Por Marcos Caruso

Es, simplemente, detenerse y saber escuchar, saber ver con otros ojos.
Es también, darle la espalda, hacer caso omiso a aquellos que se proponen viajar para aprovechar las ofertas de temporada, a quienes están más atentos en sacar ventajas que a disfrutar de las historias y del ámbito donde están, conociendo sólo los íconos del lugar.
El norte de Córdoba es un lugar para viajeros, para aquellos que desean vincularse con los lugareños, para quienes se detienen en un pequeño pueblo y se atreven a hurgar con el fin de saber, porque la ventaja de cada viaje, en definitiva, es el bagaje de conocimientos que uno tiene al volver.
Tulumba, Ischilín, Cerro Colorado, San Pedro Norte, las sierras de Inti Huasi, los dominios de la palma caranday, las bandadas de flamencos rosados y el sinnúmero de especies de aves en Mar Chiquita son determinantes, mientras la historia traza el recorrido del Camino Real, ese que llegaba hasta Perú, clave en la época del virreinato, vital para la subsistencia económica.
Estos pueblos, y muchos otros, fueron antiguas postas en el Camino Real y heredaron varios testimonios arquitectónicos de la época. El camino servía como nexo entre Buenos Aires, Córdoba, y el Alto Perú, donde las postas eran el lugar que concentraba ganado caballar y mular para abastecer a los viajeros.
San Pedro Viejo es uno de los primeros poblados hispánicos del norte de Córdoba. La estancia de San Pedro se erigió en 1602 y después de pasar por varias manos se convirtió en el establecimiento ganadero más importante de la zona.
En 1760, cuando se establece el camino de postas y correos, la estancia comenzó a funcionar como tal, ya que está situada a la vera del Camino Real. Esa posta llamada Posta de La Patria fue paso obligado del ejército en la campaña al Alto Perú y hospedó entre otros al general Manuel Belgrano.
Por allí pasó Jerónimo Luis de Cabrera antes de fundar la ciudad de Córdoba, situada 170 kilómetros al sur. Su hijo, Pedro Luis, levantó en el siglo XVII la pequeña capilla –hoy la más antigua de la provincia– y una posta de correos y encomiendas para hospedar a los viajeros.
Ahora, San Pedro Viejo es el hotel de campo de 7 habitaciones que desde el siglo XVII albergó a ilustres figuras de la historia.
Unos 350 años después, la familia Ferreyra llegó a este casco y las 5 mil hectáreas que lo rodean para cumplir su proyecto de crear el hotel, conservando las estructuras originales de 1654, a la que se le suma la centenaria Casa del Roble. Tiene 6 habitaciones con muebles de estilo colonial y criollo que dan hacia las lejanas serranías contorneadas por las palmas.
El casco se destaca por la calidez de sus paredes de adobe y las maderas de quebracho y algarrobo en suelos, techos y ventanas. Los materiales utilizados y años de cuidadosa restauración, arrojaron como resultado el particular ambiente que se vive cuando se recorre, por ejemplo, la habitación, el living y el comedor privados de la suite Belgrano.
Los Ferreyra conservaron la arquitectura genuina del lugar logrando en cada ambiente una atmósfera de rusticidad que revela los trazos del más puro estilo colonial. Los muebles coloniales y criollos combinados con la moderna iluminación y materiales como el adobe, piedra y madera de la región permiten recrear escenarios pasados con las comodidades del presente.

Placeres
En la estancia se crían caballos de paso y quienes lo deseen pueden tomar lecciones para montar estos particulares animales, ensillarlos y disfrutar del especial andar de esta raza que, inclusive en los trancos más veloces, se destaca por su comodidad para los jinetes. Cada huésped tiene su caballo durante el tiempo que dura su estada.
También hay paseos en carruajes antiguos, pileta y solarium, actividades para niños, degustaciones de vinos y una oferta de cursos que incluye lecciones de telar y cestería. A su vez, están las clases de cocina regional dictadas por la encargada de la cocina de San Pedro Viejo, nativa del lugar, quien ofrece un abanico de sabores criollos tanto en el desayuno como durante el almuerzo o la cena. Algunas de sus recetas se ponen en práctica en los talleres.
En el restaurante se pueden probar platos como humita en tulipa de queso y los ravioles de calabaza y queso con salsa de crema y nueces, o un tradicional asado, todo con el toque de la cocina regional gourmet. Para terminar con algo dulce: el postre de Cuca (Singarella), preparado por María Angélica, que conoce como nadie los secretos de los ingredientes de la región.
Recorrido
Dentro de la propiedad está la capilla más antigua de Córdoba, patrimonio histórico buscado por intelectuales, estudiosos y curiosos. Con un estilo macizo, una torre cuadrada y un pequeño atrio que cobija a San Pedrito –patrono de la región–, la capilla conserva el valor espiritual de la época en que fue construida siendo aún hoy sede de la celebración de la fiesta de San Pedrito.
Se estima que su construcción finalizó alrededor de 1698.
La iglesia está construida en piedra, tiene una sola torre con tres campanas y techo de tejas. La puerta principal, el comulgatorio y el sagrario están tallados en madera de algarrobo. Preside el altar una pequeña imagen de San Pedro sentado en un trono, de madera policromada con un llamativo valor artístico. Es el patrono de la región, conocido por sus devotos como San Pedrito.
Dos veces por año, el 29 de junio y el 31 de enero, el Santo sale de la iglesia en procesión acompañado por la cabalgata de los gauchos de San Pedro y una multitud que camina los 3 kilómetros y medio que separan la capilla de la iglesia de San Pedro Norte.
En el camino hacia Deán Funes, unos cinco kilómetros antes de llegar a esta ciudad, hay que tomar una calle de tierra hacia la derecha para visitar la capilla de San Vicente de Masayaco. Tras recorrer unos 1.500 metros, se recorta en lo alto de una loma la silueta blanca de la iglesia, al pie de las sierras de Sauce Punco.
La actual capilla fue erigida alrededor de 1830, en el mismo lugar donde había un antiguo templo, construido en honor de San Vicente Ferrer en 1750.
Retomando la ruta de tierra, se llega a Ischilin. Su iglesia, una de las más bellas obras de la arquitectura colonial argentina, se comenzó a construir en 1706, con los aportes de Francisco de las Casas y Ceballos, la donación del terreno de los hermanos López de Ayala y el aporte de Pedro Usandivaras y su esposa, además de la ayuda de los vecinos. Fue consagrada a Nuestra Señora del Rosario en1716. La iglesia nunca perteneció a los jesuitas, pero los detalles en piedra sapo presentes en la fuente de la sacristía y el escudo de armas que preside la puerta principal muestran su influencia.
La construcción es de piedras de la zona y cal y se destaca por ser el único templo en la Argentina que tiene un petroglifo (antiguo grabado indígena en la piedra) en uno de sus muros. Tal vez, la colocación de ese símbolo fue una manera de atraer a los indígenas a la religión cristiana como se hizo en iglesias de México y Perú. La influencia de las culturas aborígenes también puede observarse en el mascarón de cerámica que adorna el muro posterior de la iglesia. A su vez hay características de la arquitectura musulmana en la cornisa de ladrillos de la sacristía.
Entre las imágenes se destacan una Dolorosa y un Cristo tallado en madera policromada además del Nazareno y una imagen sin restaurar de Santa Helena hecha aproximadamente en el 1700.
En 1982, la iglesia y la plaza de armas que se extiende al costado fueron declaradas Monumento Histórico Nacional, junto con el algarrobo que está frente a la iglesia, de una antigüedad calculada en 700 años.
Vale la pena terminar el recorrido en Ischilín, un pueblo revitalizado gracias a la obra de Carlos Fader, nieto del pintor Fernando Fader, cuyo museo se encuentra a pocos kilómetros. M

