En la pareja, la familia y las relaciones entre padres, madres e hijos, los conflictos forman parte de la convivencia y suelen ser inevitables. Para el periodista, académico y especialista en comunicación estratégica Rodrigo Durán Guzmán, el punto de quiebre no reside en eliminar los desacuerdos, sino en la manera de abordarlos: con escucha, comprensión y espacios de diálogo que permitan procesar diferencias sin romper el vínculo.
El planteo incluye una mirada amplia sobre lo que se juega en una conversación. Además de las palabras, pesan los silencios, los gestos y el tono. En ese marco, una charla puede profundizar una distancia o convertirse en un primer paso para recuperar un terreno común.
“Muchas veces pensamos que comunicarnos significa explicar bien lo que queremos decir. Sin embargo, la comunicación también implica ser capaces de escuchar aquello que el otro necesita expresar”, explicó Guzmán.
Del “yo tengo razón” a las necesidades detrás del conflicto
Una de las ideas centrales es revisar la asociación automática entre conflicto y negatividad. En vínculos cercanos, dos personas pueden quererse y, al mismo tiempo, interpretar una situación de formas distintas. En ese escenario, la comunicación cumple un rol en la mediación y la resolución de conflictos porque habilita el pasaje desde posiciones rígidas —como “yo tengo razón” o “tú estás equivocado”— hacia la comprensión de necesidades, emociones y experiencias.
“Resolver un conflicto no significa necesariamente determinar quién ganó una discusión”, señaló Durán Guzmán. En esa línea, subraya que una solución valiosa es la que permite que las personas vuelvan a reconocerse, comprenderse y encontrar una forma de seguir construyendo juntas.
En las relaciones familiares, esa dinámica adquiere una complejidad adicional por la historia compartida. Un desacuerdo cotidiano puede contener frustraciones, heridas o expectativas acumuladas durante meses o incluso años, lo que vuelve más difícil identificar qué se discute realmente.
Escucha activa, límites y confianza en el hogar
Durán Guzmán advierte que uno de los principales obstáculos aparece cuando se escucha solo para responder. En una discusión de pareja, una persona puede estar expresando cansancio, miedo, inseguridad o necesidad de sentirse acompañada; si la respuesta se enfoca en refutar su interpretación, el problema de fondo puede permanecer intacto.
Algo similar ocurre entre padres, madres e hijos, especialmente en etapas de cambio como la adolescencia o el paso a la vida adulta. Preguntar, escuchar y reconocer emociones, sostiene, no implica renunciar al rol de padre o madre ni aceptar todas las conductas: apunta a crear condiciones para que el diálogo sea posible.
En paralelo, el especialista vincula comunicación y confianza: cada conversación contribuye a construirla o debilitarla. Límites claros y comunicación pueden complementarse cuando se explican razones, se escuchan preguntas y se reconocen emociones, de modo que las normas no se perciban solo como imposición.
“La comunicación no garantiza que pensemos igual, pero puede permitir algo mucho más importante”, concluye Durán Guzmán.


