El turismo gastronómico atraviesa un cambio de enfoque: para una parte creciente de los viajeros, la experiencia deja de limitarse a elegir restaurantes y pasa a incluir instancias de participación en los procesos que hacen posible cada plato. En ese marco, Panamá organiza su oferta alrededor de actividades que conectan producción local, cocina tradicional y contacto directo con productores.
El nuevo formato se apoya en la búsqueda de propuestas “más auténticas y participativas”, con interés por comprender cómo se producen los alimentos y qué historias construyen la identidad de un destino. En el caso panameño, esa lógica se expresa en recorridos por fincas cafeteras en las tierras altas de Chiriquí, experiencias vinculadas al cacao junto a comunidades indígenas, salidas en embarcaciones artesanales de pesca en el Pacífico y visitas a mercados donde productores locales comparten el origen de los ingredientes.
La oferta se monta sobre una diversidad cultural, geográfica y biológica concentrada en un territorio relativamente pequeño. En la cocina conviven influencias indígenas, afrodescendientes, europeas y caribeñas, que se combinan con productos asociados a distintas regiones del país. En la Ciudad de Panamá, esa diversidad se refleja en su infraestructura gastronómica: integra la Red de Ciudades Creativas de la Gastronomía de la Unesco desde 2017 y concentra más de 2.400 restaurantes y espacios gastronómicos, incluidos algunos establecimientos reconocidos por Latin America’s 50 Best Restaurants.
La expansión de estas experiencias se vincula también con el desempeño del turismo. Según datos oficiales, Panamá recibió más de 3 millones de visitantes internacionales durante 2025 y el sector generó más de 6.500 millones de dólares en ingresos para la economía nacional.
Dentro del menú de propuestas, el café Geisha ocupa un lugar central. En Boquete se ofrece conocer de primera mano su proceso de producción, en torno a una variedad presentada como una de las “más valoradas y premiadas del mundo”. La experiencia incluye recorrer plantaciones, conversar con productores y entender cómo el clima, la altitud y el trabajo humano influyen en cada taza.
En paralelo, el cacao aparece como otra puerta de entrada a la producción local. “Diversas comunidades indígenas han comenzado a abrir sus procesos productivos al turismo”, con participación de visitantes en la elaboración artesanal y una explicación sobre la importancia cultural, económica y ambiental del producto para esas comunidades.
El enfoque apunta a un efecto económico territorial: cuando el turista participa de una experiencia productiva y cultural, “permanece más tiempo, distribuye mejor su gasto y genera un impacto más directo sobre las economías locales”.












