En un laboratorio de Buffalo, Nueva York, un grupo de voluntarios aplica una solución transparente sobre su piel curtida por el sol. No es un cosmético ni una crema humectante. Esta solución química modifica la estructura de la piel a nivel molecular y elimina el aspecto desgastado que provoca la exposición excesiva al sol. Y el fabricante no es una compañía de cosméticos, sino un gigante de la industria farmacéutica: Bristol-Myers Squibb.
Geron, una compañía de biotecnología de Silicon Valley, intenta superar a Bristol Myers. Sus científicos han diseñado células cutáneas que neutralizan el proceso natural que las hace envejecer, un sorprendente avance anunciado el año pasado.
Las arrugas son apenas uno de los territorios donde se disputa la guerra que libra la industria farmacéutica contra la vejez. En los últimos 20 años, millones de norteamericanos han recurrido al ejercicio y las dietas saludables en su afán por mantener un aspecto juvenil. Pero en la próxima década todo podría reducirse a tomar una pastilla. Aparecerán centenares de soluciones químicas para enfrentar el paso del tiempo.
Casi todas las grandes compañías farmacéuticas y muchas pequeñas empresas de biotecnología están atacando enfermedades o trastornos relacionados con la vejez, desde la calvicie y la pérdida temporal de la memoria hasta la osteoporosis y la enfermedad de Alzheimer. Los científicos del Federal National Institute on Aging comparan los futuros logros de la investigación con el salto cualitativo que representó el advenimiento de la PC dos décadas atrás.
¿Dónde está el límite?
“Recién ahora estamos comenzando a comprender la estructura molecular básica del proceso de la vejez”, señala Richard Gregg, de Bristol Myers. “Esto nos va a permitir encontrar nuevas maneras de actuar sobre el envejecimiento”.
Pero, mientras las compañías farmacéuticas invierten cifras millonarias en esta búsqueda, la perspectiva de que llegue al mercado una píldora antiarrugas entusiasma y preocupa a los reguladores, aseguradores, médicos e incluso a los laboratorios. Lo que está en juego es un negocio de miles de millones de dólares en ventas, impulsadas por una desmesurada intolerancia cultural al envejecimiento. Pero también hay que pensar en miles de millones en costos para empleadores y planes de salud.
En esta búsqueda de la fuente de la juventud surgirán preguntas difíciles con respecto a qué tratamientos merecen cobertura y si las drogas no podrían ser objeto de abuso por parte de algunas personas más vanidosas que enfermas. Los nuevos medicamentos ofrecerán soluciones químicas fáciles a problemas que en realidad pueden tratarse con un estilo de vida razonable. ¿Dónde debería trazarse la línea y aceptar las realidades de la vejez?
Algunas de estas drogas rejuvenecedoras podrían no sólo restablecer la salud de los enfermos, sino mejorar el estado de salud de los que ya están bien, como se ha observado con el Viagra, la droga contra la impotencia que muchos hombres consumen aunque no la necesiten.
Novartis lanzará próximamente un medicamente contra el mal de Alzheimer que ya está mostrando resultados prometedores en pruebas con humanos. “¿Ayudará esta droga a una persona normal a mejorar su memoria?”, se pregunta Daniel Vasella, presidente de la compañía suiza. “En ciertos aspectos, espero que no; pero, por otra parte, espero que sí. Complicaría la situación enormemente, y desde luego, existe el riesgo de abuso”.
Un enorme mercado
En Estados Unidos, los adultos mayores de 50 años gastaron el año pasado US$ 41.000 millones en medicamentos. La cifra equivale a casi la mitad del total del país, y duplica el promedio del consumo per cápita nacional. Por otra parte, a medida que aumenta la expectativa de vida, la cantidad de norteamericanos de más de 60 años podría llegar a representar 64% de la población en los próximos 20 años.
“Sería absurdo no tener en cuenta el envejecimiento de la población”, señala Thomas McKillop, el CEO de AstraZeneca la recién fusionada compañía sueco-británica que vendió US$ 17.200 millones en 1998. El este asiático también está envejeciendo.
No resulta sorprendente, por lo tanto, que se estén incubando nuevos medicamentos a un ritmo frenético. Hace cuatro años, las principales compañías farmacéuticas de Estados Unidos estaban desarrollando 14 drogas contra la enfermedad de Alzheimer. Actualmente, la cantidad ha subido a 22.
Incluso las enfermedades que recibían poca atención son, ahora, objetos de investigación. Pharmacia & Upjohn está por lanzar el Pletal, que alivia la claudicación intermitente, un síntoma de una enfermedad arterial periférica que suele afectar a las piernas, donde los depósitos de grasa obstruyen la circulación de la sangre incluso al hacer ejercicio moderado.
En los últimos 15 años no se había presentado ninguna droga nueva para tratar esta afección. Pero Pharmacia & Upjohn y su socia, la unidad estadounidense de Otsuka Pharmaceutical de Japón, están convencidas de que la próxima generación de ancianos más numerosa y menos estoica ayudará a compensar el esfuerzo.
Daniel Blair, un empleado jubilado de Chrysler, les da la razón. Antes de presentarse como voluntario en el programa de ensayo de la droga, este hombre de 53 años no podía caminar más de 100 metros sin sentir algún dolor. Con las píldoras, todo cambió. “Ahora puedo caminar todo lo que quiero”, proclama con entusiasmo.
Pero la claudicación intermitente suele estar vinculada con malos hábitos: tabaquismo, falta de ejercicio, obesidad. El Pletal podría convertirse en un sustituto artificial de lo que un estilo de vida más saludable podría lograr en forma natural. Los materiales promocionales de Pharmacia advierten que no debe utilizarse como reemplazo.
Futuro promisorio
También se están desarrollando drogas para enfermedades más difundidas que hasta ahora eran prácticamente intratables. Novartis planea lanzar, hacia fines de año, un nuevo medicamento contra la degeneración macular de la vejez, que es la principal causa de ceguera en personas de más de 50 años.
Además, pueden surgir nuevos objetivos para las drogas a medida que los científicos logren descifrar la mecánica del proceso de envejecimiento.
Mark Beers, editor del Manual de Medicina Geriátrica de Merck, ve un futuro promisorio en el tratamiento de las enfermedades cardíacas. Se sabe que las dietas ricas en grasas contribuyen a que se bloqueen las arterias, pero probablemente haya algo que hace que, al envejecer, los vasos sanguíneos sean más propensos a ese riesgo. Los investigadores de Merck están tratando de averiguar cómo funciona ese mecanismo.
Las compañías farmacéuticas han multiplicado sus inversiones en investigaciones básicas en el área de la vejez. En Pfizer, David Thompson lidera un equipo que investiga las causas de la fragilidad ósea y muscular en los ancianos. Se propone averiguar, a nivel molecular, por qué razón los menores niveles de hormonas provocan dicha fragilidad, y luego desarrollar drogas para modificar ese proceso. “El primer paso es entender el proceso de envejecimiento. Después podemos atacar diferentes puntos”, señala.
Una vez develados los secretos moleculares, los científicos utilizan máquinas de pruebas de alta velocidad para encontrar compuestos capaces de interactuar con los blancos genéticos adecuados. Con suerte, encuentran un compuesto que inhibe la enfermedad sin provocar demasiados efectos colaterales.
Cuestiones éticas
Pero manipular el proceso de envejecimiento pone sumamente incómodas a algunas compañías. Las más ortodoxas son reticentes a intentar descubrir una cura general para la vejez. “No nos hemos propuesto derrotar a la vejez”, señala McKillop, de Astra Zeneca, “sino que abordamos las afecciones médicas típicas de los ancianos”.
Pero una vez que una droga es aprobada por la Food and Drug Administration de Estados Unidos para los usos indicados, los médicos quedan en libertad de recetarlas para otros fines que la agencia no aprobó. Esto aumenta las preocupaciones acerca de la difusión del uso de las nuevas drogas.
En muchos casos, el Viagra se ha convertido en una droga que se consume en las fiestas. El Redux, indicado para pacientes sumamente obesos, fue consumido por legiones de personas que sólo necesitaban bajar algunos kilos. En 1997 la droga fue retirada de la venta porque se habían detectado problemas en las válvulas cardíacas.
Pero las presiones económicas pueden ser más fuertes que las preocupaciones éticas. El programa Medicare, que cubre la atención de los ancianos en Estados Unidos, no siempre cubre los tratamientos con medicamentos bajo receta. La sociedad norteamericana está, según los críticos del sistema, escindida en dos niveles: sólo los ricos podrán costear toda la gama de remedios contra la vejez.
La industria contraataca con estimaciones acerca de cuánto se puede ahorrar con las nuevas drogas. Cuatro millones de norteamericanos padecen la enfermedad de Alzheimer, que representa un costo de US$ 100.000 millones al año en atención médica y pérdida de productividad. Cerca de un tercio de los pacientes requiere internación en asilos. Si esa proporción pudiera reducirse en sólo 10%, se ahorrarían más de US$ 4.000 millones al año, señala la Alzheimer´s Association.
La búsqueda de la juventud transformará la noción de la vejez y enriquecerá mucho más a la industria farmacéutica. Pero los verdaderos desafíos pagarla, regularla y aprender a vivir con ella recién están comenzando.
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