La discusión sobre el “fin de la humanidad a manos de la IA” volvió a instalarse como un debate recurrente, con antecedentes en otros saltos tecnológicos que activaron temores similares. En ese marco, Fabián Ruocco, director ejecutivo y cofundador del Instituto Argentino de Inteligencia Artificial (INARIA), ubicó el foco del riesgo no en la herramienta en sí, sino en las decisiones asociadas a su uso, en especial cuando se vincula con disputas de poder.
Ruocco trazó un recorrido histórico para contextualizar el fenómeno: desde la Antigua Grecia, cuando la escritura fue percibida como una amenaza a la memoria humana, hasta el siglo XX con el desarrollo de la energía nuclear. También mencionó la ingeniería genética, la biotecnología aplicada a virus y la experiencia reciente de la última pandemia. En cada uno de esos quiebres, sostuvo, la pregunta de fondo excedió lo técnico para volverse antropológica: “¿somos capaces de gobernar el poder que creamos o terminaremos destruidos por nuestras propias conquistas?”.
Opacidad y concentración
El directivo planteó que el peligro no reside en una “rebelión robótica” propia de la ciencia ficción, sino en el crecimiento descontrolado de una tecnología cuyos procesos internos permanecen parcialmente desconocidos incluso para quienes la desarrollan. En ese punto, describió la “caja negra” de las redes neuronales profundas como un componente central del problema.
A esa opacidad agregó un factor de mercado: un escenario hiperconcentrado en el que un puñado de corporaciones transnacionales concentra más poder de cómputo y datos que la mayoría de los Estados soberanos. En ese contexto, afirmó, el riesgo de deshumanización se vuelve tangible.
Ruocco también ubicó el debate en un dilema entre el paradigma tecnocrático —que tiende a medir el valor de las personas por productividad, velocidad o capacidad de procesamiento— y una mirada que reintroduce la dignidad humana como valor intrínseco, inalienable e incalculable, independiente del rendimiento o la utilidad económica.
Gobernanza y usos posibles
En su argumentación, subrayó límites estructurales de la tecnología respecto de dimensiones humanas como la responsabilidad moral. “Una máquina no tiene cuerpo, dolor ni finitud; por lo tanto, puede simular empatía, pero jamás podrá poseer conciencia moral”, señaló.
A partir de esa premisa, propuso “desarmar la IA”, es decir, sustraerla de competencias encarnizadas y del enfrentamiento comercial, geopolítico o militar, con el objetivo de romper la falsa equivalencia entre poder algorítmico y derecho a gobernar y devolverle un rol colaborativo.
Bajo una concepción democrática de su gobernanza, sostuvo que la IA puede potenciar capacidades humanas: expandir la salud preventiva, personalizar la educación rural, optimizar la producción de pymes y liberar a los trabajadores de tareas repetitivas para recuperar tiempo de calidad.
En esa línea, indicó que un colectivo de científicos, rectores universitarios y referentes académicos de la Argentina presentó un Manifiesto en sintonía con las encíclicas Magnifica Humanitas y Antiqua et Nova, con la propuesta de crear un espacio permanente de articulación plural, federal y multidisciplinario. “El fin de los tiempos no está escrito en el código de ningún algoritmo”, afirmó.


