“Hace mucho que no podemos llenar el changuito”. La frase aparece de forma recurrente en hogares y barrios urbanos y funciona como síntesis de un cambio en la vida cotidiana: el deterioro económico modificó la manera en que miles de familias argentinas piensan, organizan y viven el consumo. En ese marco, un estudio cualitativo de Youniversal y Ser Prójimo Asociación Civil analizó estrategias de compra y sus efectos en el plano emocional.
El relevamiento se enfocó en los segmentos C3 y D1/DE, definidos como hogares de ingresos medios bajos y bajos, para observar qué ocurre cuando el margen económico desaparece. Youniversal se presenta como una consultora especializada en investigación y tendencias liderada por Ximena Díaz Alarcón. La investigación describió un contexto de incertidumbre, pérdida de poder adquisitivo y desgaste emocional, con un “ajuste permanente” como telón de fondo.
Entre los datos cuantificados, el estudio indicó que en noviembre de 2025 los hogares C3 recortaron en promedio 5,5 categorías de consumo, mientras que en D1 la cifra ascendió a 6,35 categorías. Solo el 6% de los hogares D1 aseguró no haber reducido ningún gasto; en C3, ese porcentaje alcanzó el 13%. Los recortes se concentraron en ropa y calzado, alimentos no esenciales, salidas y ocio, y productos de cuidado personal y del hogar. También se registraron caídas en consumos vinculados al entretenimiento cotidiano, como las plataformas de *streaming*, en los sectores más bajos.
La investigación también diferenció impactos emocionales. En D1, la negatividad se asoció a la dificultad objetiva para llegar a fin de mes. En C3, el malestar se vinculó a la frustración aspiracional y a la sensación de haber perdido cercanía con la idea de clase media. “No es solamente ajuste. En muchos casos aparece la percepción de descenso social”, dijo Ximena Díaz Alarcón, CEO y cofundadora de Youniversal.
El trabajo describió un cambio de lógica: las decisiones dejaron de estar guiadas por deseo o aspiración y pasaron a organizarse alrededor de la supervivencia cotidiana. En ese esquema, el consumo se volvió más táctico: 39% declaró estar más atento a promociones y descuentos; 37% compró únicamente lo necesario para el día; 35% priorizó segundas marcas; y 31% compró más en mayoristas. Además, en C3 creció la prueba de marcas nuevas y la compra de envases más pequeños, mientras que en D1 predominó una lógica defensiva centrada en sostener lo básico.
En alimentación, la carne vacuna perdió centralidad y fue reemplazada por alternativas más económicas. “A vos te parece… no poder comer carne, ni un asado se puede hacer”, dijo Alan, de 35 años. En los relatos, las alitas de pollo aparecieron de forma repetida como sustituto.
Otra transformación fue la caída de la fidelidad a las marcas, con un criterio de elección centrado en el precio. En limpieza y cuidado personal, el estudio relevó reemplazos de productos líquidos por jabón en barra, dilución de detergentes y técnicas domésticas para prolongar la vida útil de la ropa. También se mencionó la generación de ingresos tempranos en adolescentes y jóvenes —venta de ropa, ferias barriales, reventa y changas— y un agotamiento emocional expresado en frases como “hay que sobrellevarla” o “ya va a pasar la tormenta”.












