miércoles, 29 de abril de 2026

    Entre la Mansa y la Brava, Las Vegas

    Es perfectamente posible que, en medio de los rigores invernales de agosto, un viajero impulsivo llegue hasta el hotel Conrad de Punta del Este sólo para encontrarse con la frustrante noticia de que no pueden ofrecerle un lugar en las lujosas instalaciones. El motivo resulta aún más sorprendente: las 300 habitaciones fueron reservadas, en su mayoría, por los participantes (argentinos y brasileños) de un torneo de baccarat que terminará de dirimirse el sábado por la noche y que dejará en los bolsillos del feliz ganador un premio de US$ 130.000, en efectivo.


    Todo, en el Conrad, evoca la atmósfera cinematográfica de los casinos de Las Vegas. Se trata, obviamente, de un efecto buscado. Y resistido ­al menos en los primeros tiempos­ por la conservadora sociedad que puebla el balneario.


    “Pero ése era, justamente, el desafío. Y fue uno de los motivos que me llevaron a aceptar este puesto”, reconoce Alejandro Pariente, director de Marketing del establecimiento.


    Durante los casi tres años que demandó la ejecución del proyecto, y aun después de la inauguración, en el primer día de 1997, las suspicacias se multiplicaron en el bastión uruguayo del establishment argentino. No faltaron quienes contemplaran con desaprobación el estilo futurista del edificio y vaticinaran el auge de la inseguridad, la prostitución y todo tipo de calamidades.


    “Los hoteleros pensaron que los íbamos a arruinar, cuando lo que queríamos era agrandar el negocio. Es más, durante los nueve meses que demoró la terminación de las obras, cuando ya habíamos abierto el casino, nos convertimos en fuertes clientes de los demás hoteles, a los que, por cierto, solemos derivar huéspedes en el verano”, argumenta Pariente. “Somos uno de los principales usuarios de los servicios terrestres y subvencionamos fuera de temporada las tasas de aterrizaje de las compañías aéreas para que incrementaran sus vuelos a Punta del Este.”


    Todo el año, noche y día


    Lo cierto es que la idea que gestó el proyecto (en el que el gigante multinacional del juego Park Place y sus socios argentinos y brasileños invirtieron US$ 150 millones) resultó no sólo viable, sino exitosa: logró mantener el negocio en movimiento durante todo el año, siete días a la semana, 24 horas por jornada.


    Cada año, 1.300.000 jugadores ingresan al casino del Conrad, donde pueden depositar 10 centavos en alguna de las 450 máquinas tragamonedas, arriesgar algo más en las 63 mesas de baccarat, ruleta, black jack, siete y medio, póquer o dados, o bien cumplir con la fantasía ­sólo concedida a los apostadores fieles y generosos­ de ingresar a uno de los dos clubes privados, donde la privacidad está garantizada y el cielo es, literalmente, el límite.


    Pariente explica que, en contra de lo que suele creerse, el negocio de un casino ­por lo menos, según los estándares vigentes en Las Vegas y Atlantic City­ no está en los grandes jugadores, sino en la escala: más apostadores, aunque sean modestos. Y lo cierto es que las aparentemente inocuas maquinitas aportan una cuarta parte de los ingresos de todo el casino.


    La verdadera identidad del Conrad, afirma Pariente, tiene más que ver con un gran centro de entretenimiento, dotado de cinco restaurantes, piscinas, bares, y una sala de espectáculos por la que durante todo el año transitan artistas de la fama de Paul Anka, Gal Costa, Julio Iglesias, Gloria Gaynor o Julio Bocca, cuyos contratos demandan una inversión anual de US$ 5,5 millones.


    En la temporada baja, el hotel equilibra los ingresos con convenciones y reuniones de negocios, para las que dispone de 14 salas, capaces de alojar entre 20 y 5.000 personas.


    Los números confirman que no todo, en el Conrad, depende del juego: el casino aporta, según ejecutivos de la empresa, entre 65 y 70% de los ingresos totales (que declinan revelar).


    La clientela es, por cierto, un reflejo fiel del Mercosur: una abrumadora mayoría de brasileños y argentinos, con participaciones más modestas de uruguayos, paraguayos y chilenos.


    Y las diferencias culturales se hacen sentir a la hora de depositar las fichas en el tapete verde. Los brasileños son mayoritariamente empresarios y ejecutivos paulistas, de alrededor de 40 años, y se instalan en el Conrad cuatro o cinco veces por año para jugar, fuerte, al juego que más les gusta: el baccarat.


    Los argentinos, en cambio, suelen ser algo más jóvenes y bastante más asiduos: cruzan el charco unas 15 o 20 veces por año y su pasión absorbente es la ruleta.

    Ya sea porque sus ambiciones son más módicas, o porque les pesan
    menos los prejuicios, las mujeres son, en todos los casos, las más entusiastas
    usuarias de las máquinas tragamonedas que ocupan un territorio nada despreciable
    en los 3.400 metros cuadrados del casino.

    Unas fichas
    en Córdoba

    El Conrad
    es uno de los más firmes interesados en aprovechar la oportunidad
    de instalarse en la provincia argentina de Córdoba. Pero, como
    otros grandes jugadores, espera que mejoren las condiciones antes de colocar
    su apuesta sobre la mesa.

    El punto
    más importante de la discusión es, según parece,
    la disposición legislativa que dejaría a las máquinas
    tragamonedas como negocio reservado para el Estado.

    La idea
    viene madurando desde hace dos años, y apunta a la creación
    de un resort ubicado a unos 20 kilómetros de la ciudad capital
    de Córdoba, y de dimensiones parecidas a las del Conrad de Punta
    del Este.

    ¿No
    involucra esto el riesgo de canibalizar un negocio en el que ya
    empezaron a morder, desde Buenos Aires, el casino flotante y el
    del Tigre?

    Alejandro
    Pariente, responsable del marketing del Conrad, confía en que,
    por el contrario, la multiplicación de la oferta aumentará
    su base de clientes. “De lo que se trata”, dice, “es de desarrollar el
    concepto de entretenimiento asociado con el juego, algo en lo que la Argentina
    todavía tiene mucho camino por recorrer”.

    Padres
    ricos

    El principal
    accionista del Conrad (con 47% de participación) es una empresa
    relativamente poco conocida, aunque rodeada de nombres estelares.

    Se trata
    de Park Place Entertainment, nacida en la cuna dorada del emporio Hilton.

    Park Place
    opera 28 casinos en todo el mundo, ofrece alojamiento en 28.000 habitaciones
    de hotel y emplea a 57.000 personas. Sus negocios se despliegan a través
    de media docena de marcas de abolengo: Conrad, Grand, Bally´s, Flamingo,
    Caesar´s y Hilton.

    En el balance
    anual cerrado en junio, registró ingresos por US$ 2.479 millones,
    lo que representó un notable crecimiento frente a los US$ 1.487
    millones del año anterior. Y, como para demostrar que no siempre
    el casino se queda con todo, exhibió ganancias operativas
    saludables, pero moderadas: US$ 364 millones.

    Pariente
    admite que el Conrad está habilitado, al menos en teoría,
    a cambiar su nombre por el del rutilante Caesar´s, pero admite que la
    decisión no es fácil, y no ocupa, en este momento, un lugar
    en la agenda del líder mundial del juego.