La obra de Mariano Quintana se orienta hacia un formato que desplaza el foco del objeto artístico como pieza decorativa y lo reubica como experiencia inmersiva. Ese movimiento se expresa en “El espíritu que habita”, un proyecto que redefine el cruce entre arte visual y lenguaje cinematográfico y que se desarrolló a partir de un retiro creativo y sensorial en la selva mexicana, en Tulum y Playa del Carmen.
El recorrido que desemboca en esta pieza se apoya en una práctica previa asociada al “silencio de su taller nocturno” y al “rigor del hiperrealismo técnico”. En esa etapa, el hiperrealismo aparece como procedimiento y disciplina; en la formulación del propio artista, se trata de “un estado de atención absoluta”, una forma de estar en el mundo que modifica la relación entre obra, espacio y observación.
En el universo de Quintana, los protagonistas son animales que actúan como “guardianes y ancestros” y que devuelven la mirada al espectador. Esa operación, tal como se plantea en el proyecto, abre un portal “entre lo cotidiano y lo sagrado” y organiza una narrativa que privilegia lo sensorial por encima de lo explicativo. “El espíritu que habita” se define, en ese marco, como una experiencia cinematográfica inmersiva y no como un documental ni como una película tradicional.
El trabajo se extendió durante más de una semana, con un equipo “integrado por talentos internacionales”, en un entorno en el que la selva funcionó como presencia activa. La propuesta también se inscribe en un diagnóstico sobre la circulación contemporánea de imágenes: “En un contexto global atravesado por la sobreproducción de imágenes y la aceleración constante del consumo visual, planteamos preguntas radicales: ¿qué significa observar hoy?, ¿cómo recuperar la experiencia de contemplar cuando todo se consume a velocidad?”, dijo Mariano Quintana.
En esa misma línea, el proyecto se plantea como una “desaceleración consciente del flujo digital” y una convocatoria “a la permanencia en lugar de estímulo inmediato”. El epicentro de la creación fue Casa Xipirool, una pieza arquitectónica que fusiona “el lujo contemporáneo con la naturaleza maya y cenotes privados”. Allí el espacio se transformó en un “atelier vivo”, con producción e interacción en contacto directo con la luz natural, los sonidos del entorno y “el ritmo orgánico del aire”.
La narrativa se construye a través del sonido, el silencio y el ritmo de la imagen, con ascensos de intensidad y descensos profundos, e instancias de inmersión en los cenotes pensadas como “espacios de aterrizaje simbólico”. “No fue un rodaje, fue un retiro creativo. El arte dejó de mostrarse y empezó a suceder”, dijo Mariano Quintana.












