerciales. Pero tras la recuperación de la economía se
    registraron mejoras en muchos procesos de reestructuración, con
    bancos que reconocieron ganancias por recupero de previsiones”. En
    estricto off de record otras fuentes aseguran que algunos bancos –los
    españoles, por ejemplo– habrían vendido deuda corporativa
    en default a fondos del exterior, con quitas significativas, algo que
    no gustó a las empresas deudoras, por el cambio en las condiciones
    de negociación que ello implica.
    A su vez, el BBVA y el Río, junto con el BankBoston, han sido capitalizados
    y están muy activos, a diferencia de otros, como el Citi y el HSBC,
    que se mantienen a la expectativa y no parecen entusiasmados con la plaza
    local. Ante la pregunta sobre cuándo estas entidades podrían
    salir de ese virtual “estado vegetativo”, De Lellis responde
    sin vacilar: “Cuando tengan señales claras de su situación
    patrimonial y puedan proyectar razonablemente un modelo de negocios”.

    Por otra parte, el Lloyds Bank anunció, a principios de este mes,
    que se retira de la Argentina. “Todo indica que será una salida
    ordenada, vinculada a la decisión estratégica de abandonar
    la región”, dijo un analista. Al cierre de esta edición,
    fuentes del sistema financiero aseguraban que al menos tres entidades
    –una de ellas extranjera– estarían interesadas en absorber
    algunas sucursales del banco inglés.
    La Banca Nazionale del Lavoro (BNL) también dijo que se retira
    del país, aunque sin dar mayores precisiones en términos
    de tiempo y con el agravante de seguir publicitando algunos productos.
    Para De Lellis, la decisión de la entidad italiana no se explicaría
    por los acontecimientos en la Argentina, mientras que “el resto de
    los bancos extranjeros no parecen dispuestos a dejar el país después
    de haber esperado dos años y medio”.


    Los ganadores
    Otra suerte, sin dudas, ha corrido la banca nacional. Si bien es un espectro
    heterogéneo, en mayor o menor medida tanto las instituciones públicas
    como las privadas locales llevaron las de ganar con la crisis. En el primer
    caso, las entidades públicas tenían carteras crediticias
    malas por problemas de gestión pero menor deuda corporativa y pasivos
    con el exterior, lo que sumado al flujo de depósitos que emigró
    de los bancos extranjeros, les permitió salir airosos de la crisis.
    Con todo, el aumento en las dotaciones de los bancos públicos,
    en casi 4.000 empleados entre diciembre de 2001 y diciembre de 2003, contribuyó
    a empañar sus indicadores de eficiencia. Pero según el BCRA,
    en materia de rentabilidad, este segmento de entidades públicas
    logró reducir el nivel de pérdidas a un tercio del registro
    de igual período del año anterior.
    “Si hubiéramos tenido una banca pública privatizada,
    la crisis del sistema hubiera sido bastante más aguda, porque la
    gente se refugió en la banca que seguía siendo estatal”,
    aseguró el funcionario del Central que pidió no ser mencionado.

    Sin embargo, a algunas entidades provinciales privatizadas no les habría
    ido tan mal. Marcelo Katz, de BDO, se inclina por rescatar a los bancos
    Santa Fe, San Juan, Santa Cruz y San Luis “Salieron más rápido
    que otros de la crisis, porque hicieron buenos progresos en materia de
    reestructuración, logrando cerrar una ecuación ventajosa
    a partir de un negocio atado a la mano del Estado”, explica. La definición
    alude fundamentalmente a los negocios cautivos de las administraciones
    provinciales y al hecho de que la comunidad de la zona se mueve con esas
    entidades.
    En cuanto a los grandes del sector público, Nación, Provincia
    y Ciudad, todos recuperaron liquidez, y sólo el bonaerense demoró
    su salida al negocio del crédito. Los depósitos de este
    subgrupo crecieron 36% entre diciembre de 2002 e igual mes del año
    pasado. Mientras que en el mismo período, el stock crediticio cayó
    38% en el Nación, 59% en el Provincia y sólo 7% en el Ciudad,
    lo que demuestra que estas entidades cobraron más de lo que prestaron.

    Sin embargo, los que salen mejor parados de la crisis son un grupo de
    bancos hasta ahora considerados chicos, que a diciembre de 2001 presentaban
    el siguiente perfil: escasa exposición al riesgo corporativo y
    al sector público nacional, básicamente focalizados en negocios
    regionales. Para el BCRA, este segmento de entidades pasó de tener
    pérdidas a obtener ganancias en el primer trimestre del año,
    fruto, en algunos casos, de retomar la oferta de productos con mayor rendimiento,
    como adelantos en cuentas corrientes y préstamos personales.
    Algunas de las instituciones con aquellas características encontraron
    que podían sumar market share al aprovechar la oportunidad de absorber
    parcial o totalmente las entidades que optaron por salir del país.
    Así, se han conformado tres nuevos grupos bancarios: Macro Bansud,
    que se quedó con una parte del Scotia, Comafi, que se quedó
    con la otra, y Patagonia, que adquirió el Sudameris. Estas entidades
    son señaladas, además, como las que primero decidieron limpiar
    sus balances, dejando los títulos públicos de sus carteras
    a valor del mercado.
    Daniel Rúas, presidente de la calificadora Moody’s Latin America,
    sostiene: “Limpiar los balances significa mandar a pérdida
    la diferencia entre el valor que figura en el balance y el valor real.
    O sea, es una forma de transparentar. Pero ojo, mucho veces esto también
    se hace para pagar menos impuestos a las ganancias”.
    Otros bancos, en cambio, son destacados por los expertos por su capacidad
    de hacer buena letra. “Se distingue la recuperación que viene
    exhibiendo el Galicia, que este año atraviesa el punto de quiebre
    de la crisis. Y también la muy buena performance del Credicoop,
    con una efectiva cultura organizacional que se traduce en bajísimos
    índices de incobrabilidad y alta fidelidad de los clientes”,
    asegura Casas Rúa.


    Crédito es salud
    “La buena noticia es que muchas de las tareas pendientes se están
    cerrando este año. Hoy los bancos tienen que redescubrir los valores
    de la sociedad. Todavía falta recuperar una parte de la confianza
    social y hay un nuevo proceso productivo, en el que los bancos tienen
    que posicionarse como vehículos de financiación”, asegura
    Javier Casas Rúa, de Price.
    El posicionamiento que reclama el especialista está en camino.
    El sistema ha empezado a recuperar el negocio de la intermediación
    y se espera que con ello mejore su rentabilidad. “Desde agosto a
    febrero el crédito se situó entre $ 150 y 200 millones mensuales
    netos y en el trimestre comprendido entre marzo y mayo se ubica en torno
    a los $ 600 millones”, asegura Fabio Rodríguez de Fundación
    Capital.
    Se trata en general de créditos de corto plazo: préstamos
    personales y tarjetas de créditos; adelantos de cuentas corrientes
    y descuentos de documentos. Para Rodríguez, quien vaticina un aumento
    del crédito para todo el año por encima de 25%, las señales
    más promisorias para consolidar esa recuperación son el
    aumento de la masa salarial y el hecho de que muchos sectores productivos
    trabajan con la capacidad instalada al tope.
    “El gobierno viene anunciado el apoyo a ciertas industrias, la realización
    de obras públicas y beneficios fiscales y crediticios para compra
    de bienes de capital, todo lo cual potencia el rol de los bancos, que
    van a encontrar allí a quién prestar”, afirma Casas
    Rúa.
    Tampoco es un dato menor la oferta de créditos prendarios e hipotecarios
    que, por ahora, la demanda no convalida, aunque algunas de las fuentes
    consultadas la definieron como interesante dados los recientes antecedentes.
    Aquí el talón de Aquiles son los plazos de fondeo, porque
    un eventual aumento de la demanda de ambos productos podría derivar
    en un descalce de plazos a causa de la imposibilidad de las entidades
    de acceder al crédito internacional y por las características
    cortoplacistas de los depósitos locales. Un dato importante que
    refieren los analistas en este último sentido, es el efecto desaliento
    de las tasas de interés, con rendimientos reales negativos en un
    contexto de aceleración de la inflación.
    Por el lado de los potenciales obstáculos en el crecimiento del
    crédito, los analistas señalan, en el contexto externo,
    el aumento de la tasa de interés internacional y la coyuntura de
    la economía brasileña; y en lo interno, una eventual indefinición
    en torno al tema de la deuda. De cómo evolucionen estos factores
    dependerá el grado de agresividad de los bancos en el mercado,
    aseguran.
    No se esperan grandes cambios en materia de jugadores. Se descuenta el
    mayor protagonismo de la banca regional y especializada, y no se descarta
    una mayor presencia de las entidades brasileñas. En definitiva,
    el sistema tiende a superar el trauma de fines del 2001, sin conocer el
    impacto vaticinado originalmente. Fue necesario un costoso tratamiento
    fiscal para compensar algunas variables y mostrar otras en franca mejoría,
    pero su historia clínica aún no está cerrada.. Como
    dice Marcelo Katz, de BDO, “el paciente salió de terapia intensiva
    pero seguirá internado hasta el 2005 o el 2006”

    Un ranking con cambios
    A dos años y medio de la fenomenal crisis
    que sacudió al sistema financiero, algunas entidades extranjeras
    –como el Nova Scotia y el Crédit Agricole– ya no están,
    mientras ganan posiciones algunos bancos regionales hasta hace poco considerados
    chicos. Por lo demás, el Banco Nación (BNA) se consolida
    como la principal entidad de la plaza, al exhibir un market share de 24%
    en materia de depósitos y de 22% en términos de activos.
    Entre el 2002 y el 2003 el BNA acusó un crecimiento de los depósitos
    de 40%, debido al flujo de ahorros privados procedentes de otros bancos
    y al incremento en las colocaciones del sector público, que le
    permitieron ensanchar la brecha con los otros jugadores. En el mismo lapso,
    el stock de préstamos del BNA se redujo 38%, ubicándose
    por debajo del Galicia, una de las dos entidades de las diez primeras
    del ranking que no vieron reducida esta variable. Según algunos
    analistas, esta caída en los créditos durante el año
    pasado se debe a que las cancelaciones superaron a las nuevas operaciones;
    tendencia que habría marcado un quiebre en el último trimestre
    del 2003.
    Otro dato común entre los bancos líderes, es la caída
    en el valor de sus activos, con la única excepción del Banco
    Ciudad. A nivel del sistema, se advierte una reducción en esta
    variable del orden de $ 40.000 millones en el ejercicio 2003 con respecto
    al 2002. Para algunas fuentes esto podría deberse a deficiencias
    en la información de los bancos durante los complejos meses del
    2002.
    También resulta llamativo el fuerte descenso en el patrimonio de
    algunas entidades, con el Provincia de Buenos Aires y el HSBC a la cabeza,
    lo que podría explicarse por medidas de saneamiento y menor volumen
    de operaciones activas o un alto nivel de previsiones, y también
    por el impacto de la desvalorización del dólar por alta
    exposición en moneda extranjera.
    En cuanto a indicadores de eficiencia de las primeras entidades del sistema,
    el Nación tiene 55 cuentas por empleado; el Provincia, 85; el Ciudad,
    135 y el Banco Río, 575.
    En términos de ingresos por comisiones sobre gastos de administración,
    el BNA exhibe una relación de 45%; el Hipotecario, 72% y el Francés,
    50%.
    En el segundo grupo de entidades aparecen los datos más significativos
    del impacto de la crisis sobre el sistema financiero. Allí sobresalen
    fuertes aumentos en los depósitos de los bancos Provincia de Córdoba,
    Patagonia Sudameris, Nuevo Banco Santa Fe, Macro Bansud, Nuevo Suquía,
    Itaú Buen Ayre y Comafi, la mayoría de los cuales había
    sumado sucursales de instituciones que dejaron de operar. Las mismas razones
    explicarían los fuertes incrementos en las carteras crediticias
    de Macro Bansud, Nuevo Bisel y Comafi.
    Por afuera de este grupo, que ha estado muy activo en materia de fusiones,
    sorprende el Credicoop, que muestra un crecimiento de 15% en sus depósitos
    entre el 2002 y el 2003, y presenta llamativas relaciones de eficiencia,
    como 203 cuentas por empleado y 66% de ingresos por servicios sobre gastos
    administrativos.

    Recuerdo que allá por mayo del 2002, plena
    crisis del sistema, no eran pocos quienes planteaban la posibilidad de
    reemplazar a los bancos y compañías financieras por instrumentos
    de ahorro y préstamo creados a partir del mercado de capitales,
    así como aquellos que imaginaban un sistema bancario dividido entre
    la “banca transaccional” y la “banca de inversión”,
    incluso mediante mecanismos off shore. El fundamento: la carencia de confianza
    pública. Como enseña el Tao, el agua ha fluido naturalmente
    y –a pesar de algunas cuestiones pendientes de resolución,
    que idealmente sería conveniente abordar para segregar definitivamente
    lo residual de la crisis y el nuevo sistema financiero– hoy estamos
    en condiciones de integrar progresivamente a las entidades al sistema
    económico, habiéndose recuperado los niveles de depósitos
    y, por ende, la liquidez y capacidad prestable, aunque todavía
    se requiera un mayor nivel de solvencia patrimonial.
    Entre esos temas pendientes figuran principalmente: el fin del goteo de
    liquidez y pérdidas económicas derivadas de los amparos
    a través de una resolución de la Corte y su posible compensación
    por el Estado; la acreditación de los títulos públicos
    resultantes de la compensación autorizada por la pesificación
    y cobertura de moneda extranjera; ciertos criterios normativos seguidos
    para la valuación contable de activos con el sector público
    mantenidos en garantía de deudas con el ente regulador, que continúan
    castigando los resultados económicos de las entidades y dificultan
    el proceso de capitalización a través de la rentabilidad
    del negocio.
    Pensando en lo nuevo, en el futuro del sistema, por un lado observamos
    que continúa la concentración de entidades que están
    en proceso de venta en manos de los principales grupos financieros locales.
    Por el otro, asistimos a la necesidad de motorización activa del
    crédito hacia los distintos sectores socioeconómicos y productivos
    del país.
    Cabe preguntarnos cuál es la estructura de sistema que necesitamos
    para lograr este objetivo de recuperar el papel activo de las entidades
    financieras en la economía.
    Si observamos la evolución de nuestro sistema podemos ver que en
    las últimas décadas fueron desapareciendo entidades en número
    y grado de especialización. Así, por ejemplo, de aproximadamente
    700 entidades existentes en 1978, pasamos a 450 en 1980, 300 en 1985,
    220 en 1990, 200 en 1995, 120 en 1998, y 96 en la actualidad. Lo que sorprende
    es cómo han desaparecido entidades de operatoria especializada
    como sociedades de ahorro y préstamo, compañías financieras
    y cajas de crédito y el grado de concentración existente
    en la actualidad donde las primeras 20 entidades representan aproximadamente
    90% de los activos y depósitos. El resto, 76 entidades, acumula
    tan sólo 10%.
    Si lo comparamos con países desarrollados como Estados Unidos,
    observaremos cómo allí pueden convivir diferentes tipos
    de entidades pequeñas con grandes conglomerados financieros en
    una amplia distribución regional. Actualmente, encontramos en ese
    país unos 7.770 bancos comerciales –de los cuales los primeros
    20 concentran 76% de los activos–, unos 1.400 bancos de ahorro y
    préstamo y alrededor de 6.300 entidades cooperativas. Si bien estamos
    lejos de esa convivencia y la consecuente inclusión de las personas
    físicas y pequeñas empresas como sujetos de crédito,
    debemos reconocer que la modificación a nuestra ley de entidades
    financieras (Ley 25.782), facilitando la incorporación de cajas
    de crédito al sistema institucional, va en esa dirección.
    No obstante, hay otros elementos a considerar que facilitarían
    la inclusión de entidades que se encuentran hoy fuera del sistema
    y que además ayudarían a la expansión del crédito,
    tales como la racionalización de los requerimientos del régimen
    informativo en cuanto a periodicidad, contenido y eliminación de
    duplicidades y del esquema de supervisión y control del Banco Central
    mediante un enfoque balanceado –a través de una segmentación
    de las entidades en función del riesgo– que permita reducir
    los costos administrativos existentes para las entidades y el regulador.
    Otro aspecto a evaluar es el recupero de ciertos incentivos de tipo fiscal
    para ser entidad regulada –que se han ido perdiendo con el tiempo–,
    tales como el impuesto al valor agregado diferencial o el cómputo
    del impuesto a los ingresos brutos sobre el spread financiero en la jurisdicción
    de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Por último, es factible
    también mantener las mejores prácticas internacionales en
    cuanto a requerimientos de capital en función de los riesgos de
    crédito o de mercado y, ahora, operativos (Basilea II), pero reduciendo
    los montos nominales exigidos para iniciar la operación como entidad
    financiera regulada, donde podría definirse también una
    diferenciación por tipo de entidad, su ubicación geográfica
    y otros factores.
    Para los grandes bancos comerciales metropolitanos el gran desafío
    será la recuperación y mantenimiento de clientes, en una
    pirámide socioeconómica de consumidores más reducida
    y con una conducta más racionalista en cuanto a precio y calidad
    de servicio, con más los factores de volatilidad y grado de insatisfacción
    que, en la posmodernidad, afectan la conducta de las personas y su consecuente
    grado de lealtad o preferencias. La capacidad de innovación para
    generar valores diferenciales en los productos y servicios bancarios,
    sumada al grado de transparencia en la gestión e información
    corporativa que permita construir confianza pública, serán
    factores clave en el desarrollo de los negocios bancarios de la próxima
    década.

    * Connectedthinking.