viernes, 24 de abril de 2026

    Con desregular no alcanza

    El mercado de la salud equivale a la población total del país. La cifra tomada como referencia en la mayoría de las estadísticas considera una base de 36 millones de personas. De este total, según datos de la Superintendencia de Servicios de Salud, 10 millones tienen cobertura de una obra social sindical nacional, 6 millones dependen de las obras sociales provinciales, 4 millones son atendidas por el Pami, 1 millón pertenece a obras sociales de personal de dirección y 3 millones están afiliadas a prepagas. Los 12 millones restantes no tienen cobertura y dependen del hospital público para su atención.


    En la Argentina, el gasto total anual en salud suma $ 22.100 millones, lo que representa 7,4% del PBI. De este total, las obras sociales sindicales nacionales gastan $ 3.100 millones y las provinciales $ 1.900. Del PAMI salen $ 2.400 millones, mientras que el gasto público de atención en salud acumula unos $ 5.100 millones. Las obras sociales de dirección movilizan $ 700 millones, y el sistema de prepagas $ 2.700 millones.


    Uno de los datos más significativos, dentro de este cuadro, es que $ 6.200 millones corresponden al denominado gasto privado o de bolsillo, que la población realiza para completar la atención recibida, ya sea por parte del Estado, su obra social o su servicio prepago.


    El gasto per cápita exhibe importantes diferencias según el sistema de salud que cubra al beneficiario. Las obras sociales nacionales y provinciales tienen un promedio de gasto mensual de $ 26 por persona. Esta cifra sube a $ 58 en el caso de las obras sociales del personal de dirección y a $ 75 en los sistemas prepagos.


    Según Fundación Isalud, el centro de estudios y capacitación dirigido por el sanitarista Ginés González García, 22,2 millones de argentinos (62,3%) cuenta con algún tipo de cobertura de seguros de salud (privados u obra social), mientras que 13,5 millones (37,6%) dependen del hospital público.


    Obras sociales y prepagas


    En el rubro de las obras sociales conviven unas 290 entidades (excluyendo al Pami) que atienden a 11,6 millones de personas. Las primeras 20 del ranking concentran casi dos tercios (65,7%) de los beneficiarios totales, y, entre ellas, las 10 primeras absorben 51,5%.


    La líder por número de beneficiarios es Osecac, que brinda cobertura a 1.400.000 empleados de comercio y actividades civiles. Le sigue la obra social del personal rural, con 890.811 personas, y en tercer lugar se ubica Osde, la obra social del personal de dirección de empresas, con 831.869 beneficiarios.


    Si la concentración es alta en cuanto a la cantidad de beneficiarios cubiertos, resulta mucho mayor si se considera el manejo de recursos. Del total de $ 3.979,3 millones, diez obras sociales recaudan 57%.


    El sistema de medicina prepaga, por su parte, cuenta con 196 entidades. Según datos de Fundación Isalud, 58% tiene su sede en la Capital Federal, 19% en el Gran Buenos Aires y 23% en el resto del país. Del volumen total de asociados, 65% son adherentes individuales, y el resto afiliados corporativos. Las diez empresas líderes cubren aproximadamente 41% de la demanda en cuanto a número de asociados. Las entidades más grandes registran un ingreso promedio mensual por beneficiario que duplica al de las menores.


    El ranking lo encabeza Medicus, con una facturación anual de $ 200 millones, y un share de 9,6%. Le sigue SPM (Tim Galeno Life), con una facturación de $ 190 millones al año y una participación de 9%. Swiss Medical, en tanto, ocupa el tercer lugar, con $ 128 millones y una penetración de 6,1%.


    Los cambios de la polémica


    La anunciada desregulación de las obras sociales, que debe entrar en vigencia el 1º de enero, fue establecida por un decreto de necesidad y urgencia el 2 de junio de este año. La nueva norma otorga a los beneficiarios del Sistema Nacional del Seguro de Salud (es decir, a los afiliados de obras sociales) la posiblidad de cambiar de agente sanitario y asignar el aporte correspondiente a la entidad de su elección. Las prepagas están habilitadas para competir en este sector, aunque no se las obliga a hacerlo.


    Pero se excluye de la competencia al Pami, a las obras sociales de las fuerzas armadas, policía y seguridad, y a las obras sociales provinciales y nacionales que no adhieran y que no estén dentro del Sistema del Seguro de Salud.


    Como requisito prestacional se exige cubrir lo establecido en el Plan Médico Obligatorio (PMO), que el Ministerio de Salud acaba de modificar, para poner mayor énfasis en la prevención.


    Se establecen, además, diferencias en cuanto al aporte que realiza cada trabajador para el denominado Fondo Solidario de Redistribución. La cuota de 8% que regía para los afiliados a las obras sociales sindicales se modifica para adaptarla al nivel de ingresos.


    El Fondo Solidario de Redistribución les garantiza a los agentes de salud una percepción mínima de $ 20 per cápita para brindar atención a los afiliados. Debe financiar, además, aquellas patologías de alto costo y baja incidencia.


    Los fondos provenientes de la aplicación del IVA a las prepagas, que anteriormente se destinaba a Rentas Generales, ahora pasa a engrosar el Fondo Solidario de Redistribución.


    Otro de los cambios consiste en garantizar $ 20 de cápita tomando como base la persona individual. Antes, se garantizaban $ 40 por titular del grupo familiar, lo que significaba una discriminación para las familias numerosas, que debían dividir esos $ 40 por la cantidad de miembros.


    El decreto también establece condiciones financieras para las empresas que quieran entrar en la libre competencia. Para las entidades interesadas en brindar servicios en una jurisdicción provincial, se exige un patrimonio neto mínimo de $ 1 millón.


    La reforma abarca a 11,6 millones de argentinos beneficiarios de obras sociales bajo la esfera de la Superintendencia de Servicios de Salud, lo que equivale a 32% de la población.


    Los protagonistas se rebelan


    Los directivos de los sistemas de medicina prepagas fueron los primeros en oponerse al nuevo esquema de desregulación. De hecho, hasta el momento ninguna institución se anotó en el registro abierto por la Superintendencia de Servicios de Salud para los interesados en ingresar en la libre competencia.


    Claudio Belocopitt, presidente de Swiss Medical Group, afirma: El gobierno sacó un decreto apurado por el Fondo Monetario y el Banco Mundial, que aseguran que la atención de la salud en la Argentina, tal como está planteada, no da para más. Debido a que hay libre elección de jubilación y de teléfonos, tiene que haber libre elección de la atención médica. Lo que ocurre es que el decreto que hicieron no le sirve a nadie. El gobierno dice que si no le gusta a ninguno de los actores del sector debe ser muy bueno, porque eso quiere decir que no se dejaron presionar. Pero creo que aquí faltaron consensos mínimos con los actores del sistema”.


    Según Belocopitt, la desregulación no debería ser indiscriminada en una primera etapa. Cree que deberían competir las obras sociales sindicales entre sí y las de dirección con las prepagas. En una segunda etapa, cuando las obras sociales sindicales se depuren, podría darse la competencia total.


    En cuanto a los motivos del rechazo a la desregulación, Belocopitt asegura que: “A nosotros nos interesa competir en un segmento donde el dinero alcance para brindar el servicio. Los $ 20 que el Estado garantiza por persona no alcanzan. Hicieron mal las cuentas de lo que se gasta hoy. Ellos dicen que en las sindicales hay una cápita de $ 20, pero esa cifra es falsa. Porque la gente hoy está pagando mucho de bolsillo. En Estados Unidos, donde los medicamentos son más baratos que en la Argentina y la internación tiene valores similares, darle atención a una persona cuesta US$ 150 o 200 por mes. El gobierno puede venir con cifras que indican que hay una obra social sindical que tiene una cápita de $ 17,60, pero yo les pregunto si esa obra social brinda la atención médica que quiere la gente”.


    A la hora de proponer soluciones, Belocopitt señala que hay que considerar los gastos reales en salud y no aquellos que se derivan de los descuentos salariales. “Hoy, a una persona con un salario promedio del sistema le hacen descuentos para cubrir una cápita de $ 25 mensuales. Pero pide un turno y se lo dan para varias semanas después. Lo que hace esa persona es ir a un privado y pagarlo de su bolsillo, porque su hijo necesita la atención urgente. Ese es el problema que hay que sincerar. En la Argentina existe un doble o triple gasto en salud. Por eso, yo estoy convencido de que si a esa persona le preguntamos si además de los $ 25 de aporte está dispuesta a poner otros $ 25 por mes para tener una atención de primera, va a decir que sí. Yo creo que cada uno tiene que pagar lo máximo que pueda, y para aquellos sectores que no tengan recursos debe existir la asistencia del Estado. Lo que tiene que quedar en claro es que es imposible brindar un servicio de salud de primera por $ 20 mensuales”.


    ¿Los chicos discriminados?


    Las prepagas chicas, radicadas en su mayoría en el interior del país, también se oponen a la desregulación. Caempri (Cámara de Empresas de Medicina Privada de la República Argentina) nuclea a 12 entidades que cuentan con más de 100.000 afiliados y facturan alrededor de $ 70 millones al año. Su titular, Carlos Hernández, explica que el principal problema que encuentran en la desregulación son las duras condiciones financieras que se impusieron para los interesados en participar en la competencia, lo que, a su criterio, favorece la concentración del negocio en manos de grandes jugadores, en detrimento de las prepagas del interior, que en su mayoría son Pymes.


    “El Estado exige un patrimonio neto de $ 1 millón para operar en una provincia y 3 millones para tener alcance nacional. Una compañía como Medifé, que brinda servicio en la zona de Cuyo, no llega a facturar $ 800.000 mensuales. A esto hay que sumar las exigencias que traería la ley de regulación de las prepagas, que exigirá un capital mínimo de $ 250.000 y reservas técnicas por $ 800.000 para las empresas que ya están operando. Además de esto, tenemos que tener un capital de giro, por la evasión y la mora que se registran en el sector de la seguridad social a la hora de cobrar”, argumenta Hernández.


    El representante de las prepagas del interior también señala otro problema: el costo diferente del Programa Médico Obligatorio según la región geográfica. Hernández estima que a las empresas les insume entre 70 y 80% de sus ingresos cumplir con el PMO, y asegura que el gobierno realizó sus cálculos teniendo en cuenta los costos en Capital y el Conurbano, sin considerar cuánto se requiere para brindar las mismas prestaciones en otros lugares del país.


    También explica que las prepagas no ingresan a la competencia porque, si bien el promedio de cápita del sistema es de $ 33, temen recibir un aluvión de personas con cápitas de $ 20, a las que no podrían brindar servicios. Es por eso que Hernández propone que, en una primera etapa de transición, los traspasos se realicen a través de cupos anuales para evitar un desfinanciamiento de las empresas.


    Los deberes hechos


    Osde (Organización de Servicios Directos Empresarios) es la principal obra social que agrupa al personal de dirección. Con 830.000 afiliados, es una de las mayores del país. Su gerente de Relaciones Institucionales, Tomás Sánchez de Bustamente, explica por qué también ellos plantean reparos frente a la desregulación. “El decreto 446 salió para llevar los deberes hechos al Fondo Monetario Internacional, pero con $ 20 por persona es muy difícil dar una buena atención médica. Además del tema del financiamiento, pensamos que una cuestión tan importante debería salir por ley. Creemos, además, que la discusión comienza por cómo se recauda, en lugar de empezar por plantearnos qué modelo de salud queremos en la Argentina”.


    Consultado sobre cómo debería desregularse el sistema, Sánchez de Bustamente señala: “Tiene que haber libertad de elección entre las sindicales y hay que permitir que las prepagas compitan en cada uno de los segmentos donde quieran entrar. Creemos que las reformas tienen que ser graduales”.


    Pero también advierte que, antes de hablar de la desregulación, hay que tratar otras cuestiones. “Creemos que hay que discutir cómo se gasta en salud y en qué se está gastando. Vemos que se está tirando manteca al techo y, aunque se disminuyeron de 500 a 400 millones las unidades de medicamentos vendidas por año, el gasto sigue siendo el mismo”.


    Para proponer un modelo alternativo de salud, Osde conformó, junto con otras entidades sin fines de lucro, la Asociación Civil de Actividades Médicas Integradas. Entre sus integrantes se encuentran los hospitales Alemán, Británico, Italiano y San Juan de Dios, la Fundación Favaloro, el sanatorio Mater Dei y el Cemic.


    La propuesta es un proyecto que brinde cobertura a los 13 millones de personas que carecen de asistencia, sin incrementar los gastos del sector.


    Horacio Dillon, director médico de Osde y dirigente de Acami, asegura que “el proyecto desregulador del gobierno es un parche para una situación que contempla a 30% de los argentinos. Es necesario encarar un proyecto abarcativo, que llegue a un consenso con respecto al servicio mínimo de salud que tiene que recibir todo el mundo”.


    Los argumentos oficiales


    A pesar de la resistencia de los actores que deberían participar de la desregulación, el gobierno sigue defendiendo la iniciativa. Los principales argumentos a favor de la desregulación, según los funcionarios, se pueden resumir en los siguientes puntos:


    ­El sistema es más solidario. Se modifica la estructura del Fondo Solidario de Redistribución, que se integra ahora aplicando un porcentaje progresivo, acorde con el nivel de ingresos, sobre la remuneración bruta de los titulares pertenecientes al sistema. Los porcentajes que la reforma determina son superiores a los que fija la ley anterior que regía estos montos. Esto permite elevar el Fondo de los $ 360 millones actuales a unos $ 512 millones.


    ­Provee más recursos. El decreto desregulador establece que el Fondo Solidario de Redistribución se incrementará con un aporte proveniente de Rentas Generales de la Nación, igual a la recaudación del IVA aplicado al sector salud. Este es un primer paso hacia la financiación del sistema por fuentes alternativas a las imposiciones sobre los salarios, sometidos a los vaivenes de la actividad económica y los niveles de empleo, morosidad y evasión.


    ­Se evita la selección de riesgo. Con la desregulación, un nuevo agente privado del sistema no puede discriminar a quién recibe, y debe afiliar obligatoriamente a cualquier persona que lo elija como destinatario de su aporte.


    ­Es la única solución para los traspasos: la reforma provee una solución sencilla y única para los tres tipos de traspasos posibles en el sistema: obras sociales sindicales-obras sociales de dirección, obras sociales sindicales-agentes privados y obras sociales de dirección-agentes privados.


    ¿Cierran los números?


    Rubén Cano, superintendente de Servicios de Salud, y principal defensor de la desregulación, sale al cruce del argumento ­esgrimido por las prepagas­ de que los $ 20 per cápita son insuficientes. “El nuevo Fondo Solidario de Redistribución fue reformulado con un criterio mucho más solidario, con el fin de garantizar $ 20 por cada integrante y no $ 40 por titular del grupo familiar. Las prepagas deben comprender que no habrá $ 20 por cápita sino que habrá al menos $ 20. Además, no están obligados a participar, pero aquellos que participen deberán aceptar que hay libertad de migración entre todos los actores del sistema”.


    Agrega que “los $ 20 por persona surgen de los recursos reales del sistema”. Y destaca: “El Fondo Solidario de Redistribución se amplía, cubriendo prestaciones de alta complejidad”.


    Cano reconoce los números rojos del sistema, fundamentalmente las deudas que tienen las obras sociales con prestadores de todo el país. En ese sentido, adelanta que el Banco Nación financiaría parte de la deuda con un esquema que está siendo negociado actualmente.


    Luis Ceriani, representante del Ministerio de Economía en la Superintendencia de Servicios de Salud, indica: “Ante la crítica de que los $ 20 no alcanzan, yo comprendo que haya prepagas de alto nivel que verían afectada su estructura de costos. Pero existen otras a las cuales sí les cerrarían los números. Cabe aclarar que los $ 20 son el mínimo que garantiza el Estado y la cifra puede ser superior. La evasión es, claramente, un problema; la estimamos en un promedio de 10% en los últimos años, y la financiación de la seguridad social depende de la recaudación”.


    Ceriani agrega que no puede haber cupos para los traspasos, ya que serían utilizados para realizar selecciones de riesgo. En cuanto a las carencias y las preexistencias, otros dos puntos que preocupaban a las prepagas, aclara: “No puede haber carencias para el Programa Médico Obligatorio, aunque consideramos que sí puede haberlas para el caso de lo que llamamos prestaciones adicionales como cirugía estética u hotelería, que constituyen aspectos no esenciales. Con respecto a las preexistencias, creemos que se tiene que aplicar la legislación vigente, que indica que si una persona que se traspasa tiene una patología crónica, la obra social de la cual sale tiene que financiar esta enfermedad durante nueve meses”.


    Falta un plan para todos


    Ginés González García, uno de los más conocidos sanitaristas del país, y rector de Fundación Isalud, un centro dedicado a la capacitación e investigación de políticas sanitarias, sostiene que “las motivaciones de la desregulación nunca fueron sanitarias. Inicialmente el Ministerio de Economía impulsó esta reforma para dar señales al mercado externo. Después, el Ministerio de Salud la utilizó para demostrar ante la sociedad que se iban a poner fuertes contra los sindicatos”.


    También coincide en que los $ 20 por beneficiario no alcanzan para dar un buen servicio de salud y se queja de que el gobierno ni siquiera haya hecho la reserva de esos fondos en el presupuesto para el año próximo.


    Asegura, por otra parte, que la desregulación estuvo mal planteada desde su gestación: “No se puede aplicar la ideología de un seguro privado a uno público y viceversa. Son reglas distintas y por eso todos los actores están en contra”.


    “Brindar los servicios que estipula el PMO por $ 20 es una expresión de deseos. Nosotros hicimos nuestros cálculos y establecimos que dar esa cobertura cuesta entre $ 22 y 25 según la zona del país.”


    González García también apunta contra la idea de que la gente pueda elegir adónde llevar su dinero: “La idea del seguro de salud no es compatible con el concepto de demanda intercambiable. Las empresas de salud hacen cálculos en virtud de la gente que saben que tienen, y compensan los números porque saben que hay un porcentaje de sus afiliados enfermos y otros sanos, una cierta cantidad de gente joven y gente mayor. Pero cuando la demanda puede variar en cualquier momento, ya no se pueden hacer predicciones. Un sistema de traspasos tan amplio fue probado a nivel internacional y los que lo pusieron en práctica tuvieron muchas dificultades”.


    El agujero negro


    Federico Tobar, jefe del Departamento de Investigaciones de Fundación Isalud, brinda otros datos que explican por qué hay tanto rechazo en el mercado para ingresar a la desregulación: “De las 11,6 millones de personas que abarca la desregulación, 1,7 millón no paga. Este es uno de los puntos que alimentan la desconfianza de las prepagas, que tendrían que entrar a un sistema con más de 10% de evasión cuando en su sector la evasión es inexistente”.


    El sanitarista Aldo Neri, quien fuera ministro de Salud durante el gobierno de Raúl Alfonsín, suma su opinión al debate. “Lo interesante es que se amplía el Fondo de Redistribución, y el que más gana más aporta al sistema solidario. Pero la solidaridad tiene dos polos: uno es que quien más gane más aporte, y el otro es que con este dinero todos tengan un mismo servicio de salud. Hay equidad real cuando todos aportan según lo que pueden y todos obtienen las mismas prestaciones”.


    Acerca de la cuestión de los traspasos, indica: “No es posible que la apertura genere el estallido del sistema, que algunas obras sociales tengan que recibir de forma imprevista una gran cantidad de gente. Se puede trabajar a partir de cupos, pero la que tiene que elegir es la gente”.


    Neri sostiene que esta desregulación no puede ser planteada como una reforma real del sistema porque sólo cubre algunos aspectos. Según señala, hay que plantear un sistema integral de salud que tenga en cuenta a todos los actores, incluyendo a las obras sociales, las prepagas y el conjunto de entidades estatales.


    “El hospital público, que no fue tenido en cuenta en esta desregulación, es, en realidad, la válvula de escape del sistema. Porque atiende todo lo que el resto no quiere atender. Hay que ir hacia un sistema con una prestación única, descentralizado, donde las provincias administren sus ámbitos y el Estado Nacional se reserve una función redistributiva y regulatoria.”


    Desde la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA), el sanitarista Horacio Barri opina que la desregulación planteada sólo pone en el centro del debate la reparación de la enfermedad, y nadie habla de prevención. “Aquí no hay plan de salud. Muchos países latinoamericanos tienen mejores indicadores sanitarios que los nuestros, y con un presupuesto más acotado. En la Argentina se gastan más de $ 20.000 millones anuales en salud, de los cuales $ 6.000 o 7.000 millones corresponden a medicamentos. La Organización Mundial de la Salud recomienda que los medicamentos no superen 10% del total”.


    Barri agrega que la Argentina va a contramano de los países europeos, que continúan con una fuerte intervención del sector estatal en el manejo del sistema de salud. “La idea de pedir una depuración de obras sociales es procurar que queden pocas, porque así lo quieren las empresas internacionales interesadas en venir a quedarse con este mercado. En medio de todo esto, nos preguntamos dónde está el plan de salud”.


    Gasto ineficiente


    Según la mayoría de los especialistas, el problema de la salud en la Argentina no es cuánto se gasta, sino cómo y en qué. Un estudio realizado por la Superintencia de Servicios de Salud indica que el país exhibe el segundo gasto per cápita de América latina, con US$ 611 anuales. Chile gasta aproximadamente US$ 330 y el resto de los países de la región destina alrededor de US$ 200.


    Pero el gasto, a pesar de ser uno de los más altos de América latina, no se refleja con pareja magnitud en los indicadores de salud. Por ejemplo, la esperanza de vida al nacer de los argentinos es de 73,1 años, lo que ubica al país en cuarto lugar en la región, detrás de Costa Rica, Chile y Uruguay.


    Por otra parte, la tasa de mortalidad infantil en la Argentina es de 21,8 por mil, casi el doble de los registros de Chile y Costa Rica, países cuyo gasto en salud por habitante equivale a prácticamente la mitad.

    Estas incongruencias aparecen reflejadas también en los informes que
    elabora la Organización Mundial de la Salud. En el correspondiente a
    este año, la Argentina se ubica en el puesto 71º del ranking
    de países medidos según la performance de sus servicios
    de salud. Sin embargo destina, según la misma fuente, 8,2% de su PBI
    a este rubro, un porcentaje similar a países como Bélgica (8%)
    o Austria (9%), que se ubican en las posiciones 28ª y 15ª, respectivamente.
    En el ámbito de América latina, Chile aparece en el 23º lugar,
    mientras que Costa Rica está en el 25º.

    Héctor
    Lombardo, ministro de Salud
    “No habrá
    más cautivos”

    -¿Qué
    cambia con la desregulación que propone el gobierno?

    -Nosotros
    preferimos hablar de competencia regulada. Esta regulación tiene
    varios aspectos y abarca a diferentes actores del sector. Por un lado,
    buscamos regular la medicina prepaga, a través de un proyecto de
    ley que está en el Congreso Nacional. Asimismo, mediante el decreto
    446 intentamos fomentar una competencia entre las obras sociales sindicales,
    las de personal de dirección y las prepagas.

    En cuanto
    a las obras sociales sindicales, consideramos que hay una cantidad excesiva.
    Muchas ya están intervenidas judicialmente, y todas están
    intentando bajar costos a través de la conformación de clubes
    de compra, o consorcios. Nosotros pensamos que tienen que quedar las que
    funcionan bien. Pueden ser 50, 60 o 100.

    -Las
    empresas de medicina prepaga ya adelantaron que no entrarán al
    nuevo sistema. Argumentan que los $ 20 por mes que garantiza el Estado
    para atender a los afiliados no alcanzan.

    -Yo digo
    rotundamente que alcanzan, pero hay que cambiar las cosas. Si yo decido
    reparar la enfermedad, todo es más costoso. Si la intención
    es hacer acción preventiva, los números cierran. Además,
    buscamos transparentar el sistema. Actualmente, el Estado garantiza una
    cápita mensual de $ 40 por titular de grupo familiar. Lo que ocurre
    es que, si una familia está integrada por cinco personas, contamos
    con una cápita de $ 8 por beneficiario, lo que es insuficiente
    para brindar salud. Cambiamos este esquema por otro más solidario.
    Establecemos una garantía de $ 20 por persona, en vez de $ 40 por
    grupo familiar. Por lo tanto, la misma familia que antes contaba con $
    40 para cinco personas, ahora contará con $ 100.

    Esto se
    financia modificando los porcentajes de retenciones de los sueldos que
    se destinan al sistema solidario. Establecimos una escala en la cual los
    que más ganan más aportan. Y el IVA de las prepagas, que
    antes iba a parar a Rentas Generales, ahora se incorpora al sistema para
    financiar este Fondo Solidario de Redistribución.

    -La
    desregulación viene acompañada con un nuevo Plan Médico
    Obligatorio. ¿Qué cambios sustanciales introduce en relación
    con el anterior?

    -Es un cambio
    radical. El sistema anterior privilegiaba la reparación, la atención
    y la tecnología, y el nuevo PMO que acabamos de lanzar se basa
    en el concepto de prevención. Esto tiene mucho que ver con los
    costos de la salud. Hacerse un examen a tiempo para detectar un cáncer
    cuesta $ 10. El tratamiento del mismo cáncer avanzado puede costar
    $ 50.000.

    Buscamos,
    además, desalentar una tendencia que hubo en el pasado, de un hiperconsumo
    de tecnología innecesaria, lo que elevó los costos del sistema
    de manera increíble. Los médicos estaban acostumbrados a
    ordenar estudios carísimos sin sentido, porque se había
    comprado mucha maquinaria y había que utilizarla.

    -¿Cómo
    quedará establecida la cuestión de la libertad de traspasos
    de afiliados?

    -Aquellos
    que se anoten en el sistema que proponemos tendrán que aceptar
    a cualquier afiliado. Nadie más está cautivo. Sin embargo,
    como las prepagas no se anotaron, se podrían analizar mecanismos
    para establecer cupos y frenar un aluvión masivo de personas que
    desfinancie a la entidad que los recibe. Pero lo que tiene que quedar
    claro es que no habrá selección de riesgo. Es decir, que
    la entidad que quiera brindar servicios de salud en este nuevo esquema
    tendrá que aceptar al nuevo afiliado sin restricciones vinculadas
    con sus patologías o con su nivel de ingresos. Queremos que la
    elección de dónde poner sus aportes la haga la gente y no
    la empresa.

    -¿Cómo
    cree que jugarán las prepagas en este nuevo ordenamiento?

    -Las que
    se anoten tendrán que aceptar los traspasos. Si hay competencia
    entre prepagas y obras sociales sindicales, todos tienen que aceptar los
    afiliados que vengan y no intentar captar solamente a los de mayores ingresos.
    Esta desregulación no es contra los sindicatos ni contra las prepagas.
    Pero tienen que saber que entran a un sistema solidario y que deberán
    brindar todos los servicios del Plan Médico Obligatorio, al igual
    que lo hacen las obras sociales sindicales. La única diferencia
    que podrá haber es en cuanto al confort y la hotelería,
    pero no en la atención médica.

    -¿Por
    qué hay tanta resistencia sindical a los cambios?

    -No buscamos
    pelearnos con los sindicalistas, como aseguraron algunos. Tenemos que
    dejar que el sistema decante por su propio peso. La posición del
    Ministerio es que se termine el subsidio a las obras sociales ineficientes.
    Pensamos que se tienen que autofinanciar y que los subsidios hay que destinarlos
    a prestaciones de alta complejidad.

    -El
    sistema de las obras sociales está en rojo. Tienen una deuda multimillonaria
    con los prestadores, pero se quejan porque el Estado también les
    debe cifras siderales. ¿Cómo se resuelve esto?

    -En primer
    lugar, hay que terminar con la evasión. El gobierno no puede brindar
    a las obras sociales el dinero de los aportes que no se hacen. Asimismo,
    la Afip debe devolverle a las entidades sindicales el dinero que les debe.
    También hay que cambiar algunas normas. Si una empresa, por ejemplo,
    no deposita la retención de 3%, se puede originar una causa ante
    la Justicia Penal Tributaria. Sin embargo, si la empresa no deposita el
    aporte de 5% que corresponde al empleado, no hay sanción.

    Por qué
    las prepagas no quieren participar

    Consultada
    por MERCADO, la Asociación de Entidades de Medicina Prepaga (Ademp),
    que nuclea a las compañías más importantes del sector,
    realizó un análisis pormenorizado de sus razones para oponerse
    a la reforma en marcha. Esta es una síntesis de sus argumentos.

    Los términos
    del decreto 446/00 produjeron el rechazo de las obras sociales sindicales,
    de las de personal de dirección y de las entidades de medicina
    prepaga.

    Las obras
    sociales sindicales temen que se profundice la pérdida de afiliados
    de mayores ingresos. Las obras sociales de dirección no pueden,
    ante el riesgo de desfinanciamiento, incorporar afiliados de aporte mínimo
    sin un límite de ingresos. Las empresas de medicina prepaga, que
    siempre han brindado una cobertura diferencial, se verían igualmente
    afectadas, como las obras sociales, con el agravante de la selección
    adversa y la demanda contenida de los potenciales ingresantes.

    Para cualquiera
    de los actores, cuanto más eficiente sea una entidad, mayores posibilidades
    tendrá de sufrir un profundo deterioro de su equilibrio económico-prestacional.

    En síntesis:

    • Es lógico
      que el trabajador que se inicia en cualquier actividad permanezca un
      período en la obra social que le corresponde antes de poder utilizar
      la opción de cambio.
    • Las prestaciones
      de alto costo y baja incidencia deben ser brindadas por el Estado con
      prestadores acreditados y aranceles de referencia pactados.
    • La elusión
      y evasión de aportes son responsabilidad de la Afip, que es la
      que tiene a su cargo la recaudación y control. En caso de morosidad,
      es el Estado el que debe tomar a su cargo la atención de salud.
    • Definir
      la opción de cambio horizontal entre obras sociales sindicales
      y entre obras sociales de personal de dirección protege a ambos
      sectores, manteniendo la solidaridad en cada banda laboral.

    Las grietas rojas
    del sistema

    Según
    los datos de la Superintendencia de Servicios de Salud, las obras sociales,
    tanto las sindicales como las de personal de dirección, acumulan
    una deuda de $ 1.870 millones. Casi la mitad de esta cifra corresponde
    a deudas con médicos, clínicas, sanatorios, laboratorios
    y farmacias.

    Pero a las
    obras sociales les deben, a su vez, unos $ 900 millones en concepto de
    aportes no depositados.

    Armando
    Cavalieri, titular de Osecac, la mayor obra social del país, con
    un millón y medio de beneficiarios, indica que el Estado tiene
    una deuda con las obras sociales sindicales que llega a los $ 500 millones.

    Cavalieri
    explica que, además de la evasión y mora del sistema, el
    Estado apropió fondos que tenía que repartir entre las obras
    sociales sindicales y los derivó a otras necesidades. Cita, como
    ejemplo, que $ 220 millones fueron derivados al Pami, otros 80 millones
    a programas de desarrollo social y 30 millones se utilizaron para la atención
    de discapacidades.

    Todos los
    actores del sistema aclaran que, antes de comenzar a hablar de desregulación,
    es necesario poner las cuentas al día.

    Desde el
    gobierno se está trabajando para sanear el pasivo de las sindicales
    a través de una operatoria que podría involucrar al Banco
    Nación, y cuyos detalles aún no están definidos.

    Por su parte,
    los prestadores privados (clínicas y sanatorios) denuncian que
    les deben unos $ 2.600 millones: $ 600 millones corresponden a deudas
    del Pami, mientras que los otros $ 2.000 millones se dividen en partes
    iguales entre las obras sociales sindicales nacionales y las provinciales.

    En este
    sentido, se acaba de alcanzar un acuerdo entre el Ministerio de Salud
    de la Nación y la Confederación de Clínicas, Sanatorios
    y Hospitales Privados, que nuclea a unos 1.200 establecimientos de todo
    el país. Se creó una comisión mixta que analizará
    la deuda y deberá expedirse antes del 23 de enero de 2001.

    Los prestadores
    son una pata fundamental del sistema. Las obras sociales sindicales,
    si bien administran los fondos derivados de los aportes salariales, se
    respaldan a la hora de brindar los servicios de salud en clínicas
    y sanatorios privados.

    Pero, debido
    al desfinanciamiento del sistema, se calcula que la mitad de los sanatorios
    privados de la Argentina están “técnicamente quebrados”.

    Las clínicas,
    sanatorios y hospitales privados, con alrededor de 50.000 camas instaladas
    (cerca de 30% del total nacional), atienden 80% de la patología
    aguda, lo que implica altos costos operativos.

    Según
    denuncian, no gozan de las facilidades impositivas que marca la ley 23.661
    para el sistema de seguridad social, a la vez que reclaman ser beneficiados
    con reducciones de aranceles para la importación de equipamiento.

    El agotamiento
    del modelo impone cambios

    Por
    Ignacio Katz (*)

    La salud
    ha demostrado ser un ámbito propicio para la imprecisión
    conceptual, las falacias y la indefinición, que contribuyen a oscurecer
    una realidad de por sí compleja y a ocultar las necesidades reales.
    Así, nos hemos acostumbrado a escuchar términos como “mercado
    de la salud”, y no economía sanitaria; “desregulación”,
    y no normas regulatorias; “contratos de riesgo”, en vez de atención
    de población vulnerable y enferma
    .

    No podía
    extrañar, entonces, que cuando se abordaba la necesidad de un cambio
    en la salud, el planteo se redujera, durante la última década,
    a cómo compatibilizar el accionar tradicional de las obras sociales
    y las empresas de medicina prepaga sobre una población cuyo poder
    adquisitivo estaba en franca reducción y que, por lo tanto, era
    más vulnerable a las inequidades resultantes de una distribución
    injusta.

    Con frecuencia,
    suele olvidarse que la finalidad fundamental de todo sistema sanitario
    es la salud de la población. Y que, en un sistema que es público
    por su propia naturaleza, más allá de quien detente la titularidad
    de los servicios, ello demanda el ejercicio de responsabilidades indelegables
    por parte del Estado, que no se reduce a garantizar la provisión
    de los servicios, sino que comprende también acciones que aseguren
    una correcta distribución de los recursos.

    Aunque no
    se dispone de datos fehacientes y confiables, puede estimarse que en la
    Argentina el gasto per cápita anual en salud se sitúa en
    alrededor de los $ 700 anuales, que en conjunto corresponden a una proporción
    cercana a 8% del Producto Bruto Interno.

    Tales magnitudes,
    que en otros países aseguran la existencia de un sistema de salud
    eficaz y eficiente, que marcha al ritmo de los avances científicos
    y tecnológicos, y garantiza a la población un acceso adecuado
    y equitativo a los servicios, en la Argentina apenas alcanza para sufragar
    un remedo de sistema sanitario.

    Sucede que
    la dificultad no está en cuánto se gasta, sino en
    cómo y en qué se gasta. Para decirlo de otro
    modo, más que en la merma de los recursos ­difícil
    de sostener si se los mira desde la perspectiva del conjunto­ el
    problema radica en haber invertido en áreas y sectores que no exhiben
    una correspondencia en términos de producción de servicios
    de salud.

    Con el correr
    de los años, la irracionalidad, la fragmentación, el deterioro
    de la capacidad de gestión, la ausencia de una interacción
    armónica de sus componentes y de una planificación estratégica
    que integre los recursos de los distintos sectores, y responda a una lógica
    sanitaria nacional, terminaron convirtiéndose en los rasgos centrales
    del asistema de salud.

    Ello explica
    en buena medida los magros resultados obtenidos, tanto en términos
    de eficiencia como de eficacia. Y así, el aumento exponencial del
    gasto terminó respondiendo más a la irracionalidad que al
    supuestamente inevitable costo médico creciente, un argumento
    con escaso rigor científico.

    La falta
    de una relación armónica entre los componentes del sistema
    sanitario generó una aplicación acrítica de recursos;
    la falta de normatización y sistematización en su uso; la
    instalación de aparatología sin considerar las características
    demográficas, el flujo de pacientes o el grado de complejidad;
    y la falta de preparación para su manejo y lectura, lo cual hubiese
    permitido el ahorro de insumos así como una aplicación oportuna,
    capacitada y equilibrada.

    Las obras
    sociales no han sido en modo alguno ajenas a estos fenómenos, debido
    a sus propias falencias y a la ausencia de un sistema integrado capaz
    de potenciar los recursos y la capacidad instalada de cada uno de los
    subsectores de la salud. Pero, además, las discusiones en torno
    a su destino y a su papel han estado a menudo teñidas de otros
    condimentos. Como objeto de la embestida de proyectos privatistas, que
    querrían dejar el cuidado de la salud al libre juego de la oferta
    y la demanda, se ha planteado alguna vez su lisa y llana desaparición,
    en la creencia voluntarista de que ello sanearía ipso facto
    todo el sistema. En el otro extremo, se las ha defendido desde una posición
    no siempre transparente y en algunos casos muy cercana al corporativismo
    de viejo cuño.

    Hoy, la
    cuestión aparece planteada en términos de una “competencia
    regulada” entre las obras sociales sindicales y de dirección, por
    un lado, que manejan fondos cercanos a los $ 4.600 millones anuales, y
    las empresas de medicina prepaga, por el otro, que representan un mercado
    de alrededor de $ 2.000 millones anuales, aunque no existen constancias
    fidedignas al respecto.

    Y, otra
    vez, la discusión central parece girar en torno al cierre de la
    ecuación económica. Así, desde el lado de las obras
    sociales, se apunta al destino y, sobre todo, al control sobre el Fondo
    de Redistribución Solidaria y en particular de la Administración
    de Programas Especiales, que de él depende. Y, por el otro, se
    aspira a que el nuevo régimen asegure un Fondo de Garantía
    de Prestaciones, en virtud del cual el Estado debería subsidiar
    a quienes, por la magnitud de sus ingresos, no sobrepasen el umbral mínimo
    de una cuota considerada de equilibrio.

    Ya se trate
    de entidades con o sin fines de lucro, los puntos de contacto son más
    de los que habitualmente se admiten. Si las prepagas, por razones obvias,
    tienen en claro las variables duras del padrón que administran,
    unas y otras desconocen las variables blandas, esto es, las que
    se refieren al perfil epidemiológico de la población que
    atienden.

    Es tiempo,
    entonces, de plantear el debate en otros términos. La situación
    actual, más allá del papel que cada uno haya desempeñado
    en el pasado, demanda transformar la organización tradicional de
    la salud en un sistema que utilice los recursos del sector público,
    de las obras sociales y del sector privado ­con y sin fines de lucro,
    ya se trate de prestadores individuales, grupales o institucionales­
    integrándolos en una única red, que abarque los distintos
    niveles de complejidad y modos operativos, desde la internación
    hasta la atención primaria.

    Y para ello
    será necesario arribar a un acuerdo sanitario que convoque
    a todos los componentes ­financiador, prestador, usuario, proveedor
    y coordinador­ del sistema integrado de salud, donde los acuerdos
    con el sector privado descarten tanto la acción unilateral del
    Estado como la articulación compulsiva. Sólo una participación
    voluntaria, activa, guiada por un interés cierto, permite la genuina
    integración de los recursos privados al sistema.


    (*) Doctor
    en Medicina (UBA). Autor de los siguientes libros:
    Al Gran Pueblo Argentino,
    ¡Salud! (Eudeba, 1999); Replanteo Frente a la Encrucijada en
    Salud (Editorial DEL, 1997); La Tercera Edad (Editorial Planeta,
    1992) y
    Salud Para Todos (Eudeba, 1988).

    El remedio y la
    enfermedad

    Según
    un estudio de la Fundación Argentina para el Desarrollo con Equidad
    (Fade), el sector farmacéutico en la Argentina es el quinto en
    importancia: su valor bruto de producción alcanza los $ 3.600 millones
    al año y sus ventas llegan a los $ 5.000 millones. Desde principios
    de la década pasada se construyeron siete nuevas plantas, todas
    bajo regímenes de promoción provinciales.

    El mismo
    estudio destaca las ineficiencias del funcionamiento de este mercado y
    cita una investigación de la Secretaría de Industria que
    demostró la existencia de una diferencia de precios de más
    de 500% entre productos de idéntica composición química
    y distintas marcas.

    El gasto
    total de la población en medicamentos creció entre 1992
    y 1997 alrededor de 45%. Sin embargo, esto no refleja un mayor consumo.
    En 1992 se despacharon 482 millones de unidades, mientras que en 1997
    la cifra fue algo menor: 413 millones. De modo que, mientras el consumo
    se redujo 14%, el gasto total creció 45%. Lo que ocurrió
    fue que el precio unitario promedio de los medicamentos subió de
    $ 7,32 a $ 12,36.

    Armando
    Cavalieri, titular de Osecac
    “Mucha
    ideología y poca practicidad”

    -¿Qué
    opina acerca de la desregulación en el sector de la salud?

    -Yo creo
    que está planteada como una señal hacia el Banco Mundial.
    Lo que me pregunto es, realmente, qué inversiones habrá
    en el sector. En esta desregulación hay mucho de ideologismo y
    poco de practicidad. Además, los privados dicen que así
    no entran al sistema. Entonces, no veo qué puede cambiar con respecto
    al sistema actual, porque la libertad de elección ya está
    vigente, cualquiera puede cambiar de obra social sindical y pasarse a
    una que funcione mejor que la suya. En este sistema hay una gran evasión
    y mucho dinero que el Estado no reparte correctamente. Por lo tanto, las
    prepagas no quieren entrar en el negocio, ya que observan que ni siquiera
    existe la garantía de poder cobrar los $ 20 de cápita por
    cada nuevo afiliado.

    -¿Cómo
    los afecta a ustedes la evasión del sistema?

    -La diferencia
    entre el sistema de obras sociales sindicales y el de las prepagas es
    que en nuestro sector la evasión es real, mientras que en el ámbito
    privado la evasión y la mora no existen. Además, para ingresar
    a una prepaga, reclaman carencias, y existen muchas limitaciones con respecto
    a la cobertura de patologías, mientras que nosotros atendemos a
    todo el mundo. En cuanto a la evasión, nos oponemos a que el Estado
    utilice fondos del sistema de salud para cubrir baches de rentas generales.
    La deuda estatal con el sistema de obras sociales sindicales asciende
    a unos $ 500 millones.

    -¿Cuáles
    deberían ser los próximos pasos de la desregulación?

    -Lo veo
    muy complicado, ya que el gobierno abrió un registro para que las
    entidades que quisieran competir con las sindicales y las de dirección
    se anotaran, y en este registro todavía no hay nadie. Lo que ocurre
    es que el Estado ni siquiera incluyó en el presupuesto del año
    que viene la reserva para garantizar estos $ 20 de cápita. Además,
    ya hubo una desregulación de hecho, porque los que ganaban más
    abandonaron la obra social sindical y se pasaron a una prepaga.

    -¿Qué
    ocurre con el pasivo de las obras sociales sindicales?

    -El mayor
    rojo viene de obras sociales que están quebradas o en convocatoria.
    Me parece que, en su momento, desde el Estado se tendría que haber
    impedido el crecimiento desmedido de algunas obras sociales. En nuestro
    caso, por ejemplo, hace cinco años vendí todos nuestros
    sanatorios y tercericé toda la atención.

    -¿Cómo
    tendría que ser un sistema de salud ideal en la Argentina?

    -Yo creo
    que tendría que ser más reducido, con unas 50 obras sociales
    y que las más chicas tendrían que fusionarse, es decir,
    concentrar demanda para abaratar costos. Además, el sistema de
    salud solidario tendría que ser solamente entre obras sociales.
    Porque la actividad privada tiene otras reglas y nunca se va a adaptar.
    Ellos no están acostumbrados a trabajar con evasión, ni
    con morosos, tienen fuertes límites para aceptar ciertas patologías,
    como el Sida, por citar un ejemplo. Los privados no permitirán
    nunca que el Estado les deba dinero, lo que es una constante en las obras
    sociales sindicales.

    -¿Cómo
    cree que tiene que ser el proceso de depuración de las obras sociales
    sindicales para llegar a 50 entidades, cuando en la actualidad hay casi
    300?

    -Ya hay
    fusiones entre obras sociales chicas, y estamos haciendo sociedades de
    compra. En este sentido, estamos en plenas negociaciones con los laboratorios.
    No queremos combatirlos, sino plantearles que ayuden a la responsabilidad
    social sin dejar de hacer negocios. En cuanto a la situación de
    las obras sociales, hay algunas que hicieron las cosas mal y otras que
    se hundieron junto con el país. Nosotros, a pesar de que por nuestra
    cantidad de afiliados tenemos escala y podemos compensar los números,
    hicimos un gran ajuste. En tres años bajamos 50% de los costos
    y el personal se redujo a la mitad. Además, me di cuenta en su
    momento de que había que vender todos los sanatorios propios. Las
    obras sociales, para autofinanciarse, tienen que tener cierto tamaño.
    Para que los números cierren tiene que haber entre 200.000 y 300.000
    personas por entidad, para asegurarse un equilibrio entre enfermos y sanos.

     
     

    “Desregulación,
    fusiones y crecimiento”
    .

    MERCADO, octubre de 2000.

    “Texto del decreto de necesidad y urgencia”. Home page
    de Consultor de Salud.
    http://www.consultordesalud.com.ar/boletin.htm#nota2

    “Proyecto para regular la medicina prepaga”. Home page
    de Consultor de Salud.
    http://www.consultordesalud.com.ar/boletin.htm#nota1

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