jueves, 30 de abril de 2026

    Mucho más que arte

    Por Matías Caruso

    Si viajamos desde la Argentina, arribaremos a los aeropuertos de Roma o Milán; precisamente en el medio de estas dos grandes ciudades, está la Toscana. En cualquiera de los dos casos, tomando un tren o un autobús llegaremos en alrededor de dos horas. Si optamos por un vuelo de cabotaje a Florencia o Pisa, estaremos en treinta minutos.
    Nuestro primer día, como no podría ser de otra manera, se lo dedicaremos a la capital de esta región, Firenze, poseedora –como es sabido– de la más extensa colección de arte del mundo. Maravilla de maravillas, es difícil decir algo nuevo acerca de la cuna del Renacimiento. Sólo queda entonces recomendar varias visitas para no perderse.
    El Duomo de Santa María del Fiore es una de ellas. Famoso por su gran cúpula diseñada por Brunelleschi (uno de los más grandes arquitectos renacentistas), su interior contiene frescos de Vasari que representan el “Juicio final”; su suelo está recubierto de mármol de colores. Allí cerca, la Piazza della Signoria es la plaza mayor de Florencia, donde se encuentra la Fuente Manierista de Neptuno, la Loggia dei Lanzi y el Palazzo Vecchio.
    La plaza está llena de estatuas que son reproducciones de las más famosas, como el David de Miguel Ángel. La Galería de los Uffizi, en tanto, es el primer museo del mundo en lo referente a pintura renacentista. Toda la fortuna de los Médicis se encuentra en este templo del arte, con joyas desde el Gótico hasta el siglo XVIII. Dentro de su patrimonio hay obras de Botticelli (como La Primavera y El Nacimiento de Venus), Miguel Ángel (La Sagrada Familia), Filippo Lippi (La Virgen y el niño con dos angelitos) y Rafael (Madonna del Cardellino), entre otros.
    ¿Qué más? El convento de San Marcos es una fija, con la mayor colección de murales de Fra Angelico. Otros puntos de interés artístico son las iglesias Santa Maria Novella, Santa Croce o el Santo Spirito. Si queremos ver verde, un ejemplo de la estilizada jardinería renacentista lo constituyen los Jardines del Bóboli: bosques de acebo y cipreses, salpicados de estatuas clásicas.
    Por último, cómo no cruzar el Ponte Vecchio, el único de esta ciudad que no fue destruido en la Segunda Guerra Mundial. Construido en 1345, cuenta con algunas tiendas y viviendas encima. Un vistazo hacia abajo nos topará con el arco iris de colores permanente que emana el Arno. En cuanto al alojamiento, los precios difícilmente bajen de los 90 euros por persona con base en habitación doble, siempre hablando de la tarifa más económica –una cifra que se extiende a cualquier pueblo o ciudad regional–. Junto con París y con los países nórdicos, Italia es uno de los lugares europeos más caros para hacer turismo. Otra saludable opción –aunque aún más costosa– pasa por el turismo rural, con casas en el medio del campo que ofrecen alojamiento en departamentos independientes, con comidas y bebidas a partir de productos típicos.

    La ciudad gótica
    La segunda jornada la podríamos dedicar a Siena. En una hora y media de autobús estaremos en una de las ciudades más bellas de la región, que, cuenta la leyenda, fue fundada en el siglo VIII a.C. por Senius, hijo de Remo.
    En medio de rojizas colinas, y encerrada entre imponentes murallas, Siena es una ciudad gótica con un estilo pintoresco y por demás particular. Pasillos/callejuelas con un encanto único, subidas y bajadas por todos lados, muchos estudiantes universitarios y decenas de coches que se nos aparecerán de la nada al doblar la esquina –en el momento menos esperado– y nos despertarán del letargo medieval a bocinazos.
    Tiene coquetas tiendas y un par de fantásticos miradores desde los que se pueden observar típicos paisajes de la campiña toscana. Imprescindible visitar dos conjuntos artísticos importantes: la Piazza del Campo y la Piazza del Duomo.
    La primera es una de las plazas más conocidas del mundo, ya que allí se realiza la afamada Fiesta del Palio, en el mes de julio, una típica celebración en la que cada barrio de la ciudad está representado por un jinete y un caballo. Atrae multitudes de todas latitudes, valga la cacofonía.
    Desde allí se visualiza el Palazzo Público, cuya torre emerge imponente desde distintos puntos de la ciudad, entre techos rojos. Es recomendable visitar su inmensa catedral, de franjas negras y blancas. También en la plaza del Campo están la Fuente Gaia y la Loggia del Papa, construida en el siglo XV en honor a Pío II.
    En cuanto a la Plaza del Duomo, allí está la suntuosa catedral principal, y a metros, el Museo dell’Opera Metropolitana. Durante casi todo el año hay una gran oferta de exposiciones de pintura y escultura. Otros museos importantes son la Pinacoteca Nacional y el Cívico.

    Alternativas atractivas
    Ya la tercera jornada será, como proponemos desde esta sección, una elección personal. Bien podría ser una visita a Pisa –a hora y monedas de Florencia–, una ciudad llena de luz que está atravesada de norte a sur por el Borgo Stretto, un gran eje comercial cerca del margen del Arno. Claro que la visita ineludible es la de El Campo dei Miracoli, donde están el Duomo y la Torre inclinada, la clásica imagen de la ciudad.
    También allí hay un interesante mercadillo (cuidado con relojes y audio pirata que venden algunos africanos). Es recomendable también y si queda algo de tiempo, recorrer la Via Santa María, que enlaza la Piazza del Duomo con el Arno, y el Museo delle Sinopie.
    Allí cerca, las calles de Lucca aún guardan la elegancia de otros tiempos y en su paisaje se funden altas fachadas de construcciones antiguas, iglesias consideradas como lo mejor del románico pisano, tortuosas callecitas y casas que forman círculos para albergar anfiteatros. Curioso urbanismo, que le dicen. Hay cuatro kilómetros de muralla romana conservada en perfecto estado. Entre las atracciones figuran darse una caminata por el parque público y visitar el excelente mercadillo de antigüedades ubicado en la Piazza del Mercato (donde habitan hermosas joyas en oro y plata).
    Otras opciones son Arezzo, Grosseto y Volterra, o bien la costa de Viareggio o de Livorno, aunque una más que interesante alternativa es una recorrida por algunos pueblos de la llamada Toscana “minore”. Poco conocida por el turismo de masa pero muy apreciada por aquellos que reconocen su valor espiritual (y también artístico), está conformada por pequeñísimos centros urbanos en los que salen a la luz esos italianos sanguíneos entrados en años, dignos de películas o documentales. El caso más emblemático es el de San Gimignano, un pintoresco pueblo de apenas 7 mil habitantes, construido casi en su totalidad de ladrillo y ubicado en medio de un soñado paisaje de olivos y viñas. Tiene mayoría de construcciones pertenecientes al período feudal, y ejemplo de ello son sus casas-torres, que así se construían para anunciar el prestigio de su dueño.
    El final es conocido: triste regreso a casa. Aunque en el alma, para siempre, quedarán guardadas varias postales de la Toscana. M

    Sentados a la mesa

    En referencia a la gastronomía, la cocina toscana es simple, genuina y –como en toda Italia– abundante. Entre los primeros platos típicos toscanos, sobresalen las pappardelle a la liebre, los pici (spaguetti hechos a mano), el bordatino alla livornese (polenta con alubias, col lombarda y cebolla) y varias sopas, como la garmuglia di Lucca (caldo con carne de ternera y verduras). En cuanto a los segundos platos, la fiorentina es tal vez la especialidad regional más famosa. Consiste en un bistec de ternera de raza chianina (del Valle de Chiana) a la brasa, sin llama viva. También son apetecibles la scottiglia (plato de diversos tipos de carne cocidas al mismo tiempo y servidas sobre rebanadas de pan tostado) y algunos pescados de Livorno o Viareggio, como los salmones o los calamares rellenos. Con relación a los vinos, la producción enológica toscana es conocida en todo el mundo: es la cuna del vino chianti. El lugar de honor pertenece a los tintos, aunque los blancos también son recomendables.