La expansión de la inteligencia artificial generativa y la sofisticación del fraude están modificando el enfoque de la ciberseguridad: además de bloquear ataques, las organizaciones buscan demostrar técnicamente qué es auténtico en cada interacción digital, con evidencia verificable sobre la procedencia de comunicaciones y plataformas.
Durante décadas, la estrategia frente a amenazas cibernéticas se concentró en blindar la infraestructura tecnológica con herramientas tradicionales como firewalls, antivirus y controles de acceso. Ese esquema, centrado en repeler intrusiones externas, enfrenta un límite ante técnicas que apuntan a la confianza de los usuarios: el desafío pasa por asegurar que una persona pueda identificar con precisión cuándo está ante una comunicación o un entorno legítimo.
En ese contexto, Néstor Markowicz, CEO de CertiSur, planteó: “El fraude dejó de depender exclusivamente de vulnerabilidades tecnológicas para apoyarse, sobre todo, en la confianza de las personas”. En línea con esa lectura, la autenticidad deja de ser una afirmación y requiere respaldo estricto mediante pruebas técnicas completamente verificables.
El contraste con el mundo analógico aparece en la forma de validar legitimidad. En trámites o contratos presenciales, la confianza se sostiene en protocolos como documentos de identidad oficiales, firmas y escrituras certificadas. En internet, en cambio, la interacción social y comercial dependió históricamente de señales visuales —logotipos o estéticas— bajo la premisa de que un remitente o un sitio eran legítimos por su apariencia. La IA generativa acelera esa fragilidad: simplifica el desarrollo de correos electrónicos persuasivos, clones visuales de marcas y portales web falsificados, y reduce el tiempo, los conocimientos técnicos y los recursos necesarios para engañar.
En paralelo, las marcas enfrentan la creación de perfiles falsos, dominios fraudulentos y páginas de suplantación diseñadas para captar la confianza de consumidores. Ese escenario exige que la protección corporativa exceda los límites de los servidores propios y se apoye en un monitoreo continuo del entorno externo para mitigar riesgos antes de que impacten en la reputación.
La respuesta que gana espacio es un modelo de identidad digital blindado criptográficamente. Bajo ese enfoque, correos electrónicos, dominios protegidos y páginas web autenticadas ofrecen un rastro técnico e inequívoco sobre su procedencia legítima. El correo electrónico se mantiene como el vector principal para ataques de phishing y estafas corporativas, por lo que robustecer la validación de remitentes se vuelve un pilar de la operatividad.
Markowicz sintetizó el cambio de foco con una definición: “El verdadero desafío empresarial deja de ser la mera detección de lo falso”.












