lunes, 25 de mayo de 2026

    El dólar cae, pero es la divisa mundial

    Desde julio del 2001 (cuando exhibió el mayor valor frente a la divisa
    europea), el dólar se devaluó en 37% contra el euro. Si la comparación
    se hace con enero de 1999 -cuando nació la moneda europea- la depreciación
    del dólar, siempre contra el euro, es de apenas 12,2%. Relevante, pero
    no una catástrofe.
    Medido contra la moneda japonesa desde julio del 2001, el dólar cayó
    18,4% contra el yen (la mitad de la devaluación frente al euro en el
    mismo lapso). Cabe acotar que Japón invirtió US$ 34.400 millones
    en valores estadounidenses para impedir una depreciación mayor del dólar.
    Pero como su Banco Central no interviene desde marzo pasado, es probable que
    el dólar decline ahora más rápido frente al yen que ante
    el euro. A menos que, como lo hizo regularmente durante todos estos años,
    intente aliviar la declinación de la divisa estadounidense.
    Para la Reserva Federal, y medida desde esa fecha clave de julio del 2001, el
    descenso del dólar solamente ha sido de 14%. Lo que se explica porque
    China se negó a revaluar su moneda, el yuan, neutralizando el impacto
    de otras divisas en el indicador.
    Contra todos los vaticinios agoreros, que ignoran que la embestida contra el
    dólar es de menor magnitud que la montada en las décadas de los
    ´70 y los ´80, el dólar seguirá siendo la moneda internacional
    de referencia.
    Estados Unidos, por largo tiempo, será la única superpotencia
    mundial y, por ende, seguirá exhibiendo la supremacía monetaria.
    Su tasa de crecimiento será, probablemente, mayor que las de Europa y
    Japón. Es impensable un resurgimiento inflacionario como en los ´70 con
    la gran crisis petrolera. La globalización aprendió a lidiar con
    circunstancias como éstas.
    Es probable que Japón y China, los dos grandes tenedores de dólares
    en el mundo, continúen aumentando sus reservas en esta moneda, ayudando
    a un suave aterrizaje de la divisa verde. Es negocio para todas las partes.
    Para Estados Unidos, porque atenúan la caída de su moneda. Para
    Japón, porque obtiene intereses anuales de 3% por sus tenencias en títulos
    del Tesoro estadounidense, y paga entre 1 y 1,5% para financiar su propio déficit
    de presupuesto. Para China -además de seguir inundando al mundo con sus
    exportaciones-, porque con estos activos respalda a un todavía débil
    sistema bancario. Por todo el futuro previsible, no hay alternativa al dólar
    como divisa internacional.
    Reservas impresionantes
    El Banco de Japón acumula tenencias en monedas extranjeras -dólares
    en su mayor proporción- equivalentes a US$ 820.000 millones.
    Entre China y el resto de las economías asiáticas acumulan reservas
    por valor de US$ 1,4 billón (millón de millones). Monto superior
    a las reservas combinadas del resto del mundo, sin incluir a Japón. El
    total de las reservas en moneda extranjera en poder de los bancos centrales
    de todo el mundo, es igual a US$ 3,5 billones.
    Hubo una época en que esas reservas se amasaban para protegerse de una
    crisis financiera como la sufrida por el este asiático en 1997 o Rusia
    en 1998. Pero hoy tienen un propósito diferente: impedir que la propia
    moneda se revalúe frente al dólar para mantener competitivas las
    exportaciones.
    La inevitable contracción
    "Es ilusorio suponer que los déficit externos de Estados Unidos
    reflejen crecimiento y atraigan a inversores de afuera." Así lo
    afirma el columnista conservador londinense Martin Wolf en el Financial Times.
    Y propone "acabar con tres mitos" según los cuales, "los
    crecientes déficit norteamericanos se deben a: 1) los atractivos de esa
    economía para los inversores, 2) su tasa relativa de crecimiento, y 3)
    el alto déficit fiscal". De lejos, el primer factor es clave.
    A fines de septiembre, el déficit en cuenta corriente de pagos externos
    orillaba 6% del producto bruto interno y el endeudamiento federal neto se acercaba
    a 30% (en total, alrededor de US$ 3,96 billones). Si los inversores externos
    estuviesen comprando activos estadounidenses, sería relativamente fácil
    apostar a la sustentabilidad de las tendencias. Pero no es así.
    El segundo mito supone que el déficit proviene del elevado crecimiento
    económico real norteamericano, en relación con otras economías
    grandes. Pero ese factor -aun si fuese cierto- no necesariamente causa déficit
    altos en cuenta corriente. Un ejemplo es China, que registra constantemente
    superávit.
    El tercer mito carga las culpas sobre el déficit fiscal norteamericano.
    Imagina que los problemas desaparecerían sólo con que Washington
    pusiese las cuentas en orden. En principio es cierto pero, para recortar ese
    rojo e impedir que la economía caiga en recesión, el déficit
    financiero del sector privado debería subir, o el déficit externo
    debería ceder